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La Ética Hedonista por Filippo di Paola

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DEFINIENDO LA FELICIDAD COMO PLACER.

 

Hecha en 355 párrafos accidentados,

con un apéndice de 7 escritos breves y una corta conclusión final—.

 

edicado al inevitable renacer del pensamiento de Aristipo de Cirene y a la memoria de Gustavo Cerati.

 

Este libro también está dedicado a todos aquellos que, tal vez, encuentren alguna voz de aliento en estas páginas.

Recuerda, amable lectora y benévolo lector, que, en últimas…

 

«un hombre, es quien se resiste contra lo que han intentado hacer de él».

 

PREÁMBULO

 

Algunas de las siguientes declaraciones están basadas en el pensamiento de autores simplemente literarios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. En cuanto a las opiniones de los filósofos griegos, todas han sido convertidas a un lenguaje simplificado, de modo que pueden presentar algunos ligeros desvíos o diferencias con respecto a su doctrina oficial.

───α───    

—«El placer simplemente es: la ausencia de dolor físico y mental (aponía y analgesia). Ausencia de sufrimiento y de ansiedades. Ausencia de inquietudes. Abandono de la preocupación y la intranquilidad. Saber el arte de evitar, apartarse a tiempo y renunciar a los afanes y, sobre todo, a los compromisos (o las cosas comprometedoras), guardando el criterio y la prudencia en cada caso. No aceptar vivir bajo presión o estrés, a cambio de nada.

Ausencia total de angustias.

El placer es, pues, el estado natural de la vida que consiste en estar vivos, pero con el alma y el cuerpo sin-sufrir-dolor.

Es el buen estado de ánimo o eudemonía que nos enseña Sócrates.

Es el eu-zen, es decir, el estar bien o el estado de bien-estar que busca toda la filosofía griega.

Por eso, Aristipo, precursor nuestro, enseñó que vivir en el placer es vivir en la virtud. Eso es el placer como tal. No es para más tarde, ni para otro lugar, tampoco para mañana: debe ser vivido aquí y ahora. El placer es la alegre calma serena.

Para eso, es imprescindible y también placentero renunciar y evitar muchas ambiciones estorbosas que perturban la existencia. Prepararnos para soltar, pues nada ni nadie se puede retener por siempre.

Lo repetimos: aprender el arte de renunciar y dejar ir, tanto las cosas como a las personas con gran prudencia.

Desapegarnos de los apegos, y brindar ayuda para que haya menos sufrimiento a nuestro alrededor.

Eso sólo es posible conociendo el origen de nuestras ambiciones y sentimientos, que se apretujan y se aferran a nuestra mente: pues somos contagiados de todo eso por un excesivo trato social comprometedor. Por eso no debemos hacer política proselitista.

Para renunciar a esas cosas innecesarias y angustiantes es importante conocer el origen, es decir, las causas de nuestros afectos…

Para ir al grano: sólo hay dos tipos de necesidades, las naturales y las no naturales, y también en ese aspecto, el hedonismo es hermano del cinismo filosófico. Ninguna necesidad no-natural es necesaria.

 

Toda necesidad no natural es una falsa necesidad.

Para alcanzar el máximo nivel de placer en la vida se deben obedecer únicamente cinco necesidades naturales.

Cuatro de ellas son naturales y además imprescindibles, y la última es natural pero no es indispensable. Estas necesidades son, al mismo tiempo, los cinco placeres supremos de la existencia.

Todo lo demás es innecesario e irreal.

El más grande de TODOS los placeres es: no sufrir dolor en el alma, es decir, gozar de sosiego mental, disfrutar de una sostenida paz emocional. Eso se llama ataraxía. Para lograr eso, que es lo más importante, es forzoso evitar prudentemente ser atados por vínculos y compromisos que no sean estrictamente inevitables, usando siempre la prudencia en cada caso, y luego de eso, es necesario satisfacer los otros tres placeres máximos: no sufrir hambre, no sufrir frío y no sufrir sed.

Ese es el grito de la carne: el sano llamado del vientre.

Además, es imposible ser felices si sufrimos de creencias tóxicas, es decir, si tenemos una mala metafísica. La triple creencia metafísica en el libre albedrío (yo soy la causa de todo), el Plan Maestro (todo pasa por algo) y el Progreso (el crecimiento y la evolución conducen las cosas) arruinan el placer o la felicidad. La creencia en el libre albedrío te impide entender que tus decisiones son producto de causas y no de «tu voluntad» individual, libre y caprichosa. Eso te echa encima la culpa y te impide conocer el origen de tus sentimientos, es decir, te impide

conocerte a ti mismo. La creencia en el Plan Maestro, por su parte, te hace pensar que obedeces una incomprensible voluntad absurda de los dioses; y la creencia en la perfección o Progreso te echa a cuestas el peso del mundo, como Atlas, para empujar una evolución ficticia que te roba tu presente. Creer en esas cosas es muy tóxico. Todo eso es sufrir de una mala metafísica que produce dolor y ansiedad por «progresar», y que te impide gozar del placer de tener siempre presentes en tu mente, todos los días, las cosas felices que has vivido por ti mismo y con los tuyos.

Aprender el arte de eliminar del alma esas creencias es muy importante.

Finalmente, sólo queda por explicar la quinta y última necesidad real y natural del ser humano, meramente como un complemento adicional y totalmente opcional, a discreción de cada quien: disfrutar muy serenamente de amables y alegres relaciones sexuales con nuestras amistades, sólo si se dan naturalmente, pues la amistad, independientemente del sexo, es el tesoro más valioso que hay.

Nosotros, los epicúreos, no consideramos lo sexual un asunto tan importante como, por ejemplo, lo podría llegar a considerar Aristipo.

Para nosotros es una necesidad natural pero no es imprescindible.

Sin embargo, por el solo hecho de ser una necesidad natural, es más importante que todas las necesidades no naturales. —Eso sí—.

No es lo primero en nuestra lista de placeres y necesidades: es lo quinto. Pero, a pesar de eso, vemos el sexo como algo más importante que el amor y la necesidad de tener éxito o escalar socialmente; y más estimable y necesario que el matrimonio, los grandes viajes, las grandes ambiciones laborales y la gran educación, pues, ninguna de esas seis cosas es una necesidad natural. El sexo, en cambio, sí lo es, de modo que es más importante que toda la paideía o la «gran cultura».

Así que, aunque no la pongamos en el primer lugar, para los epicúreos de todos modos la sexualidad está antes, y es más relevante que todas las ambiciones sociales, esas que para los necios son lo más urgente.

Pero, estamos hablando de sexo sin ansiedad ni angustia, sin tantas largas. Sin relacionarse con los antros, la clandestinidad y los bajos fondos para «tener sexo», y, sobre todo, sin tener que esforzarse mucho para conseguirlo.

Sexo sin tener que pagar con sacrificio ni trabajo el hecho de lograrlo, porque demasiado esfuerzo significa demasiado dolor, y el dolor es sufrimiento. Eso perturbaría nuestra ataraxía. Obtener lo sexual con despreocupación y sosiego, serenamente, fácilmente, sin obsesionarse con ello.

En conclusión:

No hay necesidad de nada más fuera de estas cinco cosas que ya mencionamos para ser felices, ricos y plenos. Si quieres ser rico no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia, poniendo un límite a las ambiciones que te inyectan los demás.

El límite de los deseos es el inicio de la riqueza.

Insistimos: fuera de estas cinco cosas todas las demás ambiciones y consumos mercantiles de la sociedad son algo innecesario y estorboso, incluida la gran educación para el progreso o el arribismo, y, en especial aquella desaconsejable aflicción incómoda llamada amor romántico, porque, aparte de acarrearte compromisos, sobresaltos y ataduras emocionales y sociales, te hace buscar una relación sentimental para sentirte completo, es decir, te obliga a sentirte incompleto en la vida: cuando realmente no lo estás.

Así que, el amor romántico y pasional sólo es otra más de las tantas necesidades falsas o creadas»—.

Epicuro habla hoy. Página 34.

 

 

───α───

—«Aquello que Sócrates, nuestro profesor de filosofía, nos enseñó a todos en aquel alegre curso, es que el sentido de la vida consiste en estar bien, sin ser arrastrados por emociones ciegas. Siempre bajo la guía de la voz de la conciencia, es decir, siendo muy conscientes de nosotros mismos y de las cosas, todo lo cual produce temperancia y prudencia, ya que en eso consiste toda la virtud.

Ser felices es la mayor virtud y la virtud es, ella misma, la felicidad.

Mientras que nuestro compañero de estudios, que se sentaba justo al lado nuestro, Aristocles (Platón) entendió de Sócrates que estar-bien consiste en buscar un estado puramente intelectual de las ideas perfectas, en un mundo erótico pero lejano, mirando un modelo inalcanzable, nosotros, por el contrario, lo entendimos como un estado también erótico, pero físico y emocional muy cercano a la tierra, al cuerpo y la carne propia.

Nosotros tenemos algunas diferencias también con nuestro alumno Epicuro. No tener hambre, frio ni sed, y conquistar la serenidad mental, como un todo, simplemente es una preparación para el sexo. Es la propedéutica del sexo. La voluptuosidad es la necesidad y el placer primordial, el más indispensable, puesto que el ser humano no tiene un cuerpo, sino que es un cuerpo, por esa razón, todas sus necesidades se refieren al instinto del cuerpo mismo.

Por eso, la cumbre del bien-estar es tener sexo con otros seres humanos, en persona, y disfrutando sin miedo de la voluptuosidad en cuerpo propio: no simplemente mirando imágenes, o imaginando a terceros teniendo sexo, sino viviéndolo directamente.

El placer no viene de mirar sino de tocar.

La piel propia es quien decide lo placentero, no las imágenes. Por eso el porno no es para el placer sino contra el placer.

Los placeres del cuerpo son superiores a los de la simple vista, y muy superiores a los placeres mentales.

Muchos reprimidos dicen que, si ofrecemos plena libertad sexual para la gente, entonces, todos se convertirán en maniáticos sexuales desesperados, porque el sexo es algo malo.

Eso es mentira.

Por el contrario, el tener sexo no genera desesperación ni manía sino calma, ataraxía.

El placer o alivio que viene con el sexo permite que la mente se despeje para pensar tranquilamente en otras cosas y en los más altos conceptos e ideas.

Así que, entre mejor sexo tenga la gente, más tranquila, recta, pacífica y razonable será.

Quienes se obsesionan y se convierten en maniáticos, o los que caen en abominaciones sexuales con niños, y, todos los que no pueden parar, son las personas que no han ni siquiera podido arrancar, es decir: los que no logran conquistar nunca realmente la satisfacción sexual.

Por eso insisten en exceso, no pueden pensar en otra cosa, y buscan las maneras más delirantes de encontrar el placer por la simple razón de que no lo pueden jamás alcanzar.

Por más que se estimulen no encuentran alivio.

La causa de eso es que buscan erradamente, en el sexo, un consuelo para un gravísimo entramado de preguntas, confusiones, miedos e inquietudes que les causan gran angustia.

Buscan alivio para su angustia existencial en el lugar equivocado.

Nunca van a resolver esa angustia con sexo, ni con lujos y dinero, tampoco con altos estudios técnicos ni elevación de su clase social, sino con seso.

Para conquistar el placer primero hay que alcanzar una mente clara y serena, porque la cordura es la condición sin la cual nada se puede disfrutar.

La felicidad consiste en disfrutar del placer con prudencia e inteligencia.

No ciegamente.

Gozar con mesura y en su justo medio, sin destruirnos nunca.

Cuando los placeres no son momentáneamente posibles podemos vivir sin ellos. No somos adictos, pues, nosotros poseemos al placer, pero este jamás es nuestro dueño.

Quien experimenta las cosas sin prudencia aumenta en sufrimientos, no en goces».

Aristipo ha regresado. Página 29.

 

───α───

—«Según la filosofía hinduista, el porno solamente existe debido a la posibilidad de sufrimiento en el mundo. Si los seres humanos no pudieran sufrir, es decir, si existieran en un estado de plenitud constante y sostenida, no podría existir porno porque no podrían envidiar a nadie, ni desear lo que el otro goza, ni ser llevados a imitar el goce de otros que no sean ellos mismos. La frustración sería imposible. Así que, la razón última por la cual existe pornografía es la posibilidad de que exista sufrimiento y envidia. Se trata del antiguo problema filosófico del sufrimiento en el mundo. En otras palabras, el porno solamente existe donde hay sufrimiento. Por eso, en realidad, es la cosa más opuesta que existe al verdadero placer y al verdadero goce erótico».

Jai Lakshmi Mata

 

───α───

 

—«Mientras que el símbolo mitológico del mundo grecorromano bien podría ser el dibujo de la corona de laurel o también Eros-Cupido, en cambio, el mito religioso de nuestra actual y pasajera civilización está representado por el dibujo de la flecha de crecimiento económico.

 

Esa flecha no es otra cosa que el símbolo judío y cristiano en su forma pura. El ansia de ir «más allá»: el mito de occidente, buscar las cosas afuera. Ser —arrastrado pasivamente— por algo externo que empuja hacia arriba. Esa flecha representa el viacrucis, la asunción de cristo hacia la tortura. La subida al Gólgota cargando una pesada cruz de trabajo y sacrificio a cuestas con la fe y la promesa inservible de una «mejor vida» ubicada —allá arriba—en lo alto, hacia adelante. El mito del progreso y la modernidad. El viacrucis del ficticio «milagro económico». Es la mala metafísica cristiana repetida y disimulada, una y otra vez, debajo de un nuevo simbolismo monetario para enmascararla y «modernizarla» (cristianismos seculares).

No hemos nunca superado la condición religiosa judía, sólo la hemos convertido en una cosa mutante y deforme: sin sentido, y sin dejar de ser siempre patéticamente cristianos en el núcleo»—.

 

El libro de los símbolos. Página 7.

 

───α───

Abusón legal

—«A ver, escucha: a mí no me preguntes sobre sexo ni sobre mi carrera porno, eso es una gilipollez.

Hay cosas más importantes en qué pensar; en vez de sexo.

Desde que tomé el camino abusivo y fácil para ser feliz sexualmente no me parece un tema importante hablar de sexo: ya que yo lo resolví a costillas de los demás.

Uno no considera importante lo que le ha quedado fácil. Yo sé que los problemas sociales, e incluso ambientales, son causados, a larga, por una gran falta de satisfacción sexual colectiva. No hay necesidad de leer “El Malestar en la Cultura” ni de ser «todo un Freud» para darse cuenta de eso.

Si la gente fuera feliz sexualmente no me compraría tanto porno. Así de simple. Pero ese no es problema mío. Me importa un culo.

Cada cual verá cómo se las arregla con ese asunto. Nadie tiene que apoyar a nadie para obtener acceso al contacto sexual ni para realizarse sexualmente. Ese es un problema individual y del libre albedrio de cada cual. Estamos en la era del individuo.

El sexo que yo practico NO es un derecho para todos sino MI PRIVILEGIO. Obviamente, entre más mostremos al sexo como un lujo y una extravagancia-loca, rara y friky lograremos que sea más difícil que la sociedad lo vea y lo acepte como un sano derecho. Así logramos nuestro cometido. Hay que calumniarlo, hacerlo quedar mal.

El sexo no es un derecho social, qué estupidez, es una mercancía, un lujo, una extravagancia. Mira tío, yo me he acostado con mil quinientas mujeres: y a todas les he pagado por eso. Nunca ha sido gratis. Pero: no he tenido que poner ni un solo centavo de mi bolsillo. La plata ha venido de todos vosotros, de toda la sociedad que ha reunido ese dinero, dándomelo a mí, para que yo me acueste con todas ellas, y, claro, yo me he apropiado de una parte de esa plata: millones de dólares. Tengo suerte y ya. Hablemos de cosas más importantes: no me conviene hablar de mi carrera como modelo porno porque no deseo que nadie sepa cómo exploto la necesidad sexual de la gente.

Nadie muestra sus costuras.

Los que no pueden realizarse sexualmente tienen un problema psicológico. Son bichos raros, y, quizás, para empeorarlo todo, son muy pobres. Eso también les pasa por ser gordos, tener mal aliento y los dientes rotos, o por ser feos, nerds, viejos, desnutridos, bajitos y calvos, o por ser cholos, tartamudos, o por vestirse mal; quizás huelen mal, tienen joroba, son testigos de Jehová, o simplemente son unos ineptos para el trato social como todos esos que se hacen llamar INCEL.

A mí eso me importa un culo, no es problema mío, ni de la sociedad, ni mucho menos del porno.

Eso es problema de cada cual. De malas. Les tocó perder. Que se resignen. Que miren porno, que me miren —a mí— follar las mujeres que ellos jamás podrán tener, que sueñen con ellas y me hagan ganar dinero con cada click. Dime tú: ¿qué más pueden hacer?

Venga, que eso es hacer porno, tío. Vivir del hambre ajena.

Para una parte creciente de la población de hombres, entre más fácilmente se consigue porno gratis y entre más aumenta su distribución, más difícil es lograr acostarse con mujeres en la vida real. Al menos de forma gratuita y espontánea. Eso hay que celebrarlo tío, estamos logrando nuestra meta como industria: hacer difícil y escaso el sexo real.

Pronto les venderemos muñecas inflables sustitutas.

Yo no soy Epicuro. A mí no me conviene que el acceso al contacto sexual sea jamás declarado como uno de los derechos humanos, ni que sea tutelado ni facilitado. A mí me conviene que cada día sea de más difícil acceso para que más personas, hombres más que todo, se consuelen viendo mis videos, me idolatren y me sigan dando su dinero para mantener mi estilo de vida y seguir pagando mis miles de mujeres.

Se trata de una invasión porno, pero con cero sexo real. Y, aunque en la práctica yo soy un proxeneta buscando caras frescas, pues me dedico a inducir mujeres jóvenes a la prostitución, ofreciéndoles fuertes sumas de dinero para que se acuesten conmigo o con otros frente a una cámara sin usar condón, nadie, pero nadie, me puede acusar legalmente de proxenetismo ni de inducción a la prostitución ya que estoy cobijado bajo otra figura técnica legal llamada: «ser modelo porno» y «productor». Y lo mejor: no tengo que pagar impuestos. Si tú intentas hacer lo mismo te vas a la cárcel tío, porque la prostitución no es legal, mientras que yo sigo limpio

¡y puedo hacerlo impunemente!

Y ahora cállate, no preguntes más estupideces que me tengo que ir»—.

 

Ignacio J. Gonzáles.

 

───α───

—«Esta filosofía ha sido diseñada, desde un prolongado estudio del paganismo, las naciones raizales y el pensamiento griego clásico, para denunciar un sistema de castas sexuales actualmente existente y operativo.

Algunos sujetos reciben ciertas ventajas para la realización sexual dadas por su género y por parecerse a ciertos modelos de belleza arbitrarios y racistas, y esto, ha sido ocultado solapada e hipócritamente por la sociedad.

De ese sistema de castas nace el porno como empresa, el cual, es el mismo placer del tramposo que toma ventaja y que luego lanza una limosna.

Consumir porno es comprar paquetes de frustración y envidia. Usando la psicología analítica de Karl Jung analicemos, por favor, la palabra a la cual nos referimos. En-vidia significa: en-la-vidia, o sea: querer vivir-en lo que se mira, o en la situación que se está mirando. Originalmente no era envidia sino en-video. Es el arquetipo psicológico de La Sombra, de la cual nos habla Jung, representada por el ojo, que, escondido y reprimido, mira y graba sin poder estar-ahí, viviendo lo que otros viven. La conjugación antigua del verbo envidiar era: ego in-video (presente de indicativo).

Literalmente significa: «yo en el video». El sujeto, desde la sombra, desea estar en-el-video, es decir, en lo que mira —sin poder estar ahí—. Es el placer negado.

El porno como empresa está hecho premeditadamente para crear la sombra sobre el sexo, es decir, para causar frustración en un rincón muy silenciado y reprimido de la mente.

Literalmente, el mundo del video pornográfico es, desde la psicología analítica de Jung, el mundo de la envidia causada a propósito y premeditadamente.

Se trata, ante todo, de la adicción misma a sentir y comprar envidia.

Quien dice que no la experimenta simplemente la reprime, es decir, se miente a sí mismo.

Adelgaza o sublima su envidia, se la traga maquillándola de admiración hacia sus «modelos sexuales», o hacia lo que hacen, declarándolos «estrellas» y consumiendo más porno.

Pero sigue siendo envidia y no deja de serlo.

Si no quisiera estar-ahí, en-el-video, es decir, si no tuviera un mínimo de envidia, ni siquiera le nacería el deseo de masturbarse mirando la película o la imagen pornográfica como tal.

La envidia es inherente al porno, es inseparable de su consumo. Inseparable.

Ese es el primer elemento de la sordidez que inyecta el porno industrial en el cerebro. Asocia el sexo con la envida, la rabia y la frustración. La industria lo llama: fuckhate. Es la tristeza de no estar presente viviendo lo que se mira. La angustia de no estar haciendo lo que se mira a otros hacer. Es despertar el deseo libidinal de algo placentero sin satisfacerlo: para frustrarlo. Se trata de vender envidia a propósito y de comprarla: sin tener nunca conciencia de eso como comprador. Es obligar a alguien a ver algo para provocarle el deseo de estar ahí sólo para que sepa que nunca pasará. El incitar el malestar o la angustia de no poder estar ahí. Vender envidia es básicamente odiar a la humanidad. Eso es lo que hace el porno como industria. Crear ansias para negar su realización inmediata. A la conciencia se le puede pedir que separe la realidad de la fantasía, y puede hacerlo verbalmente, pero al inconsciente no se le puede pedir lo mismo: sin crear una horrible sombra.

El porno, en suma, trata de vender la frustración de ver a otro disfrutar tranquila y despreocupadamente de una libertad sexual que, difícilmente, se puede tener sin poseer ciertos medios o garantías, y sin arriesgarse a ciertas consecuencias. Ver a otro gozar del placer del sexo —en vez de vivirlo en cuerpo propio—. Ver a otro, un modelo porno, presumir de un nivel de satisfacción sexual que, gracias a un sistema de represión existente, no se puede más que idealizar e imaginar, ya que en la vida real se debe invertir mucho para llegar a un nivel parecido, pues, además, representa un riesgo dentro de una sociedad reprimida.

Eso es el porno. No es —para nada— un placer.

El porno simplemente consuela para hacer sentir «como si» la represión sexual no existiera. Lanza una sombra sobre ella para que no se vea, para hacer como si no estuviera allí: para hacerla invisible y más fuerte.

Es una dosis de morfina para evitar luchar por la verdadera realización sexual: en carne propia.

Lo que buscan los «actores» y productores porno es alardear: mostrando el placer que gozan para excitar el deseo sexual de los demás sin dejarlo nunca satisfecho.

Así lanzan una limosna sexual empacada en formatos multimedia.

El porno es una limosna, ni más ni menos que una limosna. Por eso es despreciable.

Provocar un hambre, sin dar lo que se provoca.

Ver y disfrutar la frustración que se provoca en los demás y hacerlos adictos a ella. Una ética cuyo centro es el existir y el experimentar las cosas en la realidad, no meramente en las imágenes, y cuyo eje es el placer real y físico del cuerpo no puede más que llamar a pensar y materializar esa denuncia».

Jung, hacia la teoría de la envidia sublimada. Pág. 43

───α───

 

—«¿Qué es lo que simboliza el porno exactamente? El símbolo es bastante sencillo: las tres letras X. El sexo es visto como un acto subversivo. Esa es la definición cristiana. Tarde o temprano, tenía que surgir de ahí la pedofilia en mercados secretos, la prostitución clandestina y el porno como empresa. No se podía evitar: es el efecto inevitable de ver el mundo y el sexo con ojos cristianos.

El placer, por su parte, es visto como un lujo y una extravagancia insana e innecesaria. No como el estado natural de paz, sosiego y ausencia de dolor: como lo ve el hedonismo.

Por eso hay que ser duros, trabajar duro, ser crueles, fríos, inflexibles, indiferentes ante la pobreza y la necesidad ajena. El que no trabaje que no coma. Todo placer debe pagarse con dolor y penas. Por eso la economía crece, pero la pobreza no se debe detener. No podemos permitir que se acabe la pobreza. Debe seguir, se necesita más sufrimiento. Por eso, los occidentales no pueden ver el placer como el más legítimo y sano derecho natural, de obligatorio acceso para todos. Dar pan, techo y salud, se podría, pero eso es dar placer gratis, es decir, dar sosiego; y el placer es una extravagancia, así que no hay que dar nada de eso. Sufrimiento y trabajo duro es lo que hay que dar. Mano dura. No al placer, sí al dolor. Si se liberase el placer, automáticamente, mejoraría la calidad de vida y se eliminaría la pobreza: simplemente porque ya no podríamos ser tan crueles con los demás y con nosotros mismos. Ya no seríamos seres tan amargados.

Pero no podemos permitirlo, si lo hacemos nuestra civilización, tal como la conocemos, dejaría de existir. No nos podemos permitir ser felices.

Ya que el cristianismo y el judaísmo miran al sexo como un acto subversivo, muchos sujetos lo usan como una herramienta para expresar una rebeldía personal prefabricada.

El sexo, para los que tienen mentalidad de cristianos y judíos es el acto mismo de trasgredir y desobedecer por excelencia. Por eso, precisamente, se usa como una herramienta para trasgredir y «romper límites». Hay que cortarse el cuerpo, ponerse colmillos, golpearse, vivir sórdidamente. Todo eso es un símbolo para exhibir el «libre albedrío»: para llevar «la contraria». Esa es la idea cristiana de libertad. Lo hacen sin notar que con eso sólo están haciendo más fuerte la represión y el orden establecido. Idiotas útiles.

Tres veces reprimidos.

Tres letras X, cada letra X suprime, son tres tachones, tres veces NO.

El porno simboliza impedir, bloquear y suprimir tres veces el sexo.

NO-NO-Y-NO. Decirle tres veces no al placer en carne y hueso.

El porno es un símbolo de represión y carencia de placer»—.

El libro de los símbolos. Página 32.

───α───

 

 

El enrarecimiento

 

—«El judaísmo, transformado en cristianismo, le lanza encima una mirada de extrañamiento y de rareza al sexo. Una mirada que dice que la parte sórdida, anómala y extraña del ser humano es lo sexual (como lo enseña Freud, que era culturalmente judío). Bueno, resulta que, esa es, exactamente, la misma mirada que le lanza el porno encima, porque el porno actual del mundo industrial, es un efecto inevitable del legado dejado por el cristianismo. Una mirada que enrarece lo sexual. Lo enreda, lo complica. Lo convierte en lo clandestino que se vive sórdidamente. Nada que ver con los gráficos eróticos romanos y griegos. Eso era como otro planeta, no era porno. Crear este nuevo ambiente de «rareza y sordidez» tiene como propósito causar curiosidad y doble moral. Esa es la meta. Esa mirada de extrañamiento y risita malvada hacia lo sexual es la mancha imborrable de cada persona y de cada civilización que provenga o que se haya relacionado con las tres religiones provenientes de Abraham. Es la mirada de Abraham sobre el sexo. Es el mito occidental, el corazón de esta civilización enemiga del placer.

Los hombres y mujeres raizales de las naciones originarias, antes de la llegada de Colón, en el Amazonas, por ejemplo, que vivían bajo otro mito, en otra dimensión, podían mantener siempre un amable contacto sexual en los ríos y en el agua, o en las malokas, y los niños mientras jugaban podían ver esto: y todos estaban serenos y alegres, porque no existía la maldad, es decir, no existía ese tipo de malicia. Así vivieron durante nueve mil años. No existía la mirada cristiana de extrañeza y rareza sobre el sexo. El sexo no era porno. Esa no era su intencionalidad. Cuando los misioneros católicos y protestantes llegaron les inyectaron el sentido de la mala-intención a esas personas. Para la errada mente cristiana tener deseo sexual significa lo mismo que tener malas intenciones. Ese es el punto. Con eso destruyeron la dimensión en que vivían las naciones raizales como se rompe una diáfana burbuja de jabón. Podrán pasar muchos siglos y podremos llenarnos la boca presumiendo de «haber superado el cristianismo», pero, mientras mantengamos esa mirada de extrañeza sobre lo sexual, enfocándolo como lo raro, jamás dejaremos de ser cristianos. Eso siempre nos perseguirá como una sombra. Ahora se ha mutado a una exitología cristiana, un culto al progreso y el éxito personal, un cristianismo invisible, renovado, pop, incluso ateo y democrático, pero seguimos bajo su sombra. El cristianismo no ha muerto: simplemente ha mutado y cambiado de ropas. Su lógica sigue viva»—.

El cristianismo y su sombra. Página 13.

───α───

Las baterías humanas

 

—«La cantidad de recursos financieros —astronómicos— que los fundadores pedófilos de la industria porno, como Peter y Jens Grundtvig Theander, han manipulado desde 1968, sumados a todos sus recursos humanos, que desde hace cincuenta años se han volcado para crear esa empresa, se pueden emplear mejor para generar la legalización de la prostitución con sus debidas prestaciones sociales.

Separándola de los bajos fondos y de las tabernas, y regulándola para que sólo se presente entre adultos. Pero el porno lo ha impedido.

Se le ha ofrecido a la gente simplemente una sexualidad de imágenes impalpables, que juegan trucos con la mente.

Los recursos para la liberación sexual real ya existen, pero están en las manos equivocadas: en esa industria.

Los esfuerzos que se han hecho para crear el porno como empresa son muy grandes. Si se encaminaran en otro sentido, tendríamos una sociedad mucho mejor en términos políticos y económicos, ya que estaría satisfecha sexualmente —en la vida real y concreta— dentro de un marco benéfico.

Sin embargo, el porno no lo puede permitir.

Esa industria liberó el sexo, pero en otra dimensión, en otro planeta: en la dimensión del video, para mostrarlo como algo que no vale la pena liberar en la vida real.

Si todos esos recursos fueran reconquistados por la sociedad, se podría generar una vida sexual menos clandestina y menos solapada, más vital, plena, variada y rica para todos, y, por ende, como efecto de ello: una sociedad más justa.

¿De dónde viene esa idea de que los problemas de la sociedad tienen un origen erótico-sexual?

Según la psicología analítica de Jung, la libido es algo positivo y creativo, no es una fuerza macabra y ciega, como decía Freud, quien era fiel a la tesis negativa judía. Por esa diferencia de opiniones se separaron.

Para Jung, la libido alimenta las «ganas de vivir», es la fuerza detrás de todo mito civilizador, ella misma es el interés erótico absoluto hacia el disfrute de la vida.

Existe evidencia sobre la validez de la propuesta que se deduce del enfrentamiento entre Jung y Freud: al resolverse la represión sexual se moderarían los grandes problemas políticos, económicos e incluso ambientales, porque todos ellos han sido causados por la libido humana herida.

Dos mil cuatrocientos años atrás, Aristipo, el padre del hedonismo, ya había propuesto la misma tesis, en otros términos.

Lo que pasa actualmente es que la industria porno ha capturado esa posible libertad, pero la ha hecho viajar a otro mundo:

al mundo de las ideas, ideas puestas en imágenes. Unas imágenes que no existen en la vida concreta, real, aquí y ahora. Una cosa metafísica, una ficción cuyo verdadero objetivo es que nunca sea realmente alcanzada la libertad sexual.

El porno ha sublimado o «espiritualizado» lo sexual para que no alcance su realización material en la praxis social.

Es uno de los ministerios de la gestión capitalista, hecho para adormecer a las masas.

En el ser humano circula una potencia libidinal-sexual muy importante que está difusa en todo. Cuando nos gusta un carro con hermosas líneas de diseño, por ejemplo, ahí está actuando lo erótico-y-libidinal en nosotros. Está en todo lo que hacemos. Nacimos con una tendencia hedonista hacia el placer.

Eso ha sido herido, contenido y enfocado hacia el trabajo laboral. El mundo del trabajo debe tragarse esa potencia. Descargarla.

La energía sexual —reprimida— es la batería humana que, por medio del trabajo, mueve las máquinas y la «productividad».

De cierto modo, somos baterías humanas al servicio de un ente que se alimenta de nuestra libido,

como esclavos.

Por eso la sociedad hace difícil el acceso al contacto físico-sexual abierto: no clandestino ni solapado. Eso explica por qué lo sexual es impedido y saboteado con sordidez, alicoramiento y embrutecimiento.

El porno hace ver, ficticiamente, como si se viviera en una gran libertad sexual.

Está hecho para que esa capacidad libidinal sea encerrada por sus imágenes, en la figura ladrona de sus modelos. Unos frascos-contenedores que absorben esa potencia sexual humana para que lo libidinal no pueda expresarse físicamente sino sólo imaginariamente.

En ese estado de represión sexual, la gente acepta más fácilmente someterse al mundo del trabajo, y sacrificarse por un orden político inhumano.

En el dinero y las mercancías, es decir, en la compraventa capitalista, se van a encontrar unos pequeños orgasmos de consuelo. Comprar causa un placer relacionado con lo sexual. El consumismo está hecho para consolar, compensar, suplantar y hacer olvidar el verdadero orgasmo sexual con la vida real que se ha negado.

Los pueblos paganos, que para Jung siguen vivos en el inconsciente colectivo y los mitos: esa biblioteca de la humanidad, tenían su potencia libidinal plenamente fluida a través de la relación con la tierra. Lo vemos en sus saturnales, cantos, cosechas orgiásticas, etc.

Esa felicidad sexual los hacía felices con su vida y su legado. Por eso tenían un ethos.

Por eso eran verdaderas naciones.

El ser humano actual, por el contrario, es el imitador del judío Abraham como lo dijo Hegel, no es feliz donde está, por eso no puede darse el lujo de ser feliz con lo que tiene. Siempre tiene que estar errando como un pueblo desterrado.

Lo que pasa es que al hombre moderno se le roba la satisfacción sexual para que siempre sienta que le falta algo, y de esa manera, esa desdicha sexual lo empuje a tener cada vez más ganas de «progresar», «ser productivo» y «salir adelante».

Todo para alcanzar ese algo que le falta.

Con liberar lo sexual encontraría lo que tanto busca y podría entender que nunca le ha faltado nada realmente.

El porno finge «darle» lo que le falta, pero no lo hace finalmente. Traiciona su promesa instintiva.

La ideología marxista y capitalista del progreso, ambas, comparten el modelo psicológico de «ir más allá en línea recta». Son leyendas del progreso.

Son versiones civiles del judaísmo. Mitología judaica renovada.

Ese deseo de progreso infinito se alimenta de la desdicha sexual, así que la tienen que provocar primero: para que el sistema funcione. Ese es el motor de empuje de la modernidad. Por eso, desde la confrontación entre Jung y Freud, la liberación sexual real sería la única manera de enfrentar al sistema, haciendo que cayera por su propio peso. ANTES QUE educación, magisterio, grandes obras públicas, puentes y colegios, ciencia e ilustración, antes que todo eso, y para que todo eso funcione y tenga sentido, debe implantarse y asegurarse PRIMERO la realización sexual universal»—.

Jung contra Freud. Página 34

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La prostitución legal, y la prudencia como base fundamental del hedonismo

 

—«De la filosofía de Aristipo se desprende que nuestra sociedad debe garantizarse y gestionarse —para sí misma— unos medios económicos y unas seguridades, gratuitas o subsidiadas, para que cada cual, dentro de ella, pueda experimentar con el sexo en carne y hueso, presencialmente, tocando y siendo tocado a lo largo de su vida por muy diversas personas y de muy diversas maneras, en los muy diversos tipos de acto sexual que se puedan concebir e imaginar, viviendo con seguridad médica y sin temores su propia «escena porno» siempre que lo desee, y no coartando su libertad sexual limitándose simplemente a mirar tristes videos porno vividos por otros, sin tocar a nadie, sin ser tocado por nadie fuera de sí mismo (autismo sexual) sino viviéndolo en su experiencia real y corporal.

Pero eso no es todo.

De la filosofía de Aristipo se sigue que, aún más importante que eso, es que el ser humano no debe recurrir para esos fines a los bajos fondos, ni a la prostitución ilegal clandestina, mezclada con drogas y licor. Ni tampoco al mundo secreto, sino que es un deber de la sociedad, para consigo misma, buscarle contactos sexuales a cada cual, o ayudárselos a conseguir— entre sus iguales y sus pares—, a plena luz, sin discriminación y con dignidad.

Las instituciones educativas deben ofrecer oportunidades para esa socialización sexual legal, fomentada por la sociedad y las instituciones.

Por supuesto, la prostitución tiene que estar legalizada, y una vez suceda eso, según Aristipo, es más que bienvenida, pero mientras sea clandestina y esté mezclada con los barrios bajos, la delincuencia, las drogas o el alcohol no representa un placer sino un riesgo imprudente y además, una extrema humillación donde la persona se ve obligada a agachar la cabeza para aceptar que sus iguales no quieren tener sexo con ella y que debe recurrir a los bajos fondos para buscarlo y experimentarlo a medias.

Sexo con humillación, sin dignidad o por lástima no es un placer sino una tristeza. Es una experiencia deprimente y reprimida pues el sexo es una búsqueda de reconocimiento.

El modelo porno, en cambio, disfruta de esa experiencia, pero con dignidad y dentro de un marco de completa seguridad.

Entonces, no se trata de quedarse esperando, con los brazos cruzados, a que cada persona del común tenga la «suerte» de encontrar sus propios contactos o amistades sexuales «individualmente», como lo dicta el cristianismo individualista, que es la base de la que se sostiene el porno.

Hay que garantizar y facilitar la socialización sexual, poniendo en contacto entre sí a seres humanos reales; distribuir eso con criterio, prudencia y moderación. Bajo el amparo de las instituciones y dentro de la legalidad y, ante todo, la seguridad.

Por eso, de nuevo, una prostitución de alta calidad y seguridad debe ser legalizada y profesionalizada con todas sus debidas prestaciones de ley, como cualquier otra profesión u oficio digno y calificado: es para el bien de la sociedad misma.

Es el enfoque pagano, grecorromano: para eso eran las sagradas saturnales.

Muchas naciones raizales como los quechuas y muiscas también tenían unos avances sexuales muy parecidos.

No era el enfoque puramente imaginario-individualista del porno carente de realidad de hoy.

Decimos: libertad sexual con prudencia, pues, como lo enseña el mismo Aristipo de Cirene, mostrando la puerta de un templo dedicado al placer en Corinto: lo malo no es entrar sino ser incapaz de salir.

Atención con eso, pues se trata del principio y la base fundamental del hedonismo cirenaico: la guía y el camino hacia el máximo placer es la temperancia o moderación. En la calma está el máximo placer. —No hay placer sin prudencia—.

Tener prudencia simplemente significa tener táctica y estrategia. Es el saber hacer para evitar riesgos. No es, necesariamente, huir de las cosas. Prudencia no es cobardía. Hay casos de peligro inminente de muerte o de grave daño mental que exigen la huida, pero esos casos son raros.

La prudencia sexual, específicamente, no es huir del sexo, ni tampoco hacerlo clandestina y solapadamente, sino tener el método, el procedimiento, los protocolos de seguridad y la planificación para disfrutarlo eliminando todos los riegos, consecuencias y problemas.

Por eso Aristipo era alumno de Sócrates y charlaba amigablemente con Platón. No era un bruto borracho.

Era un cultivador de la prudencia, el justo-medio y la temperancia para alcanzar los máximos deleites.

Los que no se pueden moderar en «los placeres» son los cristianos, o los que piensan como cristianos, o los que nacieron en sociedades con antecedentes cristianos o judaicos.

Por eso han convertido al placer en sinónimo de vicio-secreto-y-solapado.

Esa es la causa de sus profundas injusticias y sus problemas sociales y económicos como sociedad.

En realidad, el placer es la mayor virtud. Lo han convertido en vicio porque ellos mismos son incapaces de tener ninguna virtud como tal.

Ese origen cristiano, aún vivo, es lo que explica la epidemia de adicciones de la posmodernidad»—.

Aristipo entre nosotros. Página 27

 

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—«El progreso es un mito como cualquier otro. Ya sea capitalista o marxista: es sólo una mitología. Por eso, los compromisos y el afán por «progresar» no deberán nunca preocuparnos, sino que deberemos relajarnos frente a esa religión. En el mundo ha habido miles de mitos, el progreso moderno sólo es otro más. Una mitología no tiene más verdad que otra, sino que su veracidad radica en la capacidad que tenga para impresionar y sugestionar nuestra mente.

Un mito puede crear guerras entre dos hermanos que compiten por su único dominio. Eso lo hemos visto una y otra vez, la gente realmente cree que se está dando el pellejo por una verdad. Sólo están sugestionados por un mito.

El enfrentamiento entre derecha e izquierda, marxismo y capitalismo, no es menos demente que el enfrentamiento entre hugonotes y católicos, cristianos y musulmanes: sinsentidos. Son guerras santas por la primogenitura de un mito.

El marxismo y el capitalismo son dos gemelos que compiten por el primer puesto del mismo mito: el progreso moderno ilustrado. Hijos de la misma mitología; no son realmente diferentes.

El capitalismo es un delirio de grandeza y el marxismo es, ese mismo delirio, sólo que expresado de un modo distinto.

En vez de atacar al capitalismo o al marxismo, en una guerra inútil, se debe atacar su raíz común, la fuente de donde ambos provienen: la mitología del progreso. La leyenda de la modernidad y el mito racionalista de la ilustración.

Cualquier mito que haga infeliz al ser humano debe ser reemplazado por otro que lo haga feliz. Debe ser desechado, así nos hable de vida eterna, o de darnos la capacidad mágica de transformarnos en animales poderosos, o incluso, de ciencia, viajes a la luna, «evolución» y «tecnologías».

En uno u otro caso, se trata siempre de simples encantamientos, spells, hechizos, brujerías que sugestionan a la mente. Puedes usar el cine de Hollywood, y el símbolo del dinero, para drogar a la gente con un mito, o también puedes utilizar hongos alucinógenos, sexo y danzas rituales, lo cual resulta mucho más económico y causa unas visiones más realistas. Las naciones paganas usaban cosas como lo segundo.

La actual civilización usa cosas como lo primero. Da lo mismo. Se trata de brujos-chamanes dirigiendo una danza ritual alrededor de un fuego mágico. No es posible ninguna civilización sin esos brujos,

todas los tienen que tener. La modernidad mintió al decir que se puede crear una civilización sin mitos y sin brujos, ya que ella misma es un mito, y sus expertos, cineastas e intelectuales son sus brujos.

Nuestro actual fuego sagrado se llama: mito del progreso. Es sólo un muñeco de vudú, no es nada real, es una novela. No se necesita para ser felices.

Progreso no significa lo mismo que felicidad. Por eso, prácticamente no tiene un gran valor. La ciencia no progresa: vive de accidentes que, tarde o temprano, tenían que ocurrir. Con ciencia o sin ciencia, hoy tendríamos electricidad de todos modos, lo mismo que antibióticos: nacieron de accidentes. Los seres humanos no se deberían preocupar tanto por el progreso, sino por ser felices. Ser felices significa: ser felices erótica y sexualmente.

Lo erótico es la alegría misma de vivir en paz mental, y lo sexual es vivir

el sexo por medio del contacto corporal-y-físico directo, con otras personas. Gústele o no le guste a los mojigatos que dicen que somos «más que animales», y que luego de decir eso, se van a ver pornografía a escondidas: perdiéndose del contacto directo y contentándose con imágenes.

La felicidad sexual se vive en carne propia. No mirando a otros ser felices, como sucede cuando se consume porno, sino siendo feliz uno mismo con los que están cerca. La humanidad sería menos miserable si de verdad liberara el sexo: pero no de manera solapada, ni secreta, ni escondida, ni nocturna, ni clandestina, ni detrás de máscaras y porno, ni tampoco en las cantinas, sino a la luz de la vida: de frente.

Una sexualidad abierta, robusta, promovida y sufragada públicamente por todas las intuiciones políticas. Sin eso, el «progreso» sólo conduce a la neurosis, o sea, a la autodestrucción. Si le enseñas ingeniería a un loco, inteligente pero sexualmente reprimido, que inconscientemente sólo desea morir para dejar de sufrir, simplemente la usará para crear una ingeniosa bomba de tecnología: para matarse. Pensemos en eso. Ese loco, es la actual «civilización».—

 

Conclusiones de un diálogo entre Feyerabend, Aristipo y Joseph Campbell

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El sexo es un vicio

 

—«La teología judía es bastante clara: debemos percibir el sexo, y por extensión todo el mundo del placer, como un vicio. El placer es un lujo que se debe ganar con trabajo o riqueza. Sexo es vicio. Ese es el primer mandamiento del judaísmo. De esa máxima nació el capitalismo. Por eso el porno, como industria netamente judaica, retrata al sexo como un vicio. Esa es la razón que explica su visión y su misión empresarial. Por otra parte, debemos percibir el trabajo o el sufrimiento como una gran cualidad o virtud. Hay que dedicarse públicamente al trabajo y al sacrificio, y secretamente, al sexo y al mundo del placer, es decir: al vicio. Las instituciones políticas deben servir al trabajo, universalmente, como un derecho a proteger y fomentar. Hay que garantizar el derecho a trabajar para un patrono laboral que usa el tiempo, es decir: la vida de cada persona. El derecho a sufrir y ser secuestrado para el trabajo enajenado debe ser promovido. En cambio, se debe dejar el placer a un lado, como algo no político, como algo que no es un derecho que deba ser garantizado, sino como un «asunto» de cada cual. Esa idea judía, talmúdica, pasó al cristianismo y, a su vez, a la modernidad: como un virus. Esa idea religiosa es la causa de todos los problemas de la cultura actual, caracterizada por el ansia reprimida de placer. Si se invierte esa flecha, si se deja de percibir el sexo como un vicio y se entiende que es la principal virtud política, reconociéndolo como un derecho que debe ser garantizado, englobándolo con la idea misma del placer como eje central de la sociedad, entonces, la condición humana será mucho menos miserable, y la sociedad será menos desigual. Sólo bajo ese escenario se podría realizar la justicia social. Antes no»—.

Hacia una política hedonista. Página 56

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La desigualdad de para atraer (asimetría sexual)

 

—Entre los dos sexos existe una monstruosa asimetría o desigualdad para causar atractivo en las demás personas. Pero esta desigualdad no es natural. Ha sido creada por nuestra cultura, no por la naturaleza.

No se les puede pedir a todos los hombres que, en la sociedad actual, sean el centro de atracción sexual. De nuevo: no en todos los casos, pero sí para una relativa mayoría de hombres las puertas están cerradas. Ellos son los que tienen que buscar. Muy difícilmente son los buscados para el sexo. Son los que deben que «salir de cacería» para buscar relaciones sexuales. Con desesperación y ansiedad acumuladas, con rabia y despecho reprimido algunas veces. Al menos algunos de ellos llegan al punto de tener que pagar por un servicio clandestino y muy riesgoso de prostitutas que tienen sexo con ellos de mala gana, que los desprecian y los despachan con afán mostrando una abierta falta de deseo, o que los intentan drogar y emborrachar peligrosamente para robarlos. No se trata de la prostitución legal romana o griega, que era de alta calidad, que se ejercía en jardines-bibliotecas y en la cual las esposas de los senadores y emperadores romanos a veces se involucraban abiertamente, sólo por el placer de jugar. Ahora se trata de prostitución ilegal y de mala calidad, en antros indeseables. Prostitución basura.

Por su parte, en la otra orilla y en una relativa mayoría, las mujeres son el centro de atracción sexual. La mujer rara vez tiene que buscar a nadie para tener sexo: a ella la buscan. Ella suele ser buscada por el solo hecho de ser mujer. El cuerpo femenino es el cuerpo deseado. El porno explota toda esta trama.

De nuevo: esto no fue creado por la naturaleza sino por la cultura. En Grecia sucedía todo lo contrario: el sexo masculino era el sexo bello, era el centro de atención para las mujeres y para los otros hombres. El cuerpo masculino era el cuerpo deseado. Cada cultura decide cual será el sexo bello. El judaísmo y sus miembros patriarcales decidieron que la mujer sería el sexo deseado y el hombre sería el que la buscaría a ella, limitándose a trabajar y acumular riqueza, valores agregados de machismo o la simple fuerza para poseerla. De ahí nació todo el problema actual que azota a la humanidad.

Ya que esta asimetría es tan grande rara vez existe, prácticamente, ninguna mujer, no diremos que todas, pero casi todas, que no se haya podido acostar con los hombres y mujeres que haya deseado. Sus deseos son casi siempre órdenes. Ni siquiera tiene ni que pedir abiertamente nada. Lo que sugiere sexualmente lo logra. Prácticamente no conoce el no como respuesta, pues, muy rara vez, tiene que hacer gran esfuerzo para tener sexo. Muchas veces el sexo mismo es algo que se da tan fácilmente para ella, que la mujer se puede ocupar en otras búsquedas más románticas y sublimes. En buscar la perfección.

El hombre, en cambio, de un modo relativamente mayoritario vive en el planeta opuesto. En su mundo la mayoría de mujeres le han dado un no como respuesta. Quizás ha escuchado la palabra no de todos los modos habidos e imaginables. Algunas han accedido, claro, pero, las que acceden suelen ser muchísimas menos que las que le dicen que no. Las que han aprobado el sexo casi siempre han mostrado resistencia, el sujeto quizás frecuentemente ha tenido que hacer un esfuerzo y cargar a veces con algún tipo de pago, atención o compromiso.

Esta asimetría es algo de lo que nadie nos quiere hablar, pero es inmensa y es incomprensible para cada uno de los implicados. La mujer difícilmente podría imaginar ni comprender un mundo donde la mayoría de hombres le dijera que no a sus deseos sexuales, y donde ella no generara atracción sexual. Su problema es el opuesto: el exceso de solicitudes para acostarse con ella, el acoso insoportable de los hombres para tener sexo, los ofrecimientos de dinero, las presiones, incluso las violencias y el acoso.

Ella muy rara vez puede ver que eso quizás tenga también unas causas lógicas. Tal vez no se trata de que algunos hombres quieran necesariamente ser así, desde una libre elección. De pronto, es posible que exista un sistema sexual que determina a muchos a ser así. Quizás no estamos viendo la fábrica que los produce. No pensamos en causas sino en la culpa y el libre albedrio individual porque vemos el mundo como judíos y cristianos: basándonos siempre en la presunta existencia del libre albedrío. La mujer rara vez se imagina cómo se viviría en un mundo donde la respuesta siempre fuera no. En un mundo donde se tuviera incluso que pagar para tener sexo. Esa vida probablemente sea imposible de imaginar para algunas de ellas. Tal vez creemos que los demás viven en el mismo mundo en que nosotros vivimos y así mismo los juzgamos.

Por su parte, el hombre no puede entender que el machismo es la causa que ha generado esta terrible asimetría. Si el sexo masculino no hubiera sido educado en el judaísmo, el creador del patriarcado, para el cual es un pecado hablar de belleza masculina y donde eso implica afeminamiento o «amariconamiento», si el hombre no se hubiera limitado a trabajar y trabajar como un macho feo y proveedor, descuidando su belleza y su poder erótico, dejando de explorar su propia capacidad de atracción y su cuerpo, como sí lo hacía en el mundo griego y pagano, la historia sería distinta.

Pero ahora, henos aquí. De cierto modo, los hombres se necesitan cada vez menos para tener sexo. Muchas mujeres se han acostado con un número mayor de mujeres que el que han logrado disfrutar muchos hombres. Un elevado número de mujeres, de hecho, prefiere tener sexo con otras mujeres, y acceden a ese tipo de actos sexuales mucho más fácilmente que a tener sexo con los hombres. La pornografía industrial es responsable, en gran medida, de este fenómeno gracias a sus escenas de sexo bisexual y lésbico que llegaron a las habitaciones de las niñas de entre siete y nueve años, en sus casas, a través de internet cuando sus padres salían a trabajar. Esto cambió en algunas sus expectativas sexuales. Les provocó unas lujurias o deseos hacia otras mujeres, inclinándolas hacia la bisexualidad. Sin embargo, el porno no es la causa única de este hecho. De todos modos, para un cierto grupo relativamente alto y creciente de hombres cada vez de manera más frecuente la respuesta es un no, debido a una pérdida de interés sexual hacia lo masculino. Cuando una mujer promedio muestra su figura con relativa libertad caminando por la calle entre un grupo de hombres y mujeres les roba las miradas a todos y obtiene poder inmediatamente. Todos la desean. Cuando un hombre promedio hace lo mismo prácticamente nadie le presta la menor atención sexual. Por eso existe el porno, para compensar esa falta de poder sexual del hombre en nuestra presente civilización, y por eso mismo los griegos y romanos no lo necesitaban.

Estudiar y solucionar esta asimetría entre la poca atracción sexual que suele despertar una relativa mayoría de hombres y la excesiva atracción y poder sexual que despiertan casi todas las mujeres es de vital importancia si queremos evitar una tragedia mundial en el futuro. Esta asimetría es el origen de la neurosis colectiva y la ausencia de paz en la cultura. Debemos regresar a la simetría, no necesariamente a la igualdad, pero si recuperar un mínimo equilibrio.

Los medios de comunicación, la presentación de noticias, el periodismo, el cine y la publicidad —e incluso la industria porno— deben estar obligados —por ley— y por las instituciones, a promover, con una cierta frecuencia, la imagen y la belleza sexual de todos los hombres, en especial de las razas y estaturas que han sido hasta ahora relegadas a los papeles no atractivos, incluyendo a los invidentes, los discapacitados y los sordos. Los modelos de la publicidad, el periodismo, el cine y el porno no deberían ser siempre los mismos: el típico hombre de biotipo europeo, alto y de aspecto mediterráneo, o el africano descomunal. Cuando los europeos-sefardíes invadieron los territorios milenarios donde ya existían modelos propios de atractivo sexual, les quitaron a los hombres del lugar su puesto natural. Ahora las mujeres locales debían sentir atracción por los invasores extranjeros, y despreciar a sus iguales para preferir modelos importados. Nadie parece tener deseo de estudiar la colonización sexual.

Todos los problemas sociales actuales provienen de unos modelos del mundo judíocristiano que implantaron los países colonizadores sobre naciones que llevaban miles de años elaborando su propio mundo raizal. Desigualdad, machismo, desempleo, discriminación, así como el clasismo que produce el clientelismo y la corrupción política, todas estas cosas vienen de la colonia, y no sólo la española, sino la de las demás banderas que la siguieron.

La misma discriminación sucedió con los que son diferentes y fueron puestos lejos del mundo del sexo. Sin embargo, los invidentes también son seres sexualmente atractivos, los sordos, los hombres en sillas de ruedas, los bajos, los aborígenes. Por eso no existen «actores» porno. Esa no es una profesión, la naturaleza les dio actuación sexual y belleza sexual a todos. Absolutamente a todos sin excepción. Somos una sociedad miserable en nuestro racismo solapado y disimulado. Era mucho mejor cuando el racismo y la discriminación colonial eran abiertos, brutales y explícitos. Al menos en ese caso se podía ver claramente la discriminación cruda y se podía luchar abiertamente contra ella. Ahora la discriminación es políticamente correcta, hecha con disimulo. Si el sujeto se atreve a protestar queda como un resentido, un acomplejado o un loco. «Todo está bien —¿de qué te quejas?, mírate a ti mismo, tu problema es personal, visita un loquero, tómate tu medicación—». La discriminación se ha normalizado.

Basta con un poner a presentar el noticiero a un cierto tipo de seres humanos para discriminar a todos los demás, y todo sin decir una sola palabra, sin ser abiertamente discriminativos, sonriendo siempre. Los brujos manipulan las imágenes y las imágenes son la base de los actos y los afectos humanos, no el libre albedrío. Este tema debe ser reflexionado.

Quizás, las mujeres, eventualmente, puedan explorar algún día la remota posibilidad de que exista un mundo donde para ciertos seres humanos, muchos hombres, la respuesta siempre es no, y que esto no se trata, necesariamente, de que no hagan lo suficiente, ni que tengan un «problema de actitud», sino que, quizás, muchas veces son relegados por el mero hecho de haber nacido hombres, o por haber nacido dentro de ciertas zonas de la masculinidad que no son las celebradas por la propaganda sexual. La verdad es que dentro de la era del individualismo-y-el-egoísmo no nos importa si esto le sucede a los demás, no es nuestro problema, así que nos contentamos simplemente con pedir medidas de policía para reprimir el mal comportamiento y el acoso. Quizás no nos interesa solucionar el problema de raíz. Para algunas mujeres podría ser relativamente difícil contemplar todo esto, pero es una posibilidad de todos modos. Sería muy interesante que algunas consideren evaluarla—.

La discriminación inconsciente. Página 13

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El objeto de esta brevísima obra es responder cuál es el sentido de la existencia y el significado de la vida, junto con la más eficiente forma de ser felices y alcanzar la autorrealización personal. Lo logramos gracias a acoplar en una sola enseñanza la filosofía del placer de Aristipo y de Epicuro reconciliando todas sus diferencias. Todo esto incluyendo elementos de algunos otros pensadores y de la psicología analítica.

En el «lenguaje técnico» de la filosofía al hecho de tratar de responder cuál es el mejor modo de vivir para ser felices se le dice: ética. Es una tarea ambiciosa. Rara vez la gente sabe lo que esa palabra realmente significa. Lo hacemos aportando una solución pragmática para que la actual sociedad sea menos miserable a nivel social y económico. También tiene como objeto definir qué es y sobre todo que no es Dios, o sea la Naturaleza, y cuál es su verdadero significado. Nos proponemos responder qué es la libertad identificándola con la felicidad y finalmente, nuestra meta es ayudar a alcanzar la plenitud existencial a través de un medio hasta ahora poco considerado por la filosofía. En segundo lugar, enfocamos la mirada de cada lector hacia el mecanismo mental llamado: imitación de los afectos que explica finalmente todos los problemas personales y colectivos, por el contagio de las emociones de los demás: debido a una excesiva interacción social. Pedimos prestar mucha atención a ese asunto. En tercer lugar, este libro tiene como propósito hacer una denuncia contra todas las formas de represión sexual empezando por la pornografía a nivel industrial, simplemente porque el porno es algo metafísico. De hecho, es metafísico en exceso, es decir, es una sexualidad sin presencia del contacto físico directo, ya que lo evita y lo impide, y, además, no socializa a las personas entre sí, de modo que también evita e impide la socialización-política para conquistar el placer. Aparte de eso, como industria moderna el porno retrata al sexo como algo sórdido y, ante todo, se opone a que se declare el acceso gratuito al contacto sexual como uno de los derechos humanos sostenidos por la sociedad.

Únicamente al terminar la presente introducción, de apenas quince hojas por cara y cara, entraremos de lleno en materia filosófica, exponiendo con todo detalle los principios lógicos de la ética hedonista y su relación con el asunto del libre albedrío. Pero antes de eso, nos permitiremos utilizar esta introducción para fundar la crítica hedonista contra el porno actual —como empresa privada—.

Esta crítica se produce porque el porno no ofrece, y jamás va a ofrecer, la experiencia real ni tampoco los medios para hacerla real, sino que, al contrario, aleja a cada persona de una auténtica experiencia sexual: y lo hace a propósito. Nuestra crítica no es contra las fantasías eróticas: porque eso es inseparable de todos los seres humanos. Como lo demostró Floyd Martinson investigando en la estructura sexual del niño: nacemos con eso. Vinimos al mundo con ello. Está en nosotros siquiera antes de comenzar a hablar y contar con los dedos de la mano. Eso no viene del porno sino de la naturaleza. Lo libidinoso es nuestra esencia primordial como seres humanos, antes de la razón y por encima de ella, antes de todo. El porno vino muchísimo después a explotar eso: es un parásito despreciable, que se alimenta de aquello que es inseparable de nosotros, sin darle nunca satisfacción real. Por eso nuestra crítica contra el porno es implacable. Más claros no podemos ser con esta explicación.

Por eso, benévola lectora y lector, en este breve libro no criticamos el intercambio anónimo de imágenes y charlas sexuales entre la gente del común hechas por ellos mismos. Eso ni siquiera debería ser llamado «porno». En ese caso se trata de un simple y humilde erotismo anónimo o artesanal entre personas reales que muy posiblemente ya tienen contacto físico entre sí, o esperan tenerlo pronto. Personas que han dialogado, que al menos se conocen y, sobre todo: que se reconocen. El porno industrializado, en cambio, no es nada personal. Se trata de una historia muy diferente. En nuestra crítica nos referimos única y exclusivamente a la pornografía industrial y eso lo repetiremos varias veces. La tesis central es bastante sencilla y clara: el porno aumenta la represión política.

La actual civilización occidental ha convertido el sexo en un lujo sórdido, por medio de la manera como ha sido retratado por el porno. Lo maquilla y lo muestra de cierta manera con el propósito de hacerlo casi inaceptable y muy difícil de lograr en la vida real. Lo pone en otro planeta, en otra dimensión llamada: videoesfera. El porno existe para que la gente le tenga más miedo no-consciente al sexo y lo vea como un lujo raro, extravagante y sórdido. Esa es su función: convertir al sexo en una extravagancia, de algún modo, perversa. Una leyenda cuyos héroes son los modelos porno. Es tan sencillo como eso. El sexo debe ser visto como algo muy raro o malevo que no quieres que tus hijos te vean haciendo. Se libera el sexo en el otro mundo, el mundo ultraterreno de los videos, con el objetivo de hacerlo ver como algo anormal y para reprimirlo —en este mundo— de la experiencia real.

Eso es, en una frase, lo que hace el cristianismo: sugerirle a la persona que contemple la felicidad en unas imágenes, mirando hacia un mundo ultraterreno que se puede mirar y no tocar, para que se consuele y se conforme con ser infeliz en este mundo. El porno, básicamente, ordena hacer lo mismo, es un calco del cristianismo: pone la felicidad sexual en otro plano, más allá de la realidad. Es un tipo de platonismo sexual desfigurado por medio de un ácido arrojado sobre la cara de Platón. Por eso en la industria porno usaniana (estadounidense) la palabra sexo siempre viene acompañada de la palabra maldad: evil, devil, kink, twisted, etc., etc.

En una sola frase: el sexo y la sexualidad son entendidos como un acto extravagante, un vicio lleno de sordidez, macabro, y como un antro oscuro. El sexo debe asustar, impresionar, causar pánico al verlo, alarmar, causar vómito y nausea, por lo tanto, no puede ser nunca un derecho tutelado, cuyo acceso deba ser garantizado para todos, sino un lujo sórdido. Es un razonamiento bastante sencillo. El sexo es —y tiene que ser— algo siniestro. Una imagen de amputaciones grotescas, porque el sexo, según lo entienden el judaísmo y el cristianismo, es un acto subversivo. Tan simple como eso. Esa es la visión que profesa el porno: una visión cristiana de la sexualidad. Una manera de ver las cosas totalmente opuesta a las civilizaciones raizales, no cristianas, griegas romanas y paganas, donde lo sexual era visto y entendido como lo más sano, claro, trasparente, central y frontal de la vida pública y de la sociedad, así como de la existencia de cada persona. Para la ideología porno, en cambio, el sexo se trata simplemente de algo pestilente, que pertenece a los antros de mala muerte y licor donde se reúne todo lo más bajo. En la pestilencia está el placer más agradable. Profesa una mentalidad judeoporcina. El sexo es un cuarto de castigos, una mazmorra, un calabozo o laberinto abiertamente siniestro que se esconde fuera de los horarios de oficina, llevando una doble vida clandestina frente a los demás. El sexo es bizarro y extraño, no es lo que se debe mostrar en sociedad. Hay que reprimirlo. Es el lado oculto y malvado del ser humano. Así lo describe gente como kink.com.

La sexualidad de cada cual vendría a ser, según eso, algo incorrecto, inaceptable, un oscuro secreto personal llevado con mala conciencia y del cual es mejor que nadie sepa nada: porque es demasiado sombrío, y en cierto modo, tenebroso. De alguna manera, lo que nos quiere decir el porno es que el sexo, en caso de ser liberado, sería una amenaza para la sociedad. Incestos, pedofilia, sexo con perros, asesinato y violación: eso son los humanos, son horribles y es mejor la represión que la libertad. Es mejor dejar esto reservado para unos videos hechos por profesionales. Lejos de la realidad. La sexualidad es algo tan espantoso que, quizás, sea mejor reprimirla. El judaísmo y el pesimismo predicados por Freud se hacen evidentes y explícitos en cada producción porno industrial. Gracias a esa ideología porno pensamos el sexo como lo pensaba Ted Bundy. Aquel que mejor llegue a convencerse de eso, meterse esa idea judaica y ese dogma en su cabeza para retratarlo en imágenes se gana un premio AVN de la industria: como ese reprimido ente, bastante despreciable, llamado Matthew Sevilla. Así es como el porno retrata al sexo —y, sobre todo, a cada ser humano— esa es la corriente religiosa (la antropología porno) que se ha implantado en casi todos.

En suma, el porno, como industria quiere ser una religión civil que retrata al sexo como algo para pocos, una extravagancia costosa, rara y malintencionada. Buscar esa mala-intención, ese aspecto siniestro y sórdido del sexo, es la fuente de entretenimiento de sus videos.

Pero, —¿dónde está la imputada maldad del sexo?, ¿por qué piensan así la sexualidad los pornógrafos, de manera idéntica a la religión judía?—.De dónde sacan ellas y ellos esa actitud de «carne de mercado»: frase inventada por aquel reprimido personaje llamado Cristian Cipriani. Impedimos la liberación del contacto sexual del cuerpo, sin cargas morales, para fantasear con la liberación en un mundo sórdido e irreal, en la fantasía porno, que es experimentada en carne y hueso, sin riegos, sólo por los modelos porno «profesionales». Qué clase de sociedad reprimida y sexualmente cobarde hemos llegado a ser gracias a la pornografía industrializada venida del judíocristianismo.

De acuerdo con lo sugerido por Aristipo, si todos los seres humanos tuvieran al menos la oportunidad, la usen o no, de tener tres experiencias sexuales con distintos compañeros sexuales semanalmente, sin clandestinidad ni miedo, durante el período que va desde los diecisiete hasta los cincuenta años, lograrían una constante liberación o catarsis sexual que los mantendría en un estado firme de bienestar y paz mental. Como consecuencia de eso, organizarían una sociedad mucho más equitativa, humanitaria y productiva.

Curiosamente, esa frecuencia sexual arroja un número que gira alrededor de las cinco mil parejas durante ese periodo de vida: el mismo número de mujeres que los consumidores de porno regulares ven en las páginas para adultos cuyas imágenes ingieren. Aproximadamente cinco mil imágenes de diferentes mujeres a cuyo nombre se masturban imaginando que tienen contacto con ellas.

Entonces, el porno finge darle al ser humano, imaginariamente, lo que la especie le ordenó instintivamente realizar en la vida real de manera material. Si lo convirtiéramos en una experiencia real, empírica, eliminando o dejando en segundo lugar la experiencia imaginaria del porno, tendríamos una mejor sociedad. Pero le estamos dando la única oportunidad de hacer esto sólo a los modelos de esa industria. Tenemos los números y los medios para convertir esto en una realidad. No hay ninguna cosa que materialmente impida llevarlo a cabo. La sociedad como un todo se puede organizar para eso del mismo modo como el porno como micro-sociedad se ha organizado para ese fin. No lo hemos hecho porque nos hemos enfocado y hemos perdido el tiempo en el proyecto del delirio de grandeza, ya sea en el marxismo o en el capitalismo. El mito del progreso y el racionalismo ilustrado. Si en vez de eso llevamos a cabo y actualizamos el proyecto hedonista de Aristipo, que tiene que ver con la propuesta instintiva de Jung en su debate contra Freud, redimiríamos al ser humano de sus peores problemas.

En vez de animar la liberación irreal, en la otra vida que no se puede tocar, es decir, en el video porno donde nunca podemos estar presentes, debemos exigir y llevar a la praxis la liberación sexual en —esta—vida, en el mundo real para todos, en el contacto físico, como la gente quiera hacerlo, siempre que sea de común acuerdo, y, sobre todo, excluyendo tajantemente el involucrar, en lo más mínimo, a los auténticos niños de cualquier manera.

No como la industria porno, cuyo fundador Jens Theander, para inventarse el aún existente género porno «teen», —el más exitoso y el que más vende todavía— usó sexualmente auténticas niñas y niños. Decimos auténticos porque no tenían diecisiete años, ni siquiera dieciséis: eran verdaderos niños de entre tres y once años. Algo repulsivo. Eso sucedió durante las décadas de los años sesenta hasta los ochenta. Su principal modelo juvenil, apenas un adolescente, era el hoy reconocido miembro de la AVN, cabeza de la actual industria porno: Antonio Tano («siffredi»), quien, estando dentro del grupo de modelos de los Theander tuvo que haberse percatado de que se estaban usando niños para ser abusados. El mismo Tano no distaba mucho de ser uno de ellos. De hecho, es posible que haya participado en ese club de pedofilia de alguna manera, y que de ese punto de partida provenga su compulsividad sexual, de la cual se lamenta tanto.

Miles de niñas europeas fueron violadas frente a sus cámaras para fabricar toneladas de ejemplares de su revista «pionera» Color Climax, la cual aún sigue circulando en versión electrónica, a pesar de este comprobado antecedente. Color Climax es la empresa precursora de Kink.com y de Jules Jordan, cuyo nombre real es Ashley Gasper. Así nació el porno industrial como tal, el mismo que casi todo el mundo ve hoy con ojos tan «normales», sin que nadie hasta ahora haya levantado un solo dedo para señalar este origen. Desde el día de su fundación, en 1968, la industria porno moderna tiene sus manos totalmente manchadas de crasa pedofilia y trata de mantener esta antorcha criminal bien viva todavía. No existe modelo porno que no haya encarnado la imagen de tener sexo con niños frente a las cámaras mediante disfraces, o que no esté dispuesto a hacerlo. Por eso, todo modelo o «actor» porno, por el mero hecho de serlo, apoya la pedofilia a nivel de imaginario, y, eso es tan criminal como apoyar el terrorismo.

Sin embargo, como sociedad nos hacemos los de la vista gorda. ¿Por qué decimos todo esto?, porque hoy en día, los ya mencionados herederos y sucesores de Theander usan jóvenes de dieciocho años, apenas recién cumplidos el día anterior, para vestirlas como niñas de ocho o nueve años grabándolas bajo un sórdido enfoque donde se trasmite la clara idea de ser «violadas». Y todo está bien. Es técnicamente legal, aunque su intención sea hacer elogio del crimen. El porno actual siempre intenta jugar con la idea de violar niños, celebra esa idea acercándose lo más posible al borde de lo ilegal, pero sin tocarlo técnicamente.

En vez de sostener económicamente a esa industria, la sociedad, que finalmente es toda la gente, debe costear los medios para la realización sexual de la gente misma, sin miedos morales, con las mismas garantías y facilidades políticas y médicas que les son dadas hoy en día a los «elegidos» modelos porno para que experimenten con el sexo sin temor, y, sobre todo, para que jueguen con vuestra mente. Porque eso es lo que hacen: manipular vuestra mente; sin jamás ofrecer sexo real finalmente.

El sexo se trata de un derecho para todos y NO de uso exclusivo de una clase privilegiada de «actores», porque el sexo es universal, no es una profesión de pocos sino la esencia humana misma. Y la sexualidad sana, viva, directa y variada no involucra niños de cuatro años como lo ha hecho el porno con su sórdido enfoque judíocristiano invertido. La libertad política y farmacéutica ofrecida con apoyo médico y anticonceptivo para el sexo, que se le garantiza a cada modelo porno, existe para la represión sexual de todos, es decir, vosotros les dais libertad y apoyo en su vida sexual para que ellos puedan jugar con vuestra mente. Para intentar hacer daño. Por eso, más bien, ese apoyo debe ser otorgado políticamente a la gente real para su realización personal a través del sexo libre y ético. Es un concepto bastante sencillo.

En palabras simples, llanas y muy escuetas: se exige sexo sin consecuencias. Se trata de un imperativo de la filosofía. Y, no únicamente eso, sino, además, eventualmente gratuito. Así es: eventualmente sin ningún costo. Esto ya está sucediendo, no es ficción. Le hemos ofrecido la oportunidad de tener sexo sin consecuencias a los modelos «porno», para que lo vivan en el otro mundo del video, pero no a la gente para que lo viva aquí y ahora, en este mundo. Les hemos ofrecido a ellos y ellas facilidades para el contacto sexual, pero no a la gente. Estas facilidades llegan hasta el punto de ahorrarles el trabajo de buscar por sus propios medios parejas para tener sexo. Como sociedad se las hemos buscado a ellos, para ellos y por ellos. También se las hemos puesto desnudas en bandeja de plata, sin que tengan que mover un dedo para conseguirlas. Les hemos dado, además, un sistema gratuito de medicamentos y anticonceptivos, servicios médicos y de enfermería para que cuiden su salud sexual y puedan tener sexo sin consecuencias, sin usar condones. (Y no mencionemos que además les pagamos por eso y no les cobramos impuestos. Una anciana, dueña de una modesta casa, debe esforzarse por pagar un impuesto predial, de otro modo la sociedad la tira a la calle; pero esa misma sociedad, no le cobra impuestos a ningún modelo porno en su área de acción).

Muy bien, excelente que le paguemos la vida sexual a una mafia de modelos porno; pero, a la gente no le hemos garantizado lo mismo. Ese es el punto. —¿Por qué nos parece eso tan normal?—Sencillamente porque la realización sexual de cada ser humano no nos parece un tema importante. «Hay cosas más importantes en qué pensar en vez de sexo». Así dice la típica frase cristiana-judía-y-gnóstica. La dijo cierto modelo cuando le preguntaron sobre el tema. Qué cinismo.

Le hemos facilitado sexo totalmente gratuito siempre, y, además, sin consecuencias negativas a los modelos porno: pero no a la gente. La libertad se trata, justamente, de hacer todo lo opuesto: quitarles esa garantía a esos modelos y dársela a la gente, o conservarla en ellos, pero dándosela también a todos: para que cada cual la use a discreción.

Aristipo pensó una sociedad Eros, una civilización basada en la alegoría de Cupido o Eros. No hay nada que impida que la sociedad goce de mecanismos gratuitos y legales para garantizar contactos sexuales —sin riesgos ni consecuencias para la salud—. Ya existen redes sociales que aparentemente hacen algo «parecido», pero se trata de algo clandestino, algo que no protege a nadie de riesgos indeseables, algo disimulado: redes sociales abiertamente chantajistas, como Adultfriendfinder, por ejemplo, que tratan de explotar las necesidades de contacto sexual de cada uno de sus usuarios por medio de dar rodeos y hacer grandes extracciones de dinero hasta desangrarlos. El enfoque de Aristipo es muy diferente. No se trata de una sociedad a favor de la orientación porno como la nuestra sino de una sociedad pro-sexo. Sexo real. Son dos cosas muy distintas.

Una sociedad o forma de gobierno basada en la ética erótica no tiene problemas políticos para organizar y ofrecer citas sexuales entre sus ciudadanos, apoyándolos con asesoría, y optimizando su capacidad de generar interés sexual (en especial sordos o personas vulnerables en la comunicación, o que tengan dificultades en la integración y socialización sexual). Todo como parte de la gestión de política pública. Incluso, con la inversión de la empresa privada. Una sociedad así, no tiene el menor inconveniente en gestionar facilidades materiales para el sexo sin consecuencias, compromisos ni riesgos.

En vez de hacer eso, la solución genial que hemos inventado como sociedad ha sido producir y consumir pornografía industrial.

Podemos explicar perfectamente la causa última que ha provocado todo esto. La visión del sexo según lo retrata el judaísmo, el cristianismo y el mundo musulmán es contundente y muy clara: el sexo no puede quedar «impune», sin castigo. Debe tener consecuencias. Ojalá unas bastante nefastas, que pesen sobre los hombros y la conciencia de cada persona. Si no las tiene —hay que ponerlas— para que el sujeto le tenga miedo-no-consciente-al-sexo, y literalmente le pese haberlo experimentado o desear experimentarlo. Por ese miedo al sexo y ese asolapamiento (expresión usada en Colombia que significa lo mismo que «solapamiento», es decir, disimulo cobarde), una inmensa cantidad de personas no puede pensar en lo sexual y en tener sexo sin pensar en beber alcohol y meterse en un bar, discoteca o antro con poca iluminación.

Tienen alma de rata. No pueden pensar el sexo sin tratar de esconderse en la noche y debajo de la tierra. Además, tiene que haber música a todo volumen y licor. La típica «mentalidad motelera» del viernes en la noche. Un lunes por la mañana en un jardín o a la luz del sol no se puede. Tiene que ser viernes en la noche: y bien borrachos. Es una lástima que casi todas las parejas swinger también tengan ese enfoque.

Demasiada gente, swinger y no swinger, necesita beber y emborracharse antes de tener relaciones sexuales: para darse valor. Qué lástima, que actitud tan cristiana hacia la vida. Ven al sexo como un vicio.

Hay que meterle estrés y dificultad al sexo, antes durante y después de todo tipo de acto sexual. Esa es la consigna de las religiones judaicas y también del porno. Por eso el sexo que retrata el porno está lleno de odio y de estrés.

Pero el porno mismo, como producto del judíocristianismo, se ha organizado inteligentemente para tener sexo «impunemente», sin consecuencias, de modo que única y exclusivamente un grupo excluyente de personas llamadas: modelos porno goce de unas garantías de tranquilidad sexual y solamente ellos puedan tener sexo, de manera extremadamente variada, sin muchas secuelas negativas, hasta darse el lujo de hacerlo sin condón: para causar, a propósito, la envidia en cada espectador.

Ellos les muestran a los demás ese mundo de —sexo sin consecuencias y sin miedo—, pero a la distancia, protegidos cobardemente y puritanamente, detrás de una vitrina donde los demás no existen ni tienen derecho a existir. Viven en la otra vida, muestran un «cielo» de la multimedia donde todo es posible. Un mundo metafísico, es decir: un mundo de sexo para mirar y no tocar, sólo para que los demás nunca lo puedan vivir en carne propia sin miedo ni consecuencias. Reprimen lo sexual «espiritualizándolo». Eso es volver a la idea cristiana del cielo.

Esto es consecuencia de la modernidad, que nos habla en el papel, de unos «derechos» pero no ofrece los medios materiales para realizarlos en esta vida y en este mundo, no mirando un cielo inalcanzable: por eso les llaman «estrellas» porno. Ofrecer derechos sin dar y generar los medios financieros para materializarlos es lo mismo que robarse esos mismos derechos. Si el actor porno tiene, en el papel, el mismo derecho que usted para la realización sexual, pero él recibe gratuitamente los medios materiales para lograr esa realización y usted no, entonces, ese sujeto le está robando directamente a usted el derecho a realizarse sexualmente. Eso es lo que están haciendo los «ingenieros del porno», por así decirles, que en realidad son tiranos de la manipulación del lenguaje de la sexualidad humana, coartando, inevitablemente, la libertad personal de cada uno de vosotros, los miembros de la sociedad, de una manera directa o indirecta; manoseando los instintos de la gente.             Invadiendo el inconsciente. Se trata de una violación etérea, mental y virtual pero no deja de ser una violación. Dictadores del porno tales como: Antonio Tano («siffredi»), Ignacio Jordá(n) («vidal»), Michael Omelko («blue»), Bryan Mateo Sevilla (este último, un perfecto wanna be que desea ser el sucesor de Tano, quien le desprecia), y claro, la señorita Marina («miller»). Es tan simple como eso. El sexo es una necesidad, incluso, fisiológica. Por eso la carrera de «actor» porno no existe, es una carrera totalmente ficticia. Todos los seres humanos son actores del lenguaje sexual: absolutamente todos nacieron con esa actualidad o capacidad de obrar. Esta gente trata de convertir en show y en mercancía un instinto natural, y una necesidad física, universal e inseparable de cada ser humano. Es como si la necesidad física de beber agua fuera enajenada y concedida a unos cuantos como un «empleo» o un tipo de «entretenimiento». Ese argumento del porno como profesión es pura charlatanería, no existe.

Hablan de su «profesión» como si el deseo de tener sexo sin consecuencias y sin miedo no fuera la clave detrás de toda aspiración humana sino un lujo, para uso exclusivo de unos pocos. Todo ser humano necesita tener sexo con variadas parejas sin consecuencias. Eso viene con la esencia humana desde el origen de los tiempos, no es un invento de los modelos porno ni la pornografía: plagiadores.

Lo que pasó con la posmodernidad, es que unos cuantos abusones, respaldados por unos prejuicios de belleza probablemente eurocéntricos, quizás algo colonizadores y muy racistas, se apropiaron de las necesidades sexuales de los demás, y otros cuantos, unos abusados, fueron convertidos con su propia complacencia, su descuido personal y su cobardía moral, en excluidos, parias, marginados o «feos». Transformados en unos perfectos Pepe Le Pew, cuyas manos, desde la adolescencia, están «atadas» para no tocar sexualmente mujeres jóvenes o deseables, y que, por ende, deben refugiarse, inevitablemente, en la intelectualidad exagerada, el porno, quizás los videojuegos en exceso y la carrera de ratas por el éxito social: con miras a recuperar la llave de entrada al mundo perdido del sexo. Se trata de muletas sexuales. Los lisiados deben usar muletas. Por eso se habla de profesiones tan inexistentes y falsas como la de los «actores» porno, las sillas de ruedas de los lisiados. Esto es algo que nadie os dice, se tenía que decir, y se ha dicho. Es terminante.

El mundo pagano, desde el hedonismo, ya había visto todas estas cosas, y se había curado en salud. Por eso, había pensado, milenios atrás, a la cabeza de los cirenaicos, que la sociedad misma es quien tiene el deber de proveer los medios materiales para ella misma, aquí en la vida real, para que cada persona tenga y disfrute del sexo sin consecuencias, —y sin miedos— en carne y hueso con otros. Esa es la base de la felicidad social. Por ende, es lógico concluir que las garantías, medios y mecanismos políticos, médicos y farmacéuticos que se le están dando a los modelos o «actores» porno para tener sexo —sin consecuencias— deben ser ofrecidas a todos. No se trata de querer ser modelo porno, es completamente, al contrario: se trata de que el modelo porno está viviendo algo que es, finalmente, el derecho que todos deben vivir de manera no enmascarada, clandestina ni solapada. Además, el modelo de esa industria lo está haciendo a costillas de todos sin retribuir en nada. No es un lujo, sino la base más fundamental de la vida humana. La misma industria pornográfica es quien debe pagar, por medio de impuestos, los costos de esa libertad sexual segura en términos médicos para todos, para que cada cual pueda aumentar sus oportunidades de tener sexo sin consecuencias en la medida de lo posible.

Por otra parte, no sólo fue demostrado por el estudio de la sexualidad en el hombre del doctor Anthony Pietropinto, sino que ha sido reiterado por muchos otros análisis de la psiquiatría, y, además, es algo patente para el simple sentido común: el nivel de satisfacción política con la vida y de paz interior de cada ser humano depende de su percepción del número de contactos sexuales o parejas que ha logrado satisfacer, o con las que ha logrado satisfacerse —en la cama— en carne y hueso, durante su existencia. Esa es la tesis que demostraremos en este libro.

No es la simple vista de lo que hacen otros, frente a una cámara, sino el contacto sexual real de la piel, en carne propia, lo que proporciona la auténtica satisfacción con la propia existencia. Por ende, la satisfacción de los hombres frente a su propia vida disminuye mucho con la pornografía industrial a la que han sido expuestos, debido, en primer lugar, a que esta no guarda ninguna relación con lo que han hecho y gozado sexualmente en su cuerpo, y, sobre todo, en su piel, sino con lo que han hecho y disfrutado otros sujetos, de otro mundo, totalmente ajenos a su propia vida y sus propias experiencias.

Además, en segundo lugar, porque de modo no-consciente, silencioso e invisible el exponerse al porno obliga al sujeto a comparar sus logros sexuales, alcanzados por sus propios medios personales y limitados, con los logros sexuales casi ilimitados de otros (los modelos porno), cuyos logros, no vienen realmente de los méritos ni del esfuerzo de esas personas sino del simple hecho de que su vida sexual ha sido promovida, patrocinada y respaldada por la fuerza aplastante de toda una industria: pues ¡Así, cualquiera! Frente a eso no hay modo de competir, de hecho, no tiene ningún sentido hacer ninguna comparación, pero, de todos modos, el inconsciente la hace. Se le obliga a hacerla. Ese es el punto. La persona es forzada a compararse de manera inconsciente, para que experimente frustración, incluso, sin tener mucha conciencia de la frustración misma, la cual se maquilla incluso de admiración hacia los modelos porno en ciertos casos.

El sujeto puede, indignado, negar rotundamente que sienta ninguna frustración, pero, a nivel no-consciente lo que está sucediendo dentro de su mente puede ser dramáticamente distinto. El porno le habla únicamente a la parte inconsciente del ser humano, no a la conciencia. La persona puede ser quien más ignore lo que sucede en su propio mundo no consciente. Lo que diga de dientes para afuera puede ser una simple máscara de defensa para sí mismo y para los demás. Lo más común es negar que suceda algo.

El porno es algo ajeno, invasor y externo (trascendente). Por eso es la muerte a nivel existencial. La satisfacción con la vida no proviene de la cantidad de videos y modelos porno que se han mirado pasivamente, sin palpar nada, sino de la cantidad de mujeres o compañeros sexuales reales que se han disfrutado realmente en la vida —en la cama—. No mirando al «más allá».

La satisfacción sexual es lo mismo que la satisfacción con la vida y la existencia. Se trata de una sola y la misma cosa. La satisfacción sexual no es un lujo sino un derecho. De ahí, del sexo, nace la reconciliación con la vida y la paz interior al nivel orgánico y biológico más fundamental de la que parten las demás realizaciones humanas.

Si la realización sexual de una determinada persona no recibe un completo y directo apoyo por parte de su comunidad y su entorno más cercano, si el ambiente es amargo y hostil respecto a ese tema, si se retrasa y sabotea esa realización, se arruinan inevitablemente todos los demás proyectos de la vida, en todos los aspectos: incluido el económico, afectando así la existencia muy profundamente. Esto afecta a países enteros en su economía. A nivel particular muchas personas con talento se malogran y no alcanzan el éxito que se esperaría de ellas por esa razón. Todo se debe a que, en primer lugar, la realización sexual ha sido también malograda desde su más tierna juventud, y siendo esta la base de los demás logros en la vida, naturalmente, los demás proyectos se ven truncados. Casi nadie tiene el valor de señalar y estudiar esto. Se subestima profundamente el poder que tiene el sexo en la vida. Algunos piensan como cristianos, pues para ellos la realización sexual y la experimentación con el sexo con variadas parejas es la cosa menos importante y la más siniestra cosa imaginable. Por eso, a muchos el sexo les parece algo de muy poca trascendencia. «Hay cosas más importantes en la vida que pensar el sexo». A nivel global, el porno termina siendo quien piensa por ellos. Esa industria hace más fuerte este problema que sabotea la vida de las personas porque hace invisible la frustración sexual colectiva. La maquilla de una «felicidad porno», de una falsa satisfacción que empeora todo el circulo vicioso de la represión sexual.

Se asume, erradamente, que si existe porno y se consume es porque hay libertad sexual y porque la gente está feliz y realizada sexualmente. Eso es mentira. De hecho, se trata de todo lo contrario.

En resumen: eso es lo que los modelos pornográficos les roban a los seres humanos, casi nada, el derecho a la libertad y la felicidad. El derecho a la autorrealización y superación personal. Por eso son verdaderos criminales a un nivel ético y filosófico. Ellos logran esa autosuperación en los hechos, quitada de la vida real de las demás personas, luego arrojan sobre la cara de los seres humanos el ansia sexual empacada en videos, nutriendo así la frustración sexual y existencial que incita la violencia en el mundo. Les devuelven a los hombres sexo reprimido, es decir: retratado como si fuera una extravagancia macabra, y además de eso, por si fuera poco, pretenden que el sexo mismo se limite y se reduzca a unas imágenes inmateriales, sin existencia real, sin contacto físico. El sexo verdadero es diferente y mejor que eso. Hemos confundido sexo con porno. Irrealidad y espectáculo con experiencia real. Ese es el error de la actual civilización. Hemos convertido al sexo en porno, como si se tratara de la misma cosa, pero definitiva y tajantemente sexo no es lo mismo que porno: se trata de dos cosas absolutamente diferentes, e incluso, contrarias, porque el porno retrata al sexo como algo metafísico: como una ansiedad y excitación sexual —sin la presencia— física de otra persona real, de carne y hueso. Este razonamiento es explícito, sencillo y claro.

En conclusión, toda la insatisfacción con la vida y todo germen de delincuencia, violencia, egoísmo, mezquindad y amargura de la sociedad actual en su estado de deshumanización en el culto a la guerra y la competencia exagerada, proviene de una profunda insatisfacción sexual no-consciente que permea todos los aspectos de la vida y la sociedad. Una insatisfacción que la pornografía de tipo industrial no hace más que aumentar y hacer más profunda dentro de la sociedad misma: aparentando todo lo contrario. Por eso, todos los problemas sociales de la actualidad apuntan a un autor hasta ahora invisible y solapado que es: la mentalidad implantada por la industria pornográfica debido a que retrata al sexo como una cosa sombría, y, además, lo convierte en algo impalpable reprimiendo así la existencia de cada ser humano. Es un enemigo existencial de la humanidad.

Se debe tomar conciencia. No hay que facilitar más el porno sino garantizar y facilitar políticamente el contacto sexual y físico directo, liberado de cargas, contagios, miedos y grandes obligaciones que sirvan como «excusas morales». Garantías médicas, farmacéuticas y anticonceptivas para experimentar con el sexo, visto como algo socialmente promovido y como el derecho mismo de cada ser humano a la realización y la superación personal. Esas garantías ya existen, son operativas, funcionan muy bien, pero se las estamos ofreciendo exclusivamente a los modelos porno industriales. Se les deben quitar a ellos para dárselas a todos, o al menos, sin quitárselas, extenderlas también para todo el resto de la población para la realización sexual libre, en este mundo, siempre a discreción de cada cual.

A las personas, desde la más tierna juventud, se les pregunta cuáles son sus «ambiciones», aspiraciones y planes de realización monetaria. Se les hace responder qué desean «estudiar» para convertirse en los nuevos trepadores sociales o arribistas del mañana, y «viajar por el mundo». Eso es lo que llaman «progresar». Los marxistas marchan y pintan grafitis en los muros exigiendo «educación» para el pueblo. Piensan con el trillado modelo de la ilustración y del magisterio. No salen de ese esquema. Es un libreto gastado. Pero, nunca se les habla abiertamente a las personas, desde su juventud, sobre cómo se sienten respecto a sus planes y ambiciones de realización y superación sexual, qué clase de metas y sueños tienen en lo tocante a ese tema o si carecen de ellos. Esto se ignora cobardemente, siendo que ese asunto es la base primordial e indispensable para todas las demás realizaciones humanas, incluidas las intelectuales. La base principal de la vida y la felicidad. Más importante que la «educación» ilustrada. Aparte de marchar exigiendo una educación-para-el-arribismo-y-el-aburguesamiento deberían también organizarse para gestionar el derecho a la realización sexual, pues, este resolvería la injusticia social, al generar una manera óptima y humanitaria de ver la vida, nacida de la plena satisfacción sexual de todos. Pero son demasiado cobardes para eso. Mejor se consuelan con mirar porno. Eso es, en cierto sentido, como refugiarse en el más allá.

Por cierto, como aclaración, por medio de la palabra aburguesamiento queremos describir lo que hace cada sujeto pobre y necesitado que trepa a un más alto «estrato» social, para mirar por encima a los demás, después de un par de viajes al exterior, haciendo una mueca intelectual de turista de tercera clase «conocedor del mundo». Todo gracias a haberse graduado de alguna universidad pública. Para eso sirve, demasiadas veces (aunque no siempre), la educación superior en estos países: para fabricar trepadores sociales y arribistas. Sujetos que coleccionan diplomas académicos para saciar cierto tipo de fetichismo o superstición intelectual. Muchos marxistas y no marxistas organizan marchas y exigen educación pública simplemente para tener el «derecho» a trepar. El derecho al arribismo.

De ahí nunca saldrá ningún «mejor país». Fabricar profesionales en serie no es, necesariamente, una solución sino gran parte del problema. En ocasiones, esto sólo aumenta el número de futuros corruptos investidos con un nuevo título de nobleza llamado: diploma profesional.

El punto es que nos preocupa más el arribismo (mal llamado «progreso») que la felicidad. Nos preocupamos por ahorrar dinero para la supuesta «educación» de nuestros hijos, pero nunca para su realización sexual que es algo de importancia superior. Respecto a ese tema se siente un descuido profundo y un silencio sepulcral e hipócrita. El típico miedo judío y cristiano a tocar ese asunto a la luz plena. Todo lo sexual se maneja según la cobarde mentalidad enseñada por la pornografía industrial: en lo clandestino y como si fuera algo secreto e inconveniente. Por debajo de la mesa.

Debemos dar la razón a nuestra naturaleza humana, amante del placer, y reconocer políticamente los derechos al disfrute estético de los atributos de la figura humana, y de sus rostros, en todas las variedades infinitas en que puede el cuerpo expresarse: para el goce del placer de la belleza en vivo.

En vez de porno, es decir, en vez de una sexualidad de video, ficticia, impalpable y muda, reservada para un plano meta-físico, puramente mental e imaginario, en un más allá inaccesible, y que nos retrata al sexo como algo tan macabro como extravagante, se debe prestar y garantizar la realización sexual como un derecho obligatorio, en contacto sexual físico y directo entre la gente, en el más acá, en este mundo, en la praxis concreta, facilitado, apoyado, materializado y bien comunicado.

Se trata de la libre expresión sexual, sin sordidez, sin cargas de celos ni ataduras viscerales y afectivas exageradas e indeseables. Sexo real entre todas las personas de cara a la comunidad, por encima de obsoletos lazos románticos y sin miedo a la opinión moral de la familia tradicional judíacristiana. Sexo garantizado y proveído manifiestamente por las leyes y por la sociedad, de manera pública y explícita, haciendo que la satisfacción sexual en contacto físico sea la más importante institución de la sociedad, pues, como lo dijo Aristipo de Cirene: el sexo real es quien libera y redime al ser humano. No el porno, porque no ofrece contacto físico directo ni relación social con nadie en persona. Esperamos ser claros y explícitos con esta sencilla tesis.

Lo sexual es lo político. El sexo es lo político. Exigir el acceso libre y farmacéuticamente garantizado al contacto sexual, con toda seguridad médica para librarse de temores y riesgos frente a ese tema, se trata simple y llanamente de un asunto de dignidad humana. El ser humano alcanza el reconocimiento como persona, y su dignidad política plena, únicamente, al ser aceptado por sus semejantes para el contacto sexual-físico. Todo lo demás es un adorno prácticamente innecesario en la vida. Así de simple y así de drástico es este asunto. El sexo no es una vanidad insignificante. Esperamos que este sea un concepto bien definido y fácil de entender.

La dignidad humana es violada y reprimida, en la medida en que se limita la libertad de millones de personas al obligarlas, disimuladamente, al consumo de porno para evadir el rechazo sexual que sufren, muy calladamente, por parte de su propia sociedad. Un rechazo que se tienen literalmente que tragar, porque les avergüenza mucho reconocerlo. Así como para olvidar por un segundo, y para evitar enfrentar su inmovilidad, su encallamiento y su estancamiento en una vida sexual detenida y condenada por quienes les rodean a estar por siempre varada. Como un carro atascado en el fango, que nunca arranca, donde nunca pasa nada.

En conclusión, ver porno muy solitaria y silenciosamente, en muchos casos, es el único refugio para millones que han sido sexualmente sepultados en vida, y, sobre todo, apartados y rechazados sexualmente por sus iguales. Condenados al estancamiento. Lo repetimos: enterrados en vida y expulsados del mundo del sexo por sus propios congéneres y contemporáneos, muchas veces desde la escuela. Marcados invisiblemente para que las siguientes generaciones tampoco los admitan ( a menos que acumulen mucho dinero). Todo de manera muy sonriente e hipócrita: «discriminación entre amigos». Casi siempre con la complicidad y la indiferencia de sus compañeros de la vida y sus propias familias, quienes contemplan con los brazos cruzados estas condenas sociales invisibles.

Se refugian en el porno, sólo para verificar cómo los demás, en una dimensión de videos, en un más allá, en otra realidad inaccesible, sí tienen una vida sexual, comprobando que, allá afuera, hay un mundo inalcanzable, donde sí existe el sexo, y donde los otros están mucho más que activos.

Viendo pasar delante suyo menores de edad, especialmente de sexo femenino, que ni siquiera habían nacido cuando ellos ya estaban sexualmente varados y estancados, y que por un cierto prejuicio sobre la supuesta «inocencia» de la juventud, son mantenidas hasta la edad avanzada de diecisiete años como seres apartados y sexualmente «intocables» para estos hombres jóvenes pero mayores que ellas (quienes quizás, pueden ser, a veces, sus propios profesores reprimidos), los cuales, sorpresivamente, tienen que presenciar con las manos atadas, cómo de la noche a la mañana, mágicamente, algunos pocos de esos intocables seres «inocentes», casi se convierten en potenciales «estrellas porno adolescentes»: justo al cumplir los dieciocho años de edad.

La pregunta capciosa y la propuesta que seguidamente hace la sociedad, solapadamente, tal vez sea la siguiente:

—«¿qué tiene que hacer una mujer, entre los diecisiete y los dieciocho años de edad, con un hombre mayor de treinta años?, semejante cosa no debería ser muy bien vista. Las mujeres jóvenes deberían entablar amistad sólo con los de su edad, aunque algunos sean drogadictos o barriobajeros, eso no importa. Además, deberían iniciar su vida sexual con gente que no les lleve más de nueve años. Hay tanto pervertido por ahí. Los que sean mayores deben ser marginados y apartados de ellas como unos «raros» que no pertenece a su tribu de jóvenes.

Hay que inculcar el rechazo hacia los hombres jóvenes adultos por parte de los y las adolescentes para que sólo se mezclen con otros adolescentes. En cambio, si una joven mujer como Diana Rios («rius») de dieciocho años recién cumplidos hace tres días, y quien se considera una persona de mente abierta que se ha hecho modelo porno, resulta teniendo sexo con todo gusto, y no sólo por el dinero, sino por el deseo de experimentar con tres hombres «maduros» al mismo tiempo, cada uno de sesenta y dos, cincuenta y cinco y cincuenta y ocho años de edad respectivamente, tales como Alden Joseph Brown («north»), Antonio Tano («siffredi») y Christian Christof («holmes») eso sí que es válido, debe ser muy bien visto por la sociedad, se debe promover y respetar, debemos sacar dinero de nuestro bolsillo por medio de cada click, creando tráfico en sus páginas para apoyar y patrocinarles ese encuentro sexual, es decir, para que los cuatro tengan sexo seguro, de modo que puedan realizar actos sexuales de alto riesgo. Podemos verlo y aceptarlo en secreto, solapadamente, clandestinamente mirando porno, pero únicamente así, y sólo así, puede justificarse y aceptarse semejante relación: sólo ellos tienen corona para hacerlo real y posible. El resto de la gente no, porque el resto de la gente debe funcionar bajo otros parámetros, de modo que nos hemos inventado una «profesión» falsa para justificar eso dentro de una burbuja llamada modelaje porno, a pesar de que sabemos que se lo sexual es un instinto o necesidad natural que viene con todos los seres humanos»—.

De esa población femenina camuflada y escondida debajo de un uniforme de colegio, que protege una inocencia muy dudosa, son reclutadas específicamente, las modelos que empresas como Chaturbate contratan cuando apenas cumplen la edad legal. Muchas veces estando todavía en la escuela: millones de ellas. Mujeres jóvenes intocables antes de la mayoría de edad y aún más intocables después de ésta. Apartadas antes y apartadas después: siempre fuera de alcance.

Aquellas que apenas un año atrás eran consideradas como «inocentes criaturas», a pesar de que la talla de su playera ya era extra large y de que, ya a los diecisiete años no cabían en el uniforme del colegio, corren hoy en día por una veloz autopista sexual hiperactiva con una facilidad previamente dispuesta y arreglada por su sociedad, demostrando que, quizás, nunca hubo ninguna inocencia que cuidar, pues, en algunos casos (no todos) ya había mujeres menores de edad con un largo historial de experiencias bisexuales iniciadas alrededor de los trece años: todo de manera clandestina y muy solapada. Sin embargo, mientras eso tan interesante pasaba durante cuatro años por debajo de la mesa, entradas ya en los diecisiete todavía era mal visto y prohibido que cualquier joven adulto tan siquiera llegara a mirarlas. Para ellos, los excluidos, y sólo para ellos, estas jóvenes eran seres «inocentes» e intocables. Pero no para sus amistades clandestinas de su «parche» o su círculo secreto.

Quizás por eso, algunas pocas de ellas resultan inexplicablemente embarazadas muchísimo antes de la mayoría de edad. A excepción de la mejor población de hombres educados y mayores de edad, a quienes la ley les prohíbe abordarlas, cualquier barriobajero drogadicto, sí las puede tocar, e incluso, las puede embarazar. —Pero, ¿qué nos pasa?— Es un abierto acto de segregación y de discriminación. Esto es parte de un laborioso pero invisible sistema de exclusión sexual. El apartheid sexual.

Pero ahora, a la fecha siguiente de su cumpleaños número dieciocho algunas pocas de ellas se convierten, mágicamente, en modelos webcam, o en individuos con vidas sexuales clandestinas que miran a los hombres que sean diez o más años mayores que ellas muy por encima del hombro. Fueron entrenadas, desde la infancia, para que ojalá sólo tuvieran sexo con los de su propia generación, y para que despreciaran al joven hombre adulto soltero que no cumpliera con unos determinados parámetros de estatus social, o con unos parámetros físicos-músculo-esqueléticos-raciales-y-de-estatura que incluyen, incluso, la manera de vestir. Todo esto es dictado por las tribus urbanas y por los medios de comunicación. Se trata de un apartheid sexual contra millones de adultos jóvenes y solteros excluidos. Un Apartheid invisible, vergonzante y que nadie se atreve a denunciar.

En resumen: la sociedad y su sistema legal le tienen dispuesta la vida sexual, a un cierto tipo de personas desde la infancia: sólo para frustrar y estancar la sexualidad de un cierto tipo de excluidos, que no cumplen con unos talantes. Los excluidos deben mirar en el porno la-vida-sexual-de-otros desde una indeseada castración, preguntándose porqué la sociedad los puso en el carril lento. ¿Racismo solapado, discriminación secreta? La razón de su estancamiento sexual es un eterno misterio sin resolver. Es la eterna duda. Para la atroz sociedad posmoderna su actitud personal y su libre albedrío «lo explican todo», y así se lava las manos. Pero, eso sí, ellos siempre tienen que aprender a comerse «su» envidia, que, finalmente, aunque no lo sepan, ni siquiera es realmente «suya», pues no la fabricaron, no viene de su «elección personal» —ignoran que el «libre albedrío» no existe—.

Esa envidia, más bien es un sentimiento causado-y-provocado que los otros les han obligado a sentir muy premeditadamente. Una envidia calculada, diseñada e introducida por medio de una ingeniería de imágenes. Una envidia provocada psicológicamente, para que consuman porno y les paguen a las modelos webcam que dicen vivir en «el lejano país de los sueños» cuando, en realidad, el apartamento donde se están desnudando queda, literalmente, a la vuelta de la esquina. El porno pone lejos lo que está cerca (es teleclino-metafísico). La industria narcotraficante más millonaria. Un tipo de narcotráfico basado en las drogas que el cerebro libera al excitarse, al frustrarse y al sufrir envidia. Una industria criminal que no está todavía pagando impuestos.

Por supuesto que esto no significa, para nada, que todos los consumidores de porno industrial sean excluidos sexuales, o unos «Pepe Le Pew» o algo parecido, de hecho, desde la aparición del internet esto ya no es tanto así. En ocasiones, el porno industrial difícilmente será percibido por el sujeto como una invasión a su mente mientras logre mantener un constante y sostenido flujo de relaciones sexuales, de un modo clandestino —o no clandestino—, ininterrumpidamente, y con las personas que desee. Sin embargo, incluso en ese caso, definitivamente sigue sufriendo una fractura a nivel no-consciente.

Con todo, y como veníamos diciendo, muchos han caído como moscas en la telaraña de un sentimiento de envidia creado para ellos. Los menospreciados sexuales tienen que convertir su frustración en una linda y políticamente correcta admiración y respeto hacia las empresas porno, o hacia sus «estrellas», a la cuales tienen que «sonreír» y seguir por Twitter, o YouTube. Una cobardía de deseo sexual hacia ellas que hace que las vean como a unas «estrellas».

Lo único que realmente desearían, reprimidamente, es tener sexo real con ellas, en carne y hueso, y ser reconocidos políticamente en el mundo social del sexo, cuya puerta, sus semejantes siempre les han cerrado por medio de un apartheid invisible, siempre con una sonrisa hipócrita: mostrándoles el sexo en el más allá inalcanzable, ultraterreno, del mundo de los videos porno. Así de simple.

Jugar con la mente humana y con los instintos humanos de esa manera no tiene el más mínimo perdón.

Es cruel, y, sobre todo, inhumano. Ese es el crimen mayor, y más imperdonable, cometido por la industria porno: individualista, judaica y capitalista de la actualidad.

Una parte bastante minoritaria de quienes viven este apartheid silencioso, puede albergar personas que fácilmente llegan a caer en la cárcel, no porque sean necesariamente «criminales sexuales», sino más bien, por la posibilidad que tienen de caer en trampas sexuales a las que son muy vulnerables: dada su desesperación.

La pornografía industrial, tal como la conocemos actualmente, condena al sexo a reducirse a una sola dimensión oscura, inmaterial e impersonal. Una dimensión pseudosexual y parasexual, no política y totalmente aislada socialmente de los otros.

En realidad, esta tesis no es ni siquiera nuestra. No la inventamos nosotros. Gustavo Cerati no tuvo necesidad de escribir un libro de filosofía para trasmitir la misma idea que intentamos enseñar en este trabajo. Los artistas inmortales como él necesitan de muy pocas palabras para decir lo mismo que a nosotros los aprendices de filosofía nos cuesta más trabajo expresar. El porno no es nada personal para ningún ser humano. Comunica una sexualidad sin emoción, irreal, una sexualidad de expresión deforme hecha para que, precisamente, el hombre como colectividad le tema inconscientemente al sexo mismo. Tan simple como eso.

La mente erótica del hombre busca dentro de la pornografía industrializada, entre líneas, algo que ofrezca una expresión humana. Esa es la ilusión que se vende. Pero no encuentra nada. Es imposible para la humanidad sentir nada auténticamente real con el porno industrial. Estafa todos los días a la sociedad y a cada persona. Por esa razón se llama «industrial». Pero cada ser humano necesita ese elemento para ser feliz políticamente y sentirse pleno dentro de la sociedad: la relación comunicativa humana erotizada. En contraste, dentro de la mentalidad porno sólo se encuentra de frente con el mareo y la náusea de la frustrante nada. Buscando calor en una imagen recreada de video el hombre se topa con el frío vacío. El porno vende la ilusión de tocar la piel humana, pero es inútil tratar de desear tocar tales imágenes porque sus cuerpos son de látex o de fotones.

 Gottlob Frege diría, usando el lenguaje técnico de su filosofía, que los modelos del porno son representaciones sin un referente y sin un sentido. Traducido a otras palabras mucho más simples: no son seres humanos sino espejismos. Entes, que deben ser tratados como tales, no son parte de la humanidad. Los modelos o «actores» porno no son humanos. Expliquemos muy claramente eso para ser explícitos: en el momento en que se trasfiguran en imágenes porno, durante ese momento y mientras queden así plasmados, repetimos: mientras sean eso, durante ese intervalo, pierden el derecho a ser considerados como personas, como seres humanos, como parte de nuestra especie y pasan a formar parte de las cosas, de las figuras de cera, las estatuas, los maniquíes, los muñecos de vudú, los androides y los juguetes de plástico, pero ya no son humanos cabalmente. Son simplemente consoladores sexuales, que, en vez de tener la forma de un pene, como todos los consoladores, tienen una figura humana y hablan. Androides semi-sexuales sin humanidad. No son ya seres humanos, sino estampas con forma humana. A menos que digamos que un consolador es una persona los «actores» porno no son personas. Son simplemente consoladores antropomorfos para uso de la mente. Los consoladores comunes se insertan físicamente en alguna parte del cuerpo para masturbarla y causar excitación mecánica, los modelos porno, por su parte, son consoladores para insertar en la mente. Es una definición clara. En ambos casos no son personas, son cosas. (Eso en lenguaje técnico de la filosofía, desde Marcuse, se llama: ser un ente objetivado y erotizado para ser reificado y des-humanizado, véase: Eros y Civilización. Sin embargo, tratamos de evitar usar esos términos técnicos).

En realidad, los modelos pornográficos viven entrando y saliendo entre esas dos formas de existencia: la humana y la in-humana. Son vampiros de la sexualidad real de las personas auténticas.

En una sola frase: el porno industrial es un tipo de sexo unidimensional. Sexo sin sexo.

Hasta ahora la sexualidad se ha dejado al arbitraje de una especie de «mano invisible» para que el contacto carnal entre las personas se presente de una manera «natural». La verdad es que no existe esa espontaneidad y esa naturalidad biológica en la que tanto creemos. Hay mucha mitología evolucionista hablando de la selección sexual. Se trata de una gran mentira. En realidad, los videos, medios de comunicación y los muchos y distintos tipos de manipulación mental de grupos son los que determinan el comportamiento y las preferencias sexuales de cada cual. No es el libre albedrío, no es la «evolución», ni la «selección natural». Dentro de esta organización interesada que organiza el sexo y que ya existe, operando ahora mismo de manera asolapada, muchos millones quedan por fuera de esa experiencia de vida, al menos de una experiencia de verdadera calidad sexual. Se trata siempre de sexo condicionado por otras tantas cosas. Sexo al servicio de entes (como el ente llamado: amor romántico) y manipulado de alguna manera. La filosofía hedonista, fundada por Aristipo de Cirene y por Sócrates (con la eudemonía), nos invita a pensar en la organización política de la sociedad con el objetivo explícito de garantizar el placer inteligente, es decir: para garantizar la autorrealización personal vista como el contacto sexual físico sin temores, para las personas comunes, no para los modelos porno sino para los seres humanos anónimos, sin crear yugos emocionales, sin someterles a sentimientos de culpa y obligaciones morales hacia una pareja sentimental. Una seguridad y tranquilidad para tener contacto sexual físico bajo la tutela de un sistema de apoyo médico, farmacéutico y anticonceptivo que proteja a cada persona, para que la gente experimente con el sexo con mayor paz interior y menos miedo.

En vez de hacer esta liberación del sexo, de la cual depende la mejoría política de la sociedad, hemos preferido hacer y mirar porno: que nos ha robado la libertad. Ese es nuestro gran crimen como civilización. El origen de todo el malestar político y económico de la sociedad radica en haber pasado por alto esta necesidad natural del ser humano, de la cual depende su dignidad como persona. Es hora de hablar de los derechos a la realización sexual en físico (no mirando videos o trasmisiones de imágenes simplemente). No se trata de unos derechos burgueses, puesto que ya existían entes de la modernidad: y fueron reprimidos por esta.

Hablamos de independizar el sexo de todas las cosas. Reconocerlo como un fin en sí mismo y no como un medio. El puritanismo romántico de la familia tradicional y el extremismo religioso son netamente pornográficos. La mentalidad pornográfica está presente en todas las instituciones morales, tradicionales y fundamentalistas que han convertido el contacto sexual en un instrumento al servicio de la carga pesada de la vida en pareja, los hijos y las relaciones románticas emocionales, en vez de ser puesto como el fin y el centro de la vida por sí mismo, liberado de todo yugo o atadura. Sexo liberado del yugo del amor de pareja. El porno no puede existir sin el cristianismo. Fue provocado por su idea: la idea de que el sexo debe ser un esclavo, un instrumento y un siervo al servicio del amor romántico y la familia de clase media que este engendra. Esa malicia es la madre del porno industrial que, finalmente, no solucionó el problema de la represión: simplemente lo hizo peor. Según el filósofo Aristipo, que ya hemos mencionado, el sexo, por el contrario, es el centro y el dador de sentido de la vida al cual deben servir y apuntar todas las demás cosas.

Tenemos un problema muy grave como sociedad que consiste en que entendemos el placer como una cosa sombría. El placer se ha convertido en una fuente de intranquilidad. La mejor estrategia que se inventó el judío-cristianismo para que no aceptemos la propuesta de Epicuro, de hacer del placer el propósito y el centro de la sociedad, ha sido inventarse la mentira de que el placer es algo siniestro. De esa manera se logró convencer a todos de que poner el placer como el principio moral y ético fundamental de todas las actividades humanas es algo inaceptable.

No entendemos que la palabra placer y las palabras tranquilidad, paz y sosiego significan exactamente lo mismo. Entendemos mal el significado de placer y lo confundimos con algo siniestro, con una especie de «pinchazo», un desasosiego, una ansiedad. Epicuro, seguidor de Aristipo, en cambio, nos enseña a encontrar el máximo placer o sosiego al calmar el hambre y la sed.

El principio y raíz de todo bien es la calma, en especial, la que viene del vientre: la paz interior.

Incluso los actos más mentales y elevados guardan referencia al vientre. El hombre que sigue la doctrina naturalista y epicúrea, no debe cuidarse más que de las necesidades ventrales, entre ellas: el sexo. El placer en todas sus formas debe ser entendido como ausencia de dolor y angustia, como sosiego, y como tal debe ser apreciado como la institución moral más importante de la sociedad. El sexo es la cumbre máxima del placer o de la calma, que es lo mismo, venida del vientre. Nuestra segunda mente es el vientre. Se trata del placer entendido como paz mental. Debido a eso, naturalmente, el sexo debe ser el valor más apreciado por la civilización misma. La tranquilidad y la realización erótica de todos debe ser lo más estimado políticamente. Todas las cosas deben ser instrumentos a su servicio y para ese fin: al servicio de lo erótico y lo sexual. La comunidad políticamente organizada debe ser el instrumento para la realización sexual serena de todos.

Es el sexo visto como fuente de placer o sosiego. Pero eso nunca será posible mientras sea pensado de la manera sórdida, extravagante y sombría como lo retrata la religiosidad del porno: sexo ansioso, torturado, despreciativo, apurado y trabajoso. La gente lo imita con una sexualidad vivida personalmente de modo clandestino, en el secretismo y el hermetismo, a espaldas de sus familias, e incluso, de sus supuestas «parejas oficiales». Eso no es placer ni goce. Sexo asolapado: en medio de la ansiedad y sin felicidad. En suma, sexo sin paz, que es lo mismo que decir: sexo sin placer.

El fin último de la sociedad es la realización sexual abierta, pero gracias a la influencia del judaísmo y el cristianismo hemos puesto todo al revés y hemos convertido lo erótico y lo sexual en una fuente de angustia, odio y ansiedad. Esa es la misión del porno industrial. El sexo se desprecia gracias al porno porque lo convierte en una hoja de papel de una revista, en una imagen electrónica que retrata algo sombrío, y así lo sexual se hace una herramienta de segundo nivel de importancia, menos importante que el dinero, la intelectualidad, el amor de pareja y la guerra. Esa es la clave de la mentalidad pornográfica. Eso es ser hijos de la mentalidad religiosa, judía y monoteísta de Abraham. Si realmente estuviéramos sexualmente liberados, como decimos estarlo, el sexo no pornográfico, no imaginario sino de contacto físico, garantizado políticamente para todos, sería el centro y el fin último de la sociedad. El valor moral más importante de la sociedad.

Mientras no lo sea viviremos en un constante estado de pobreza, represión y guerra sin fin. Esta idea es muy sencilla, y es el tema central de la ética hedonista fundada por Aristipo de Cirene.

La relación que existe entre la vida sexual de las personas y la manera como se organiza políticamente la sociedad ha sido un asunto pasado por alto por la filosofía y la sociología modernas. Ellas usan casi siempre enfoques inspirados en el trillado marxismo y el evolucionismo que son incapaces de ver este aspecto erótico y sexual en las cosas políticas y económicas. Haber evitado esa cuestión indispensable es algo que simplemente no tiene perdón. Esto ha impedido comprender el verdadero problema que tiene la sociedad moderna. Existe una relación entre la desigualdad social y la vida sexual privada de la gente, es decir: la manera como vivimos lo sexual afecta la economía y la política. Desenterrar esa relación es de importancia decisiva. Es hora de dejar de sacarle el cuerpo a una reflexión que piense y esclarezca la relación entre el sexo y la represión política. Existe una complicidad directa entre el sexo y el poder de reprimir dentro de la vida anónima particular de la gente, donde cada persona, en las relaciones próximas con los demás, se convierte en un policía de la represión misma a través de su propia vida, practicando rechazo sexual y, muchas veces, el acaparamiento sexual sobre otros.

El acoso sexual, realizado mayoritariamente por algunos los hombres (no todos), es un crimen que merece un total rechazo, sin ninguna duda. Pero atención con lo que vamos a decir: es extraño que los acusados de acoso sexual muy difícilmente sean los sujetos que se ajustan racial o socialmente a los modelos de belleza impuestos por los medios de comunicación.

¿Acaso, será posible que los que tengan ciertos aspectos físicos-raciales, o los que tengan cierto estatus en la tribu puedan acosar sin ser vistos como acosadores? Donald Trump, un abierto acosador y viejo-verde ha podido hacerlo impunemente, y con mucha tolerancia, por parte de algunas cuantas mujeres. A veces, quizás, el «pobre», el «feo» o el «cholo» sea, eventualmente, el sujeto más propenso a ser visto como acosador. Existe una ideología religiosa darwinista-evolucionista detrás de todo esto. —¿Si me pareces un «macho alfa», o te pareces al galán de la telenovela, al cantante rock, o al afroamericano de la película de acción entonces, quizás, puedas acosarme sin problemas?—, ¿si eres cholo, o de escasos recursos, quizás, sea mejor que sólo te limites a respirar y ser un «amigo» reprimido que mantiene su respetuosa distancia lejos de mi cuerpo?

La respuesta a esto es un completo enigma. Hay que hacer revisionismo y verificar si verdaderamente existe o no existe una doble moral sexual en cuanto al tema del acoso, y de donde podría provenir.

Por otra parte, usar el sexo y el atractivo femenino para manipular a los demás y extraer dinero de ellos no es algo menos criminal que el acoso sexual, como hace la industria porno; o utilizar el desprecio sexual metódicamente, y el rechazo sexual como armas para sentirse como un ser «más poderoso que los demás», como hacen algunas pocas mujeres individualmente para segregar, humillar y reducir al hombre, o a las demás mujeres, poniendo de rodillas a otro ser humano para hacerlo mendigar por sexo, o para hacerlo sentir como un insecto necesitado.

Cuando yo soy el centro de toda la atención sexual puedo usar el sexo mismo como un arma para hacer daño y obtener poder. Eso es algo narcisista y con tendencias homicidas. Algunas pocas mujeres, no todas, hacen esto. Lo empiezan a intuir desde los nueve años, y, de ser niñas pasan lentamente a ser sujetos manipuladores del poder. Obtener una posición de poder por medio de la capacidad de rechazar, excluir y segregar sexualmente, aprendida con el trato social, no es menos despreciable que el acoso sexual. Eso no viene con el ser humano, es una tendencia de nuestra «era del individuo».

Se habla mucho del acoso sexual pero muy poco del daño que se hace manipulando, o excluyendo y rechazando sexualmente a los demás, con el fin de obtener poder. Dejemos los sesgos, y miremos ambas situaciones.

Ambas cosas, tanto el acoso sexual como la exclusión o rechazo sexual metódico y premeditado para obtener una posición de dominio interpersonal, son crímenes. La sociedad debe rechazar ambas actitudes.

La ética del placer es el pleno goce erótico, para todos, siempre amigable y equitativo. Epicuro nos aconsejaría ser —menos déspotas— y dejar de usar el sexo como arma de poder y de odio. Eso es lo que os vende el porno. Todo esto es la anatomía del sexo y el poder. Se trata de un placer reprimido y triste, que aumenta la miseria del mundo, es decir, eso no es un placer realmente. Los miembros de esa industria provienen de esa misma escuela de la calle: usan su sexualidad y sus atributos, precisamente, para obtener poder al humillar a los demás seres humanos haciendo despliegues sexuales para causar envidia inconsciente de forma premeditada, y unas ansias sexuales que no piensan jamás satisfacer, sino sólo despertar. Siempre lo van a negar, pero ese es su mandato no consciente. El hecho de que lo nieguen, precisamente, lo confirma.

También vemos la represión sexual en esos hombres, enfermos de machismo, que inspiran tanta lástima, que viven llenos de miedo, que andan por la calle vigilando con las manos sudorosas, los ojos rojos de ansiedad, y los puños cerrados, dispuestos a matar a cualquiera que mire o aborde a «su» mujer.

Como si tuvieran escrituras y linderos marcados sobre otro ser humano de su «propiedad privada», su «ganado vacuno». Lo peor es que la propia pareja es quien todos los días les repite: «yo soy tuya únicamente, soy una cosa de tu propiedad» Quizás por eso, no hay otra institución más represiva que el amor romántico de pareja, y la monogamia, que son un invento del judío-cristianismo medieval. La monogamia: ese crimen tan cobarde contra la especie humana.

La gente se involucra —a ciegas— en tormentosas relaciones sentimentales, se echa encima compromisos, se va a vivir con una pareja y «se enamora», sin jamás pensar por qué lo hace. Muchos, no todos, lo hacen sólo para «no quedarse atrás» imitando lo mismo que hacen los otros. En efecto, ¿por qué la gente se casa o se va a vivir con una pareja, siendo que el ser humano, naturalmente, desea explorar miles de relaciones sexuales con distintas personas? ¿Será posible que cada persona que no sea considerada atractiva socialmente, quizás, tiene que disfrazar o «adelgazar» su natural deseo sexual, mostrando unas intenciones «serias», tiernas y de amor romántico, si es que quiere algo de sexo?, ¿debido a eso, para algunos es tan importante la «necesidad de amor romántico y vida en pareja»?, ¿estamos, quizás, extorsionados, o un poco «presionados sexualmente» para aceptar y creer en la necesidad de ese tipo de amor que Epicuro no necesitaba para ser feliz, y al cual rechazaba? ¿Acaso, desplegar el deseo de sexo por el sexo, sin maquillajes de compromisos románticos, no es apropiado para los «feos» que no tienen un alto estatus en la tribu, o los que no se ajustan al modelo de belleza física-racial predominante?, ¿el sujeto reprimido acaso tiene que aceptar cargar con la cruz de ser un proveedor económico, y además, un proveedor de apoyo afectivo, hasta casi convertirse en la toalla higiénica emocional de su pareja, o de otro modo, su vida sexual sería menor que cero, ya que casi es un ser desechable que, en cualquier momento, puede ser reemplazado a causa de su supuesta «fealdad»?, ¿es por eso que mucha gente no tiene más remedio que aceptar la monogamia y consumir porno con resignación? ¿Y mientras eso pasa, al menos con ellos, existen otros que pueden tener sexo cuando lo deseen, sin tener que justificarse, y sin «pagar» en casi ningún sentido, todo gracias a su estatus, su joven edad, o su belleza? E incluso, ¿acaso hay otros, que, a pesar de ser considerados como «feos», de todos modos, son sexualmente deseados por su sociedad: debido a unos imaginarios sexuales? Por ejemplo, el imaginario del «negro alto», o «el costeño», que supuestamente tiene el «pene grande», así que sería deseable en la cama sin importar que fuera «feo»; o el imaginario de la mujer ama de casa, demacrada, «fea» y «vieja», pero que supuestamente «gusta» del sexo anal, y que por lo tanto, sería deseada; o el imaginario de la mujer «gorda», una imagen que es usada últimamente como un fetiche sexual. Son personas que se convierten en personajes de unas leyendas sexuales, pues, a pesar de su supuesta «fealdad», son deseadas y deseados debido a parecerse a unos clichés, muchas veces creados o al menos, difundidos, por la industria porno.

Pero hay millones, entre ellos, quizás ciertas clases de obreros, o tal vez los que tienen algunos aspectos «aborígenes», los sordos, y muchos otros más, que no se ven reflejados en los imaginarios y clichés sexuales. No hay ninguna leyenda sexual, ni tampoco ningún cliché divertido o fetichista sobre su aspecto físico, y, además, son considerados feos, pobres, o quizás, marginales, de modo que no tienen cabida en el mundo sexual —por ningún lado—. Todo el imaginario sexual podría estar, quizás, contra ellos.

Entonces, debido a todo esto, ¿se hace necesario para algunas personas solapar el deseo sexual debajo de una figura de «amor, y tierno compromiso», sólo para poder tener sexo? ¿Acaso es así como funciona el actual sistema sexual?, ¿existe un sistema sexual, así como existen el sistema político y el sistema económico y cultural? El judaísmo, que permea la actual cultura, les da a las personas el sexo gota-a-gota, cuando la naturaleza lo ofrece todo a plenas manos llenas. Las respuestas a estas cosas aún se ignoran. En el texto que sigue después de esta introducción ofreceremos nuestra teoría hedonista llamada: la pirámide sexual, pero, el deber de las próximas generaciones es verificar si esto es cierto o no. Al menos, por el momento, sólo podemos plantear las preguntas.

En suma, en esta ética estamos hablando de una respuesta al sentido mismo de la vida. En pocas palabras, en este breve libro demostraremos, más allá de la duda razonable, que el porno industrial está contra el sexo, es decir: mostraremos que es un sabotaje contra el fluir de lo sexual y que literalmente paraliza el sexo mismo —aparentando hacer todo lo contrario—. En el párrafo 99 se pule esa idea. En resumen, el ser humano sólo es auténticamente libre cuando está desnudo. Sólo es lo que le corresponde ser cuando está desnudo: cuando su cuerpo se muestra actuando eróticamente de modo natural y no en-cubierto. Por el contrario, la existencia y la vida se reprimen al cubrir el cuerpo. Ese es el origen de todos los problemas sociales y económicos. Se nos acostumbra a ver una apariencia falsa del ser humano, siempre vestido, mostrando únicamente su rostro para las convenciones sociales. Para hacer de máscara que oculta al cuerpo. Al ocultarlo dejamos de tener la menor idea de lo que realmente somos. No sabemos lo que somos realmente. Al hacer esto cometemos un acto de represión de la verdadera identidad humana y de su verdadera función en la vida que es el disfrute del existir. La pornografía de tipo industrial muestra aparentemente el cuerpo desnudo, pero se trata de una desnudez falsa, inexistente y reprimida. En el porno el cuerpo sigue todavía vestido de una idea sexual manipulada que es lejana a la realidad. Arropado de pies a cabeza con una idea judío-cristiana de la sexualidad entendida como acto sedicioso, como acto de rebeldía, como acto siniestro. Las ideas morales son como túnicas que arropan. El porno no es algo desnudo ni desnuda al cuerpo, sino que lo arropa y lo envuelve poniéndole encima un gran manto, una idea moral que lo cubre para que no sea visto realmente como es, para retratarlo como algo «raro». Por lo tanto: el porno no desnuda a nadie, más bien oculta aún más la desnudez y el sexo. Por eso, en cierta ocasión en el año 2017, la industria bajo la lamentable firma «bangbros» ordenó quemar todas las historias clínicas y verdaderas identidades de los «actores» o modelos, —¿qué ocultan los que alardean de mostrarlo todo?

La verdad desnuda no es amiga del porno. La verdad, es decir, la desnudez, lo incomoda mucho. Estar desnudo está prohibido: todo se debe cubrir y encubrir en el porno. La desnudez y la verdad dan vergüenza, deben ser quemadas.

En la pornografía el ser humano sigue vestido y reprimido. Más vestido y cubierto que nunca antes en la historia. Una desnudez de piel electrónica, es decir: sin piel real, cubierta por una pantalla electrónica represiva que hace de pared de distancia-desinfectante. Una piel totalmente falsa, alejada y cubierta por una larga túnica llamada: barrera de multimedia. En el porno el cuerpo y el sexo son ocultados de la peor manera, vestidos con una idea-prefabricada que no se ajusta a la realidad, es decir, con una idea inadecuada. En el porno no se materializa la desnudez, sino que se idealiza y se hace virtual. Gracias a eso se imposibilita la desnudez misma y malintencionadamente se hace del sexo algo místico, es decir: algo complicado, generando aislamiento y nocivas consecuencias a nivel social, económico y político. El porno es una estafa. De hecho, es la más cobarde de las estafas, no sólo contra cada sujeto sino contra la sociedad como un todo.

En resumen: en la representación porno del ser humano no existe ninguna liberación del cuerpo. Se prohíbe la desnudez plena: no hemos logrado la desnudez. Entre más crece la lógica pornográfica estamos cada vez más lejos de lograrlo.

Nunca antes en la historia cada ser humano se había sentido tan inseguro de tener contacto sexual con los demás. El contacto en la antigüedad y la edad no-moderna era pleno. Incluso la guerra era cuerpo a cuerpo. El ser humano actualmente le teme, como nunca antes en la historia, a tener contacto físico con el otro ser humano. La ideología religiosa judaica, sobre la cual se sostiene el porno, ha hecho que a las personas no les interese de la misma manera el contacto físico-sexual pues ya no se necesita tanto, habiendo imágenes —dictadas casi que, a la fuerza, por una industria invasiva— para masturbarse. La industria de la masturbación, arrinconada y solitaria. Eso es el porno: soledad forzada. En la edad clásica la masturbación era política, es decir, era mutua, entre personas, entre iguales. También existía a nivel personal pero siempre con la garantía política de hacerlo con otros. Ahora es excesivamente en lo solitario, en lo antisocial, y la garantía política de socializarse sexualmente no está asegurada, la realización sexual de las personas no es algo importante para la presente sociedad basada en una mentalidad puritana, judía o cristiana.

Las consecuencias no estudiadas de esa tendencia al alejamiento del contacto erótico pasan factura en términos de desdicha, frustración con la vida, inconformidad con la existencia, rabia y delincuencia. Estados mentales que producen, finalmente, la desigualdad, la guerra y la miseria.

Somos la sociedad sexualmente más reprimida de la historia. El hecho de pensar el sexo usando inadecuadamente la ingeniería audiovisual no lo ha liberado. No ha hecho del contacto sexual algo más fácil entre la gente. Tampoco lo ha hecho más seguro en términos médicos, pues no ha ayudado a establecer un servicio universal de salud sexual y de sistemas anticonceptivos dedicados exclusivamente a resolver y prevenir ese tipo de dolores de cabeza para todos.

El uso simplemente audiovisual del sexo tampoco lo ha hecho socialmente más directo ni más inmediato en la relación facilitada y gestionada para el contacto físico en carne y hueso. No ha materializado y consumado el sexo, sino que, al contrario, esa ingeniería ha sido mal utilizada para crear una barrera de distancia sexual, es decir, para reprimir el sexo mismo. Para burlarlo. Lo termina velando y disfrazando como si fuera algo siniestro, bajo maquillajes para hacerlo inmaterial, imposible de tocar y disfrutar.

La desatención descarada de la realización sexual de las personas es lo que ha causado la aparición de la epidemia de enfermos mentales, violadores y asesinos sexuales repetitivos que agreden a niños y mujeres, algo que jamás se había presentado con la misma saña en que se ha hecho explícito en la modernidad y después de las dos guerras mundiales. Con encerrar y quemar en la silla eléctrica a estos sujetos no se soluciona nada ya que la causa que los produce de todos modos se conserva intacta y se hace más fuerte. De hecho, el porno como industria tiene un enfoque que nos habla del sexo como la satisfacción de «romper límites». Como la flecha de crecimiento económico: ir hacia adelante, «el cielo es el límite». Hacer todo lo que parece incorrecto y raro: para afirmar las libertades individuales. Ese enfoque, es una de las causas que han intensificado los peores crímenes sexuales. El consumidor del porno, incluso, apoya de manera no consciente el abuso sexual contra los niños porque no hay otro límite sexual imaginable que se pueda romper. El porno lo muestra como la última frontera para los «pioneros sin miedo» que la quieran traspasar. El porno anima a cruzar mentalmente esas fronteras, por ende, es criminal, se basa en el imaginario de la pedofilia, y el imaginario lo es todo.

El porno actual, que se enriquece a costillas del sexo: pero falsificándolo y adulterándolo, ni siquiera ha comenzado a cumplir con su obligación política con la sociedad y con cada persona retribuyendo lo que gana por medio de pagar un impuesto para financiar todas las vacunaciones gratuitas contra enfermedades de tipo venéreo, como la hepatitis B y el VPH, para toda la población desde la infancia y, además, para pagar investigaciones médicas encaminadas a prevenir y curar otras enfermedades de origen sexual. Eso se necesita para generar una verdadera libertad sexual real de contacto. Para que la gente realmente pueda vivir —y experimentar— con lo sexual en carne y hueso con menos temores. Ese dinero debe salir de esa industria por medio de justos impuestos. La industria porno es la más grande evasora de impuestos en ese sentido, un sentido que nadie ha querido señalar.

El punto, básicamente, es que el ser humano se sincera cuando está desnudo: realizando todos los diversos y posibles actos sexuales en la cama. Sólo entonces, y exclusivamente entonces, deja de ser el ente aparente y falso que suele ser en sociedad y se sincera: quitándose la máscara, mostrando lo que realmente es y lo que realmente desea.

Cuando filosofamos también nos sinceramos, pero no tanto. La gran realización como persona, la gran conquista de la dignidad humana y la reconciliación con la vida para el hombre es lograr —en carne y hueso y no mirando videos porno ajenos— que la mujer se sincere con él, en el lenguaje físico del contacto sexual. Lograr el mayor número de mujeres que se sinceren con él en la cama con ese lenguaje del cuerpo, mostrando su verdadero ser y sus verdaderos deseos abandonando la capa de decencia, disimulo y corrección que muestran en la sociedad. Esa tensión por saber qué tiene para confesar y para mostrar la mujer debajo de esa máscara, qué hay detrás de ese antifaz de frío y distante profesionalismo e indiferencia que muestra para la sociedad, saber qué clase de apetitos sexuales se esconden debajo de esa apariencia seria y represiva, esa curiosidad, es lo que atormenta y excita la sexualidad masculina. En realidad, se trata de un deseo de conocimiento (teoría de la epistemología sexual), como lo dijo Sócrates: el morbo es deseo de saber y descubrir (erotismo epistemológico). No facilitar para cada cual ese deseo de descubrimiento sexual-y-físico con otras personas reales, y darle esa oportunidad únicamente a los modelos porno, es causarle un gran daño a la sociedad. Un daño que esa industria hace invisible: pero que no deja de existir. Al no facilitarse políticamente esa necesidad de descubrimiento como contacto sexual, y al reemplazarla por medio de porno ficticio, se empuja al ser humano a la violencia.

El porno no satisface la necesidad de descubrimiento y exploración sexual. Retrata la pseudosexualidad —sin cuerpo— de unos entes, mal llamados «actores» porno, que no existen en el mismo momento en que la persona los mira (acrónicos) y que no están en el mismo lugar en que ella los mira (atópicos) que tampoco piensan ni sienten con ella (adianéticos), en suma: no existen. No están en ningún lugar, en ningún momento y no piensan. Eso es una escena porno. Nihilismo absoluto. Vacío existencial, estafa contra el sexo y la vida. Reflejos de entes que no son seres humanos: simples androides con apariencia humana. Cosas despreciables y desechables: para tirar a la basura.

Por esa razón las conversaciones eróticas entre personas reales y anónimas son mucho más auténticas y deseables que el porno y mejores que este. Son confesiones personales. Secretos eróticos auténticos. El espejismo que vende la barata pornografía actual, y lo que la hace atractiva, es que aparenta descubrir ese velo. Únicamente muestra una modelo que se está «sincerando» es decir, que se está desnudando falsamente para que las demás mujeres no hagan lo mismo. Además, a nadie le sorprende que una modelo porno llegue a contar sus aventuras: ya todos las saben. ¿Qué más se podría esperar de ese maniquí-consolador? En cambio, viniendo de una mujer anónima, alguien de la vida real del círculo social más cercano, es mil veces más excitante saberlo; viniendo de alguien de bajo perfil, de quien no se esperaría, para nada, tales expresiones de lujuria. Eso causa mucho más placer, sorpresa y excitación en la mente que el porno.

Cómo lo veremos en nuestra teoría del conocimiento, el sexo es nada más ni nada menos que una de las ramas en que se divide la epistemología (el saber), porque el sexo es un deseo de saber y un modo de conocer las cosas: uno de los modos de conocer el mundo basándose en la propia experiencia («modo empírico del conocimiento»). El empirismo (la experiencia que se puede sentir en carne propia) y el sexo están íntimamente ligados. Incluso, se puede atacar con una crítica agresiva contra el porno desde la filosofía empirista del positivismo lógico de Popper: sólo es real lo que se puede tocar, verificar con los propios sentidos y vivir en la propia experiencia, en los hechos. Lo demás es falso y se puede demostrar que es falso (falsacionismo) un estúpido sinsentido y una pérdida de la vida en cosas metafísicas, ilusiones y espejismos. Al menos en el mundo del sexo el positivismo funciona y es cierto (atención: no en otros aspectos, pero sí en lo sexual).

En palabras más sencillas: tener sexo real es una manera de conocer la realidad y ampliar nuestros límites del conocimiento del mundo. Una manera de explorar y descubrir el mundo en carne propia. Cada persona, es decir, la mente y la manera de ser de cada persona, alberga un universo sexual muy interesante e irrepetible. Cada ser humano es un mundo por descubrir a nivel sexual. Eso es lo interesante de tener sexo. Esa es la razón filosófica por la cual no se debería tener relaciones sexuales con una única pareja toda la vida ni quedarse siempre en los mismos tipos y esquemas trillados de sexualidad sino más bien variar la exploración, lo cual, es un derecho fundamental que no es de uso exclusivo de los modelos porno (que para la experiencia real no son seres humanos sino sprites, «mapas de unos y ceros» en una pantalla que existen en otra dimensión llamada video-esfera), sino un derecho para los hombres y mujeres de verdad, de carne y hueso, que están presentes en el aquí y el ahora, seres humanos reales. Para ellos debe ser garantizada y apoyada materialmente la realización sexual por la sociedad misma, así como se apoyan la educación y la salud.

Por eso, un hombre a quién la sociedad no le facilita ni le garantiza la experiencia sexual variada, y lo invade con porno a través de los medios de comunicación, día y noche para que lo consuma —a la brava—, es alguien a quien se le está impidiendo conocer el mundo. Es un prisionero. Se trataría de una vida sin sentido porque el sentido de la vida, según Aristipo, es experimentar, descubrir y conocer lo erótico con la propia piel, no simplemente mirando.

Le estamos dando esa oportunidad de conocer el mundo, de enriquecer su saber, desde esta perspectiva erótica, solamente a los modelos porno: sin riegos de salud y con apoyo material; y le estamos robando esa oportunidad, esa libertad de conocimiento y este derecho de descubrir el mundo, con su propia piel, a la gente verdadera. Por eso el porno tiene una tendencia criminal. Es un acaparamiento de la felicidad: para luego tirar limosnas en videos, con el fin de ostentar y humillar a los que no tienen acceso a esas mismas oportunidades. Esta es una tesis bastante clara y fácil de entender.

En pocas palabras: el sexo es un asunto heurístico (descubrir cosas) un asunto de diálogo, como lo presenta el marqués de Sade. Ese es el punto clave de la sexualidad: el deseo de sorpresa y de saber lo oculto para recrear el goce. El porno jamás podrá ofrecer eso, por mucho que llegue a aumentar la alta definición de sus imágenes: no es nada personal como lo dijo Cerati. De hecho, es la nada más vacía.

 Quienes se tienen que sincerar, es decir, quienes tienen el derecho a quitarse la máscara, el derecho a la libertad, no son las modelos porno sino las mujeres anónimas reales, de carne y hueso, las mujeres de verdad, puesto que las modelos pornográficas, una vez se convierten en imágenes inmateriales ya no son mujeres de verdad: son simples posters extravagantes, de actitud sombría, afiches baratos convertidos en androides con movimiento electrónicos en un video, eso son las modelos porno: la nada. Ni siquiera son seres humanos sino entes que llevan una existencia muy sórdida.

Un modelo porno siempre será un afiche decorativo. Una nube de tintas y colores impresos en una hoja de papel de una revista. Nunca dejará de ser eso. Podrá ser un afiche que habla, un afiche que responde preguntas, un afiche que gime y parece real pero jamás será una realidad humana. Por mucho que la animación de video se llegue a sofisticar, por mucho que se inventen ingenierías de creación electrónica de movimientos y diálogos, por mucho que se aumente la resolución de las imágenes hasta niveles increíbles, todo es inútil: en una imagen pornográfica jamás habrá una persona sino un ente. Así de simple. Lo que produce la satisfacción sexual y existencial en cada ser humano es entrar en comunicación sexual, y relación personal en carne y hueso. Eso el porno industrial nunca lo podrá dar. El porno no puede darnos personas para tener sexo y socializar el sexo. Por eso jamás le dará al ser humano satisfacción con la vida sino frustración, la cual, es el germen de toda violencia y de toda desigualdad social.

Proporcionemos un ejemplo didáctico bastante simple de la pasajera moda de la actualidad: el sistema de sexo por webcam. Se trata de un mecanismo que está siendo muy mal utilizado. La electrónica es manipulada para hacer del sexo algo inmaterial y para retratarlo, premeditadamente, como si fuese algo siniestro y como un vicio. Sin duda el sistema de webcam es un buen comienzo, al menos es una gran victoria sobre el porno industrial editado y grabado, pero, a pesar de eso, es una victoria incompleta.

Demostremos el triste vacío del sistema de parejas por webcam, por ejemplo. Se trata de un aparato de simbiosis sexual. Resulta que el hombre amará más intensamente su objeto de deseo, es decir, a la mujer, en la medida en que imagine que otros semejantes a él lo envidian, o sea, en la medida en que imagine que los demás también desean a esa mujer. Esta alegría aumentará ya que no podrá sentir celos hacia ellos sabiendo que nunca la podrán tocar. Viven muy lejos de ella, en otro país o región. Por su parte, la mujer sentirá más alegría hacia sí misma, es decir, más amor propio o empoderamiento, en la medida en que imagine que otros seres humanos, semejantes a ella, la desean. Esa es la droga adictiva que engancha a las mujeres a ser modelos porno, o incluso, a ser actrices de sexo por webcam.

Combinando estos dos factores, entre más exponga el hombre a «su» mujer frente a otros, sabiendo que nunca la podrán tocar, y sabiendo que esos otros la desean y que lo envidian, sentirá, necesariamente, más amor hacia esa determinada mujer, es decir, su alegría será más intensa al imaginar que sólo él la posee, aumentando así su sensación de poder combinándola con sensaciones sexuales. Así las cosas, los modelos webcam, al igual que los modelos porno, se están drogando continuamente frente a las cámaras, es decir, están adquiriendo o extrayendo poder de quienes los ven constantemente. Son yonquis.

Los brujos de la edad media llaman a todo esto «robar el aura» de los demás. Se trata de adquirir poder sexual robándolo de los otros. Como sea, en este sistema de simbiosis sexual, si los miembros de la pareja excluyen del contacto directo a quienes los miran, y aparte de eso, ganan dinero, sentirán que tienen la capacidad mágica de controlar, de alguna manera, a los demás.

Si sumamos a todo esto el hecho de que, eventualmente, pueden experimentar con distintos tipos de sexualidad, incluyendo estar con otras parejas, o agregando a otras mujeres —en tríos—, aumentarán mutuamente en esa simbiosis su conocimiento sexual, es decir, expandirán sus límites del conocimiento erótico (todo esto se llama: la fenomenología del sexo, que ya hemos tratado en otro de nuestros libros) adquiriendo, ahora por una cuarta razón, todavía más poder. De esta manera, la alegría hacia sí mismos, o sea, el sentimiento narcisista de superioridad sobre los demás, aumentará en tanto que tengan seguidores, y en la medida en que puedan vivir de este círculo de adicción. El problema de esta simbiosis es que no es real, es egoísta, y al menor temblor de tierra, en una puga de egos, todo se derrumbará en segundos, haciendo más daño al hombre que a la mujer, quien quedará más enganchado a la adicción, ya que ella podrá encontrarle reemplazo más rápido, pues el hombre no es el objeto de interés en esa sociedad, sino ella.

De esto se sigue, lógicamente, que, aunque el sistema de webcam trata de vender la ilusión de compartir el placer con otros, eso nunca se realiza, ya que el placer mismo queda circunscrito o restringido únicamente en manos de la pareja que lo vive realmente, entendiendo el placer como Aristipo, es decir, como aquello que se puede palpar con la piel. Por supuesto que los espectadores animan a que esto suceda, no son víctimas pasivas, se trata de personas que han perdido completamente la noción de la realidad y que están dispuestas, en una especie de silla de ruedas, a renunciar a la sensación directa de vivir la vida, de vivir el sexo con otros con su propia piel, a cambio de, valga totalmente la redundancia: unas imágenes-imaginarias y platónicas.

Tener el poder de discriminar a otros, que están por fuera de la pareja, para que no toquen a la mujer sino para que se limiten a mirarla y chatear con ella, produce una sensación de poder adicional, ya que, a pesar de que sonríen y agradecen diplomáticamente a sus seguidores por sus propinas, muy difícilmente les permitirían realmente tocarlos. De hecho, algunas pocas veces, no siempre, los desprecian y los consideran como unos locos perdedores que piden cosas dementes. Por más que sonríen y agradecen con fotos y escenas porno, en realidad difícilmente son amigos de nadie. Por todo eso, una persona que tenga una inteligencia mínima, y que se respete mínimamente a sí misma, muy difícilmente, y en muy raros casos, sería seguidora de una pareja webcam o de un modelo webcam que no conociera ya en persona, sino que, en vez de eso, se preocuparía seriamente por gestionar su propia vida sexual, en este mundo, no mirando hacia el más allá de los videos, sino en la realidad empírica positiva, para tener contacto sexual en directo con sus iguales y enriquecer sus experiencias con el sexo en carne y hueso, no mirando transmisiones porno ni webcam, que, en últimas, son parte de la misma ideología judaica-cristiana de poner el sexo a una puritana distancia. En el más allá.

El porno debe ser totalmente aplastado por algo que lo supere, algo mejor que las webcam. A estas les queda demasiada herencia del despreciable sexo falso del porno mismo. Le quedó muchísimo más fácil a la sociedad occidental poner mujeres detrás de unas cámaras de vídeo como —detrás de barrotes— con el propósito de que las miren, pero no las toquen, más fácil que facilitar y materializar, para esas mismas mujeres y las personas que las miran, el contacto sexual directo en la cama. El sexo queda burlado, pospuesto y anulado una vez más. Seguimos evitando el contacto del cuerpo. Todavía nos queda mucho de porno, que es un producto cristiano puritano. Por eso ponemos mujeres detrás de cámaras: para hacerlas inmateriales y no poderlas tocar. En palabras simples: el porno es un aparato hecho para evitar el sexo enseñando que es un vicio, una extravagancia innecesaria, un lujo raro, un espectáculo, y que jamás, es un derecho fundamental.

A fin de cuentas, tanto el sistema webcam como la pornografía son un gran rodeo (una burla) que se le hace al deseo directo de tener contacto sexual, físico, con determinadas mujeres muy jóvenes o deseables. Así cobardemente, como sociedad, nos quedó más fácil hacerlo todo «de mentiras» evitando religiosa y puritanamente la materialización del contacto sexual real convirtiéndolo en simples y vacías imágenes electrónicas de cámara. Gracias a las webcam no sólo se ha evitado el contacto físico sino también el segundo elemento más importante del sexo: el diálogo y el relato. En un «chat» de webcam nadie relata sus experiencias sexuales. Nadie cuenta con detalle cómo han sido sus encuentros eróticos más sorprendentes y exaltados, como bien lo sabía hacer con gran maestría el Marqués de Sade, sino que cada modelo se limita a cumplir con el papel de ser un robot que fabrica imágenes pseudo-sexuales vacías y tontas. No se trata de verdaderos libertinos sino de androides. Sólo les falta el botón de apagado y encendido.

—¿Qué diría Aristipo, el padre del hedonismo?— Opinaría que como civilización nos ha quedado más fácil construir bombas nucleares que facilitar de manera social, gratuita y legalizada el contacto sexual como un deporte universal, sano y libre de cargas morales de todo tipo para todos. Ya que el sentido de la vida humana es el goce natural de lo erótico y lo sexual en todas sus manifestaciones, al impedirse ese goce abierto, organizado socialmente para todos, desobligado de cargos emocionales y sin pesos de conciencia, al impedirse eso, se empuja el ser humano a la guerra, la desigualdad, la violencia y las adicciones. De ahí nacen la pobreza, el narcotráfico y el terrorismo. Como efecto inevitable de carecer de un verdadero goce físico-sexual la mente del hombre se comienza a llenar de cosas ajenas (pasiones), toxinas mentales, ideas radicales, basura, nacionalismos, religión, partidismos e individualismos que finalmente desembocan en todo tipo de guerra, desigualdad y pobreza. Todo esto, gracias a que el ser humano no está ocupado lo que debería estar ocupado: en el goce erótico y sexual de la existencia (explicación metafísica-hedonista de la neurosis). No reconocer al sexo como el maestro filosófico de la vida y como la base de todos los valores morales causa la desigualdad y la injusticia social.

 La mentalidad del porno aumenta las guerras, la desigualdad y la pobreza en el mundo pues le tira en la cara al ser humano una sexualidad maquillada como algo macabro, una sexualidad de mentira, artificial y puritana en tanto que inmaterial y sin contacto de la piel. Algo que sólo beneficia a los modelos porno, a nadie más, pues, en ese contexto, ellos son los únicos que entran en contacto sexual directo —sin riegos—.

Así se aumenta el nivel de violencia y destructividad de la sociedad porque se evita darle al hombre el goce sexual físico que realmente tiene que dársele. Se le distrae y se aparta de su verdadero sentido de la vida para que no realice directamente y en los hechos el goce sexual, obligándolo a que lo viva por medio de imágenes electrónicas: únicamente en lo imaginario que es como vivir en la náusea de la nada. El porno es un tipo de nadaísmo, convierte al sexo y la vida en nada, y nos obliga a vivir en la nada de manera forzada. Con eso, desde la filosofía de Aristipo se acusa y se denuncia que el origen de todos los problemas sociales, todas las violencias y guerras actuales proviene de la mentalidad implantada por la pornografía industrial que consiste en evitar la sexualidad real para exagerar una idea siniestra del sexo en videos, colocándonos a todos detrás de una barrera-vitrina electrónica, para no ser tocados, y para que el goce erótico no se materialice, para que se viva de una manera netamente fantasiosa y reprimida: en un mundo de doble vida, oculto, oprimido y secreto, lejos de los ojos de todos: el sexo vivido con sentido de malicia y retratado como algo siniestro, y, sobre todo clandestino.

Casi toda la manera de imaginar y pensar el sexo que tiene la gente proviene de la pornografía industrial actualmente. Si la sociedad quiere mejorar tiene que empezar a sacar la cabeza de esa caja de cartón y abordar un cambio de frente para pensar e imaginar el sexo de otra manera. De regreso al paganismo y las culturas raizales. ¿Por qué? Sencillamente porque el porno piensa al sexo de la misma manera como lo piensa el cristianismo y, por ende, entre más porno consumimos como sociedad nos hacemos más cristianos, o sea, más reprimidos por la implantación de una forma de entender la vida y, así, aumentamos la violencia y la desigualdad del mundo. ¿Cómo es esa forma cristiana de entender la vida? Se entiende que el centro y propósito de la vida es el sufrimiento. Se vive para el dolor, el trabajo, el progreso, el sacrificio, «la evolución» y la celebración del estado constante de riña y lucha. Tan claro como eso. La vida es un lugar para los compromisos, el matrimonio y el sacrificio, no para el placer por el placer, porque este último es retratado, especialmente por el porno, como algo sombrío, sedicioso y malintencionado. Algo que, de ser imitado, produce caos. Para el cristiano promedio el sexo es caos. Es exactamente la misma idea del porno. Es una forma muy triste de «sexo».

Por ende, los placeres deben vivirse manteniendo una doble vida, —por debajo de la mesa— y a escondidas: metiéndose en algún burdel o antro de mala muerte luego de salir «juiciosos» del trabajo, o en un «club» clandestino escondido bajo la noche (teoría de la clandestinidad y el asolapamiento). Pero eso no es libertad: ser asolapado es todo lo contrario a ser libre sexualmente. Los placeres se viven dentro de la oscuridad, la borrachera y bajo antifaces. El placer es un acto secreto, es algo siniestro, oculto y perverso, es «el diablo». Se trata de una actitud básicamente medieval de «aquelarre». Por eso declarar al placer como el sentido de la vida causa incomodidad. Es decir, una vida dedicada filosóficamente al placer es algo que se tolera pero que es mal visto. Es algo que no se puede admitir. Más bien, hay que dedicar públicamente la vida al trabajo y el sacrificio doloroso. Así el porno trasmite una mentalidad hostil al placer y hace a todos un poco más cristianos transformándolos en seres más dispuestos a sacrificarse en el trabajo, a sufrir para alcanzar una conquista de progreso, porque el placer es retratado como algo que no vale la pena: como algo sucio, reservado para los antros secretos y para los videos porno. La mentalidad cristiana y la ideología del porno, que es su resultado, han arrinconado al sexo a limitarse a esos espacios clandestinos, barriobajeros y nocturnos. ¿Es clara esa explicación?

No hay que dedicarse públicamente al placer sino al trabajo, «el juicio», el sacrificio y la competencia. Un eterno reality show.

La cara que la sociedad exige mostrar, públicamente, es la del sujeto sacrificado, «juicioso», que estudia con dedicación. El sujeto enamorado de su pareja y que trabaja duro por un ideal de progreso: para no tener descanso. El ser humano amargado. El tipo duro, dispuesto a matar por la calidad y el buen trabajo. Hay que mostrar el compromiso con todo y el sufrimiento por progresar. La entrega al sufrimiento: eso es lo que se espera de la vida. Eso es ser cristiano. Se crea o no se crea en «Jesús», se crea o no en Dios, eso es ser un cristiano. La actitud de cargar con una cruz, hacia arriba y adelante. Progresar como sea, sufriendo cada día. El placer, por el contrario, es la otra cara que se esconde y se oculta en la noche, y por debajo de la mesa. Lo público no es el goce ni el placer, ni la paz ni el sosiego. Gozar es algo clandestino y secreto. La palabra negocio significa: negar el placer o negar-el-ocio. Esa es la cara política que se debe mostrar, el placer y el sexo no pueden ser lo político: así piensa el cristiano. Negar el placer y dejarlo en manos de los modelos porno, de los bares clandestinos y del secreto que se vive con maña. Eso es lo que han impuesto el cristianismo y la ética protestante. Si hiciéramos todo lo contrario, si giráramos el esquema (hacer metanoia) y le diéramos un vuelco de 180 grados a ese modelo social, si invirtiéramos esas caras, poniendo en lo público y lo político lo que ahora es clandestino, y reconociéndolo como lo óptimo y lo deseable para todas las instituciones políticas, entonces, la sociedad mejoraría en todos sus aspectos, no sólo el psicológico, sino el político y el económico.

No negamos que la gente experimente con el placer en esta sociedad. Por supuesto que lo hace, pero siempre en un mundo escondido y asolapado. Un mundo reprimido, de puertas hacia adentro en todos los sentidos de esa expresión. Placer mañoso, con sentido de malicia y al estilo drogo, placer visto como acto subversivo. La misma idea trillada del dungeon o calabozo de siempre. «Las cincuenta sombras». Está bien que se mire así, de vez en cuando, pero no siempre. No tienen una mejor perspectiva fuera de esa.

El sexo debe ser también un trabajo de tipo «porno» y una tortura sombría: sólo así vale la pena. Eso es mentalidad netamente pornográfica y mentalidad cristiana. Así se logra que la gente no piense como Epicuro para quien el placer, visto como sosiego y paz mental, no es una cosa rara y deforme sino el sereno propósito de la vida hacia el cual todo debe girar: abiertamente, sin clandestinidad y sin disimulo. Ese es el punto.

La industria porno ayuda a negar la importancia del placer entendido como sosiego, en la vida real, y esa es, precisamente, la actitud cristiana en su estado más puro. La manera de percibir la vida por la mente cristiana, y la cual comparte —también— con el marxismo, consiste en preferir el sacrificio antes que el placer. Es muy simple y fácil de entender. Ver el placer como algo bajo, por encima del cual hay cosas más importantes y trascendentales por las cuales sí vale la pena luchar. Otra vez: el placer como propósito público de la vida y de la sociedad no vale la pena. Es una extravagancia innecesaria. En vez de «vagabundear» y disfrutar del placer hay que trabajar y ser productivos monetariamente. No al placer, sí al dolor. No al placer y sí al progreso. El progreso no se mide por el sosiego que ofrezca, o sea, por el placer, sino por el nivel de crecimiento obtenido con sacrificio y dolor. Este tipo de progreso propuesto por la modernidad no genera felicidad. El progreso, tal como se entiende actualmente, es inútil y nocivo. El placer se consigue por ratos como algo clandestino y deforme, como una dosis de sexo, o quizás masturbándose, incluso con un pase de cocaína. Se siente un corrientazo y se sigue trabajando para seguir sufriendo la vida. Así percibe la vida cada miserable judío-cristiano. El porno definitivamente ayuda a que esa idea se haga más fuerte, retrata al placer como un simple entretenimiento pasajero y retorcido, un «kink», como nada personal. Así es como el porno es una herramienta religiosa, teológica, al servicio de la mentalidad cristiana. Eso es definitivo. Por esta razón debemos liberar al sexo del porno, pensar el sexo por fuera del esquema industrial ficticio y mirar al paganismo clásico, junto con las naciones raizales, que exaltan al placer de una manera política, vital, dionisiaca, frontal y serena: como el sentido mismo de la vida y la institución más importante de la sociedad.

El placer vivido como un estado continuo, sostenido y permanente de sosiego. No como un mero «rato» clandestino, o como un chute de heroína para ponerse high (para drogarse), para estar como apunta psicológicamente la flecha de crecimiento económico: hacia arriba y adelante. Los cristianos eternamente embalados. El progreso que apunta hacia delante es un mito como cualquier otro. Ya sea capitalista o marxista: se trata de simple mitología, nada más que eso.

Muchas personas, en especial los modelos porno, afirman que están muy «liberados» sexualmente. Pretenden ser un ejemplo para los demás. Pero no son capaces de ver que su sexualidad está reprimida porque no es libre, es vivida y pensada bajo las condiciones dictadas por la mentalidad del porno industrial: ese es el punto que denunciamos. Eso es lo que gobierna sus ideas sexuales. Los hace ver el sexo como un conflicto, como un acto subversivo, como una sedición y como si fuera una rebelión, como un «kink» o desvío. Como si el sexo fuera un retorcimiento. Su sexualidad es angustia mental revuelta con mal-sexo. Es una basura existencial. No van a salir de esa miseria pintándose el pelo de rojo y fucsia: como doña Marina («Amarna Miller»). No tienen ojos para ver cuán reprimidos están. Así es, no están liberados, al contrario, están reprimidos. Reprimidos por la mentalidad de esa industria. Anulados sexualmente por el porno. Eso diría Aristipo el maestro del placer libre de sordidez.

El objetivo final, de alguna manera, podría ser que cada día más personas sean marginadas y excluidas de la vida sexual, de modo que el sexo sea visto como algo de los videos porno y no de la vida real.

Así las cosas, la raza humana se podría llegar a dividir en dos: la especie de los que tendrán sexo, los modelos porno, y la especie de los que no tendrán sexo nunca, sino que se limitarán a mirar porno: creyendo que el sexo es algo de otro mundo. Un mundo de cosas raras.

Eso es lo que de alguna manera busca esa industria. Ese es eventualmente su proyecto «futurista» para la raza humana apoyado por declaraciones dadas a la prensa por —entes— como Valentina Nappi. Sedar a los seres humanos por medio de videojuegos pornográficos tipo webcam insertados por cables conectados a sus cerebros: en un gran fumadero de opio porno, donde muchos se desconectarán de la realidad en un porno-sueño eterno. Esa es la agenda, ese es, en cierto modo, el plan para el futuro. Por eso la pornografía industrial es algo criminal e imperdonable. Su objetivo real es que dejemos de ser humanos de alguna manera, que nos desconectemos sexualmente los unos de otros para aislarnos en un universo del sexo industrial, en un «pajazo mental», y en algunas ocasiones lo está logrando. El porno se trata de control político y dominio de masas. Quizás debamos resistirnos contra ese futuro.

En vez de invitar a cada sujeto a crear amistades platónicas con modelos webcam que jamás podrá conocer en su vida real, en vez de quedarse paralizado, en una masturbación (solipsismo) frente a una pantalla, mirando la imagen de un cuerpo femenino que no está ahí (la negación del dasein diría Heidegger), que se pone a distancia, que no se puede tocar, que está EN OTRA DIMENSIÓN (platonismo), y que no tiene contacto físico con la persona, en vez de todo eso, las webcam, las revistas porno y las trasmisiones en CD, o en línea, deben ser utilizadas, estrictamente, única y exclusivamente como folletos, catálogos y directorios de personas reales para escoger, y para entrar explícitamente en contacto sexual directo con ellas: mediante un tipo de agencia estatal o privada. Los videos serían simplemente los menús de los actos sexuales que ellas estarían dispuestas a satisfacer en la vida real.

De este modo, por ley, no podrá existir absolutamente ningún video pornográfico, ni uno solo, que no facilite los medios de contacto y de pago, para conocer en la vida real a la persona o personas que aparecen en el video. Así de simple. Los fraudes serían severamente castigados. Todo video-catálogo debería ser producido a nivel local, con personas cercanas, locales, pues, es casi imposible conocer a alguien del otro lado del mundo. Si el porno, desde el principio, hubiera sido pensado para facilitar el sexo real, y para concretar citas reales y relaciones sexuales reales con las personas que aparecen en sus imágenes explícitas, entonces, no habría casi nada que criticarle. Pero fue creado con otras intenciones para reprimir y evadir el contacto real, es decir, para crear falsas expectativas inconscientes y frustrar el sistema instintivo humano. Se trata de hacer muchísimo énfasis en que el sexo no es una cosa imaginaria. Esa es la base de toda la filosofía de Aristipo. Los placeres del cuerpo, de la experiencia real empírica, son superiores a los imaginarios. Cada revista porno debe ser un simple catálogo de compras, un medio de contacto para concretar citas reales para tener sexo con quienes aparecen en las fotos, piel con piel, en carne y hueso. El video o revista porno debe ser el medio, no el fin (hoy en día es el fin). Si no se hace así, entonces, no se le debe permitir existir al porno. Hay que promover el sexo real, no el imaginario y el contacto sexual entre las personas, no tanto la masturbación en solitario. Hay que desidealizar a los modelos porno, bajarlos a la tierra. Para esto debe y puede existir una retribución monetaria, lógicamente legalizada profesionalmente y con precios subsidiados por la industria, para que sean asequibles y estén al alcance de todos.

En suma, estamos hablando de legalizar y profesionalizar la prostitución. Legalizarla, pero no simplemente en el papel (no sólo despenalizarla), sino reconociendo sus correspondientes prestaciones sociales de ley y sus salarios legales, lo cual animará a que muchas personas, de todos los géneros sexuales, exploren esa vocación humanitaria de compartir el placer, o sea, de compartir la felicidad con otros (amor ágape). Y no sólo eso, sino, además, estamos hablando de ofrecer un apalancamiento o unos subsidios sobre sus precios para que todos puedan costearse ese servicio de contactos personales, de modo que sea seguro, de fácil acceso y puesto a discreción de cada cual. Este es otro imperativo de la filosofía.

Nos referimos a la prostitución —en carne y hueso—, palpable, que se pueda tocar (teoría de la prostitución institucional). No hablamos de imágenes porno. Atención con eso: esto es sexo en físico, no en videos, porque ese tipo de prostitución ya existe, fue legalizada y se le dice porno: para que te suene bonito, pero es prostitución. Prostitución prestada para un club cerrado de miembros exclusivos que son los modelos mismos: eso es el porno. Prostitución falsificada, meta-física, por así decirlo. Sin contacto físico para la gente que no pertenezca al club cerrado de modelos de la «comunidad porno». En cambio, la verdadera prostitución, hipócritamente, no ha sido reconocida ni legalizada. La que se ejerce —en contacto directo—. Si el porno es legal, entonces, forzosamente la prostitución debe ser legal. Esa, la auténtica labor, debe ser sacada de los antros y liberada de la prisión de las cantinas de mala muerte y las bandas criminales, para ser puesta en un lugar óptimo, mejor, estable, calificado, seguro y digno. Respetamos a las «estrellas» porno, las hemos tratado muy inmerecidamente casi como a «profesionales» y, al mismo tiempo, despreciamos a las «putas» que se dedican a la verdadera profesión, presencialmente, pero sin el aprecio de nadie. Hemos convertido a las prostitutas en subhumanos. Ellas eran importantes servidoras públicas en la antigüedad pagana. Eso sí, en cambio, hemos convertido a las modelos porno en «estrellas». ¿Qué es lo que nos pasa?, qué platónicos somos con el sexo. Deberíamos hacer exactamente todo lo contrario, o al menos, subir el estatus de las verdaderas trabajadoras sexuales, las que están en la vida real, brindando una experiencia directa, y, quienes, a veces, deben exponerse en la calle. Ellas son las que hacen un verdadero trabajo por esta sociedad. No como las que se lo ganan fácil, con total protección física y médica, escogiendo a la carta a las personas que más les gusten y con las que se quieran acostar cuando lo deseen, todo por medio de un menú enviado por su «manager», es decir: por su proxeneta legal. Qué sociedad más cobarde e hipócrita. No aceptamos que en ambos casos se trata de prostitutas. Son exactamente lo mismo.

Deberíamos respetar mucho menos a las modelos porno que son entes ficticios para la experiencia directa, al menos las «putas» son reales, palpables, frenteras, no se esconden detrás de cámaras cobardemente. Tienen más humanidad. Pero somos cobardes judíocristianos y no podemos dejar de ser tan hipócritas.

La prostitución debe dejar de ser algo siniestro para volver a ser algo público y frontal. Tan simple como eso. Este antiguo arte debe ser limpiado moralmente, protegido con control médico, elogiado, capacitado educativamente como profesión o como oficio, legalizado y —regulado— para que se presente única y exclusivamente entre adultos, fijando la mayoría de edad universal como máximo a los 17 años (uno o dos años menos que la actual que está fijada en los 18). De hecho, este oficio debe ser considerado como uno de los servicios públicos fundamentales. Tan importante como la electricidad, el servicio obligatorio de salud-subsidiado y el acueducto. No se le tiene que decir «prostitución». Es mejor conocerlo simplemente como: servicios recreativos al consumidor o S.R.C (en plural), un tipo de servicio que puede ser ejercido y prestado a nivel domiciliario con total libertad. Muy lejos del bajo mundo —alcohólico— de los bares, y en ausencia total de fármacos o narcóticos.

Esto eventualmente, y en mucha menor medida, podría correr en paralelo con una fortuita legalización futura de la marihuana, la cual, en sí misma, no es un fármaco sino una muy natural variedad de la planta del cáñamo, algo saludable en algunos casos. Pero, ese asunto no es para nada prioritario, ya que el sexo es muchísimo más importante, es decir, es algo que viene incorporado a nuestro ser: no viene de afuera como una planta de sativa. De acuerdo con lo señalado por las cinco necesidades de Epicuro, lo sexual es una de las cosas imprescindibles y naturales del ser humano —sin las cuales no hay felicidad—. En cambio, algo como el cannabis forma parte de las cosas externas, totalmente marginales, de último nivel, algo que realmente no se necesita, en lo absoluto, para ser felices.

En resumen: la prostitución legal y socialmente apoyada debe volver a ser la institución concreta más central e importante de la sociedad. Muy por encima del matrimonio de la pareja única o monogámica, el cual debe volver a ser puesto en —segundo lugar— hasta quedar obsoleto.

La monogamia es antisocial, es decir, es criminal aspirar a ser dueño de una sola mujer u hombre porque todos los delitos de violencia y desigualdad se inspiran en ese deseo egoísta de posesión y mezquindad sexual. Es lógico que una verdadera filosofía del sexo libre sea necesariamente una filosofía contra el porno industrial y a favor de la legalización de la prostitución —en carne y hueso— porque el porno no es tener sexo sino dejar de tenerlo: así de simple; mientras que el amor libre exige el contacto sexual de la piel humana, la experiencia corporal directa, física, públicamente ofrecida y garantizada para todos como la institución base-de-la-sociedad mediante una legalización y desinfección total de ese oficio. Prostitución sana, digna y en vivo, no por medio de mirar videos de prostitutas sino —en carne y hueso—.

Pero ya que somos una sociedad cristiana que ve al sexo como algo raro, en cierto modo retorcido, le tenemos miedo a legalizar la prostitución porque —nosotros mismos— la hemos convertido en algo siniestro. Por eso convertimos el acto sexual en imágenes porno sin cuerpo físico real: para consolarnos mediocremente sin tocar físicamente a nadie.

Para tener sexo verdadero, en persona, la historia es muy diferente; mucho menos rápida y fácil que en el porno. En el caso del «sexo casual» se le obliga al paciente a pasar primero por extenuantes filtros sociales exageradamente selectivos, es decir: la persona debe pasar obligatoriamente por una especie de «concurso de belleza» o «concurso de carisma» totalmente invisible, no declarado públicamente, pero existente y operativo, del cual nadie habla, muy «casual» y socialmente generalizado.

Para ayudarle a ser elegido en ese «concurso» han aparecido conferencistas y autores «expertos en

seducción» (P.U.A) que dictan costosos talleres, estafadores muchas veces, que dicen enseñar tácticas de seducción con el fin de que sus estudiantes logren acostarse con el mayor número de mujeres al poco tiempo de conocerlas en cualquier lugar o situación. Por su parte, para tener sexo con un compañero o compañera «estable» se debe pasar, aparte del mencionado concurso de belleza, por relaciones sentimentales de noviazgo o matrimonio, diseñadas algunas veces para crear estrés, asumir compromisos y sufrir cargas morales y financieras —a cambio de tener una pareja sexual estable—. Eso es más macabro que cualquier prostitución, de hecho, es una forma de prostitución solapada que algunas veces se convierte en un vulgar chantaje que consiste en exigir ciertas cosas a cambio de no suspender las relaciones sexuales, que suelen ser, de todos modos, muy mediocres.

Muchas personas ante esas dos alternativas tan estresantes prefieren tomar un tercer camino: refugiarse en mirar porno «gratis» pagándolo —muy caro— porque permiten que se les lave el cerebro. Permiten que cada escena porno les inyecte en la mente una idea cristiana del sexo, retratado como una cosa rara e inalcanzable, para quedar finalmente: frustrados. Es triste, solitario y patético, pero eso hemos hecho con la sexualidad humana. En realidad, no somos una sociedad sexualmente liberada. Esto no es tener libertad sexual.

El porno nos habla de «mostrar y revelar», pero es básicamente un mundo muy sórdido que trata por todos los medios de cubrir su desnudez para que nadie vea lo que realmente es y lo que sucede al interior suyo. Le inyecta a cada persona que lo consume la doctrina de que sin sordidez el sexo no es posible en esta vida, ni tampoco deseable. En suma: confirma la visión cristiana del mundo. La pregunta es esa, precisamente, ¿es posible una vida sexual libre y variada, pero sin sordidez?, —¿libertad es lo mismo que sordidez?—, ¿es imposible experimentar con el sexo sin inevitables consecuencias o sin tener una vida clandestina, solapada o sórdida? Sin decir ni una palabra, y por medio del uso exclusivo de imágenes el porno nos responde que no es posible. Y miente. El porno no vende sexo, olvidémonos ya de eso de una vez por todas, lo que realmente vende es una idea del sexo. Un concepto sobre el sexo, una opinión religiosa acerca del sexo. Se trata de dos cosas muy diferentes. Vende una idea judaica negativa del ser humano.

 

 

Ilustración 1. La prostitución romana era parte clave del «ministerio de hacienda» de la época y contaba con su propio sistema inteligente de pago: una moneda propia respaldada por paquetes de subsidio público.

 

 

Convertimos el sexo en un gran misterio y espectáculo porno, tratamos de evitar y reprimir el contacto directo: para poner en su lugar imágenes de ingenieros del porno, como Michael Omelko quien, como todos los demás que hemos mencionado (Tano, Jordán, Gasper, etc.), es un experto en crear falsas expectativas sexuales en el hipotálamo, es decir, en el inconsciente humano, por medio de editar y crear fotos de sexo (o videos), lo cual es, planamente, ser un criminal y un estafador legalizado, ya que reprime la sexualidad humana excitándola y frustrándola. Un sujeto que juega trucos con la mente de ustedes: las personas de carne y hueso, y que obtiene un beneficio en placeres reales con mujeres reales, enriqueciendo su propia experiencia sexual personal y, además, sus arcas. Un tirano del porno.

Simplemente convertimos al sexo en una imagen de sexo, en material idealizado para masturbarse frente a una pantalla y evitar consumarlo en lo físico. Tratamos de convertirlo en algo no inmediato, una pintura electrónica distante, fría e imaginaria: eso es reprimir la sexualidad. Es una idea muy simple y fácil de entender.

Finalmente, se trata de una idea muy educativa: el sexo no es una simple imagen pornográfica. El sexo es mucho más que escuetas imágenes: el sexo no es un producto audiovisual sino una relación física del cuerpo, un lenguaje físico, una vivencia existencial directa y materializada en el cuerpo: aquí y ahora. Eso parece difícil de entrar en la cabeza de muchos que de alguna manera han sido criados toda su vida bajo el judíocristianismo, el idealismo y los videojuegos. El medio de comunicación electrónico mal utilizado hace virtual, ideal y misterioso lo que debe ser real, simple y físico. Hace lejano lo cercano, lo que tenemos justo aquí, lo más vecino a la piel. Es una idea tan simple que incluso un niño la podría captar. Si nos preocupáramos socialmente por hacer del sexo algo menos electrónico (menos virtual) y más físico, más cercano, libre, tranquilo y real, algo gratuito y asequible para todo el mundo, de tan fácil acceso como la internet, de la misma manera como nos preocupamos obsesivamente por reducir el sexo a simples imágenes electrónicas, es decir, por producir y ver porno, entonces, la sociedad sería mejor. Económicamente mejor.

 

 

Ilustración 2. Lais de Hícara. Prostituta ceremonial de alto prestigio que se acostó gratis con Diógenes el cínico. En el mundo grecorromano las prostitutas eran empleados contratados por la sociedad, servidoras públicas, parte del orden social que existían para el orden social mismo. Servidoras tan respetables como un juez o un notario.

 

El porno reduce el sexo a simples trasmisiones de imágenes, lo reprime y lo obliga a anularse. Le roba toda su existencia física. El porno es represión sexual. Si dejáramos de hacer eso habría menos delincuentes y menos presos en las cárceles porque nos organizaríamos para darle la oportunidad a los seres humanos de desfogarse y ser felices sexualmente en carne y hueso, no en fantasías de riqueza monetaria, les permitiríamos compartir sus cuerpos en directo sin miedo a la sociedad, en vez de esconderse en una madriguera para buscar un mundo virtual que no existe.

En una frase muy corta: esta no es una civilización sexualmente liberada porque todavía la gente siente vergüenza-social y se esconde detrás de máscaras para vivir en secreto la sexualidad. Donde hay vergüenza y solapamiento no hay libertad sexual. Eso es terminante y contundente. Un ejemplo patente y claro son las parejas swinger que alardean tanto publicando videos teniendo sexo, pero ocultan siempre sus caras y sus identidades —religiosamente— y se sacan fotos con sus hijos —de espaldas— para que nadie les vea el rostro y no les cuenten lo que hacen sus padres. Personas que, con una mala conciencia, llevan una doble vida. Le tienen miedo a la opinión de la sociedad. Temen que la sociedad sepa que son seres eróticos y de qué modo lo son. A escondidas, en bares-cantinas swinger, con las luces casi siempre bajas, preferiblemente bajo antifaces y en la noche. Sexo clandestino, solapado. Así funciona, casi siempre, la lógica swinger. Frecuentemente por debajo de la mesa. A espaldas de la sociedad, con cierta vergüenza, todo está pensado para que nadie sepa. Una temática muy propia de la edad media. La mentalidad judaica del porno es lo que causa y aumenta ese miedo. El miedo de Adán y Eva luego de comer la manzana, pura —mitología israelita—.

Por todo eso, el porno industrial actualmente es el principal aparato de represión y policía. Es un concepto claro y definido. Cuando la vergüenza sexual prácticamente no exista, ese día, como en la antigua y eterna Roma, se podrá hablar de libertad sexual. Antes no. Pero ese mismo día se acabaría el porno, porque este se basa en la vergüenza y en lo que supuestamente «está mal» mostrar, aquello que se desea y se hace a espaldas de la sociedad. El porno enseña una tesis muy simple: la cara oculta y malvada del ser humano es el sexo. Pero eso no es verdad, eso es pura propaganda de la religión judía. Mientras exista porno industrial habrá miedo y vergüenza hacia el sexo, y eso lo hace un enemigo del placer.

Irónicamente, el porno nos aleja del goce del sexo. El problema es que hemos convertido esta necesidad natural, como la llama Epicuro, en un espectáculo caro y misterioso, en algo demasiado ideal, raro, distante, sórdido y audiovisual. Todo un circo. Finalmente, el sexo es la cosa menos misteriosa de la vida, lo más simple, físico, material y natural de la vida. El judío-cristianismo obligó a los hombres a verlo como un misterio, y como algo raro. Al hacerlo les dañó la vida a todos los habitantes de este planeta. El porno industrial nació por el misterio judío-cristiano-y-musulmán alrededor de la sexualidad, y por las grandes cargas morales de todo tipo que le impusieron al sexo. Las grandes marcas pornográficas, son criminales porque, además de hacer ver el sexo como algo extravagante, negativo y sombrío, lo virtualizan, es decir: lo falsifican, eso no libera ni materializa lo erótico, sino que, al contrario, lo reprime y lo asesina desterrándolo a un mundo de imágenes inmateriales. Lo electrónico es manipulado para ser una herramienta eficiente de distanciamiento y represión de la sexualidad con el fin de ocultar la desnudez debajo de una cobija de pantallas. El porno distancia a los seres humanos, no los acerca. Un cuerpo desnudo no es un cuerpo representado electrónicamente en una pantalla sino un cuerpo que es capaz de sudar, un cuerpo físico, directo, vivo, muscular, que emana olores y sabores naturales durante el sexo, que respira, una piel real que entra en contacto físico con otra piel, entre seres humanos que dialogan con sus cuerpos en el acto sexual, el cual, finalmente, es un lenguaje. El sexo es un lenguaje materializado. Un modo de expresión. Decimos que lo electrónico en la sexualidad ha sido mal aprovechado con la misión represora de convertir el contacto sexual en algo indirecto y no-inmediato. Cuando se hace un uso religioso de la electrónica para convertir al sexo en algo indirecto se asesina el placer reduciéndolo a un producto empacado. Es comprimido en un contenido audiovisual deshumanizado. El sexo es paralizado y reprimido al ser puesto dentro de un marco de cámaras y ediciones. Eso es lo que hacen criminales como kink.com.

Lo sexual sólo debe ser ofrecido en vivo. Debe ser garantizado por la sociedad mediante un sistema de seguridad médica y farmacéutica junto con un sistema público de socialización del sexo enfocado única y exclusivamente en pacificar, serenar, garantizar y, sobre todo: ofrecer, la experimentación con el sexo sin miedos —en persona—, junto con la anticoncepción inteligente y preventiva. Es una idea política simple inspirada por la civilización grecorromana y las naciones raizales. Por eso, el porno de tipo industrial, es la forma más eficiente de asesinato de la sexualidad humana. Un enemigo de la libertad personal de todos. Simplemente convierte lo sexual en un pajazo mental, nada real, sexo puramente metafísico.

Aristipo fue el filósofo fundador de la idea de que el contacto sexual libre, en físico y en directo, cuando es políticamente estimulado, alentado, protegido, tutelado y facilitado por la sociedad, puede redimir a la humanidad. Por eso escribió dos tratados de filosofía hedonista exponiendo esta idea, dedicados a la prostituta de alta dignidad llamada: Lais de Corinto.

Por cierto, el nombre de ese filósofo significa: «el caballo más excelente». Los seres humanos estéticamente no tenemos nada que ver con los simios. Al menos a nivel de belleza y gracia somos mucho más cercanos a los esbeltos y sensuales caballos: eróticos en sus curvas. Si no camináramos tan arropados, con miedo de mostrar el cuerpo en público, veríamos nuestra natural belleza que nos recuerda a los caballos salvajes. Somos caminantes ligeros hechos para andar por inmensas distancias y por eso nuestros cuerpos tienen las bellas nalgas y la gracia erótica de los seres que están hechos para recorrer el mundo sin conocer fronteras. El porno no fue hecho para alcanzar esa libertad. Encierra a cada cual, en un cuarto sin contacto social para ver cosas sexualmente inauditas, raras y extravagantes, pero sin facilitarle —en lo más mínimo— los medios para la realización personal, de esas mismas cosas, en carne y hueso. Mirar y no tocar como dijo Cerati. Encierra y embotella al sexo que es nuestra máxima forma de expresión humana fundamental. Si realmente queremos sexo «libre y salvaje», por así decirlo, debemos superar al porno industrial porque coarta toda libertad posible. En su lugar vacío debemos colocar algo socializado, real y mejor. El porno es algo que tiene que ser superado por algo mejor. Aloja todavía demasiado cristianismo en su ser. Quizás sea hora de tomar conciencia.

Por todo esto, el presente texto es una secuela y una versión muy corta del libro llamado: Refutando a «Amarna Miller» (una crítica contra la industria pornográfica y una denuncia contra su alianza inconsciente con el cristianismo como un solo sistema de represión. Un texto que fue escrito en dos volúmenes de 450 páginas cada uno).

Por otra parte, a pesar de su extrema brevedad (apenas 70 hojas por lado y lado), este texto responde a otras preguntas fundamentales sobre la vida, y tiene una guía de palabras clave para que los interesados se remitan a los pensadores a los que hemos acudido en búsqueda de asistencia.

Dedicamos, de nuevo, todo este trabajo a nuestro educador: Aristipo de Cirene discípulo de Sócrates, cuya filosofía fue marginada por los cristianos para poner en su lugar ideologías enfocadas en los mitos del amor romántico, el alma incorpórea y la búsqueda de mundos ultraterrenos, de las cuales provienen las rosadas leyendas del Progreso y la Evolución. Sin extendernos más, procedemos a escribir 355 párrafos compuestos de redundancias, bruscos cambios de tema y repeticiones hechas para que la idea central quede grabada con algunas «explosiones pasionales», todo esto, evitando a toda costa el lenguaje académico, intelectual o técnico, desechando las palabras rebuscadas y sin perder nunca un único eje central que es el placer erótico como sentido de la vida y la crítica contra la era del individuo.

El problema filosófico del porno, en cuanto a su consumo y producción, está íntimamente ligado a la doble creencia metafísica en el libre albedrío y, sobre todo, en el «individuo».

Las dos creencias mágicas que forman la base del cristianismo son también la misma base del porno como empresa; y no se trata de ninguna casualidad. De esa doble leyenda, de esa fe religiosa es de donde se alimentan y echan sus raíces muchos tipos de drogodependencia también: «yo controlo el mundo» es el lema. Sabemos —perfectamente— que siempre se van a tratar de rebatir nuestras ideas repitiendo tres frases un poco trilladas. Frases propias de los neocristianos o los posmodernos (libertarios se hacen llamar) que sirven supuestamente para «cerrar» toda posible discusión. Dicen más o menos algo como esto: «mi cuerpo es el instrumento de mi libre voluntad y lo uso como me venga en gana. Si decido ser actriz porno es mi decisión soberana sobre cómo usar mi cuerpo». «Si decido consumir porno se trata, también, de una manera de ejercer mi libre albedrío, pues, todo es subjetivo». Qué lindas frases falsas: son ilusiones para auto-engañarse. Quizás sería muy buena idea que se agarren de alguna otra parte, porque vamos a mostrar lo frágil que puede llegar a ser el suelo por donde pisan, vamos a poner bajo ataque todo el terreno sobre el cual se sostienen, ya que expondremos que, al menos desde la lógica, no existe el dichoso libre albedrío que atesoran tanto y que usan como arma contra el mismo ser humano. Les costará trabajo defender su manera peculiar de ver la libertad, y eventualmente, esa dudosa libertad se derrumbará como algo inexistente.

La tercera frase religiosa que predeciblemente van a decir es: «lo sexual y el porno mismo son un asunto del individuo y de sus libertades individuales». Otra linda frase, muy atractiva para ganar seguidores en redes sociales (como hacía «Amarna Miller»), pero igualmente frágil, desechable y falsa, pues: se puede probar que el individuo tampoco existe. Hay demasiadas dudas razonables sobre su existencia. Por eso, para comenzar precisamente atacando desde ahí, embistiendo específicamente contra ese sistema de defensa, y con el fin de desarmar el estado de cosas llamado modernidad y posmodernidad vamos a mostrar lógicamente que, a nivel humano, no hay individuos independientes, aparte del hecho de que tampoco existe el famoso «libre albedrío».

Como ya lo expusieron con todo detalle Holbach, Spinoza y muchísimos otros pensadores e investigadores contemporáneos como Benjamín Libet y Daniel Wegner: ningún ser humano puede considerarse un «individuo» soberano dotado de alguna «libertad individual de la voluntad» —en lo absoluto—.

Si su propia ciencia de la neurología ha demostrado físicamente para estos «libertarios» que no existe el libre albedrío del individuo, ¿por qué insisten?, al seguir insistiendo en este punto, como lo hacen muchos modelos porno, finalmente muestran que se aferran a un enfoque cristiano religioso de la libertad, una superstición, y esa es su confesión más clara y contundente de lo que realmente son y de dónde vienen. De nuevo, les sugerimos que busquen otro asidero pues la caída definitiva de la leyenda del libre albedrío es inevitable, y sobre esa ficción religiosa y mágica quizás han construido toda su personalidad y su vida, proclamando que se trata de una idea muy racional, sin serlo. Si al menos admitieran que es una superstición la historia sería muy distinta. El suelo de la leyenda de la libertad personal, podría desaparecer, justo debajo de sus pies, no sólo desde la filosofía sino desde lo que para ellos es lo más «sagrado»: las ciencias exactas y la biología.

Entonces, ya que esta introducción ha concluido, benévola lectora y lector, establezcamos ante todo esta idea primordial, a saber, el concepto cero de este libro y la base de la ética del placer: la demostración de que no existen los «individuos» independientes y autogobernados en la sociedad, ni tampoco la libertad de la voluntad humana. Eso es lo que viene a continuación.

 

 

Ilustración 2. Fruné, prostituta helénica de alta dignidad enjuiciada, no por ser prostituta ni mucho menos, sino por atreverse a sugerir que era «más bella que la diosa Afrodita». La sentencia por blasfemia era la muerte. Pero, al verla sin ropa, los jueces decidieron que no era justo privar al mundo de tanta belleza griega y le concedieron la libertad a cambio de una pequeña fianza por impiedad (Sócrates, no tan bello, no corrió con la misma suerte).

Su Abogado, Hipérix, tuvo que desnudarla para mostrar la evidencia de la verdad de su belleza, la cual, conmocionó a todos. Con base en su figura eternizada en yeso, y luego en mármol, Praxitéles hizo aquella famosa escultura de Venus Afrodita que hoy todos conocemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

ETICA HEDONISTA

EL ORIGEN Y FUNDAMENTO DEL PLACER COMO FELICIDAD

 

 

  • Las acciones de un individuo se siguen únicamente de su propio ser sin el concurso de nadie más. Ser un individuo significa explicarse únicamente por sí mismo, es decir, significa ser indivisible y totalmente autosuficiente.

Explicación: un individuo es aquel que actúa sin el concurso de otro u otros. Eso significa ser inseparable de sí mismo debido a que no se puede sufrir la influencia de cosas externas. En consecuencia, de manera forzosa, para ser un individuo hay que ser ilimitado. No hay otra opción: se necesita abarcarlo todo, ser infinito y poderlo todo para no depender ni ser afectado por nada. Como efecto de eso, los actos de un individuo se siguen sólo de sí mismo. Ser individuo necesariamente implica no estar sometido a emociones ni a cambios externos de ningún tipo. No ser afectado por la relación con o el dominio de otras cosas. Es decir, significa ser indivisible o imposible de fragmentar. Para serlo se necesita negar absolutamente que pueda existir una influencia de otro u otros por fuera de uno mismo. Se trata de la individualidad y la autosuficiencia real que implica considerarse un individuo, con todo el peso y la propiedad de esa definición. La raíz romana o latina in-dividŭus, de donde proviene esta palabra, significa eso precisamente: ser indivisible, esto es, no-depender absolutamente de nadie ni de nada. Ser siempre uno. Explicarse únicamente por sí mismo. Igualmente, y por la misma razón, no se puede considerar como individuo a nadie que se pueda fragmentar, o sea: que esté sometido a emociones y pasiones. Por lo tanto, de manera rotunda, ningún ser humano es un individuo: ni podrá nunca serlo. La sociedad no está hecha de individuos. Es un concepto muy sencillo y fácil de entender.

Comentario: En últimas, lo que estamos queriendo decir es que la idea misma del ser humano considerado como individuo es una superstición mágica. Una idea prácticamente venida de la magia del animismo, es decir, la superstición de que tenemos un alma indivisible, totalmente espontanea e inexplicable cuyos actos se escapan de la ley de causa y efecto, así de simple. Esa es la idea central del mundo en que vivimos. Creer que el ser humano se sostiene y se sigue únicamente de su propia persona. Que se explica por sí mismo y sus actos sólo son efecto de sí mismo: como un «dios». Incluso, creer que puede burlarse de la ley de causa y efecto, y que sus decisiones son libres de causa, es decir, que las cosas que decide no son el efecto inevitable y necesario de unas causas externas que provoca esas decisiones, sino que el «individuo» puede saltarse misteriosamente la causalidad y tomar decisiones totalmente mágicas, in-causadas o espontáneas que rompen totalmente con la física o la naturaleza. Eso es creer en el individuo humano y en su libre albedrío: brujería. Una pura creencia mágica. De eso se sostiene toda nuestra modernidad supuestamente «científica»: de una metafísica. Lo condenable no es que la ilustración y la modernidad hagan metafísica pues ésta es necesaria e inevitable, así como los mitos, lo malo es que lo nieguen aparentando hipócritamente una imagen irreligiosa y «no-metafísica»: ese es su error y su gran deshonestidad. La modernidad es una metafísica-mágica y fantástica al nivel de la más oscura brujería: cree en el alma humana que vuela dotada de alas. Es una religión como cualquier otra. Una superstición venida del animismo, pues, se basa en la creencia en el alma que ahora se dice con otras palabras: «libre albedrío» e «individuo». Indirectas para querer decir eso precisamente: alma, superstición, brujería.

Nos creemos libres, creemos tener libre albedrío y nos consideramos individuos porque sabemos lo que deseamos y lo que decidimos, pero ignoramos las cadenas de causas que nos gobiernan y nos hacen desear y decidir cada cosa. Para cerrar con una sola frase: el libre albedrío y la creencia en el individuo son el asilo de la ignorancia. Solamente un ser que se gobierne a sí mismo al ciento por ciento por sí propio se puede llamar individuo, y el ser humano no es eso. El hombre dista mucho de gobernarse a sí mismo porque es un ser codependiente de muchos otros seres. Su gobierno depende de cosas que no controla. Es sólo una parte de la naturaleza, a la cual sigue y obedece, incluso para el pensamiento más mínimo. Además, en nuestra era moderna, el ser humano está —más lejos que nunca— de poderse gobernar a sí propio. Es una idea sencilla. Los seres humanos no somos individuos sino todo lo contrario a un individuo. Somos múltiples detrás de una aparente unidad. Incluso, tenemos más parte bacterial que humana. El tipo de bacterias de nuestro sistema intestinal determina nuestras emociones, y, por ende, nuestra actitud política hacia la vida pues la política es una gestión de las pasiones. Nuestro vientre, además, tiene cientos de millones de neuronas que modifican lo que sentimos y pensamos. Somos seres múltiples, no individuos guiados por una sola mente «personal». Además, somos tan múltiples como múltiples son nuestras necesidades y dependencias sociales. Ellas son quienes nos gobiernan. Y, por la misma regla: somos tan individuales cuantas menos cosas externas necesitemos. Al contrario de lo que creen occidente y la modernidad estamos ligados a la naturaleza y no somos una individualidad fuerte. No hay una separación entre nuestra persona y el exterior. Todos somos simples células de un único ecosistema existencial. No somos individuos sino células.

En muy pocas palabras: para nuestra civilización el ser humano es una rueda suelta e independiente. Pensar así es su grave error. Occidente profesa la fe religiosa de que somos un tornillo suelto de la naturaleza. Un ser separado de todo lo demás, una cosa sin explicación dotada de libre albedrío. A los románticos, poetas y directores judíos de cine les encanta decir eso. A la gente la hechiza oír esa canción barata sobre la «rareza» humana. Les sube el ego. Por eso compran los libros de tipos como Yuval Harari y la metafísica rosada de Conny Méndez. El delirio de grandeza de nuestra pasajera civilización.

Por eso escuchaban a «Amarna Miller». Eso se llama también idealismo o trascendencia. Una palabra que en latín significa simplemente: «estar separado», «estar por fuera» de la naturaleza. El dios en el que creen los judíos, cuya fe ha sido copiada por casi todos los demás pueblos del mundo gracias cristianismo que es una secta judía rebelde, ese dios del medio oriente llamado Elah o Jehová, es exactamente eso: un ser imaginado como separado de la naturaleza, o sea, un ser transcendente, alejado, transitivo: que transita en otra realidad. Esa es la gran mentira del judaísmo, de la modernidad y de occidente: obligarnos a imaginarnos a nosotros mismos como seres iguales a ese dios, como unas ruedas sueltas y separadas de la naturaleza. Vamos a demostrar que no somos «ruedas sueltas» a semejanza de ese dios falso que va a donde le viene en gana. Ni por medio de milagros ni tampoco por medio de las ingenierías. No somos «dioses» que se fabrican a sí mismos según su soberano capricho como dicen Sartre, el judaísmo, el cristianismo y la modernidad. No estamos separados de la naturaleza, por un mágico libre albedrío, ni vamos por un camino por fuera y distinto de ella. Los seres humanos no somos trascendentes. Es un concepto bastante sencillo y se llama: inmanencia. Viene de una palabra latina que significa simplemente: ser inseparable. Quedar siempre por dentro de algo. Algo así como dice el coro de la popular canción de Caifanes, por fuera jamás existes: siempre estarás adentro.

Somos inseparables de la naturaleza, o sea, de la física, es decir, de «Dios» si es que así le queremos volver a decir, como lo llamaba Epicuro. Dios es un ser erótico llamado: naturaleza, la física. Dios no está separado de la naturaleza, no es un rector que vive por fuera de ella: es ella misma. No se trata de una «persona» que es asaltada y atada por pensamientos, propósitos y emociones. Al contrario, es un ser libre, una imparable fuerza lógica y física infinita que se expresa de forma concreta a través de todas las cosas que existen a manera de causa y efecto. Dios es inevitable. Es una idea bastante gráfica y simple. Dios es inseparable de las cosas: es interno o inmanente. Jamás puede estar separado del mundo pues el mundo no es una cosa independiente sino un aspecto de Dios, o sea de la naturaleza (esa idea técnicamente se llama acosmismo). En otras palabras: Dios no está lejos, es la materia viva de la que estamos hechos cada uno de nosotros. Dios o la naturaleza es el plasma pensante o la sustancia activa de la que todo está compuesto sin ninguna excepción. Así de simple. Por eso jamás hemos ido a donde «queremos» ir. Siempre hemos ido hacia donde la naturaleza internamente nos ha conducido: tal como lo enseñan los estoicos. No hay libertad «individual» humana.

Pero, occidente nos dice lo contrario: que estamos por fuera de la naturaleza. Debemos buscar las cosas que supuestamente están por fuera de nosotros —como el éxito y el triunfo— y controlar las cosas que están afuera, en el mundo, como sus amos. Occidente es el gran Afuera. Por eso nos obliga a separarnos y darle la espalda a las raíces y al sentido erótico de la vida: para ir a «trabajar» por una idea de progreso que está también afuera. La modernidad nos susurra esas ideas, como Mara el demonio que tentó a Buda, diciéndonos al oído que nosotros —desde afuera— controlamos la historia y el destino. Incluso lo sexual ha sido manipulado para convencernos de eso. Como si el sexo fuera un grito de «rebelión personal» y «libre albedrío».

Por medio de la actitud de la religión judía que nos obliga a buscar tierras prometidas lejanas, y nos hace desear exageradamente lo que está afuera y despreciar lo que está adentro y lo que tenemos cerca, actitud que todos llevamos en la mente de manera inconsciente gracias al cristianismo en nuestro interior, gracias a eso, nos debilitamos a nosotros mismos y fortalecemos algún ente externo, llámese capitalismo, Estado, cultura, sociedad, etc. Por ejemplo, muchos personajes colombianos como Peñaloza o «pirry», hacen más fuerte a Estados Unidos, Suiza y Canadá al querer imitar sus culturas, elogiándolas, deseando «que Colombia sea así algún día». Elogiando el mito o la mentira del progreso. No son capaces de pensar la cosmovisión originaria y el progreso de manera interna. Buscan afuera un modelo que deberían restaurar, desde adentro.

Hay una minúscula y simple idea a la cual se reduce toda la modernidad junto con todo el capitalismo. Es la creencia central que comparte también con el marxismo y dice lo siguiente en pocas palabras: «el hombre es quien controla el mundo». «Nosotros somos jehová hecho persona». Nos han obligado a hacernos a nosotros mismos a la imagen y semejanza del miserable dios de los judíos. Ese es el modelo, el ejemplo y el molde de la identidad moderna. A esa idea se reduce toda la vida actual. Ese es el lema de esta religión retorcida llamada también «posmodernidad». Tú eres el «subjetivo» o caprichoso creador de tu mundo. He ahí la más grande trampa mental.

Mientras estemos cerca del campo gravitatorio de occidente y su corriente principal de ideas y tendencias o mainstream nunca podremos ser felices y liberarnos de esa ficción. Pensar así nos ha llevado a la injusticia, la desigualdad y la miseria social negando todo lo erótico y bueno de la vida. En realidad, la historia humana no está hecha por los hombres «individuales» sino por la naturaleza determinada en ellos. Cuando creemos que decidimos algo «libremente» es ella quien causa esa «decisión» en nosotros. Somos autómatas de la naturaleza porque somos sus expresiones, aspectos de su ser. Esto sucede porque no somos individuos ya que no somos auténticamente independientes. Somos inseparables de la ley de causa y efecto que es el atributo principal de expresión de la naturaleza. Por ende, debemos volver la mirada hacia ella: mirándonos hacia adentro a nosotros mismos y nuestras causas. Nadie es nada, sólo adentro. No somos una rueda suelta. Somos parte inseparable de algo que nos desborda. Es una idea muy fácil de entender.

  • Hablando aún más claro: ser un individuo significa ser totalmente independiente de causas exteriores. Depender únicamente de sí En consecuencia, únicamente hay dos tipos de seres en el mundo. Solamente hay dos opciones para existir: se existe como individuo independiente o se existe como un ser dependiente de otras cosas diferentes a sí mismo: un no-individuo. No hay más alternativas: somos independientes —o no lo somos—, o sea: somos individuos o no lo somos. Así de simple
  • En el primer caso, si una cosa actúa y se sostiene individualmente entonces existe únicamente gracias a sí misma, no se puede dividir. Subsiste sin ayuda de nadie por fuera de sí propia sin obedecer cosas exteriores o causas externas, y solamente en ese caso tiene derecho a ser considerada cabalmente como individuo. Pero, en caso de no ser así, si la cosa no es autosuficiente y depende de cualquier elemento externo, por mínimo éste que sea, entonces ya no es un individuo, sino un dependiente, es decir, un ser que actúa —en conjunto con otras cosas—, inseparable de un contexto de causas que lo explican. Un ser fragmentable por causas externas: un agente que conduce o expresa la fuerza de otra cosa gracias a la cual se sostiene y de cuya fuerza depende. Un ser que obra dentro de un sistema de causas externas: del cual se siguen al ciento por ciento, sus ideas y sus acciones que no brotan de su sola
  • Un agente o dependiente es un ser fragmentable, es decir, un ser que existe de forma temporal gracias a la fuerza de otra cosa —que es más potente que él— de la cual depende y a la cual expresa de una manera determinada, sosteniéndose de ese contexto para subsistir en todo sentido. Se trata de un ser no-individual que en todo momento está a merced de la influencia de cosas Eso es el ser humano: no es un fantástico «dios» que se gobierna a sí mismo. Creer en eso es creer en brujería, superstición, pensamiento mágico, y eso, finalmente, es la modernidad. Irónicamente, aparentando eliminar todas las supersticiones la modernidad ha resultado ser otra superstición. La religión del ego, la religión civil del individuo humano.
  • Todo lo que se sostiene y se sigue de las fuerzas naturales es un dependiente o un agente de la Naturaleza. La conciencia y el pensamiento que «tiene» el ser humano, por ejemplo, no es algo «suyo». El pensamiento humano no es otra cosa más que un simple agente que expresa una fuerza natural. En suma, la conciencia y el pensamiento de cada persona es otra forma más de expresión de la naturaleza: entre infinitas otras formas de expresión que ella tiene. Por eso, el pensamiento humano es una «nota» de la naturaleza, no del hombre propiamente dicho como un individuo independiente. Una nota que existe y depende de otras infinitas notas. Eso no le da ninguna superioridad a la especie humana. El hombre no es el único que piensa. «Pensar» no hace especial al ser humano —en ningún sentido— porque todo ya piensa de alguna manera. El pensamiento es sólo una forma de organización de la naturaleza: como un panal de abejas que también piensa. Toda la Naturaleza es pensante porque es una cosa lógica. No se trata del hecho de «tener ideas» sino del hecho de seguir una lógica coherente y causal. Toda la naturaleza sigue una causalidad, por ende, se trata de un ser pensante —en todo sentido—. Es por eso que el hombre no es el centro del universo y no está hecho para sojuzgar a los animales. No tiene absolutamente ninguna superioridad sobre otros seres ni otras especies. Por ende, el judaísmo y la modernidad son supersticiones que enseñan la necesidad de que el hombre controle las demás cosas. La modernidad es una superstición.

El hombre simplemente es una manera más de expresión de la naturaleza infinita que es mucho más fuerte que él, y de la cual depende, expresándola —a ella— en todas sus emociones, acciones y pensamientos. El hombre no es dueño ni propietario de nada porque actúa siguiéndose de la naturaleza sin que tenga, en ningún momento, el más mínimo ápice de mágica voluntad propia ni creatividad independiente alguna, sino que la expresión creativa humana depende de causas de la naturaleza, es decir, obedece causas físicas que no vienen del «individuo» considerado por sí solo. La naturaleza es el único ser propiamente creativo que existe y el autor final de cualquier creatividad por emanación directa, no por ningún plan o premeditación que ésta tenga. Somos autómatas de la naturaleza, y eso incluye a la sociedad y su historia que, finalmente, es la historia de las pasiones que someten al hombre, donde el ser humano no es el protagonista sino las reacciones químicas mentales que lo gobiernan. Eso es la historia: la cronología de los miedos que controlan la mente humana, la historia universal es la historia de las pasiones y no tiene ningún sentido en sí misma. Lo repetimos: la historia humana no tiene ningún sentido. Las cosas no suceden ni han sucedido por algo ni para algo. No hay propósito alguno prefijado. No hay progreso, no hay plan maestro ni designio. La historia no tiene sentido, mucho menos sentido del progreso con el cual tanto deliraba Hegel.

  • Todas las fuerzas naturales que existen son expresiones de una sola y única gran fuerza física infinita que se sostiene totalmente gracias a sí misma: de manera estrictamente individual. En otras palabras: todas las leyes naturales y todas las fuerzas físicas se siguen de única ley y una única fuerza natural que es un ente autosuficiente, es decir, un ser infinito que se sostiene y subsiste únicamente gracias a su propia-potencia y por su propia causa. Ese es el único individuo que realmente existe y puede existir. Ese ser, en pocas palabras, se llama: la Es momento de comenzar a respetarla un poco más: dejándola de considerar como un paisaje, o un simple «medio ambiente», porque es mucho más que eso: es el único individuo que realmente existe.
  • La Naturaleza es el gran indivisible, es decir, el individuo que no puede dejar de existir, y, por ende, es infinita e ilimitada. La Naturaleza no es una generalización, tampoco es un universal, es decir, no se trata de una colección de objetos silvestres. Tampoco es simplemente lo mismo que el «medio ambiente», sino que se trata del individuo más concreto: la fuerza o ser físico y al mismo tiempo lógico, dentro de cuyo propio interior infinito se siguen todas las cosas, unas tras otras, sin excepción: expresándose infinitamente, sin comienzo, ni fin. El relato del «Big Bang» comete el error de sugerir que la naturaleza tiene principio y fin. Por ende, no es una idea científica realmente, sino que está inspirado en la metafísica religiosa venida de la superstición del relato del Génesis: que enseña exactamente lo mismo.
  • Ya que el único ser individual que existe es la naturaleza todo lo demás depende de ese ser, a manera de agente o entidad que la expresa de una manera muy determinada. En otras palabras: el individuo, es decir, el único individuo que hay en el universo se llama: la Naturaleza, y el universo mismo es una de sus infinitas facetas o aspectos. En una sola frase: a nivel humano no existe el individuo. El ser humano es codependiente de infinitas cosas y de infinitas causas y por esa razón no se puede concebir de manera individual. Ningún ser humano, jamás, puede ser un individuo, o sea, un ser independiente e individual que se explica únicamente por sí Pensar eso es infantil, y la modernidad por eso es profundamente inmadura. Todo aquel que está sometido a emociones es un agente pasivo-de-las-pasiones que lo arrastran a obrar y pensar alguna manera. Es decir: se trata de un ser fragmentable que se divide de acuerdo con los afectos que le asaltan. Tener pasión significa ser pasivo. Así de sencillo. Es increíble que la gente entienda algo positivo de esa palabra «pasión» cuando significa todo lo contrario. Las pasiones son una negación, son un estado negativo. La pasión es algo que se debe y no se tiene, un pasivo, una deuda, una resta. No es algo que se tiene sino todo lo contrario: es lo que no se tiene. Nadie «tiene» pasiones, sino que las sufre o las padece. Nunca dejaremos de sufrir pasiones porque eso es lo que nos hace humanos: sólo somos una parte de la naturaleza. La palabra pasión viene de ser-parte, ser partido y fragmentado. Pero el hecho de que sufrir pasiones sea algo inevitable no es para celebrar ahora entonces todos los estados pasionales como hace la posmodernidad, llamándolos «libertades individuales subjetivas o caprichosas». Cuando logramos comprender las pasiones y liberarlas eróticamente, pacificándolas, somos menos pasivos y más activos. La modernidad es un proyecto religioso que trata de obligarnos a ser siempre pasivos. Por eso existe el actual sistema de entretenimiento-y-embrutecimiento basado en apurar las pasiones para luego frustrarlas: como el porno industrial moderno.

El hecho es que las pasiones que sufren los seres humanos obedecen fuerzas naturales, efectos químicos comparables con la fuerza de gravedad, y siguen leyes lógicas. Por ende, al sentir afectos y deseos el ser humano sigue y obedece a la naturaleza necesariamente. Es absurdo llamar «individuo libre» a un ser que obedece sin remedio. Ser libre no es obedecer. Es algo tan simple y claro que parece increíble que nadie vea la contradicción de la modernidad. La gente religiosa dice que los filósofos son estúpidos e inútiles porque repiten cosas tontas y obvias que todo el mundo sabe, como que el sol sale al amanecer y que el fuego quema, pero son más estúpidos ellos que saben esas cosas y no les hacen caso, actúan como si no las supieran. Por eso los filósofos deben volver a señalar lo que supuestamente ya se sabe. Una de esas cosas obvias es que para ser libre y para ser un individuo hay que gobernarse a sí mismo. Es ridículo llamar «individuo» a cualquier humano, un ser tan incapaz de gobernarse, tan profundamente dependiente de miles de necesidades emocionales y físicas como el hombre o la mujer. Mucho menos en la modernidad donde depende de tantas cosas artificiales de consumo. Cosas que ni siquiera necesita realmente, pero cree necesitar. Una figura temblorosa que se derrumba ante el más mínimo cambio de su entorno, así como ante la opinión y la necesidad de aprobación ajena. Un bebé eterno que nunca deja de necesitar ayuda y que depende hermanos mayores: jefes, sacerdotes, instituciones que conducen su frágil cerebro. El ser humano es siempre un ser necesitado. En términos de autosuficiencia los animales son mucho más individuos, porque son más independientes que nosotros, y la independencia de necesidades es la libertad misma. Es infantil creer que los animales son inferiores a nosotros, es hora de dejar ese prejuicio. De hecho, son más sabios que los hombres modernos, y deberían ser sus maestros. Ellos necesitan mucho menos que nosotros para existir y ser felices. Son más virtuosos en ese sentido. Virtud significa fuerza, poder o autosuficiencia. De esa aguda observación nació la filosofía llamada cínica, de Antístenes y Diógenes, que parte de la admiración hacia el poder natural de independencia del perro y los animales: la sabiduría para ser autosuficiente. De ahí proviene la palabra cinismo. El mito de la modernidad es todo lo opuesto a esa sabiduría, pues, en la era moderna, se intenta obligar al ser humano a ser cada vez más dependiente de cosas innecesarias: drogas adictivas enmascaradas.

Por eso no existen individuos. No somos individuos sencillamente porque nuestras personalidades son tan múltiples como múltiples son las relaciones personales a las cuales nos amarramos. Si les diéramos la espalda y no aceptaremos la mayoría de convenciones sociales que nos amarran quizás seríamos un poco más independientes y más individuos. Tendríamos más imperturbabilidad. Si hiciéramos como hizo Epicuro e intentáramos procurarnos una mínima independencia alimentaria con el fin de lograr un apartamiento inteligente de la sociedad cuando las relaciones humanas son tóxicas, podríamos estar un poco más cerca de ser individuos. Pero la verdad es que cada cual es tan múltiple como múltiples son sus relaciones sociales de dependencia, sus relaciones personales de dependencia, y en esa medida es menos libre y menos feliz. En medio de sus tantos errores Sartre tuvo razón al menos en algo al decir que el infierno está en los otros. Entre más relaciones sociales de dependencia tenemos menos individuos y menos libres somos. Irónicamente, la presente sociedad que hipócritamente habla tanto de la importancia del individuo y la libertad, es la primera en impedir la existencia del individuo mismo porque lanza a cada cual —hacia fuera— a depender demasiado de los otros, en especial empujándolo hacia un mundo laboral enloquecido. Al obligar a cada persona a integrarse en exceso con una sociedad llena de ruido y toxinas mentales y al exigirle lanzarse —hacia fuera— se le impide ser libre y ser algo más cercano a un individuo. Incluso al obligar a cada persona a la extrema dependencia de un líder familiar déspota se comete un atentado contra la libertad y la independencia. Por eso surgió la guerra de Siria en la década de los años diez. En conclusión, de acuerdo con las ideas de los estoicos y los cínicos la excesiva ligazón con la sociedad es lo que nos impide ser independientes y felices. A pesar de ser cristianos los amish han escuchado los consejos de los cínicos mejor que nosotros. Esta es, finalmente, también la tesis del budismo expresada en otras palabras: entre más amarras tenemos menos libres y felices podemos ser. Esa es la tesis opuesta al capitalismo y a la democracia parlamentaria que nos desea congregados de modo exagerado. Por ende, en la era en que vivimos, en una sociedad donde estamos tan exageradamente interconectados tenemos menos posibilidades de ser felices, ser libres y ser individuos. La sociedad de la información es toda una gran mentira. Una sociedad realmente libre es aquella que les ofrece a las personas todo lo necesario para desconectarse, para ser independientes, para no depender en exceso de nadie, por ejemplo, suministrando una renta obligatoria de la cual todas las personas puedan disfrutar sin tener necesariamente que relacionarse de modo exagerado para volcarse hacia fuera en un mundo laboral de consumo y desgaste emocional.

  • La Naturaleza constituye la fuerza absoluta de la cual se siguen todas las demás fuerzas físicas sin excepción, así como el Espacio infinito que dentro de ella misma se extiende. De eso se deduce que no hay nada que pueda existir o ser pensado por fuera del gran individuo

Comentario: —Esto es algo muy cercano a la gran teoría de unificación o GTU que ambiciona encontrar «algún día» la física—: la simplificación de todas las cuatro fuerzas físicas a una sola fuerza natural universal de la cual todo se sigue material y lógicamente de manera inevitable.

  • En lo tocante a este ser llamado la Naturaleza, siendo infinito, se deduce que el hecho de ser provocado a tomar decisiones y además sufrir sentimientos, tener planes de mejoría para el futuro y perseguir algún tipo de progreso, serían defectos y padecimientos pues eso significaría depender de algo
  • El único individuo que existe, debido precisamente a que es cabalmente un individuo o un ser independiente no puede padecer ni ser afectado por nada, ya que no existe nada por fuera suyo de lo cual dependa. De otra manera estaría sometido a fuerzas externas, lo cual es imposible, pues ya expresa todas las fuerzas, y por consiguiente todas las cosas al mismo tiempo: incluyéndonos a nosotros los humanos.
  • Sea dicho en términos tan sencillos que incluso un niño lo pueda entender: el ser humano no se sostiene de su propia fuerza ni por su propia fuerza. Ningún ser humano es independiente ni actúa por sí mismo sino siguiendo un contexto y cadena de causas. Somos dependientes al ciento por ciento de la naturaleza y sus muchos factores. Por eso no existe nadie que pueda ser llamado individuo en la humanidad. Ningún hombre o mujer, ni siquiera, puede soñar con ser un De todo lo anterior se sigue, esta vez en total oposición a Sartre, que el ser humano no está exonerado de obedecer ajustadamente causas externas, no es libre de causa, y por ello, no puede ser su propio creador, no puede crear su individualidad ni su propia esencia. Ya hemos mostrado que ningún ser humano puede considerarse independiente, de esto se sigue, inevitablemente, que nadie es causalmente libre en la voluntad y como efecto de eso, nadie se puede «crear a sí mismo» en ningún sentido, pues para crearse a sí mismo sin obedecer o seguirse de causas externas, se requieren tres cosas, a saber: ser indivisible, ser la causa de su propia existencia y por lo tanto ser infinito. Por lo consiguiente, nadie puede decir que es un individuo, ni siquiera puede desear serlo, pues sería pretender dejar de ser humano. Esto será explicado con más detalle a lo largo de esta reflexión. El proyecto de la modernidad miente al hablar de los seres humanos como si fueran individuos dotados de «libertades individuales» salidas de un mágico «fuero interno» inexplicable (subjetivo quiere decir inexplicable: mágico), y, además, como si estuvieran dotados de una fantástica libertad de elección, es decir, de independencia y desobediencia a la ley la lógica de causa-y-efecto.

Ya hemos dicho esto antes, pero lo validaremos de nuevo, las repeticiones y reiteraciones serán de uso familiar en este texto, y va así: dado que los seres humanos son conscientes de los deseos, apetitos y decisiones que los asaltan, y, al mismo tiempo, son ignorantes de las causas que los obligan inevitablemente a tener esos deseos y decisiones, entonces, al desconocer las causas de las cosas no les queda otro remedio que decir que «ellos mismos» son la mágica causa, y a ese patético asilo de la ignorancia lo llaman: libre albedrío, con una sonrisa idiota en la cara.

Esto es igual a creer en el dios de los judíos, pues, de la misma manera, le asignamos a una persona imaginaria la autoría de todo aquello cuya causa ignoramos. Asimismo, nuestro libre albedrío es una persona imaginaria, que no existe, a la cual asignamos la autoría de decisiones forzosas cuya causa ignoramos. La creencia en el libre albedrío declara a cada uno como el dios autor de las cosas que piensa y hace. Esa creencia religiosa en la libertad individual de elección sirve para que los carceleros encierren gente y para que los posmodernos digan que cada cual está «loco» (subjetivismo) y que tiene el derecho de pensar «como quiera» siempre que «no lo haga daño a nadie», de modo que cada uno es un pequeño dios que se inventa su mundo. La idea es vivir en un posmoderno pote de basura respetando unas «reglas de convivencia» ya que cada cual es incomprensible. Ya que son cristianos ignorantes de las causas que llevan a cada persona a tomar unas u otras decisiones se burlan de los demás achacando sus fallos a algún capricho subjetivo inexplicable. En eso se basa la religión del individuo. Por eso existe el matoneo y es un crimen inevitable en la posmodernidad. Los más bajos ignorantes han sido convertidos en técnicos gobernantes: «tecnócratas».

  • No existe tal cosa como la capacidad de burlarse de la física tomando decisiones libres de causa, es una fantasía. Esa doble falsa suposición de que somos «individuos» y tenemos libre albedrío es el origen de los problemas sociales de la actual humanidad: pues nos pone en el lugar equivocado, en el lugar que no nos corresponde en la vida. No nos corresponde ser ni considerarnos individuos. Somos seres causados, no seres in-causados, es decir: no somos entes mágicos dotados de un fantástico libre albedrío que pueden desobedecer y burlarse de la ley de causalidad. «Podemos desobedecer mágicamente todas las leyes de la naturaleza con nuestras decisiones libres». Eso dicen los libertarios, hablan como cristianos. Es el mismo cursito de metafísica del cuarzo rosado de Conny Méndez. Esa es la basura «libertaria». «El mundo es lo que tú quieres que sea, cierra los ojos y se te realizará, eres un mago». Vieron demasiado Harry Potter y nunca maduraron. Ahora que les creció la barba creen que pueden hablar duro, pero siguen escuchándose como patéticos niños malcriados.

Por muy complejos que sean los procesos mentales humanos se siguen, inevitablemente, de una concordancia natural de causas: por eso la neurología es la primera en negar tajantemente la existencia del mágico libre albedrío humano.

Por su parte, el sistema penal y la política criminal actual ignoran todo eso. Esos sistemas son de justicia penal, o en palabras más sencillas: sistemas de castigo. Actúan como si existiera el libre albedrío. Por eso deben ser abolidos y reemplazados por sistemas de justicia y tratamiento, es decir, por un procedimiento de privación de la libertad orientada hacia curar investigar y eliminar las causas sociales del crimen. Un sistema que no sea como el que actualmente existe, enfocado en marginar, desechar castigar y torturar mentalmente al criminal. Una política criminal que se enfoque en entender las causas y atenuarlas. Todo criminal es efecto, no causa. Se trata de alguien contagiado por una cadena de causa y efectos tóxicos creados por nuestra sociedad y nuestros legados equivocados, un enfermo que padece de algo grave y que necesita ayuda —aunque él mismo sea quien lo niegue—. Precisamente, lo niega, porque el delincuente se cree superior a los demás. Como dijimos en otra parte, muchos delincuentes son jueces y verdugos nombrados por sí mismos. Gente con una vanidad desmedida. El narcisismo es el inicio de todo crimen. Personas que, como Escobar, creen que reescriben las leyes el honor y la moral. Son competidores del Estado y no menos despreciables que éste porque piensan igual que él. Pero, de todos modos, como el Estado, son seres enfermos que necesitan una ayuda que nunca tendrán el valor de pedir. Nadie tiene un ego tan grande como el delincuente común y como el Estado: porque son la misma cosa.

 

Es un acto delincuencial en sí mismo, juzgar a los seres humanos como individuos responsables y supuestamente «libres» de causas, asumiendo que se siguen sólo de sí mismos, o lo que significa lo mismo: que están dotados de una mágica libertad de elección, cuando en realidad son personas fragmentadas por muchas causas, que apenas, con gran dificultad, responden a una identidad. Es perverso y descarado que lo penal pretenda jugar a ser Dios, o sea la Naturaleza, y que trate de imponer a la fuerza la creencia en el libre albedrío humano y la responsabilidad individual que no existe ya que toda responsabilidad es sistémica, se sigue de un sistema de causas, y, por ende, debe recaer sobre el sistema que determina a cada cual. Hay que empezar a enfatizar en la responsabilidad del sistema. La sociedad es la primera causa criminal y el primer responsable, luego sigue el sujeto: que es su fruto. Primero se debe juzgar a la sociedad, y en segundo, lugar a la persona. Nosotros sólo echamos culpas sobre la persona llamándola «individuo», como si pudiera inventarse libremente las causas que lo empujan, y ni en sueños investigamos la responsabilidad del sistema: sólo sabemos lavarle las manos a la sociedad: porque somos ignorantes y cobardes. Eso es criminal ya que esa actitud hace que el crimen mismo jamás se detenga ni se modere pues nunca atacamos su causa sistémica, su raíz. Por eso, debemos primero preguntarnos: —¿qué hicimos y de qué manera estamos pensando al mundo en esta civilización para crear al delincuente?, es decir: los delincuentes son agentes de una fuerza social que los causa o los determina. A nadie le importa averiguar qué los determina causalmente a nivel de sociedad. Abundan estudios sobre «la química» del cerebro del criminal y demás basura biologicista como esa. Pero nadie quiere apuntar con el dedo, a la sociedad y el proyecto de modernidad que del que se sigue, causalmente, a la existencia del crimen como actualmente existe: como el sentido social de la vida para muchas personas.

Las cárceles no rehabilitan. Son más bien universidades del crimen y la tortura donde los delincuentes empeoran su trastorno social-mental además de su odio. Eso a los fiscales y jueces no les importa, se lavan las manos. Una sociedad con cárceles como las nuestras no merece respeto: una sociedad criminal ella misma. «Rehabilitar a los delincuentes no es mi problema ni mi función, no trabajo en ese departamento, no me interesa» —dicen los jueces y fiscales con una sonrisa descarada y un aire prepotente—. Lo único que buscan es ganar dinero como servidores públicos y ascender en la escala social. La recuperación del reo les importa un bledo, y, por ende: ellos son los verdaderos criminales. Ya lo sabemos bien todos los que hemos asistido a una facultad de Derecho: el Estado encierra al asesino, no porque le importe un centavo la vida del muerto, ni su familia, sino porque el Estado mismo es el más grande asesino y no puede darse el lujo de tener competidores. Así de sencillo. Técnicamente eso se llama: «uso legítimo de la violencia». Qué bellas palabras. «El único que tiene licencia para matar y robar aquí soy yo»: eso es lo que quiere realmente decir el Estado con esas lindas palabras. «Si tú matas te vas a la cárcel, no porque me importe la vida que quitaste, sino porque tratas de hacerme la competencia y quitarme mi derecho a matar que es exclusivo para mí, el Leviatán, el Estado». Por eso se persigue al delincuente. No seamos ingenuos, no es para defender la vida de nadie, ni por el bien de la sociedad, sino para que no pueda existir otro delincuente ni otro asesino aparte del Estado. Por eso el narcotráfico y las guerrillas son Estados aparte: competidores del poder de asesinar: para-estados. En el fondo, los jueces y fiscales saben perfectamente bien que no les conviene ir a la fuente o causa social del crimen para que se detenga la delincuencia pues se les acabaría su buen empleo. Siguen a Carlos Marx, quien celebra el crimen en todas sus formas «porque produce terror y genera empleos de abogacía y policía», y todo eso «mueve la productividad» así ¡que viva el crimen y el asesinato! Marx lo dijo, así a secas, sin miedo, descaradamente, en su horrible confesión que ha sido bautizada como: «el elogio del crimen». Una obra que da pena, nos muestra la clase de monstruo que es el pensamiento marxista, que no tiene nada que envidiarle a su hermano gemelo: la ultraderecha capitalista. Ambas, izquierda y derecha, están hechas de la misma madera. Son las dos caras asociadas del mismo proyecto de la modernidad y la ilustración. Un proyecto que se fue al desmadre.

El capitalismo y el marxismo son dos sectas modernas que no pueden existir la una sin la otra. Son totalmente interdependientes. Juntas tejen un solo sistema que necesita del conflicto y la violencia entre la izquierda y la derecha, para que ambas, puedan retroalimentarse y fortalecer el religioso proyecto del «progreso» y la modernidad. Dejemos la ingenuidad de creer que el marxismo es el «enemigo» del capitalismo: es su mejor colaborador. La hipocresía del marxismo es grande. Ambas sectas trabajan para un mismo objetivo que es sacrificar al ser humano al servicio de un gran fetiche religioso llamado «progreso en línea recta». Recordemos que la modernidad piensa el tiempo de una manera errada. Mientras que todo en Dios o la Naturaleza es cíclico y repetitivo la religión moderna, heredara del judaísmo-cristianismo, nos enseña lo contrario: que el tiempo es una línea recta. De ahí nace directamente el mito del progreso y la ansiedad por el futuro. Dos elementos muy presentes en la lógica de la pornografía en su afán por empujar el progreso de la deshumanización de la sexualidad, el progreso del conflicto mental, el progreso por impresionar. Irónicamente, Isis, el estado islámico, con sus puestas en escena del progreso de la violencia sexualizada, el progreso para causar vómito-y-morbo, ha imitado muy bien la lógica de la pornografía estadounidense. El terrorismo es el mejor alumno del porno.

El marxismo y el capitalismo son la versión moderna del fetiche de «progreso civilizador». Un espejismo mental traído por algunos españoles fundamentalistas católicos como Inés Suárez y Pedro de Valdivia. Ellos transportaron esa larva mental con su invasión talibana que ha sido muy erróneamente llamada «conquista». Talibán significa: ser un estudiante de ideas religiosas muy básicas y cerradas basadas en la doctrina del progreso espiritual, venida de Abraham, bajo el lema de un único dios y una única verdad. Eso eran los españoles de aquel entonces: talibanes o estudiantes de la doctrina extremista judaica del perfeccionamiento perpetuo. Por eso construían iglesias en cada esquina, que eran escuelas de esa doctrina fundamentalista. Lo demostraban con sus decapitaciones y degollamientos —al mejor estilo del talibán e Isis de la actualidad— y, claro: justificados por la misma misión de «llevar la civilización» a nombre del dios de los judíos. De hecho, el catolicismo extremista de los invasores españoles (mal llamados conquistadores) es el tío-abuelo en segundo grado del fundamentalismo islámico de hoy. Aquellos españoles segundones o desheredados eran auténticos talibanes extremistas en versión cristiana-católica: Pizarro, Cortés, Valdivia y tantos otros. Fanáticos ciegos y exaltados por una idea delirante de un solo dios y un solo «progreso civilizador». Ese fue el legado de violencia que dejaron. Ese es el origen último del paramilitarismo y las guerras extremistas entre izquierda y derecha en Iberoamérica. Es la misma guerra santa medieval española sólo que dicha con argumentos y palabras «modernas». Le duela a quien le duela: es la verdad. Antonio Espino López, un historiógrafo español, ya lo demostró. Un degollamiento por extremismo religioso es un degollamiento, ya sea que suceda hoy, hace quinientos años o dentro de mil años. Los españoles hacían eso y mucho más.

Finalmente, el progreso no es nada objetivo. En la realidad objetiva no existe el progreso. Es puro platonismo. Se trata de la cosa más relativa que existe. Se dice que progresa aquella persona que cree en la religión del progreso. Aquella persona que tiene la fe religiosa de que existe un modelo de perfección al cual acercarse. Aquella persona que imita o se acerca a un modelo de perfección arbitrario e imaginario, dibujado mentalmente en línea recta, donde el ser humano es considerado como algo separado de la naturaleza. Un simple dibujo para niños, un modelo de pensamiento mitológico que fue creado por Abraham y la religión judía. Por eso el progreso es una falsa religión, no es nada real que exista objetivamente en la naturaleza.

Usted no progresa porque realmente esté mejor sino porque —cree— que progresa debido a que ha creído religiosamente en unos modelos, en unos entes de ficción, a los cuales se quiere acercar y a los cuales quieren imitar; pero nadie puede decidir quién está mejor en la medida en que la realidad no tiene ningún modelo hacia el cual se oriente. La invasión española sobre las primeras naciones naturales trajo ese modelo religioso, esa fe que se fue haciendo cada vez más exagerada hacia la idea de «progreso», los advenedizos con su modelo judíocristiano trajeron simplemente un delirio religioso de progresividad y linealidad en el cual creemos hoy todos: pero no deja de ser un delirio y una superstición.

La invasión ocurrida hace cinco siglos se basó en el extremismo religioso que justificaba cosas repugnantes para expandir el imperio cristiano por el mundo, que era un gran califato en versión católica, exactamente como el talibán e Isis pretenden hoy expandir un imperio islámico. La semejanza es totalmente legítima. De hecho, existen todavía, hoy en día, algunos pocos españoles que piensan así. Por eso piensan que se le debe dar las gracias a la bandera española por «haver llebado progrezo a las indias descreídas». Con esa ortografía de campeche analfabeto que usaba Jiménez Quesada. Es increíble, pero siguen pensado como montañeros talibanes en versión «progresista». Estudiantes fundamentalistas del dogma religioso del progreso moderno. Creen estar viviendo bajo el gran califato del progreso moderno cuyo profeta es el presidente de Estados Unidos. Son parroquianos cristianos extremistas disfrazados de «librepensadores». Para lavarse las manos, algunos pocos españoles de hoy, una pequeña minoría radical, se inventaron la falacia de que los actos criminales cometidos por sus ancestros y parientes que invadieron las naciones naturales «no se pueden juzgar» en la actualidad «porque cada época es diferente». Los actos del pasado no tienen efectos. No hay causalidad. Deben quedar en el pasado. La verdad es que mienten. Esos hechos pueden ser juzgados en la actualidad porque las motivaciones, ayer u hoy, son de la misma naturaleza fanática. Los actos pasados se pueden juzgar a la luz actual porque responden a causas que siguen todavía activas —en sus efectos—. Ayer y hoy: lesionan y siguen lesionando igualmente a la humanidad. —¿Es eso muy difícil de entender para el gran ego de algunos pocos españoles?— España tiene gente con conciencia, la gran mayoría, y tarde o temprano, gracias a esa gran conciencia, le pedirá perdón, a nombre de su bandera, a todas las naciones naturales del continente que fue invadido, por los actos horribles cometidos desde 1492, así como ya les pidió perdón a los judíos expulsados ese mismo año y a los exiliados españoles en Francia, víctimas de Franco. Así probarán que España dejó de ser un país de fanáticos. Ni fanáticos de la religión ni tampoco fanáticos de la modernidad y el progresismo: que es la misma religión, de todos modos, sólo que dicha en otras palabras más finas, académicas y rebuscadas.

El hecho es que, de la misma manera fanática, ningún militante de la izquierda ni de la derecha es capaz de darse cuenta de que ambas sectas, que parecen enemigas, en realidad están unidas como aparatos de un mismo cuerpo. Cada bando cree ser «diferente» y opuesto al otro, pero es una ilusión. El hecho es que actúan como autómatas, sin saber que trabajan mancomunadamente para la marcha de un mismo proyecto que se alimenta de su odio mutuo como combustible, y de la sangre, que a ambas sectas les gusta derramar. Esa es la ironía. Su ignorancia de que son hermanas es necesaria para que el mecanismo funcione. Sin el conflicto entre la derecha y la izquierda el capitalismo no sería nada. Habría caído ya por su propio peso. El marxismo ha ayudado al capitalismo a perdurar y ser más fuerte por medio de la competencia, el «miedo y el conflicto con el enemigo». Ninguno de los dos vale la pena ya que ambos tienen fe en la religión del progreso moderno. De esa manera, son las dos caras de la misma moneda podrida. El marxismo ama la idea falsa de progreso: y el capitalismo también. Son los dos mellizos: hijos de la ilustración. Lo más opuesto al mundo capitalista, por ende, no es el marxismo sino el rechazo radical y profundo de la idea misma de «avance» y «progresismo» moderno porque es una evidente mentira metafísica teleológica, es decir: la fe en un mágico propósito o «plan maestro» que justifica cualquier atrocidad. Eso se llama «técnicamente» teleología. El epicureísmo clásico y el cinismo de Diógenes, entre otros, encarnan un tercer modelo que realmente pueden destruir —por igual— al capitalismo y al marxismo, porque niegan y demuestran, desde la raíz, la falsedad de la idea misma de progreso y echa abajo las aspiraciones de la ilustración que es la madre de ambas sectas. Nunca olvidemos que el marxismo es el colaborador del capitalismo: camuflado de «adversario». Abramos los ojos.

Justamente, lo que logra el marxismo es hacer de boxeador sparring del capitalismo. Le propina una patada y libera su furia para que, a través de esa liberación de violencia, pueda desarrollar mejor su sistema de defensa. «Si me vacunan con una fiebre pasajera, gracias a eso, puedo adquirir más defensas». El marxismo hace esa tarea: darle un conflicto al capitalismo, una fiebre pasajera temporal, para que aumente sus defensas. Le hace un gran favor. Las marchas y las protestas de la izquierda, por ejemplo, tienen que ser violentas porque el capitalismo necesita esa violencia: no le sirven de nada si no son así. El capitalismo necesita las marchas. Los periodistas se lamentan hipócritamente, pero saben bien que sus puestos existen gracias a esa violencia: y por dentro la desean para seguir ganando audiencia. Esas protestas envían un mensaje claro al sistema para que haga una calibración y se proteja contra el cambio. Unas cuantas vidas es el precio que se paga por esa calibración. El marxismo pone la carne humana para ser quemada, el capitalismo la quema y ambos comen. El ser humano es quien pierde. El marxismo trabaja de la misma manera que el dolor y la fiebre lo hace con el cuerpo sólo que, en este caso, Marx no lo hace para curar y mejorar algún mal sino para que el mal no se cure nunca. Por supuesto, la gente es el instrumento: no lo hace conscientemente, sólo obra de manera automática, de buena fe, como parte del sistema, de modo inconsciente: teniendo buenas intenciones. Es decir: el marxismo existe para que el sistema capitalista calibre sus políticas y mejore su seguridad ayudándolo a evitar su caída natural. Para que el sistema mantenga el control le da a la gente la esperanza de que el cambio es posible haciéndole gritar golpeando cacerolas, como hacen los presos contra los barrotes, para que libere su presión sexual reprimida. De ese modo, ayuda al sistema para que pueda seguir funcionando y apastando a la gente: pero sin ésta pierda la confianza o fe en «el progreso». Todo lo que sabe hacer el capitalismo para darle esperanza y contentillo a la gente lo ha aprendido del marxismo. El marxismo es el mejor amigo de los burgueses capitalistas porque alimenta la fe en que la modernidad burguesa puede funcionar. «Solo hace falta que haya justicia social», pero la idea de progreso queda intacta, y esa esperanza es, precisamente, el cáncer que se debería eliminar, pero nadie toca ese tema: ¿dejar de creer en la ilustración y la modernidad, en el avance, el desarrollo y la ideología de progreso, porque son mentiras metafísicas?, así es. El marxismo, siendo una secta, nunca dejará de creer en esa esperanza de «avance y progreso» que comparte con el capitalismo, que es otra secta: son gemelos siameses, hijos de la ilustración y la modernidad, que es una religión artificial, inventada en gran parte por una logia o congregación de sujetos influidos por el judaísmo, que se hicieron llamar «los albañiles», y a quienes todos conocemos.

En palabras simples, para un niño: gracias a que el marxismo alimenta la ilusión del plan maestro, es decir, de que todo sucede para un «futuro mejor». Así ayuda a que la gente siga creyendo en el capitalismo, y más específicamente: en el proyecto prometido, o, en otras palabras: el plan «teleológico» del paraíso futuro. Un mundo «técnico», es decir, el proyecto religioso de la modernidad. La fantasía del progreso.

La verdadera solución está en los antiguos, y es darle la espalda a la idea misma de individuo, libre albedrío, falsa productividad, ilustración y progreso para mirar de nuevo hacia la íntima unión erótica con la tierra, los legados ancestrales y la naturaleza. Una era de la contemplación y el placer erótico. Quedándose con la ingeniería estrictamente necesaria: la electricidad, la anergia solar, medicamentos, etc. Eso jamás lo va permitir el marxismo. Ni por las putas lo puede permitir, sería ir contra su fe: «hay que avanzar» repite como un imbécil. Ni siquiera saben hacia donde «avanzan» estos locos. Van hacia ninguna parte: el «avance» consiste en vivir embalados todo el tiempo. Estrellarse contra una pared hacia un punto y luego hacer lo mismo en la dirección opuesta. Para ambos hermanos: capitalismo y marxismo, lo importante es el trabajo, el castigo y el esfuerzo embalado y ansioso. Darle la espalda al pasado y mirar hacia delante, romper con los lazos y la tradición. Por eso se llama modernidad, eso es lo que significa esa palabra. Ambas sectas tienen claro que lo importante es el trabajo obsesivo y el estudio dirigido hacia la falsa productividad, no hacia la felicidad erótica de la vida. Es hora de ver su alianza sistémica y no-consciente. Ambos empujan hacia el mismo lado. Y se trata del lado equivocado. Gracias a la modernidad el ser humano se encuentra en el lugar equivocado.

Vamos a explicar por qué, ni por el putas, el marxismo ni el capitalismo, jamás podrán aceptar un mundo dedicado al placer, la paz y la felicidad, ni soñarlo, y por qué el progreso del proyecto de la modernidad es falso.

Lo que sucede, en pocas palabras, es que la izquierda marxista parte en una idea religiosa, así es: religiosa. Una fe según la cual, el universo está literalmente poseído por un «espíritu» mágico —no bromeamos, lo llaman así: El Espíritu. Es una idea cristiana-judía de Hegel—. El universo es movido por un fantasma (der Geist) que se alimenta de las contradicciones y del odio para avanzar, y hacerse más grande, hasta alcanzar el Absoluto. La materia está poseída por ese espíritu, y ella misma es ese espíritu. De modo que la historia se mueve gracias a la sangre, el conflicto y el odio (técnicamente so se llama «dialéctica materialista»). No se puede vivir en un mundo de tranquilidad epicúrea ni de placer sino en un constante conflicto y agonía, en un calvario cristiano eterno. Sufrimos por confesar esa fe religiosa: la fe en la ideología del progreso. No se puede hablar de un universo erótico circular del eterno retorno de las cosas sino de un universo lineal reprimido de avance hacia un adelante que no es posible ni sensato. El capitalismo piensa exactamente igual. La izquierda no trata de reclamar derechos ni de defender a los débiles sino de andar buscándole a la vida un conflicto. Son buscapleitos metafísicos. La esencia de la vida es el odio, es decir: el conflicto, la rabia y la frustración que provoca las guerras. Así piensa todo marxista. Finalmente es una religión que pone el sentido de la vida en el conflicto: el conflicto es la madre de todo. De ahí, a partir de esa fe religiosa que tenía Hegel en la malicia, no se puede seguir nada bueno. Como la vida debe ser conflicto, por ende, el marxismo está obligado a agitar, armar marchas, salir a la calle, mostrarse públicamente: como dice Hanna Arendt. Gritar, «tomar acción», incendiar el mundo: de ahí surge, supuestamente, el «progreso». Un mundo mejor sólo podrá nacer de la rabia pasional del conflicto. Qué ignorantes y atrevidos son al pensar de esa manera tan absurda, dirían Epicuro y Aristipo. Es una gran mentira, una superstición, pero así funciona la lógica supersticiosa marxista y también la capitalista. Son primos de Darwin y su religiosa fe en la evolución basada en la pelea sangrienta del odio. Su dios es el conflicto: toda barbarie está justificada porque de ella nace el progreso falso (teleología). —¿Cuál progreso? Es un avance falso porque no resuelve el conflicto emocional humano, al contrario, lo excita. El verdadero progreso sería la superación, o al menos la pacificación de las peores pasiones. Renunciar a la idea judaica de libre albedrío buscando las causas de las acciones más allá de acusar con el dedo al «individuo» de manera ignorante y cobarde ya que se evade investigar las fuerzas que lo empujan.

Así se resume, en un poco más de diez líneas, al marxismo y su esencia hegeliana. Es el aplauso al odio y el crimen. Por eso, inevitablemente, donde habita esa filosofía habitan el odio, las explosiones y el conflicto. Es una miseria humana. Es un pensamiento netamente mágico, supersticioso y oscuro. Ahora, el marxismo se une y se asocia con su mejor amigo: el capitalismo. Una vez desata la furia y la violencia prepara las condiciones perfectas para la represión violenta: haciendo quedar a la derecha, al final, como el salvador del orden. Por ejemplo: sin tantas y tantas acciones sangrientas como la toma famosa de Bojayá probablemente jamás Uribe habría sido presidente. La izquierda hizo a Uribe: es su mejor amigo sistémico. Igualmente, del modo inverso, gente como Uribe ha provocado la existencia de la guerrilla, así que juntos son un sistema: ambos se necesitan y crecen alimentándose mutuamente. Debemos romper con ese círculo eterno: nacido de la fe en el progreso moderno.

Cuando el marxismo prende el fuego hace que se declare el toque de queda, que se corten las comunicaciones, y, de ese modo, justifica las acciones ofensivas del ejército contra la gente. Es todo un juego de ajedrez.

Existe una intencionalidad del marxismo, pero es totalmente inconsciente e involuntaria, no lo sabe, actúa automáticamente: el sistema lo programa y lo necesita para justificar una represión brutal con el fin de imponer el orden institucional de la derecha. «Neo es absolutamente necesario para que exista Matrix» La izquierda es la misma derecha hablando consigo misma en el espejo. Por eso el cambio social es una gran mentira porque le da oxígeno a la fe en el mito de la modernidad.

Cuando después de las marchas comienzan las revueltas se llega a extremos como el corte de agua y la gente se desespera, pidiendo a gritos que el gobierno —de derecha— intervenga pidiendo «mano dura», apoyando el bolillo y la represión. La gente se vuelve en contra de la gente y el capitalismo es el que gana. Se justifica su bota militar violenta, y así, en un juego conjunto entre derecha e izquierda se mantiene creciendo al sistema. Es una idea simple y fácil de entender. Debemos buscar una tercera opción, y esta se encuentra en la filosofía antigua y las tradiciones aborígenes de la tierra. Hay que renunciar al proyecto del progreso y la modernidad. Le gente sufre porque no tiene el valor de renunciar a la esperanza religiosa en el milagro de la democracia y la economía. La fe en el progreso constante es un mito. Los políticos son como curas católicos que los animan a seguir aguantando y conservando esa fe. Es la misma basura de la Edad Media: «sufre que luego vendrá la salvación». «Renuncia al placer para ser recompensado con el cielo por tu duro sacrificio». Así morirán esperando el milagro moderno. Deberían irse de las ciudades, despoblarlas para hacer sus proyectos independientes aparte. Mientras siguen teniendo fe en la modernidad, como imbéciles, el goce erótico y sexual de la vida se tiene que poner a un lado cuando debería ser el centro y propósito único de la vida social.

La modernidad tiene una fe de carácter netamente religioso, literalmente una creencia mágica. La teleología del judíocristianismo. Una superstición que cree que el progreso es una fuerza que empuja al universo. La gente se mata por una fe religiosa: por luchar a nombre de la ideología judaica de progreso. Pero luchan por algo que no existe. La fantasía del progreso no es necesaria, natural ni posible. Eso es lo que dice Epicuro. Ese es el error del capitalismo y del marxismo. Es necesario dejar de creer en ese fetiche del progreso y regresar a la conformidad con la tierra y la naturaleza: enfocándose hacia el placer. Abandonar las ciudades y su ideal de avance: en vez de hacer marchas para «exigir el progreso y el cambio». Nada empuja a la naturaleza hacia ningún progreso. En resumen: el progreso simplemente no existe. Luchar por él es un acto de vanidad. Por eso la modernidad, la ilustración y la evolución son básicamente creencias supersticiosas. Tribus que adoran un obelisco vacío llamado «avance»: regándole sangre humana encima. Religiones de corbata con sacerdotes de oficina y de bata blanca. Es el retorno de los brujos.

Los antiguos tenían ingenierías asombrosas, medicinas propias para sus enfermedades propias, no les faltaba nada como solemos creer. La penicilina y la electricidad fueron descubiertas por accidente: no son el resultado del progreso moderno. Tarde o temprano, sin la fantasía del progreso, la humanidad iba a descubrir esas cosas de todos modos. Puede haber bienestar en la solución de tal o cual problema particular para el cuerpo humano, mediante tal o cual ingenio: sin la necesidad de creer en una especie de necesidad metafísica y mágica del progreso y «el cambio». Hay que negar la religión de la necesidad de innovación constante. Hay que darle la espalda a ese mito de la innovación. La fantasía del progreso como tendencia de las fuerzas históricas mismas es una fantasía de la modernidad y eso es lo que enseña el capitalismo imitando al marxismo: su gran hermano.

En resumen: podemos quedarnos con cosas como la penicilina, la energía eléctrica y solar, etc., para separarnos de la modernidad y darle la espalda a su fantasía de avance. Es a la fantasía de progreso a lo que hay que darle la espalda. Ambas sectas, capitalismo y marxismo, buscan crear un nuevo mundo sin raíces, negando a las tradiciones ancestrales, sin colores, homogéneo, sin lazos con espirituales con la naturaleza, enfocado en el fetiche de la voluntad libre y el estúpido cambio por el cambio y la fe en que existen individuos a nivel humano. Eso es la modernidad: una fe mágica religiosa en el fetiche del cambio continuo. No podemos ver el mundo por fuera de esa dimensión tribal. Estamos atrapados en ella. Tan atrapados como la secta de una tribu de la selva que se baña en sangre humana haciendo un ritual mágico, danzando alrededor del fuego, pues eso es lo que somos. Ni más ni menos. Nuestro rito se llama «progreso» y danzamos untados de sangre derramada por la guerra entre capitalismo y marxismo, alrededor de un fuego llamado «avance, tecnología y ciencia» aullándole a la luna llamada «cambio y justicia social», que no es más que una quimera. Estamos locos. Nuestra modernidad es un rito tan oscuro y absurdo como todo culto de una secta oscurantista. La religión de nuestra secta sigue la fe en la ideología del progreso y en la existencia del individuo a nivel humano. Somos un culto perverso. No nos vemos como una secta, nos creemos racionales, ilustrados y modernos. Cuidado. Ese es el primer signo de alarma. Ninguna secta se considera como tal. Toda secta cree vivir en la realidad más clara. Estamos locos y no podemos reconocer nuestra locura. Tendríamos que vernos desde los ojos de otra civilización, otro tiempo u otro planeta para ver que somos una tribu atada a un fetiche sucio, al cual llamamos: modernidad. Capitalismo y marxismo trabajan para el mismo culto. Somos una fanática religión civil.

Lo anterior demuestra que todas las cosas existen en un contexto de causas, por eso el individuo no existe. Por la misma razón, los delincuentes no obran por sí mismos, sino que son parte necesaria de un sistema de causas. Más bien son el efecto necesario de las pautas de una sociedad enferma en sí misma. Recordemos que la sociedad como tal NO es una cosa separada de la naturaleza, sino que es como una fuerza física de la naturaleza y obedece leyes naturales. Quien ha construido la sociedad y la civilización no es «el hombre» sino la naturaleza. El hombre mismo no es nada sino una manera de ser que tiene la naturaleza. Una entre infinitas otras maneras de ser y existir a través de las cuales se expresa. Por ejemplo: —¿Quién fabricó esa silla donde estas sentado leyendo?—: no fue el hombre como dicen los capitalistas y los marxistas, no fue un «individuo» humano caprichoso (subjetivo) como dicen los posmodernos: fue la Naturaleza quien fabricó la silla. —¿Por qué decimos esto?—, porque el hombre por sí mismo y en sí mismo no existe, sino que existe meramente y únicamente como una manera de ser de la naturaleza que la expresa de un modo muy determinado. Así que ella es la única autora directa, material y concreta de cada cosa. Sea que nos guste o no, que nos convenga o no. En cierto sentido, somos como los sprites de un juego de video que pueden desaparecer mientras que el sistema es lo único real que existe. Nosotros no tenemos la menor importancia ni protagonismo, por esa razón somos mortales, de otro modo no podríamos morir. Somos autómatas de la naturaleza. El hombre solamente es una expresión o un agente conductor de una fuerza natural de la que están hechas absolutamente todas las cosas —sin excepción—. Se trata del asunto de la expresión manifestada de infinitas maneras.

Por supuesto, la modernidad simplemente consiste en buscar y tener fe en unas cuantas fantasías. La fantasía del amor romántico, la de que hay una fuerza llamada progreso que mueve al universo, la de que puede haber pleno empleo, salud y educación para todos, cosas de ese estilo. Todas esas fantasías niegan lo sexual como centro de la existencia, porque se basan en el sacrificio, el compromiso y el trabajo duro.

Están hechas para negar el placer que debería ser el objetivo de la sociedad para poner en su lugar el sacrificio y el empeño por un mañana que no existe. Así se combate contra el sexo y contra el placer como sentido de la vida. Todas estas cosas son antinaturales, porque la naturaleza nos lanzó al mundo simplemente hacia al placer, no hacia el amor romántico, ni al progreso, tampoco a la gran educación diplomada sino a los saberes para la felicidad. Algunos se acercan a lograr esas fantasías a expensas de la frustración de muchos otros. Lo consideran la ley del más fuerte. Se abrazan a la fe de que lo han logrado todo por ellos mismos: pues creen que tienen libre albedrío. Se acercan, pero nunca logran nada del todo pues no son cosas reales: son fantasías irrealizables ya que son entes ficticios y antinaturales. El sistema inocula esos sueños en todos. En especial, con más fuerza, en los que nunca podrán acercarse a ellos porque el sistema mismo necesita que la mayoría quede siempre frustrada: para que pueda haber deseo y fe de salir adelante y de progresar. De esa manera, alimenta una parte de la población para que engorde en hambre, rabia, envidia y frustración. Los invisibles, los despreciados. A ellos les ofrece futbol y barras bravas. Los trata de inducir a ser maras y pandilleros. Les promete grandes sueñes y no les da ni el olor de las cosas que promete. Les ofrece drogas y luego los señala por ser adictos. No tienen futuro porque el sistema mismo necesita que no lo tengan. El marxismo, con sus luchas, marchas y protestas libera esa bestia. La desata para que rompa los vidrios. Luego llama a la derecha para que los encierre por criminales. Con eso se hace más fuerte el legalismo, los aparatos carcelarios. Se trata de monstruos creando monstruos. Monstruos encerrando a otros monstruos que ellos mismos han construido.

El sistema no es un grupo de personas, no es una élite necesariamente, es una idea que lo controla todo: es el dogma judío del libre albedrío. Si ese dogma cayera se caería todo el sistema. Jesucristo fue quien fundó el problema al predicar ese dogma: la libertad de elección, el individuo humano.

Los que protestan y marchan contra el gobierno creen que lo hacen por libre albedrío y esa es una gran mentira. Recuerda que el primer síntoma de tu esclavitud es tu ilusión de que eres libre. El sistema los determina a que marchen. Los que protestan se creen mejores que sus gobernantes. Esa es otra mentira. Cuando tengan la más mínima oportunidad y posean títulos, diplomas y bienes, así sea una tienda de barrio, aplastarán, como a una mosca, a las demás personas para defender lo que creen que han ganado «con su trabajo individual, su sacrifico, su sudor y sus lágrimas», como si nada ni nadie los hubiera ayudado. El dogma del libre albedrío y la fantasía de ser individuos está en su interior y son autómatas a su servicio. Así que, por eso: los oprimidos de hoy serán los opresores del mañana.

Ellos no son mejores que el presidente que odian: ellos son el presidente mismo. Están marchando contra el lado de su ser que no quieren ver en el espejo. Contra su propia sombra: diría Jung. El mal no está allá afuera, el mal somos nosotros mismos. Nosotros mientras sigamos, como autómatas, la lógica del libre albedrío y la negación del placer como sentido de la vida. Nosotros somos el mal, mientras sigamos creyendo en la ilustración y el progreso. La fe en que el trabajo, el estudio y el amor son los fines de la existencia. Todo eso es la negación del placer, es la afirmación del sacrificio y la vanidad. Y mientras nuestro deseo sea alcanzar esas tres fantasías, haremos del mundo un lugar cada vez peor, porque esas cosas en sí mismas son un mal deseo. Al final, los sin techo, sin comida, sin sexo, sin afecto, son los que rompen los vidrios. Contra ellos cae el peso de la sociedad. Son los perfectos manipulados. Y son los malos. Ya hemos dicho que los afectos humanos son cosas físicas que obedecen leyes físicas. A los que sobran en el baile los alimentaron de odio toda su vida y no quieren que maten a nadie. Que no rompan un vidrio. Libre albedrío: ellos eligieron sus actos. Podían haber sido empujados al abismo, por el hambre, rabia y el deseo de venganza, pero no tenían que caer y obedecer el empujón. Tienen libre albedrío: por lo tanto, pueden desobedecer las leyes de la física. Una vez empujados podían violar la ley de gravedad y volar. Lo que tenían que hacer era esperar, no sentirse molestos. Tener fe en que la modernidad y la democracia algún día van a forjar «el milagro». Creer en la legalidad, el sistema y las instituciones: como dicen esos curas párrocos civiles llamados alcaldes de turno. Como en la Edad Media: los gobernantes dicen la misma basura de los pastores y obispos:

«Jodidos hermanos untados de la miseria, esperemos que falta poco para alcanzar la meta, juntos podemos, suframos un poco más que ya casi llega el milagro moderno». «Sigan soportando la miseria, apretujados en buses y mirando como otros disfrutan la vida en una pantalla de televisor, pero, esperen que el porvenir les recompense, ya llegará su turno de ser felices». Ese es el discurso de todos los presidentes y alcaldes. Lo que realmente quieren decir es: «acumulen rabia, deseo de venganza y odio. Y, luego, hagan algo estúpido, por favor, para poderlos encerrarlos, señalarlos y decirles que la culpa de todo es de ustedes debido a su cristiano libre albedrío. Con eso haremos más fuerte nuestro sistema de vigilancia, cárceles y control. Con eso el Estado se hará más fuerte, junto con el capitalismo, por favor, comentan más crímenes».

 

Por su eso, cada sociedad se merece el tipo de delincuentes que tiene. Fabrica los delincuentes, a su medida, que son el resultado lógico de su manera de ver la vida. Grecia se merecía a Sócrates. Ese sabio se convirtió en el «enemigo público» más temido. Nosotros nos merecemos a Pablo Escobar y La Quica. Por eso no se está haciendo nada para ir a la fuente del problema de la delincuencia y cerrarla, porque es un problema que el sistema mismo necesita. De hecho, el legalismo, el leguleyismo, el amor por la ley de nuestra sociedad es el incubador de la delincuencia. El excesivo amor por la ley crea la delincuencia misma. Los delincuentes son competidores e imitadores del Estado: le siguen el paso. Al menos en el caso de los asesinos, muchos de ellos se consideran a sí mismos como jueces y verdugos que están haciendo «cumplir una ley». En las cárceles entrevistamos muchos sujetos, que, al haber matado a otra persona por odio, creen haber defendido su valía y su «honor» o respeto. Consideran que la persona a quien mataron tenía la culpa de algo, es decir, creen que el otro tenía libre albedrío, de modo que «merecía morir». El ego es el centro de todo este tema. Observemos que todo asesino se considera un juez de hecho, que ejecuta unas leyes no escritas, y piensa exactamente con las mismas ideas que tiene el Estado al juzgar a alguien. El Estado y el sistema penitenciario marcan el ejemplo que sigue el criminal. Las mafias organizadas del narcotráfico y las pandillas imitan esa lógica también, y por eso tienen rígidas leyes por las cuales se hacen «juicios» y «ejecuciones». Es este legalismo excesivo de la sociedad judaica en que vivimos es lo que inspira el crimen. Sujetos como Francisco Pizarro y Hernán Cortés sembraron este árbol del crimen organizado. Si desde la infancia se inculcara, en cada persona, la idea de que no existe libre albedrío veríamos reducirse los crímenes de odio a menos de la mitad. Sólo quien cree en el libre albedrío del otro puede, odiarlo juzgarlo y matarlo. Pensemos en eso por un momento. El primer asesino es el dogma del libre albedrío.

  • Hagamos un resumen de la idea central estudiada hasta el momento: la Naturaleza —como auténtico individuo— se explica por sí misma, no es afectada por nada, ni se plantea ninguna mira de progreso y no es incitada a —seleccionar— nada, pues la voluntad es un defecto exclusivo para los seres que no son individuos, es decir: los seres fragmentables, divididos y divisibles, que sufren de dependencia y a quienes les falta algo —como los seres humanos—. La Naturaleza actúa en forma de la ley de causa y efecto, de manera directa, pero no padece de alguna voluntad o entendimiento personal. No se preocupa por llevar a cabo ningún plan. Ese es el gran modelo de felicidad a seguir: la ausencia de
  • Por tanto, la felicidad humana no consiste en «cumplir sueños y metas» como se suele enseñar de manera envenenada y vil. La felicidad es lo mismo que el placer, y consiste simplemente en la ausencia de dolor, angustia y perturbaciones que se conquista a partir de comprender las causas de nuestros afectos y apetitos. Lo que se consigue con eso se llama ataraxía o paz mental. Responder a la pregunta: ¿cuál es la causa de mis metas en la vida?, ¿por qué tengo esas metas y no mejor otras?, ¿de dónde vienen mis afectos o emociones? La calma que nace al comprender la causa de los afectos nos libera de ellos, ese es el mayor placer, o sea la felicidad. El propósito de la existencia es conquistar el placer, es decir: la tranquilidad mental, emocional y afectiva. La gente ha sido educada en la modernidad para consumir y evitar preguntarse eso. Muchos se conforman con decir: «así soy yo y qué, no me importa saber por qué actúo como actuó, lo único que necesito es plata». Por eso son tan miserables y Es importante dejar de pensar así. Si, por ejemplo, eres un fumador y te preguntas a ti mismo: —¿por qué fumo?— e investigas en ti mismo y tu historia, hasta detectar en el pasado el momento cuando te asaltó una causa profunda que te llevó a fumar, y la solucionas, seguramente ya el cigarrillo no tendrá tanto poder sobre ti. Ya no necesitarás tanto de esa muleta. Comenzará a ser menos fuerte la necesidad misma de fumar porque tu virtud o potencia aumentará al comprender la causa que te llevó a desear eso. Lo mismo pasa con el amor o el odio hacia una cosa o persona, etc. Las pasiones son fuertes porque ignoramos su causa. Las pasiones son ideas mutiladas y confusas: al quedar claras, necesariamente, dejan de ser pasiones. Por esa razón, para poder ser felices es clave criticar y renunciar a muchos de «nuestros propios sueños y metas personales», porque, en primer lugar: ni siquiera son «nuestras metas», son imitaciones de los sueños de los demás. Gran parte de la gente, por ejemplo, estudia una carrera para seguir las metas de sus padres que suelen todas reducirse a una sola estúpida cosa: el dinero. Si renunciaran a tantas necesidades, y se detuvieran por un segundo, no necesitarían tanto del dinero. Pero están locos y un loco no puede detenerse. En segundo lugar: la mayor parte de las veces no tenemos la menor idea de por qué queremos aquello que queremos, o no queremos. Ignoramos las causas que nos han llevado a desear tal o cual cosa, y por ignorar eso nos creemos «libres» olímpicamente. Nuestra dichosa libertad se reduce simplemente a nuestra gran ignorancia que, por cierto, nos tiene sin cuidado. Por eso, la gente cree que tiene «libre albedrío» pues no piensan en las causas de sus deseos y emociones, no quieren hacerlo pues les parece «aburrido». Por eso son tan miserables ya que la miseria no consiste en tener poco dinero sino ser títere de las emociones y los deseos ciegos. La modernidad está pensada para ser ciegos y ser miserables en medio de un progreso irrisorio.
  • De lo que acabamos de decir se sigue que los sueños y proyectos de amor romántico, de éxito, honor y reconocimiento social, el amor al dinero, etc., son cosas que, antes de ser aceptadas y darles hacia adelante, deben ser puestas bajo severa crítica: esas son las fuerzas que, cuando se salen de madre, empujan finalmente todo crimen. Pablo escobar solamente quería «amor, honores y dinero». La fuente del mal vive en «nuestros» propios sueños y proyectos rosados y dorados, que nos han sido inoculados por los demás para infectar nuestra mente. Sueños que ni siquiera son realmente nuestros. Por eso, se le debe enseñar a cada ser humano a buscar el origen de «sus» sueños y proyectos de progreso para que se dé cuenta de que no son suyos. Buscar el momento en que le insertaron deseos que lo hacen desdichado, para que pueda dejarlos ir en paz mental. Renunciar a los sueños de grandeza que le han sido inoculados desde la infancia. Cada ser humano ha sido obligado, por la modernidad y el mito del progreso, a perseguir fábulas que le causan finalmente frustración, estrés, odio y desdicha. Parecen lindos esos sueños y proyectos, pero son una trampa. Hay un todo un sistema que inocula sueños en la gente para crear ansiedad o desgracia, y, además, está esperando para echarle la culpa de todo «al individuo». El sistema crea deseos llenos de romanticismo y ambición en cada persona para que se frustre y se llene de odio, o para que cause daños colaterales al ir por «sus» metas. La teoría de la evolución es un relato metafísico hecho para justificar la violencia como estilo de «La ley del más fuerte», «perdedores y ganadores». Cuánta basura enseña el evolucionismo y cuánta violencia ha causado en el mundo esa metafísica barata: se trata del otro hermano gemelo del marxismo. Mientras tanto, el sistema se sienta a esperar, hasta que la persona convencida por la religión de la ley del más fuerte hace algo estúpido para alcanzar el éxito. Entonces sonríe: por fin tiene la excusa perfecta para encerrarle y tirar la llave. Cadena perpetua. «Fue tu decisión, tienes libre albedrío». La modernidad es una tela de araña y tú eres la mosca. La araña es tu propio deseo de progreso. Un proyecto y un sueño de progreso falso con el cual la modernidad misma te infectó. Quizás sea el momento de renunciar, liberarte de él y dejarlo ir. Todo esto que estamos denunciado es el idealismo romántico. Es decir: la promesa de progreso continuo de la modernidad es una gran mentira. La necesidad falsa de trascendencia y de grandeza contra la cual Epicuro lucha. Aquel hedonista enseña que la Belleza, el Bien, el Mal, la Perfección y el Progreso son cinco ficciones, y como tales, impiden alcanzar el placer, o sea la felicidad porque nos distraen y nos perturban con sueños ante los cuales sacrificamos nuestro presente. Por ejemplo, para muchos es más importante «el progreso» que el placer de vivir con lo que se es y lo que se tiene: pues no saben lo que son ni lo que tienen. Esas ficciones tienden a impedirnos vivir en la sencillez de gozar el aquí y el ahora: disfrutando del placer de existir, que es el significado simple de la vida.

 

De esta crítica nace la escuela filosófica cínica y la feliz conformidad positiva o asentimiento (estoico) contemplativo ante el orden natural. Es decir: debemos preocuparnos primero por saber la causa de los apetitos antes que preocuparnos por «cumplirlos». Más importante que cumplir infantilmente un sueño es saber cómo, y de donde, fuimos infectados con ese «sueño». Cuando juzguemos que es sensato y que nos traerá placer, o sea serenidad mental, valdrá la pena cumplirlo, pero muy rara vez es así. La mayoría de los sueños y proyectos de la modernidad traen dolor, no placer, porque son estúpidas locuras contagiadas de persona a persona en una infección colectiva trasmitida por medio de noticieros de tres horas de duración. De eso se trata el capitalismo: de vender dolor y ansiedad. Por eso su mejor ejemplo es el porno industrial y la industria del narcotráfico. Es importante detectar cómo fuimos infectados con unos sueños y deseos que infantilmente creemos «nuestros» antes de darle para adelante, así como así, diciendo: «es que es mi sueño y no me importa nada más que cumplirlo, como sea». Darle para adelante y sin mente parece tratarse de «tomar acción» pero en realidad es pasividad. La vida contemplativa no es pasiva como suele creerse. Pasiva, más bien, es la vida dedicada al trabajo enajenado para el consumismo, persiguiendo sueños que nos impiden ser felices y vivir en el placer, es decir: sueños de progreso y trascendencia que imposibilitan tener paz mental o ataraxía.

Probablemente, en un momento necesario e inevitable, debido al eterno retorno de ciclos de la historia, se tendrá que abolir y renunciar, en alguna parte del mundo, la actual modernidad para regresar a una era dedicada a conocernos a nosotros mismos: en una actitud contemplativa. Una era que le dé la espalda a la creencia en el libre albedrío y el individuo, una era contraria a la economía de consumo. Una era que renuncie a la idea de progreso ya que es una mentira y un espejismo. Una era sostenida por una economía minimalista, agraria, que regresa al amor hacia la tierra y el campo, que se enfoca sólo en satisfacer y producir para lo que se necesita, es decir: para las necesidades naturales, conservando la electricidad y el uso energético ilimitado de la luz del sol. Una era donde el conocimiento no se limite a las especializaciones «para el progreso» sino hacia un saber global y prudente para la vida y los placeres de la carne gozados en paz mental. Una era que le dirá no a la modernidad. A los amish, por ejemplo, les falta muy poco para fundar esa era: sólo tienen que deshacerse de sus principios cristianos y hacerse virales. Una disidencia dentro de su secta lo podría provocar todo. Bastaría con que una buena parte del resto de la sociedad imitara sus afectos de rechazo a la modernidad y su proyecto. Quizás dentro de algunos siglos algo así podría pasar. Recordemos que nuestra actual era nació por la disidencia interna de una secta del judaísmo. La historia se repetirá. Ya los gérmenes están en algún lado: fraguándose en la naturaleza.

  • Sintetizando y ampliando toda la idea central de nuevo: la Naturaleza, entonces, es la fuerza física infinita de la que se sigue y se sostiene todo. Ese individuo ilimitado se expresa a través de unas infinitas propiedades o facetas, tales como la propiedad de ser material y la propiedad de tener, además, una lógica interna. Dios es uno y los dioses son las propiedades o facetas de Dios mismo. Así que, hay dioses habiendo un Dios, es decir: hay una sola naturaleza con infinitas facetas que la expresan. Cada una de sus propiedades se expresa, a su vez, a través de infinitas maneras de ser. Por ejemplo: nuestro cuerpo es una manera de ser de la faceta material que tiene la Naturaleza, y nuestra mente es una manera de ser de su faceta lógica. Todo lo que existe es, simultáneamente, material y lógico al mismo tiempo. Todos nosotros, cada cosa, cada animal y cada ser humano somos una manera de ser de Dios, o sea: de la Naturaleza, cuyo estado de expresión infinita se llama: estado de plenitud, el cual es un estado erótico en sí mismo: pues implica una infinita concordia e interrelación sensual o sensitiva entre todas las cosas. Es la gran interconexión erótica de toda la
  • En pocas palabras: estamos queriendo decir que Dios es la misma Física. La palabra physis o «física» en el idioma griego significa naturaleza. Es una idea muy simple y fácil de entender. La Naturaleza es libre porque no obedece a ninguna necesidad externa, es decir: la libertad consiste en no obedecer ninguna necesidad o no estar sometido a ella. La independencia de necesidades es la libertad y es lo mismo que la felicidad. Los filósofos griegos llamaban a esto: «autarquía», autosuficiencia. Dios, o sea la Naturaleza es libre y feliz porque no necesita desear nada, ya que, estando viva y existiendo, es un ser infinito que ya lo tiene absolutamente todo: conteniéndonos y sosteniéndonos dentro de ese todo. Dios no puede tener mandamientos ni proponerse metas, proyectos y designios porque de ser así todavía le faltaría algo por hacer, estaría incompleto y nada más absurdo puede decirse de Dios, por eso, la Naturaleza, o sea Dios es un individuo, y, por ende, no sufre emociones, no es un ser fragmentable. Este es un mensaje para los cristianos y judíos que se inventaron un dios miserable: sometido a planes maestros «propósitos» y emociones. Dios no puede tener propósitos porque eso es tener un defecto.
  • En pocas palabras: la regla de oro es que la libertad es el desembarazo de necesidades y deseos no naturales, y eso mismo es la felicidad. De esto se deducirá que —a nivel humano— la libertad no consiste en la capacidad —o la licencia social— de «movernos a donde queramos» o «de hacer lo que nos venga en gana» sino en entender y liberarnos de cada necesidad que nos empuja a desear —o no desear— cada cosa. Lo más opuesto a la libertad es la necesidad, y la ausencia de necesidad es la libertad. Por ejemplo: yo no soy libre porque pueda legalmente comprar un cigarrillo y fumarlo, o inhalar una línea de coca, o consumir porno industrial, eso es mentira, soy libre, por todo lo contrario: porque no necesito (de eso) porque gozo de algo mejor, de un placer mayor que es la imperturbabilidad o paz mental. No necesito fumar. Soy libre de-el-deseo mismo de cigarrillo o de lo que sea el caso. Nada me ata a esa necesidad. Soy independiente de ese deseo, e independencia es Es decir: la libertad es la independencia de necesidades.

No se trata de fabricar y satisfacer infinitas necesidades, como hace el capitalismo, sino de necesitar pocas cosas para ser feliz. Soy libre desde el interior y eso es tener poder. Pero la sociedad moderna está hecha, a propósito, para que no seamos libres, esa es la ironía. Nos educa para depender de las relaciones sociales de manera exagerada aglutinados en ciudades. Por eso, en este mundo no existen individuos: sólo dependientes. El individuo es algo que ha muerto porque nunca existió ni puede existir.

El problema es que nos identificamos demasiado con nuestras enfermedades y las amamos. «Yo y la enfermedad que me fue contagiada somos la misma persona. Yo soy y existo solamente cuando estoy enfermo: cuando me arrastra alguna pasión». «La vida es pasión, o sea, la vida es enfermedad». Como si un enfermo infectado de Ébola Zaire dijera que es «libre de haberse infectado». «Dejen que el virus sea libre para invadirme. Es su derecho, yo lo defiendo». El virus lo infectó, pero él cree que lo eligió. Así son las pasiones humanas: «yo elegí fumar», es lo mismo que decir: «yo elegí esta gripa que tengo». Exactamente eso es lo que quiere decir una persona que habla de sus «libertades personales» para consumir. No está defendiendo «sus» libertades sino de las libertades de esas cosas ajenas para dominarlo e infectarlo. Como quienes defienden el porno industrial. Y también, de nuevo: como quien defiende «su» libertad para fumar cigarrillo. El sujeto cree estar defendiendo algo suyo, pero se equivoca. Está defendiendo algo ajeno —como si fuera suyo— porque se identifica con su propio enemigo. En realidad, protege la libertad de algo ajeno: el cigarrillo, y la industria tabacalera, para destruirlo. «Dejen que esa industria me destruya, es su libertad y yo la creo mí libertad». Lo mismo hace aquel que está cegado por una pasión hacia una persona, o por una idea de éxito obsesiva. Cree que es su ser quien es libre al buscar esas cosas con «pasión», pero se engaña, en realidad está infectado, defendiendo una cosa ajena que lo domina y lo arrastra. Pero la defiende como si fuera su propio ser y su «libre elección».

Caemos en la trampa de creer que nuestra miseria y nosotros mismos somos un mismo ser. Muchos creen que dejan de ser la misma persona si no tienen un cigarrillo en la mano y no están fumando. Otros sienten que pierden su personalidad si no están en una cantina tristes y deprimidos. «La depresión y el despecho forman parte de mi identidad». Unos cuantos se identifican con la pobreza, con la amargura y con la desdicha. «Yo y mi pobreza somos una sola cosa». ¿Por qué usan la palabra «mi» para hablar de algo negativo? La pobreza no es nunca de nadie, no es de «suyo», es ajena a su naturaleza. Eso les impide luchar y salir de su respectiva condición. Es tan absurdo como si alguien dijera: «mi cáncer es mi estilo de vida, sin estar enfermo de cáncer ya no soy el mismo». Se trata de causas o fuerzas ajenas, no nuestras, cosas más potentes que nosotros que se apoderan de nuestro ser hasta el punto de obligarnos confundirlas con nosotros mismos. Esas fuerzas ajenas pueden obligarnos a matarnos, haciéndonos creer que fuimos nosotros quienes lo «decidimos». A eso lo llaman «suicidio», ese otro asilo de la ignorancia. Llamamos suicidio a un asesinato cuando ignoramos las causas que lo produjeron y no nos queda más remedio que echarle la culpa al «individuo». Ya estamos acostumbrados a proceder así porque es fácil y cobarde hacerlo. Más fácil que buscar las causas próximas que son sus verdaderos asesinos. Que ridículo es creer que el suicidio existe. Grave error. En una sola frase, es importante saber que las cosas que nos destruyen, la tristeza, por ejemplo, no vienen de nosotros ni somos nosotros mismos. Toda negación es siempre externa, nada dentro de nosotros mismos nos puede destruir. Es como la ley de inercia, a un cuerpo en movimiento sólo una cosa externa lo puede detener. Toda miseria viene de afuera. Hay que darle pelea al enemigo en vez de abrazarlo y verlo como si fuera nuestro propio ser. Hacer eso es tan absurdo como si nos creciera un alien dentro del pecho y defendiéramos su libertad para devorarnos e invadirnos porque elegir eso constituye una de nuestras «libertades personales». Así piensan, por ejemplo, los consumidores pesados de porno industrial. Nos identificamos con nuestras enfermedades o pasiones como si ellas constituyeran nuestra identidad. «Doctor, mire, el cáncer y yo somos una y la misma persona, así que deje que siga avanzando. Es su libertad, son mis libertades personales de hacer lo que el cáncer quiera, porque ignoro que mis deseos son dictados por algo ajeno a mí mismo». Creemos que las libertades de nuestros tiranos son nuestras libertades. Por eso las defendemos sin ver que defendemos un ente ajeno que nos destruye. Erróneamente las llamamos «libertades personales». Ese es el discurso de las libertades posmodernas. Las libertades de dejarse llevar por la pasión o enfermedad con la que me infecta el sistema social. La libertad de ser esclavo. «Así soy yo y qué, déjenme ser «libre», dejen que la infección, es decir, la pasión me controle, yo lo considero mi decisión, aunque nunca fue mía». Con eso se venden las barras bravas, los partidos políticos, las drogas, el porno industrial. Todo esto sucede porque nos inventamos la figura imaginaria del individuo, y lo que infecte al individuo y lo controle ha de respetarse porque fue su decisión nacida de un mágico fuero interno en el que tenemos fe supersticiosa y religiosa. Además, esas cosas que nos controlan nos causan algún tipo de placer. El problema es que pagamos un estímulo mediocremente placentero con angustia y con grandes cargas y amarras que nos someten: así que no es placer realmente.

El placer debe ser siempre algo que nos quite pesos y amarras no que nos cargue con ellos. Por ejemplo, una persona que no sabe de los placeres prudentes, gasta todo el dinero que le llega sin pagar jamás sus impuestos hasta que un día lo embargan y lo expulsan de «su» casa: arrastrando a la miseria a su familia. En ese momento, los «placeres» le han traído terribles cargas. Diremos que esa persona es un asno. En realidad, se trata de alguien distraído. Nunca le ayudamos. Nadie le ha dado un consejo, nadie lo puso en su lugar y lo detuvo para que dejara de caer. La ley impide que hagamos algo para detener su infección porque «es un individuo», es un «adulto» y debemos dejarlo «ser libre». En realidad, no lo dejamos nunca ser libre: defendíamos su derecho a estar enfermo, un absurdo, su libertad de ser poseído por algo ajeno. Eso no es un derecho ni una libertad. Abramos los ojos. Se trata de trampas del lenguaje. Con eso juega la modernidad.

Defendíamos la libertad de la infección, pero no la libertad de ese ser humano. No lo defendíamos a él sino la libertad de la cosa que lo controlaba. Como sociedad somos la causa del problema, ya lo hemos dicho antes. Todo ser humano en desgracia se trata de alguien que se ha identificado con sus pasiones y las ama creyendo que ellas son su propia persona porque nuestra sociedad le ha enseñado a pensar así. Lo que llaman «individuo» es la superficial interfaz gráfica de un sistema repleto de miles de identidades, que puede abarcar generaciones. Una imagen a la cual le ponemos nombre y apellidos culpándole de procesos que nada tienen que ver con un sola «individualidad». Como si culpáramos a la pantalla de un computador por los procesos de una cadena de procesadores unidos que se muestran a través de esa pantalla. Con encerrar a la pantalla y romperla no matamos al sistema. El individuo es una ilusión, una interfaz gráfica. Vemos un individuo, pero no hay tal. Como ignoramos el sistema sólo vemos a un tipo al cual echarle la culpa de todo. El individuo es un asilo de la ignorancia. En el caso de nuestro ejemplo, ese hombre ha sido dominado por una fuerza externa que lo arrastra a gastar el dinero y lo destruye como una enfermedad: mientras le hace cosquillas. Por eso nadie se suicida: simplemente unas causas externas lo obligan a matarse. Esas causas son como una mano ajena que agarra su propia mano y la hace apretar el gatillo: ganándole el pulso. El suicidio no existe, ya lo dijimos antes. Démosle las gracias al dogma judío del libre albedrío y del individuo por toda esta gran mentira en que vivimos. Ese dogma nos enseñó que el ser humano es el autor solista de todo lo que hace: incluso, a veces, de su propia muerte. Nadie es la causa de sí mismo, ni siquiera para matarse. Por todo eso, el placer verdadero, desde la filosofía griega, es aquel que nos previene de esta trampa de identificarnos con las infecciones o pasiones que nos invaden. Ninguna pasión es «nuestra», es siempre una fuerza ajena. Por eso se llama pasión. Cuando viene de nosotros se llama acción. Somos seres poseídos. Pero como nos poseen entidades invisibles, pasiones, creemos que se trata siempre de nosotros mismos. El placer, cuando es mediocre y sin inteligencia, suele ser la puerta a ese infierno. Es el placer estúpido. Placeres mediocres que se pagan con pesos en la espalda. Por eso, como dice Aristipo de Cirene: debemos aprender que el placer máximo es el que se protege contra riesgos y consecuencias indeseables. El placer inteligente, prudente. La sofrosine propuesta por el cirenaico alumno de Sócrates. Un placer que nos llena de amarras atándonos a compromisos y pesos no es placer.

  • De todo lo anterior se sigue que el ser humano solamente puede ser libre cuando se desembaraza del mayor número de compromisos, cargas, asuntos, cosas y necesidades posible. Quitarse pesos de encima (tesis de Antístenes y los cínicos, también de Epicuro, los estoicos y el budismo), y eso solamente se puede lograr entendiendo las causas que lo obligan a desear: amarrándolo o sugestionándolo a necesitar y comprometerse con cada cosa. Por ejemplo, no se trata de tener libertad «de mercado» para comprar y vender cosas absurdas e innecesarias, sino de no necesitar hacerlo, ser libre de esa necesidad. «Tantas cosas que no necesito para ser feliz» decía Sócrates al pasar por el «centro comercial» de su época. Por ende, en pocas palabras, a nivel humano, la libertad es el entendimiento de la necesidad o causalidad de las cosas: para aceptarla si es natural e inevitable o para desembarazarse de ella, quitarse su peso de encima, si es artificial y creada por la vana opinión de la sociedad. Ese es el origen de la filosofía de Epicuro. Este pensador, maestro del hedonismo, nos enseña que la felicidad, o sea el placer máximo, consiste en aceptar y abrazar únicamente las cinco necesidades naturales de la vida y desechar absolutamente todas las demás.

Se trata de ser libres de la necesidad de consumir tantas cosas que no necesitamos para ser felices. ¡La naturaleza nos dio cinco dedos para poder contar y recordar las únicas cinco necesidades naturales que debemos satisfacer!, que son, al mismo tiempo, los cinco placeres o lujurias máximas de la vida y, afortunadamente, son muy fáciles y simples de colmar. Veamos: 1) gozar de paz mental, o sea, estar libres de ansiedad, estrés y angustia, 2) alimentarnos, 3) satisfacer la sed, 4) tener refugio y 5) gozar de la sexualidad: siempre y cuando ésta sea fácil y libre. Sexo sin angustias, compromisos ni cargas. En el momento en que deje de ser así, lo sexual se convierte en una fuente de inquietud y ansiedad, y, por ende, en una amenaza contra el placer. Mal sexo. Por eso Epicuro reconoce al sexo, sin rodeos ni hipocresía, como una de las cinco necesidades naturales y fundamentales: muchísimo más importante que el amor romántico, el éxito y el dinero. Lo dice entre líneas, se deduce lógicamente de su lista de necesidades importantes pues el romance —ni siquiera— está en la lista. Sin embargo, aunque ha sido calumniado de lo contrario, Epicuro jamás hizo de este asunto sexual un tema importante ni central en su filosofía. No lo hizo porque la sociedad griega donde vivía ya ofrecía muchas facilidades para el sexo: muchas más de las que ofrece la modernidad actual. Epicuro prácticamente nunca habla del tema sexual porque en su Grecia eso ya se brindaba una gran libertad sexual gratuita para todas y todos. Ese no era realmente un tema de preocupación. Era algo que ya se estaba garantizado y dado por sentado en la vida pagana, como el agua, el aire y la comida. Además, para curarse en salud, Epicuro se organizó con otras personas en una comunidad erótica donde, en medio del estudio y de una amistad sana, sin cargas románticas indeseables, lo sexual era bienvenido de todos modos —siempre y cuando— las personas no se obsesionaran con el sexo hasta perder la calma y la paz mental: con esa advertencia fue muy claro y explícito Epicuro. Se podía gozar con paz mental, y sin ninguna ansiedad, sin preocuparse por lo que pasara afuera: en la sociedad cambiante. Epicuro, por cierto, no estaba muy seguro de que otras sociedades facilitarían siempre la satisfacción del sexo con la misma tranquilidad con la que se garantiza, por ejemplo, la natural y normal distribución de la comida y el agua: como debería hacerse, pues lo sexual es algo tan natural y libre de misterios como los alimentos o el agua misma, de modo que, así como se hace con el servicio de acueducto de una ciudad que es ofrecido de manera natural, segura y al alcance de todos, a plena luz, el sexo igualmente debería fluir y ser garantizado sin obstáculos por medio de un acueducto del sexo. Pero, de modo totalmente opuesto, en una sociedad anti-hedonista y llena de taras (como el pueblo desarrollado en el judaísmo que estaba al otro lado del mismo mar de los griegos) lo sexual no es visto como un acueducto gratuito de aguas limpias. En esas sociedades basadas en Abraham se retuerce lo sexual, se envenena con malicia, se convierte en algo clandestino, secretista y tortuoso: como efecto de esa actitud judaica, el sexo se convierte estúpidamente en una fuente de ansiedad, un misterio perverso. Como consecuencia, podría llegar a ser utilizado y aprovechado por mentes manipuladoras y criminales para generar dominación, angustia, dificultad, extorsión emocional y miseria. En esa sociedad vivimos hoy en día. Ese es el crimen que, en el mundo posmoderno, comete el porno industrial.

Entonces, más bien, para no complicarse la vida con el tema del sexo, Epicuro se hace prudentemente a un lado y deja que Aristipo, su profesor: el creador mismo del hedonismo, se encargue de hablar y pulir mejor ese «detalle» del placer sexual. Sin embargo, para Epicuro, de todos modos, es imprescindible —nunca— complicar las cinco satisfacciones de la felicidad sino facilitarlas y simplificarlas. Por ejemplo: para alimentarnos con gran placer basta y sobra con comidas frescas y buenas, no se necesita complicar las cosas acudiendo a alimentos falsos, sofisticados, extremadamente costosos y extravagantes. Para el sexo de contacto físico, libre, abundante y pleno no se necesita de pornografía industrial para complicarlo, ni de relaciones emocionales y afectivas para enredarse con ellas la vida, etc. El sexo es mejor que eso. El placer más importante, el placer de placeres, la base de todos los demás goces de la vida, es la ataraxía, la paz mental: ese es el goce más grande. Estar libre de yugos de cualquier tipo: el placer de estar tranquilo. Es una filosofía muy parecida al cinismo, diríamos que es una variante del cinismo, es una ética simple y natural. Se llama: hedonismo. El hedonismo es una ética del placer.

  • La sociedad actual no es hedonista sino libertaria. El «libertarismo» individualista consiste en afirmar la ilusión del libre albedrío y los caprichos o «sueños» personales de progreso cada cual. Esa es la base rotunda del derecho al emprendimiento, el corazón judíocristiano del capitalismo. Esa religión es profesada por la principal ideóloga del sistema capitalista: la señora Ayn Rand. Se trata de una trampa existencial que conduce a la adicción y dependencia de miles de necesidades artificiales con una consiguiente desdicha Esa desdicha o dolor proviene de echarse encima cargas y compromisos para poder satisfacer necesidades creadas que finalmente son adicciones sutiles.

 

  • La Naturaleza es plena porque es libre de necesidades, o para decirlo de otra manera: porque obedece su propia necesidad. Ese es un estado de plenitud erótica

 

 

  • La plenitud existencial de la Naturaleza se expresa, a su vez, en los seres que se siguen de ella (sus maneras de ser) en forma de placer.

Comentario: el origen de la palabra placer está asociado con la palabra plenitud, ambas parten de la raíz ancestral india: plak, que tiene que ver con las expresiones: amplitud, placenta, planicie, y que se relaciona con toda cosa donde se extiende nuestro ser cómodamente y sin el peso de cargas. Por ende, plenitud es placer y placer es plenitud.

  • El placer es la participación en la plenitud existencial de la
  • Donde hay dolor del cuerpo o la mente (alma) no hay plenitud, por ende, el primer placer es la ausencia de carencia, la ausencia de dolor, angustia y compromisos (estos son los orígenes de Epicuro).
  • La Naturaleza en sí misma no está sometida a sentir o ser afectada por nada: es ausencia de
  • La Naturaleza se trata cabalmente de un gran individuo que tiene la fuerza para sostenerse y producirse a sí mismo y expresa una plenitud absoluta que comparte con todas sus maneras de ser, que somos cada uno de nosotros. El hecho de participar de esa plenitud de una manera determinada no tiene ningún propósito, sino que su inevitable efecto es el goce del placer de existir en sí
  • De lo anterior se sigue que el placer es la inclinación universal de todo lo que existe (Hedonismo Universal).
  • En síntesis, el placer no tiene ningún propósito fuera de sí: y no necesita tenerlo porque es la esencia misma de la Naturaleza, y, por ende, de todas las cosas. Muchos dirán que la Naturaleza no puede sentir placer ya es libre de emociones, pero, deben recordar que la Naturaleza en sí misma es plenitud absoluta, y la plenitud es lo mismo que el placer. En los seres determinados, que se siguen de la Naturaleza, esa plenitud se concreta, se siente y se expresa sensorialmente en forma de placer de la carne, los sentidos y paz mental: así es como funcionan y se ensamblan los dos niveles de placer existencial. Por un lado, tenemos: el placer en la Naturaleza que no se trata de «sentir» o ser afectado por nada, es plenitud absoluta, y, por otra parte, tenemos el placer en los seres que se siguen de la naturaleza, que lo experimentan sensorialmente. Ambos niveles de placer se acoplan. Por eso el goce es la esencia última de todas las
  • Por ende, el placer es su propia
  • El placer debe ser buscado sin otro propósito distinto que el placer
  • Por todo lo anterior: la ausencia de angustia, dolor, pesos, compromisos y preocupaciones como fundamento del placer se debe buscar como un fin en sí mismo a nivel personal y social. Esa es la negativa de aceptar vivir en la agonía del progreso
  • La sociedad actual, que enseña la ilusión de la individualidad humana, reprime la experiencia del placer como un gran todo y como experiencia existencial. Esta sociedad fue fundada a partir del mito del libre albedrío nacido en el judíocristianismo, el cual fue perfeccionado luego por la ilustración y su fe ciega en el control total del mundo que, supuestamente, tiene el ser humano individualizado gracias al «uso de la razón». Se trata de una superstición racionalista que fue llevada más tarde a su colmo por ideólogos como Ayn Rand que han sentado las bases del capitalismo en la actual posmodernidad. El problema de esa filosofía es que nos separa del cuerpo de la Naturaleza al cual estamos unidos. Nos induce a echarnos a cuestas miles de pesos junto con todas las cargas del mundo para sostener necesidades artificiales: como el mismo Atlas descrito por Ayn Rand. Esa manera capitalista de ver el mundo nos individualiza: fragmentándonos, siendo que, en realidad, la existencia de todos es una sola
  • En tanto que existe solamente un único ser que cabalmente puede ser llamado individuo, denominado: la Naturaleza, la existencia de tal individuo es nuestra propia existencia y plantea la imposibilidad de que los seres humanos sean individuos realmente independientes y deban cargar con el peso de creer en el libre albedrío que está relacionado con el sentido de culpa. Ningún ser humano actúa individualmente, no hay individuos, sino que el hombre y cada una de sus acciones se siguen de un contexto de causas naturales que lo determinan al ciento por ciento. Aunque las
  • Uno de los más grandes pesos que lleva a cuestas el ser humano en la modernidad es la necesidad de creer en la ilusión el libre albedrío, por ende, es necesario liberar a cada persona de esa falsa
  • Todos somos, finalmente, una sola existencia. En la forma de animales, o de humanos, o como plantas, todos sustancialmente somos una sola y la misma existencia, y, por ende: una sola gran fuerza. Si nos enfocáramos en esa sintonía mental, bajo ese antiguo modelo de pensamiento, nos importaría más la anulación total de placer que padecen muchos animales y seres humanos, es decir, nos importaría más el sufrimiento ajeno, pues, entenderíamos que ningún sufrimiento finalmente es ajeno a
  • Para disfrutar al máximo del placer y de los placeres es ineludible intentar que nuestro entorno sea, en la medida de lo posible, un lugar con menos sufrimiento y menos sufrientes, pues, el sufrimiento es lo mismo que la anulación del placer, que, a su vez, es la anulación de la fuerza. Por eso del hedonismo se sigue necesaria y naturalmente la concordia, la cooperación y el auxilio a quien realmente necesita ayuda.

De alguna manera, Evita Perón, por ejemplo, compartía una intuición no muy diferente al hedonismo ético. Ella era, desde nuestro diagnóstico, un ser humano existencialmente muy erótico.

 

 

JUSTIFICACIÓN DE LA EXISTENCIA DE LA SOCIEDAD Y LA FAMILIA

  • Por eso, debemos evitar pasar de largo ante el dolor ajeno: porque no existe el dolor ajeno. Todo dolor del otro es nuestro también: ese es el fundamento de la amistad (orígenes de la tesis de Epicuro) y es la explicación del sentimiento erótico de profunda plenitud existencial, placer y completitud que se experimenta al estar al lado de la familia, la madre, los hermanos (o amigos si no hay odio). Un placer o una felicidad indescriptible, conmovedora en cada poro antes y después de uno mismo: un placer más allá de la existencia. Más allá de la vida. Esto se extiende, incluso, sobre todas las formas naturales. Todos, incluyendo a los animales —somos un solo cuerpo—. Por ende, ayudar tanto a humanos como animales es un gran placer erótico, un estado de plenitud: para buscar ese placer de la mutua cooperación también existe la sociedad. Pero, esto no significa que debamos mantener un ejército de oportunistas profesionales y calificados en el arte de fingir y causar lástima, y que debamos exceder nuestra ayuda más allá de nuestra capacidad. En este punto hay que hacer uso del criterio y la
  • Muchas naciones paganas e indígenas del mundo, alcanzaron un equilibrio reservado únicamente para las mentes intelectualmente y moralmente más claras, que consiste en saber usar los recursos naturales para el sustento y respetar al mismo tiempo la conservación de las demás especies. El mito del individualismo y de la modernidad, en su crasa insuficiencia de pensamiento que se refleja en el capitalismo, se burla y calumnia a esas naciones, mientras carece evidentemente de ese equilibrio, y pone en riesgo la vida misma. Sólo se burla para imponer su propia mitología individualista causando la fragmentación de la vida

 

 

  • Separarnos psicológicamente de la Naturaleza, a la cual estamos unidos, destruye todo posible placer existencial completo y nos condena a cargar con el peso de la falsa individualidad

 

  • Todos los seres participan —y expresan— de una manera determinada la fuerza misma de la Naturaleza. El hecho de compartir y participar de esa gran fuerza es esencialmente un estado erótico: compartir es erótico en sí mismo, pues manifiesta concordancia y un bienestar absoluto transmitido en forma de placer. La Naturaleza, por lo tanto, es erótica.
  • Dios y la Naturaleza son exactamente la misma cosa, son uno y lo mismo, por ende:
  • Dios es
  • Dios es el Ser Erótico por excelencia, es decir: Dios es voluptuosidad pues el placer es la esencia misma de Dios, o sea la
  • Obviamente no vamos a darnos cuenta de que todos somos una sola existencia —jamás— mientras estemos convertidos en adictos a la ideología del capitalismo, expuesta magistralmente por Ayn Rand. Aunque —con palabras— digamos que somos una sola existencia, en realidad nuestros afectos van a sentir otra cosa. Vamos a estar pendientes más bien de nuestros «grados universitarios», de crear nuestra «familia nuclear», de nuestro falso «progreso individual» y de nuestras pequeñas mezquindades de consumo y «libertades» posmodernas personales de las que infantilmente habla «Amarna Miller», de modo que estaremos encantados por el hechizo del dinero y el éxito social. Siempre vamos a sentir al mundo como fragmentado por partes, individualizado, nunca como un todo, ni como una sola existencia. Así que, no es por medio de palabras, ni de argumentos racionales sino por medio de un afecto que altere nuestra actual percepción y nuestra conciencia, que podremos sentir el reencuentro con la Naturaleza: la liberación total de la sexualidad es, entre otros, el medio idóneo para despertar ese
  • Mientras perdure la filosofía del individuo y del libre albedrío, pregonada por ideólogos doctos como Ayn Rand y por sus versiones pop, tales como «Amarna Miller», el ser humano nunca va a sentir realmente más allá de su ilusoria individualidad. Para eso, el benévolo lector debe leer el Primer Diálogo del Tratado Breve de Spinoza, que explica esto mucho mejor que nosotros: se nos obliga a ver las cosas como separadas cuando realmente están
  • Precisamente, la filosofía del mito de la individualidad humana le impide a cada ser humano ver más allá de su ego «personal» y de su avaricia insaciable y esa miopía se llama: capitalismo. Se trata de un prejuicio que genera desdicha en nuestra

Demos un ejemplo de una aplicación simple y práctica de la filosofía de Ayn Rand: la reforma tributaria de Iván duque. Ayn Rand reinventó una nueva versión del dogma cristiano-judío del libre albedrío. Según esa metafísica existen unos individuos elegidos, un grupo de mesías, unos «salvadores» llamados: industriales. Estos sujetos usan «mejor» el libre albedrío que los demás (una mentira, pues tal cosa como el «libre albedrío» no existe según la neurociencia). Ellos son más fuertes que los demás. Sostienen al resto de la humanidad. Ellos son, literalmente, el

«Atlas» que sostiene al mundo: hablamos de los empresarios y grandes capitalistas. Entonces: si los exoneramos de pagar impuestos, si dejamos que ellos, los ricos, sean más ricos, dejarán caer de su mesa una limosna llamada: “empleo”. ¡Bingo! Así se genera «progreso», hermanos ¡Aleluya! La vida no se debe enfocar en lo sexual ni en la contemplación erótica de la existencia, sino en el trabajo. Entonces: forjemos empleos enriqueciendo a los más ricos. Es una idea muy simple. Así se explica en diez líneas qué cosa es el capitalismo. Entonces, Iván Duque, fiel lacayo de lo que diga Ayn Rand y del sistema capitalista de Donald Trump que es un «Atlas», está aplicando y predicando esa religión en Colombia. Es una religión civil, y es una metafísica-mágica: porque espera un milagro absurdo. Todo acto de fe es religiosidad. Duque es un cristiano desarraigado que espera el milagro de que, descargando a los más ricos de casi todos los impuestos para ayudarlos, al liberarlos de cargas, ellos, en consecuencia, contratarán gente pobre y todos terminarán con empleo. Un final feliz. Hagamos ese acto de fe: recortémosle nueve mil millones de millones en impuestos a los industriales y subamos el precio del recibo de la luz de la gente de clase media (y aplacemos los años de jubilación, etc.) Como efecto de eso, mágicamente, la economía «crecerá» y todos tendrán un empleo.

 

La mano invisible creará «equilibrio general», es decir, el ser que mueve la historia hacia el progreso, el fantasma o Geist en que creían Hegel y Marx, hará el resto. Supersticiosos. No se necesita ser economista para saber que no va a suceder ese milagro. No va pasar. Va contra las leyes de la física. Es absurdo creer en eso. Es más fácil que llueva hacia arriba. Es más absurdo que la magia africana. Si nos untáramos de sangre de avestruz aullándole a la luna nos funcionaría mejor, créalo. Pero toda fe es ciega. Más bien, eso va crear un hueco fiscal. El Estado colombiano, al no obtener impuestos de los más ricos va a endeudarse y con eso incrementará los impuestos prediales y el precio de la comida dentro de seis años. Eso podría generar una guerra civil para limpiar la población y eliminar a los más pobres y débiles. Quizás ese es el objetivo inconsciente de Duque. El darwinismo social no es más que un cristianismo dicho en otras palabras: «hay unos elegidos que prevalecen». Los que marchan no tienen, ni idea, no saben el origen metafísico-filosófico de las reformas tributarias: no conocen la filosofía de Ayn Rand como la causa última del problema económico de toda la modernidad. La fe cristiana y judía en el individuo y el libre albedrío llevada a un exagerado nivel súper-metafísico, aplicado a la economía, es la causa. Los que protestan lo hacen a ciegas, siquiera saben que Iván Duque va a exonerar —de casi todos los impuestos— a los más ricos eliminando subsidios a los pobres. La gente no votó por Duque para eso. Nunca mencionó ese plan. Eso se caería con un millón de firmas, mediante un simple referendo, o apelando ante la corte suprema: no hay necesidad de marchar, así a secas, sin más, es más eficaz entablar una inteligente demanda legal. Con un buen grupo de abogados bastaría.

El problema es que hemos sido acostumbrados a pensar el mundo desde el mito de la modernidad y el progreso. Ya que todo gira alrededor de la fe en el desarrollo económico, cualquier clase de sacrificio absurdo se puede aceptar para alcanzar ese fin. Según algunos «expertos» o técnicos de la economía: los únicos capaces de lograr ese «desarrollo» son los magnates, industriales y empresarios: igualmente lo dice Ayn Rand, ellos son «Atlas», así que lógicamente ellos deben prevalecer y ser protegidos: sacrificando a los que no son de su grupo. El pretexto, bastante absurdo, es que el enriquecimiento de ellos es el enriquecimiento de todos. Hemos puesto presidentes para que hagan el famoso milagro económico, ellos, como Duque, van a intentar hacerlo enriqueciendo más a los más ricos y quitándole subsidios a los más pobres: porque así creen que opera el milagro. Hemos aceptado esa lógica absurda al desear el tipo de progreso que propone la modernidad. Al desear la ilustración, la educación y la «ciencia» ayudamos a que ese mito se justifique. Por eso el marxismo alimenta al capitalismo. Al protestar y marchar contra el sistema, marchamos, en el fondo, contra nosotros mismos. Nosotros hemos provocado que así sea: al desear y aceptar el mito religioso del desarrollo económico y la modernidad. El problema es querer ese tipo de desarrollo económico como fin y propósito de la vida: queremos mal, queremos algo errado e insensato. Por mucho que la realidad nos muestre que no funciona seguimos con imbéciles teniendo fe. Es nuestro mito, se nos hace lo más lógico, pero es una locura colectiva. En realidad, el propósito de la vida es el placer, no el aumento infinito de bienes porque ello causa angustia: esa es la tesis de Epicuro. Una sociedad epicúrea, por ende, despreciaría los fines de la actual modernidad. Hay que empezar a mirar más allá del modelo de progreso de la modernidad.

Estamos esperando un mesías que limpie la mierda existencial que hacemos: en vez de limpiarla nosotros y, sobre todo: dejar de hacerla. El sujeto que tiene en la parte de atrás de su carro el aviso del candidato a la presidencia por el partido verde es el mejor ejemplo. Arranca y prende el acelerador soltando por el exosto una nube contaminada de gas negro que combina muy bien con el girasol del logo del aviso, y el slogan: «yo voto verde». «Yo contamino, pero eso no importa, creo en el mesías candidato del partido verde que mágicamente va limpiar el planeta y proteger el medio ambiente con leyes y políticas nuevas. Yo solamente tengo que creer en él, votar por él, y él se encargará del resto. Ni siquiera soy consciente de que contamino el medio ambiente. No necesito tener conciencia, únicamente necesito creer en un mesías. Si después de ser elegido presidente sigue habiendo contaminación pues saldré a marchar y protestar contra su gobierno». De esa manera nos acostumbró a pensar el judíocristianismo. No comenzamos, nunca, por tener conciencia de que nosotros mismos somos la causa del problema, sino que esperamos líderes y mesías que salven el mundo de lo que nosotros hemos. Por supuesto: no podemos reconocer eso. Esta lógica se llama: pensamiento hacia afuera o «transitivo» (técnicamente se llama: buscar una causa trascendente), transitamos de líder en líder y buscamos las causas de todo problema, afuera, en «individuos malos», buscamos culpas, nunca vemos, por dentro, (causa inmanente) reconociendo que somos parte de la causa. Nunca buscamos causas sino culpas. Echarle la culpa al libre albedrío de alguien. Somos jueces y carceleros. Así nos enseñó a pensar el judíocristianismo. Decimos que somos cristianos, pero seguimos usando la lógica cristiana, así que en realidad si somos todavía cristianos. Mientras creamos que el propósito de la vida es el trabajo, el estudio y el progreso, nunca dejaran de haber uribes y «uribitos» (como Iván Duque), thatchers y reagans: nosotros y con nuestro insensato deseo de progreso falso los hemos pedido: es porque usted lo ha pedido. Sea o no consciente de eso, usted lo ha pedido. Inclusive si es de la «izquierda»: usted lo ha pedido porque pide el «progreso» y el avance continuo de la modernidad. Por eso, Epicuro y Aristipo pensaban que el propósito de la vida es otro muy distinto. No es que el deseo de progresar tenga nada de malo: el problema es que el tipo de progreso al que aspiramos es falso. La idea de progreso «evolutivo» que tenemos es bastante criminal. No hemos entendido lo que realmente es el progresar. En últimas, la modernidad y la ilustración nos vendieron un modelo de progresismo hacía afuera, pero no es el único: ni siquiera es correcto.

 

 

—LA EVOLUCIÓN—

  • La frase «selección natural» es un sinsentido. La Naturaleza no selecciona: no premia a los mejor adaptados ni condena a los que no logran adaptarse. «Premiar y castigar»: el evolucionismo tal como lo conoce la gente en su nivel vulgarizado regresa al mismo lenguaje del Antiguo Testamento. Eso es abusar demasiado de las palabras. Eso da a entender que en la Naturaleza hay elegidos, una mano invisible y un Plan Maestro: eso es una religión civil. La Naturaleza es in-finita, por ende, no tiene un fin para las cosas. No hay elegidos: ni siquiera debido a «mutaciones». Esas son interpretaciones sacerdotales muy allegadas al judaísmo.
  • En otras palabras: no existe la Evolución selectiva. Interpretar la muerte de una especie como un «castigo» es pensar como un individualista judíocristiano: es un abuso de las palabras. En la Naturaleza la muerte no existe ni es un castigo (variante del Vitalismo Cósmico de Botero): sólo hay traspasos de vida. La vida es Una, somos un solo individuo compuesto, un infinito cuerpo cibernético. Las especies no «mueren» sino que conducen energía en un Eterno Retorno de ciclos. Las especies no evolucionan con un plan de «mejoría». Existe el cambio —sin sentido de progreso— eso se llama: el Devenir, pero, la Evolución selectiva como un proceso orientado al progreso no existe. Ni siquiera Darwin creía en esa basura: ya basta de abusar de las palabras señores judíocristianos.

En palabras sencillas, para todos aquellos que creen en esa religión civil y arrogante llamada: evolucionismo, podemos demostrar, desde el hedonismo, que: en el mundo y en las especies animales, y demás, existen cambios, pero NO progreso. Así de simple. A ese estado de cosas se le llama Devenir y es lo que existe —en vez de— «evolución». No hay evolución sino devenir. No existe «EL PROGRESO»: únicamente suceden cambios sin propósito. Además, todo progreso histórico es falso, relativo, es una interpretación caprichosa de alguna clase o grupo que habla duro, y en un caso dado, quiere enorgullecerse de algo. Pero objetivamente no existe el progreso visto como evolución, y no existe ninguna mano invisible que mueva la historia de este mundo hacia un progreso social. Eso es terminante. Ni siquiera en la ciencia hay progreso sino simples tropezones, «accidentes heurísticos» como el «descubrimiento» de la penicilina. Bajémonos de esa nube del progreso y la evolución. Ni los animales, ni el ser humano evolucionan.

  • La supervivencia tampoco es la meta de la existencia. La vida no busca «adaptarse para sobrevivir» sino gozar del placer mismo de existir. La «ley del más fuerte» es falsa porque a la Naturaleza le importa un bledo «premiar al más fuerte». Simplemente se expresa de infinitas maneras y así emana a través de un chorro de formas en una diversidad infinita: desde el menor al mayor grado de fuerza. Todos: «débiles y fuertes» en cada momento determinado participan de la plenitud de la Naturaleza, no «mueren» sino que conducen energía a otras formas biológicas de goce del placer. Es simplemente el gran ciclo de la vida donde la vida misma como un solo ser se expresa de muchas formas. Esa permutación y esa diversidad de formas ha sido mal explicada y malinterpretada como

«Evolución» hacia el progreso. Eso es falso. Sólo hay un Eterno Retorno sin fines progresistas. La vida no se crea, no se destruye ni tampoco evoluciona: sólo retorna. No hay premios ni castigos.

—¿Por qué tenemos que seguir usando ese lamentable vocabulario judíocristiano?—

  • Finalmente, a nivel político las interpretaciones «sociales» basadas en la Evolución son realmente descaradas. El darwinismo social falsifica la «biología» para justificar lo peor del capitalismo manipulando el lenguaje de una manera vil. La ley de «supervivencia» en que se basa la política de seguridad nacional es un disfraz: prevalecer a toda costa no significa ser «más fuerte». Socialmente no es el más fuerte quien sobrevive sino muchas veces el más cobarde: el más débil. Aquel que está dispuesto a destruirse por dentro con tal de «sobrevivir» es digno de lástima. En muchos casos el que sobrevive no es el más fuerte sino el perdedor: el que está dispuesto a asesinar mujeres, ancianos y niños mediante una bomba atómica para ocultar su cobardía. Perder la humanidad con tal de «sobrevivir» es peor que estar muerto. Por eso Sócrates prefirió la cicuta.

LO ERÓTICO Y LO SEXUAL

  • Como ya hemos explicado antes: dado que la Naturaleza es la gran fuerza, todo lo que se sigue de ella también expresa dicha fuerza de una manera muy determinada. Y, por ende, todo lo que existe, mientras no sea poseído por una causa ajena, intenta con todas sus fuerzas persistir en el placer de la existencia tanto como pueda, es decir: en el placer de participar y compartir parte de la plenitud de la
  • Esa participación se llama: sentido erótico de la existencia, es decir: el mero hecho de existir ya es un placer erótico: pues nos liga sensualmente, por medio de los sentidos, con un todo más grande que
  • De lo anterior se deduce que el placer erótico es el fundamento más profundo que tiene la existencia y el dador del sentido de la
  • El universo erótico es el conjunto de todas las alegrías: desde respirar, pasear tus perros, caminar por un sendero tranquilo, conversar con tus padres, incluso hacer un trabajo gratificante o una obra, todo lo que nos causa bienestar sin cobrarnos una frustración es el universo erótico: nos reintegra con el cuerpo de la En cambio, por ejemplo, la drogodependencia es un bienestar que se cobra con una frustración, de modo que es una manera de represión de lo erótico, lo mismo que la pornografía industrial. Se trata de maquinarias que aumentan el ruido mental y encierran al ser humano en la egoidad que es la fuente de la desdicha. La cuestión es que la felicidad, o sea el placer, se puede lograr sin todo ese ruido.
  • A partir de la anterior evidencia, Sócrates inició, entre otras, la filosofía hedonista con su alumno Aristipo proveniente de la ciudad griega de Cyrene. El hedonismo es lo opuesto a la afirmación del ilusorio capricho individual porque éste causa angustia, frustración existencial y ausencia de placer. El voluntarismo «racional» que enseña gente como Ayn Rand, o influenciadores como «Amarna Miller» provoca —a propósito— deseos de placer en el ser humano: para luego frustrarlos en los hechos por medio de una búsqueda individual de estímulos jamás satisfechos, tal como hace la religión civil de la pornografía industrial que transmite angustia, egoidad y ruido mental usando lo sexual como
  • El primer placer es la ausencia de angustia, dolor, asuntos y compromisos. Por eso una vida dedicada a los negocios es una vida de sufrimiento (Epicuro). Igualmente, nadie disfruta del placer auténtico y máximo de la existencia si a su alrededor hay miseria, y quien busca el placer debe intentar aportar salidas a la miseria humana de una manera prudente. La filosofía es una de esas maneras de aportar soluciones, pero no la única.

 

 

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  • Por ejemplo: no es algo erótico subirnos a un trasporte masivo lleno de ruido, miseria y apretujones «obligados» a estar ahí para cumplir con la diaria —misión religiosa— de echarnos encima el peso de «progresar»: eso no es placer existencial ya que ese progreso es una innegable mentira. Ver al ser humano padecer hambre, frío, sed e insatisfacción sexual no es algo erótico. Tampoco lo es verlo ser presa de la estupidez que le venden los magos del lenguaje de los medios de comunicación. «Disfrutar» mientras otros sufren no es disfrutar realmente, no es existencialmente placentero: no es erótico. La propuesta del Marqués de Sade es un intento estéticamente magistral y muy bien elaborado, pero finalmente inviable, de sostener el placer por medio de la desdicha ajena. En últimas, el hedonismo auténtico no debe buscar la felicidad, o sea el placer para un grupo, un club o una mafia (como, por ejemplo, lo hace la industria porno) sino para todos de una manera prudente. Esto se denomina: Ética Hedonista Global.
  • En contraste, la ideología libertaria del individuo, hostil al hedonismo, en la praxis termina conduciendo a cada cual a taparse los ojos para encerrase en una cueva personal buscando placeres privados para afirmar «sus» caprichos (su subjetividad), tratando de hacerse indiferente ante el dolor del otro. Se trata de un autoengaño, pues, la falta de placer, es decir, el dolor de los otros, siempre causa una cadena de efectos perniciosos que recae sobre todos en la forma de desdicha universal y
  • En vez de obsesionarnos tanto con las «libertades personales», como lo hacen influenciadores como «Amarna Miller», mejor debemos orientarnos hacia el cultivo del bienestar erótico interior, llamado a veces eudemonía o «buen temperamento» y conocido también como la paz mental o ataraxía. Esto es lo máximo a lo que debemos aspirar como meta principal de felicidad, o sea: de placer —y ausencia de angustia en la vida— porque así imitamos mejor el estado de bienestar erótico de la Naturaleza, y, como dice Epicuro al referirse a los dioses: «si la Naturaleza es feliz lo mejor que podemos hacer es imitarla humildemente siendo felices nosotros». El hecho de ser felices implica denunciar, resistir y desechar profundamente todas las falsas promesas de felicidad que son puestas como trampas, para crearnos frustraciones, tales como, valga la pena repetirlo: la drogodependencia o la pornografía industrial, que es una industria parasitaria que les impide la realización sexual a todos los seres humanos y que, además, se basa en la mentira de la afirmación compulsiva de las ilusorias «libertades personales»: narcisismo sexual. El porno usa lo sexual como simple fachada y pretexto para reforzar el ego que finalmente es miedo y
  • En pocas palabras, la afirmación excesiva de las «libertades individuales» termina siendo una trampa creada, precisamente, para evitar que seamos felices, pues somos mejores y vivimos el mayor placer cuando comprendemos que no somos realmente «individuos» y que nunca hemos necesitado del libre albedrío, como lo explicaremos más adelante.
  • El universo erótico expresa el placer mismo de
  • Existir sin dolor (sin angustias, compromisos ni preocupaciones) es el máximo estado erótico de la
  • No tener hambre, no tener frío y no tener sed, es el primer grito de la carne (del cuerpo), pues, quien goce de estas tres cosas —cuya ausencia causa dolor— vive un estado plenamente erótico (los orígenes de Epicuro).
  • Ahora Epicuro se ensambla con Aristipo: junto con los tres anteriores goces, el cuerpo tiene un último grito: lo sexual, pues, aunque no satisfacerlo no causa un dolor físico directo sí produce definitivamente una frustración existencial ya que el sexo es un mecanismo natural de catarsis, es decir: de descarga de presión emocional idóneo para eliminar todo dolor del ánimo. El universo erótico, por ende, llega a su colmo de satisfacción con el placer sexual vivido en carne propia pues de la simple vista no nace el deleite (lo opuesto a la ideología porno, que usa una visión prefabricada del sexo para causar ruido mental).
  • Aristipo soluciona el problema señalado por Epicuro, según el cual, buscar lo sexual puede conllevar a cargar con pesos, compromisos y dolores de cabeza cuando la sociedad no está organizada políticamente para facilitarlo, creando excesivas angustias y gastos de energía para lograrlo. La solución se encuentra en el lema de Aristipo: «yo poseo, pero no soy poseído», «yo deseo, pero no soy adicto», en otras palabras: satisfacer lo sexual sin compulsión — por medio de un elaborado plan— gracias a un estudio previo y prudente de cada situación y evitando siempre todas las fuentes de angustia y peligro, todo lo cual se denomina: prudencia extensa (en griego: sofrosine).
  • Adicionalmente: desde el enfoque de Aristipo se sigue que la sociedad (La República) se organice conscientemente para facilitar la satisfacción sexual de todas y todos los ciudadanos, protegiéndolos a nivel universal de embarazos no deseados y contagios venéreos de cualquier tipo: exactamente de la misma forma, y con la misma obligatoriedad con la que se garantiza el servicio de acueducto, la educación pública y la
  • No tener hambre, no tener frío, no tener sed, junto con satisfacer con prudencia e inteligencia lo sexual es el compendio total del placer existencial, es decir, de la felicidad: somos maquinarias eróticas
  • Donde hay placer no hay dolor, por ende, cuando se vive el auténtico placer sexual —en carne propia— y no simplemente mirando, el dolor no existe (Aristipo).
  • Lo sexual, específicamente, se refiere al máximo estímulo del cuerpo, y, por ende, es la expresión más básica, concreta, material, corporal, simple y fisiológica de lo erótico: es su parte más orgánica, más visible y

 

 

  • De lo anterior se deduce, que, todos los placeres o estados de bienestar de la existencia del ser humano sólo son posibles en tanto que el ser humano es un cuerpo, no decimos que tiene sino que es un cuerpo; y por ende, su bienestar o placer siempre  está vinculado al cuerpo, es decir, con lo que el cuerpo vive. De la misma manera, aquello que el cuerpo siente produce una idea en la mente. Siendo esto así, lo sexual expresa el mayor estado de ausencia de sufrimiento, de placer o bienestar del cuerpo, por esa razón lo sexual es,  por ende, un estado de placer de la mente también  y, como consecuencia de esto, el sexo es la base más fundamental  de todo placer de la existencia. Ebntonces, por lo anteriormente demostrado,  todos los placeres de la vida  son finalmente un placer sexual modificado.  En otras palabras: todo placer existencial,  por inmaterial que parezca, tiene un fundamento sexual.
  • Como efecto de lo anterior se sigue que no vivimos por vivir, ni tampoco vivimos para evolucionar. Refutamos a la teoría de la evolución.  Simplemente vivimos para disfrutar o para tener la expectativa de disfrutar. Existimos por disfrutar el placer de la existencia, cuya forma más fundamental, la base de toda felicidad y de todo bienestar,  es el placer sexual. La  filosofía occidental ha tratado de poner obstáculos, por todos los medios, para que que no veamos este hecho. El sentido erotico y sexual de la existencia.
  • Todo placer y alegría de la vida —mientras se relacione con el cuerpo—tiene un fundamento sexual que ha sido negado por filosofías draconianas como, por ejemplo: el
  • En recapitulación total: el estado de plenitud existencial de la Naturaleza es compartido eróticamente en forma de placer a través de todas sus maneras de ser que somos todos. Dado que la Naturaleza es una fuerza in-finita, ése placer de participar de su fuerza no puede tener un fin (fuera de sí mismo).
  • El placer es infinito —en sí mismo— (es a-telos) no tiene un fin o propósito.
  • De lo anterior se sigue forzosamente que el placer es el premio de sí
  • El placer es la inclinación universal de todo lo que existe (Hedonismo Universal) marcando el sentido erótico de la
  • En síntesis: la inclinación de la existencia es la inclinación hacia el placer por el
  • El sentido de la vida es el
  • El placer es el premio de sí mismo, por ende, debe ser buscado por sí y para sí.
  • Lo que queremos decir es que la mente prefiere el placer antes que la vida. Esto desvirtúa a la evolución pues lo que conduce a cada persona no es el «instinto de supervivencia» sino el instinto de placer: incluso contra la propia supervivencia en muchísimos
  • El ser humano hará lo indecible para obtener placer y cuando se taponen las vías de gratificación se convertirá en un monstruo. El placer es ausencia de dolor, así que, algunas veces buscará la muerte (o el causar la muerte) para obtener placer, es decir: para huir del dolor. Esto ha sido retorcidamente interpretado por la antropología negativa de la religión judía, reinventada por Freud, diciendo que existe una «pulsión de muerte», lo cual es mentira, pues lo que se busca, como estamos mostrando: es el placer, o sea liberación del dolor. Se trata del efecto de una erótica inclinación hacia el placer que es atascada sin poderse expresar: esto genera el mal a nivel
  • A partir de todo lo anterior se entiende claramente el tremendo poder que tienen las drogas y el narcotráfico: el narcotraficante se hace literalmente dueño del adicto porque le proporciona la felicidad, el placer de la existencia llevado químicamente de modo directo al cerebro: haciendo que todos los demás deleites de la vida se vean insignificantes. Eso sucede, al menos durante las primeras dosis, ya que el resto de la adicción consiste en tratar de cabalgar hacia esa cima sin nunca poder alcanzarla de nuevo: hasta terminar drogándose sólo para intentar evitar caer en un profundo dolor existencial. El porno industrial y el narcotráfico usan exactamente esa misma lógica.
  • El narcotraficante no es feliz tampoco: es alguien frustrado, no sólo a nivel sexual sino existencial, que intenta con desesperación y de manera monstruosa encontrar a través del ejercicio del crimen (y del dinero), el placer existencial que ha perdido
  • Ningún poder de coerción y castigo podrá vencer al narcotráfico ni detener el consumo de drogas, sino que logrará hacerlo más agudo. Solamente modificando el significado y el sentido de la vida que tiene nuestra sociedad y enfocándolo hacia facilitar el placer erótico, en coherencia con la orientación que la Naturaleza le ha dado al ser humano, se podría solucionar ese
  • El desafortunado éxito del narcotráfico demuestra que el ser humano está determinado al placer de la manera más primordial posible prefiriéndolo a la propia vida. Sin embargo, Aristipo diría que el goce de las drogas no es natural ni necesario ya que desde siempre se nos ha facilitado a través de un mecanismo mucho más corporal sobre un «diseño» de la Naturaleza con el cual ya nacimos: el sexo. Por ende, no hay necesidad de buscar por fuera lo que ya nos dio la naturaleza para gozar, incorporándolo a nuestra propia piel: lo sexual.

Ahora bien, dado que lo sexual es la celebración máxima de lo erótico, se deduce que es la máxima celebración de la vida, y debido a eso, a partir de lo sexual tiene que generarse la vida misma del modo más literal. De esa misma intuición proviene la devoción hacia los padres y los ancestros en las culturas antiguas como dadores de placer existencial por el hecho de transmitir la vida. La fuerza de lo erótico es la que nos ha traído a este mundo, y estando aquí la ocultamos, la convertimos en patético porno de tipo industrial, la ponemos en el último lugar, escondiéndola detrás de solapamientos y dobles morales en aras de una imagen de pureza y decencia que le hemos comprado al judaísmo. Nos ha costado cara esa mala compra.

Entonces, siendo que existimos como cuerpo, finalmente, en tanto que se tenga un cuerpo lo sexual la base más básica y capital de todo placer de la existencia. Ahora bien, en tanto que también existimos como mente  el sexo es igualmente una de las formas  básicas del bienestar de la mente misma. Es un placer o bienestar de dos vías.  Como consecuencia directa de esas dos cosas:

 

  • Concientemente el ser humano no busca el sexo con otro propósito diferente que el goce del sexo mismo como bienestar. (No buscamos follar  para procrear sino por gozar, la procreacion es accidental pero no es lo que buscamos )
  • Es decir: el placer sexual se busca como premio de sí
  • En concordancia con lo anterior se sigue que, a los ojos de la sociedad, el sexo no debe servir a ningún otro propósito diferente que el sexo: únicamente orientado hacia el placer, no debe estar al servicio del matrimonio, ni del amor romántico, sino que, de hecho, debe ser buscado en sí y para sí.
  • En otras palabras: el sentido de la vida es el sexo. Estamos hablando del sexo por el sexo. No el sexo por el dinero, ni por la procreación, ni mucho menos por el amor, sino por sí y para sí. El sexo es su propia razón de ser, por ende, no debe justificarse para el servicio de otra cosa en lo

 

Comentario: debido a lo que acabamos de demostrar el amor romántico no es ético. El romance o el idilio no es algo ético. Echarse encima o aceptar un yugo emocional y afectivo de una pareja no es un acto de respeto hacia sí mismo. El primer acto de respeto hacia ti mismo es no dejarte arrastrar hacia las trampas de un amor romántico, y muchísimo menos, hacia la posesión de una pareja o hacia los celos. No jugar a ese juego es respetarse a sí mismo, tener honor o conciencia. Es inmoral aspirar a que «la pareja» solamente esté con un solo compañero afectivo y sexual. La amistad que propone Epicuro es un tipo de amor muy superior y más bello. El amor romántico de pareja es un accesorio del mito judío del individuo. Es una necesidad falsa: inventada en la Edad Media gracias al relato de Tristán e Isolda. Por eso el noviazgo en sí mismo es inmoral y poco ético. Nunca es ético echarse encima una atadura emocional. El amor de pareja va contra la naturaleza porque ella nos lanza hacia la multitud de experiencias sexuales con distintas parejas y la variedad de vínculos afectivos, no hacia una relación exclusiva con beneficios especiales para una sola persona: eso es inmoral y antinatural. El amor de pareja es un mito salido del judíocristianismo que obliga a la gente a ser asolapada, tener doble vida y doble moral necesariamente. Mucho menos es ético prometerle a una persona lealtad, para, quizás, jugarle a sus espaldas aventuras con el fin de «sentir adrenalina», como hacen muchos hombres y mujeres posmodernos: herederos de la sombría conciencia sexual judía y su «malicia» solapada. Tampoco es ético negarse la experiencia de experimentar placer con variedad de parejas pues esa es la Naturaleza obrando en nosotros hacia el placer, que es la esencia de todo lo que existe. Así que aquello que la gente llama «fidelidad» es un acto inmoral. Es inmoral ser fiel pues la misma exigencia de fidelidad sexual es antinatural en sí misma. En las cárceles y cementerios han terminado millones de seres humanos debido al odio que puede desatar el mito y la fe en el amor romántico y sus necesarios celos. Esa tragedia sigue sucediendo todos los días. Es hora de acabar con este holocausto honorifico cometido por la mano criminal del ideal del romance, la fidelidad y el falso «honor». No es ético tener una intensa pareja afectiva pues el amor romántico es una forma de angustia, según enseña Aristipo de Cirene. Sobre todo, es una forma de dependencia, y la dependencia es lo más opuesto a la felicidad o tranquilidad. Esa es la tesis más esencial de toda la filosofía griega, no sólo del hedonismo cirenaico. Todos los filósofos griegos estaban de acuerdo en esta materia, por eso en Grecia el sexo era tan libre. Tampoco es ético limitar lo sexual a un solo compañero o compañera íntima exclusiva, sino que, por el contrario, la vida nos ha enfocado hacia la variedad y el intercambio de las parejas para que contemplemos la infinita voluptuosidad de la naturaleza, directamente, en todas sus formas en carne propia: eso es lo más ético y la moral superior. El goce por el goce mismo es la razón y el sentido ético último de la vida.

  • El porno industrial es poderoso porque le ofrece al ser humano —artificialmente e indirectamente—la contemplación de la voluptuosidad de la naturaleza a la cual todos han sido determinados, pero lo hace para impedirla, es decir: para que esto no se pueda realizar directamente en la realidad de la praxis material y sexual concreta. Es el opio que impide la felicidad humana en la vida real. La cuestión es que el porno usa lo sexual para endurecer el ego y lo que se debe hacer es, precisamente, todo lo contrario: usar lo sexual para desintegrar el ego. Mientras el ego sea fortalecido habrá malestar social y económico pues esa es la fuente de todos los problemas a nivel colectivo que padece occidente. El ego es el miedo mismo. Eso es lo que la creencia judía en el libre albedrío y la individualidad promociona: el fortalecimiento del ego. Hacer más fuerte la fuente de todo sufrimiento es una tarea criminal. Eso es en una sola palabra el judaísmo-cristianismo. Occidente es la apuesta por el ego y no tiene otra salida que la desdicha inevitable de haber hecho esa apuesta y haber seguido esa línea religiosa. El porno industrial, en concordancia lógica con eso, se aprovecha de la necesidad sexual humana para inyectar miedo y angustia en la mente enfocando el sexo desde la idea del egoidad. Sexo vivido para la individualidad ciega, en el narcisismo, eso es lo que transmite el porno. Por ello los modelos de esa industria suelen ser seres atormentados y como consecuencia su gremio tiene el más alto nivel de suicidios y sobredosis. Los modelos porno tratan de transmitir su propia angustia existencial usando unas imágenes de sexo sesgado y tendencioso como máscara o anzuelo para que les compremos su angustia o su miseria. Por ello el porno intoxica el sistema cerebral de emociones humanas sin satisfacer el contacto sexual físico y real. Es una idea simple y muy fácil de entender. El porno persigue la meta de que la gente, al verlo, se convierta en un ente tan mentalmente intoxicado como lo es, por ejemplo, Bryan Matthew Sevilla. Lo que Aristipo y la filosofía griega descubrieron es que se puede disfrutar muchísimo más intensamente y más carnalmente de la voluptuosidad y del sexo sin ese contenido de angustia, odio y frustración que nos vende el porno. Unir sexo y paz mental es la solución al problema social y personal que sufre la humanidad moderna. La pornografía capitalista industrial se opone totalmente a eso porque lo suyo es unir sexo y odio, o sexo y perturbación con ruido mental para reforzar la desdicha y la frustración sexual misma. Lo que los textos griegos antiguos nos muestran es que el porno sería la traición al sexo. Sexo sin sexo, sin vivencia real de la carne y la piel. Se puede lograr el máximo desahogo de las angustias o catarsis gracias al buen sexo sin necesidad de involucrar la gran egoidad que vende el porno. En palabras aún más simples: el sexo verdadero el mucho mejor que el porno y puede redimir al ser humano. No necesitamos pornografía industrial si liberamos lo sexual. Sexo y ego no tienen por qué ser la misma cosa como lo trata de enseñar tendenciosamente la pornografía industrial. Así de simple. Estamos atacando al porno-capitalista uniendo el pensamiento budista con la filosofía griega de Aristipo también conocida como «hedonismo». Hedonismo budista. La pornografía es una sexualidad netamente originada en la religión judía, por eso transmite ruido y angustia con la excusa de vender «sexo», en realidad no le interesa el sexo, ni liberarlo, de hecho, lo reprime, lo dificulta. Esperamos haberlo dejado claro. Siguiendo esa misma línea de ideas, la sociedad es quien debe garantizar políticamente el derecho a la realidad sexual y la realización sexual carnal directa y medicamente segura de cada persona. Es un derecho tan vital como el acceso a la salud. Para ello se deben garantizar medios seguros y cómodos que brinden plena seguridad frente a los riegos que acompañan socialmente al sexo en esta civilización, eliminando el miedo a los gastos financieros excesivos para tener sexo, los contagios y los embarazos inoportunos. De hecho, la práctica de la sexualidad debe ser subsidiada.
  • El sexo por el sexo, es el significado último de la vida en su faceta más material-concreta. El sexo por el sexo es el sentido mismo de la existencia humana en su aspecto más real. Se trata de lo más concreto hacia lo cual el ser humano está naturalmente inclinado. Ya hemos explicado que placer, felicidad y plenitud son una sola y la misma cosa, por consiguiente: lo que se expresa a través del sexo es la plenitud existencial más necesaria para el cuerpo y la mente que está más al alcance de la praxis material concreta de la vida real. Es la plenitud misma de la existencia que orgánicamente se expresa en el orgasmo que la naturaleza nos ha compartido.
  • De ahí se sigue que el porno industrial le roba al ser humano el derecho mismo a la felicidad. El derecho a la catarsis o desahogo en carne viva y propia. El sexo vivido por medio del porno y el sexo vivido de forma directa son dos planetas distantes que no tienen nada que ver entre sí. Son dos dimensiones existencialmente tan divorciadas e incompatibles que si se existe en la vida sexual real no se puede existir al mismo tiempo en la dimensión porno y viceversa. Es un divorcio tan profundo que el porno finalmente obstruye el sexo, destruye el placer sexual porque lo problematiza y lo complica hasta el punto de convertirlo en algo existencialmente imposible de alcanzar. Hacer del sexo y de lo erótico algo extraño e inalcanzable es la meta básica del porno a nivel de industria. Siendo el hedonismo la filosofía del placer debe éticamente oponerse y combatir al porno de tipo industrial puesto que aniquila el placer. Así de simple. Por supuesto que los modelos porno experimentan placer, para ellos el placer no se destruye, precisamente: ellos lo gozan para poderlo destruir en los demás. De hecho, el mayor placer del modelo porno consiste en saber cómo hace imposible el placer para las demás personas. Se trata gozar con el sufrimiento ajeno. Por eso el porno busca sorprender, causar choque y envidia sexual.
  • La pornografía comete el crimen de mostrar como lejano aquello que en realidad es lo que está más cerca y al alcance: lo sexual. Le roba la gran posibilidad sexual al ser humano para ponerla en otro mundo, en el más allá (la videoesfera): en una pantalla enmarcada como una vitrina que no se puede tocar existencialmente. Convierte al sexo en un ente o ideal irrealizable. Además, logra acaparar la plenitud existencial del sexo y vivirla en carne propia directamente a nombre del resto de la sociedad, usurpándole esa realización política a todos los demás y maquillándola de mero «trabajo» o de simple «empleo». Ese es el crimen del porno. Reduce el sexo.
  • Aristipo por el contrario enseña que el —sexo por el sexo— es la cumbre o la extensión máxima del primer grito de la carne del cual se sostiene: no tener hambre, frío ni sed: esas tres satisfacciones deben anteceder a lo sexual en prioridad porque son su base. Como soporte del sexo debe haber paz mental. Si se viola ese orden ya no hay placer sino angustia-dolor. La prudencia consiste en entender y mantener ese orden de prioridades. Esa es la ética de Aristipo, originada en Sócrates, esto se llama ser fuerte: tener virtud, vigor. La paz mental que antecede y maximiza lo sexual es, precisamente, aquello de lo que carece cada modelo porno promedio. Su angustia es lo que el porno transmite a través de videos. El porno vende angustia, por eso sus modelos se suicidan con frecuencia.
  • El sexo solamente puede ser disfrutado de manera máxima en paz y sintonía con la Naturaleza. Sexo pagano.
  • El sentido erótico de la existencia se extiende a todas las facetas de la vida «más allá del sexo» convirtiéndose en arte, literatura, amor de familia, política, etc., sin perder lo sexual como su fuente de energía de base.
  • El hedonismo es panerotismo, es decir: el goce sexual es el sentido más concreto de la vida, mientras que, por su parte, el goce erótico es el sentido más amplio y extenso de la existencia. Lo erótico es placer amplio o plenitud extendida por todas las actividades humanas. Pero nuestra civilización lo ha limitado únicamente a los órganos sexuales y las mercancías (ideología porno). Por eso es una civilización angustiada. La solución será no limitar lo erótico a lo exclusivamente genital y ampliarlo absolutamente hacia todos los niveles y actividades sin excepción. Erotizarlo todo para que el placer penetre cada poro de la existencia entera. Si Dios es todo y Dios es erotismo entonces: todo es erotismo.
  • Por eso el deseo al sexo por el sexo es lo más político, digno y noble a lo que puede aspirar cada ser humano.
  • El sexo por el sexo es el derecho político más importante: conectado con el derecho mismo a la salud y la vida.
  • Por esa razón el capitalismo y la publicidad apelan a la sexualidad, y la religión represiva la somete a duras condenas. Esa es la causa por la cual la industria pornográfica tiene tantos consumidores y ha tenido tanto éxito: porque finge satisfacer ficticiamente el derecho más legítimo y político de la existencia humana: el sexo por el sexo.

En primer lugar, aclaremos y reiteremos, una vez más, que no criticamos las facetas artesanales, aficionadas y anónimas de la «pornografía» sino solamente atacamos el porno de tipo capitalista actual como industria fabricante de modelos sexuales de alta gama, ídolos de una nueva «élite sexual». La pregunta final es la siguiente: —¿por qué la gente consume ese porno?—, la respuesta es muy sencilla: porque, aunque lo más lógico es que los computadores y aparatos de comunicación sean utilizados para hacer más fácil tener sexo espontáneamente, con seguridad física y médica, y, ante todo, con personas reales, todo gracias a hacer un click en un computador, lo único que estos medios están facilitando es ver pornografía: haciendo ese mismo click.

Es —necesario— que la ingeniería de comunicaciones sea utilizada para facilitar los contactos sexuales reales y seguros entre la gente, en carne y hueso, junto con una red de apoyo y seguridad brindada por toda la sociedad, imitando la misma red de apoyo que usa el porno para proteger a sus modelos. Eso es lo que se tiene que hacer. Pero la ingeniería de las comunicaciones sido usada para lo contrario, es decir, para evitar la experiencia real y poner en su lugar una invasión de imágenes sexuales sin cuerpo. Todo con el objetivo de evitar el contacto inmediato entre la gente.

Sin necesidad de usar nuestra ingeniería, Francisco de Miranda logró tener sexo con más mujeres de las que hoy cualquier hombre reprimido de clase media, con un trabajo arribista, pueda llegar a conocer en persona. Y, por cierto, Miranda no sólo carecía de computadores: ni siquiera tenía electricidad. Al prócer venezolano le hubiera encantado tener nuestros aparatos para comunicarse velozmente para concertar citas sexuales rápidas, además de tener penicilina, vacunaciones y sistemas anticonceptivos preventivos. Le sorprendería que hoy, teniendo más posibilidades que ayer, las personas sean más catetas y se queden simplemente mirando fotos de mujeres sin tocarlas, sin palparlas, y lo peor: viendo a otro fulano tener la experiencia que ellos ansían tener, todo para crearse envidia y frustración.

En suma y en palabras más planas, lo que queremos decir es que, actualmente, se consume tanta pornografía industrial porque, tristemente, en nuestra época: es más fácil ver porno que tener sexo. Así de simple.

Es una sociedad castrada. Es el mundo al revés. Debería ser más fácil tener sexo directamente que ver porno, ya tenemos todos los medios para hacerlo, pero hemos organizado las cosas en el orden incorrecto. Esa es la causa de todos los problemas.

Sexo libre significa: estar liberado de compromisos, riesgos físicos, gastos y temores de salud, libre de ansiedad, libre de perturbación. Libertad sexual no significa tener sexo sombrío, asolapado, esclavizado al caos, la mala conciencia, la ansiedad y la angustia. La libertad es ausencia de pesos. La sociedad facilita el porno precisamente, para poder dificultar el sexo, directo y cómodo. En otras palabras: debido a que la socialización directa del sexo está impedida el sexo mismo entonces se convierte, necesariamente, en algo clandestino y disimulado. Básicamente, si el sexo fuera libre y facilitado no existiría necesidad de consumir tanto porno. No habría tanta necesidad o razón para su existencia. Es así de simple.

El porno industrial hace de sustituto, precisamente, de la plena libertad sexual que no tenemos como sociedad. Es una muleta para una sociedad lisiada. Ese tipo de pornografía recrea, nótese bien, la libertad soñada por toda la humanidad actual ya que no disfruta en los hechos reales. Por eso se consume porno. Los demás tipos de pornografía antigua, pagana y religiosa que encontramos en los murales de Pompeya, por ejemplo, representaba lo que la gente hacía realmente (era inmanente), mientras que, por el contrario, la actual pornografía alardea de lo que la gente quiere hacer, pero no puede (es trascendente). Justamente esa es la gran acusación del hedonismo contra el porno. La pornografía naturalista-pagana antigua no buscaba crear dolor a través de producir envidia sexual y choque. El porno actual solamente busca provocar eso. Nada más. Las gentes del común, nunca, jamás, podrán realizar los mismos actos sexuales que el porno industrial muestra. No lo podrán hacer, al menos, sin miedo a todos los riesgos. No lo podrán hacer con el mismo nivel de comodidad, seguridad médica y prevención de enfermedades y embarazos. No con la misma logística y con el mismo tipo de mujeres que apenas rozan legalmente la mayoría de edad, dotadas de una belleza superior al promedio (porque entrenan). No es posible sin meterse en compromisos afectivos y yugos indeseados: como aquellos a los que se someten las parejas swinger, que, aun así, con todo, no alcanzan a gozar de las mismas condiciones ideales para el sexo que ofrece el porno industrial. Y si acaso alguien lo lograra, alguna vez, no pasaría de la decena de mujeres gozando de esas mismas condiciones absolutas, es decir, no podría conseguirlo como lo obtiene un modelo porno, que puede llegar al acto sexual con miles de ellas de manera segura —y sin compromisos—. Finalmente, nadie lo lograría totalmente —gratis— sin que le cueste un solo centavo, como lo logra el modelo porno, quien, se ha ingeniado la idea de que esta libertad no es para toda la humanidad sino solamente para unos «profesionales del sexo»: eso es una gran mentira. Debe ser para todos o para nadie. El hecho es que no hay manera de competir contra esa desventaja. En consecuencia, esa industria sólo genera deseos para provocar la frustración existencial y sexual de cada ser humano. La sociedad no está organizada logísticamente para realizar esa libertad sexual para la gente común. Podría hacerlo, es decir: no cuesta realmente nada organizar a la sociedad para esa meta, pues todo lo que se necesita ya existe para realizar la libertad sexual de hecho: pero la sociedad misma no lo desea. Le tiene miedo al placer de la carne. Es una sociedad cristiana, de tendencias marxistas y al mismo tiempo puritanas capitalistas. Así que, se limita a mostrar esa libertad sexual en un mundo que existe —por fuera de la realidad— llamado porno, para renunciar a esta libertad y mantenerla bien lejos de los hechos reales, es decir: para hacerla imposible. Por eso la pornografía a nivel de industria es tan represiva sexualmente. Es un atentado contra la libertad sexual de cada ser humano. Una castración colectiva. La sociedad occidental no está pensada para facilitar lenguajes públicos de deseo sexual de manera directa, por ejemplo, en las calles y sitios públicos entre las personas. Como efecto de eso, lo sexual se entierra debajo de la mesa, se hace algo clandestino. Se dificulta y se reprime, no se puede expresar, exigir y realizar cómodamente de manera política. Está obligado al disimulo y el asolapamiento, se destierra el mundo de la noche en el sentido más amplio de la palabra. La consecuencia de todo esto es lógica: el único escape es el «cómodo» consumo de porno industrial. Al simplificarnos el sexo el porno finalmente lo suprime: lo elimina. El porno usa lo que la gente imagina y la sociedad le impide realizar. Imagina aquello que debería suceder. Por ejemplo, la trillada fantasía pornográfica industrial que consiste en la esperanza de poder abordar una mujer en la calle y después de la más trivial conversación mantener relaciones sexuales voluntarios —sin condón— y realizando actos sexuales más o menos arriesgados, incluso: sin mostrar dinero. El porno vive de explotar esa esperanza, pero, lo muestra como algo sombrío y no respetable: como una contravención hecha con malicia. A veces algo así sucede en la vida real, pero, es vivido con mala conciencia y miedo al riesgo, es decir: sin libertad, clandestinamente. La sociedad no lo celebra, no es la expectativa de comportamiento. Ese es el punto. Una sociedad pensada para el sexo, por el contrario, vería esto como algo respetable y como la expectativa socialmente esperada. Para eso se habría dedicado con esmero a erradicar las enfermedades de trasmisión sexual exitosamente, brindaría todas las garantías médicas y financieras para que un evento sexual como ese sucediera abiertamente, todos los días, en los hechos reales, de la manera más natural, con toda la seguridad y de un modo moralmente celebrado por todas las instituciones. Se hablaría públicamente de ese tema con seriedad para perfeccionarlo y llevarlo a su mejor realización. Desde la infancia se inculcarían valores morales del placer para que esto fuera visto con naturalidad por todas las generaciones. La fantasía porno, en cambio, es cristiana en sí misma y por eso lo condena a ser impensable, sólo admisible en un video pornográfico con «cuernos demoniacos», no en la sociedad real. Una sociedad sexualmente libre no lo ve de ese modo judaico, sino que lo concede y lo espera de manera normalizada, no clandestinamente como suele pasar, pues no estamos diciendo que no suceda, sino que se realiza de manera sombría, con angustia, ansiedad y mala conciencia. No hemos progresado. En Roma tal cosa era perfectamente realizable y coherente. Mesalina y Annia (conocida como Faustina la Menor), unas aristócratas distantes entre sí por varias generaciones, eran sexualmente así de libres, y no eran unas gaviotas solitarias, son sólo dos ejemplos entre una multitud de mujeres romanas. Se trataba de una cultura del sexo directo y seguro. Desde las sirvientas hasta las emperatrices todas las mujeres en roma eran libres sexualmente, y mil veces más libres de lo que son las mujeres hoy en día. Aunque eso sea negado por la sociedad moderna podemos demostrar que es cierto. Sin embargo, ese es, precisamente el tipo de cosas que no llegan a pasar de una manera moral y políticamente abierta en nuestra sociedad. Los valores tradicionales lo impiden. Se hace: pero debajo de la mesa. No estamos logísticamente organizados para ello. Es una sociedad que no está pensada para el sexo, ni para el goce en ninguna forma. Sólo para la ansiedad. La ansiedad sexual y el sexo mismo son dos cosas muy distintas. Estar ansioso es algo muy diferente a estar gozando del sexo cómodamente, muy tranquilo, disfrutando de la cosa real, sin mayores esperas, sin mayores dificultades, sin mayores misterios. No se sabe quién produce más misterios alrededor del sexo, si el porno o la sociedad misma. El primero aparenta «quitar todos los misterios», pero, eso no es más que fachada: en realidad crea ansiedad. El porno es una fábrica de ansiedad infinita. Angustia sexual fabricada a propósito.

En resumen: la sociedad facilita el porno para crear ansiedad y, de esa manera, hacer muy difícil el sexo en los hechos reales. Así de simple. Por eso los modelos porno son obstructores del sexo. La meta judíocristiana de la sociedad moderna es hacer del sexo la cosa más difícil y riesgosa: convertirlo en una fuente de angustia y ansiedad. Debemos dejar de creer que sexo, compulsión y ansiedad son lo mismo. No tienen nada que ver. Todo esto ha sido creado con el fin de separarnos y aislarnos de nuestros semejantes para enchufarnos sexualmente con máquinas-y-entes no-humanos. Animarnos a tener sexo, no con seres humanos, sino con máquinas, autómatas y dispositivos: ver porno es eso. Ver porno es como ser alimentado a través de tubos y respirar con una máquina como un cuadripléjico: es exactamente lo mismo. Se consume porno por la negativa, los peligros, y la nula facilidad que ofrece la sociedad para el sexo seguro en todos los sentidos, físico y moral, para ser gozado en cuerpo propio con otras personas, en el acto directo libre de compromisos afectivos. Para la gente real el sexo libre y seguro es tan difícil y peligroso como fácil y seguro es obtenerlo para todos los modelos porno. La modernidad impide el sexo. Entendámoslo: se necesita gente reprimida para que trabaje más compulsivamente. Muchísimo menos brinda los preparativos «casi-perfectos» que el porno les ofrece a sus favorecidos modelos. La causa última de todo esto es la escasez sexual. El sexo abunda: pero con riesgos, clandestinamente y no para todos. Sexo con riesgos es sexo sin libertad. La dificultad para tener sexo libre en la realidad, en especial para muchos hombres, y sus casi nulas oportunidades contrastan con la descarada facilidad política que la sociedad les brinda a los modelos porno para lograrlo. Esto obliga a consumir porno a las inmensas mayorías. Ni siquiera se trata de una opción: simplemente no hay otra salida. Están determinados al porno. Para millones se trata de porno o nada, pues actualmente ver porno es más fácil que tener sexo. Así de difíciles ha puesto las cosas la presente sociedad antinatural. Eso es lo que empuja todo el sistema económico que usa el sexo suprimido y reprimido como combustible de trabajo.

El lema del porno es causar un choque emocional mostrándole al espectador lo lejos que está de realizar lo que el porno mismo, como tal, disfruta: —«mírame hacer todo lo que tú no puedes hacer, y con las mujeres jóvenes y despampanantes que tu jamás podrás tener. Mira que naciste para desear tener lo que yo tengo sin nunca tenerlo. Observa lo lejos que estás de poder vivir el mismo placer que nosotros. Trágate tu miseria sexual masturbándote. Jamás nos alcanzarás. Además, te provocamos esto para que tengas miedo de hacer lo mismo porque lo enfocamos desde lo inhumano y lo indebido para que sientas culpa de desearlo y el mismo hecho de querer hacer lo mismo que nosotros te avergüence»—. Esas palabras son las que cada video porno le susurra, subliminalmente, a su espectador al oído. El porno no vende sexo sino envidia existencial, insatisfacción existencial. En suma: el porno es una mafia que se ha ingeniado un mecanismo social para asegurarse sexo variado, seguro y sin esfuerzo y la gente carece de ese sistema. Está por fuera de él. La solución es apropiarse del sistema mismo y darles acceso a todos desde otro enfoque. Debe ser para todos o para ninguno. Este dramático abismo que separa la dificultad para los más y la gran facilidad sexual para una privilegiada minoría, perteneciente a un gremio de modelos, es la razón por la cual se consume porno. La causa final es una desigualdad sexual-social invisible. Por eso, el porno es desprecio hacia la humanidad, crueldad sexualizada.

Para cerrar esta idea recordemos el mecanismo de la imitación de los afectos, gracias al cual, quien mira a otro semejante a sí mismo viviendo un placer inevitablemente deseará vivirlo exactamente con las mismas condiciones. Por eso las gentes consumen porno. Lo hacen sin experimentar en su propia vida lo que observan quedando estafados y frustrados en los hechos, deseando que «algún día», de tanto mirar, logren conquistar la misma vivencia que los modelos porno gozan, cayendo así en un ciclo de adicción y frustración perpetuas. Es un engaño mental. Este fenómeno de imitación de los afectos explica, además, porqué las personas sienten compasión y envidia. Si un ser humano ve a otro sufrir se sentirá lastimado él mismo. Si imagina que el placer que otro goza es difícil de lograr («cuesta mucho») y se cree inferior («no soy tan bello») entonces se rendirá ante aquel otro como un «ídolo». Por eso muchos modelos porno tienen admiradores sexualmente reprimidos. De lo contrario, si no lo considera su semejante ni se considera inferior entonces sentirá que se le está suplantando de participar de algo que es suyo (en algunos casos con mucha razón). Finalmente, si no reacciona de ninguna de esas dos formas entonces simplemente envidiará ciegamente: sin saber la causa de ello. Esa es una pasión. Así es: el ser humano es solidario por la misma causa natural por la cual siente envidia. Por eso, los niños lloran o ríen por el simple hecho de ver a otros niños llorar o reír y quieren comer una cosa si ven a otro disfrutarla, etc. Los humanos imitan los afectos de sus semejantes. Si imaginan que otro sobre quien no han proyectado algún afecto definido los odia lo odiarán también, y si antes de eso lo amaban, oscilarán como un péndulo entre el odio y el amor mismo. Los humanos no tienen libre albedrío y por eso imitan los afectos de los otros: porque en el fondo están siempre buscándose a ellos mismos en los demás. Vencer esa corriente de imitación de afectos es indispensable para lograr la felicidad. Todas las desdichas tienen su origen en el hecho involuntario de imitar los deseos, ambiciones y adicciones de los otros. En especial de aquellos que en algún momento consideramos «amigos y compañeros». El sistema educativo inicia este proceso perverso al aglomerar personas de corta edad en los colegios. Por eso a los trece años de edad muchas personas ya han sido irremediablemente echadas a perder. La felicidad no se vive ni se logra en manada como creen los marxistas, algunos miembros de las «barras de fútbol» y muchos novatos en el primer semestre de carrera universitaria o «primíparos». De andar con la muchedumbre sólo se sigue la desdicha de imitar sus deseos y ambiciones. Como dirían Sartre y Heidegger, el infierno viene de los demás: el infierno es el otro. La mayor parte del tiempo cada ser humano vive para imitar los afectos de los otros y eso es vivir en mala fe, en una vida inauténtica que no es suya sino de lo demás, bloqueando el placer existencial que podría disfrutar si no siguiera la corriente de ambiciones y afectos de los otros: que lo reducen. Por eso es importante evitar la televisión y otros medios similares. Esto se llama: teoría del espejo: reflejamos los afectos de los demás. En la parte tres de la Ética Demostrada, Frase 27, Spinoza explica este fenómeno muchísimo más claramente que nosotros. La causa de todos los crímenes políticos, los movimientos sociales de grandes masas e incluso las revoluciones se encuentra en el fenómeno de la imitación de los afectos. El contagio colectivo del odio. Por eso los estadios deportivos son la peor cárcel de la libertad humana.

De paso, digamos algo de la idea de libertad que enseña Sartre: su idea iba muy bien. Se puede perfectamente explicar a Sartre usando como blanco y ejemplo didáctico la pornografía industrial. Sartre tiene razón en decir no estamos atados a nada socialmente. No debemos seguir mandatos tiránicos que nos sugestionen hacia lo que debemos hacer: como hace el porno. Debemos existir para gozar nosotros en carne propia: no para que los modelos porno gocen por nosotros. Su goce no es tuyo ni mío. En ese sentido, el que consume porno industrial, desde la mirada de Sartre, literalmente es un ser para otros: no para sí mismo. Es un ente que no vive directamente el goce carnal, sino que lo vive en otros. No existe realmente simplemente existe en otros. Le roban su existencia. Vive una vida sexual que no es la suya: una vida inauténtica. Inconscientemente imita los deseos sexuales que el Gran Hermano llamado porno le inocula. Es un sujeto interpretado por el porno, reducido por el porno. No es él quien interpreta al porno, sino que el porno lo define y lo interpreta a él. Un sujeto sujetado por el porno industrial. Además, vive en mala fe pues se condena a resignarse a la tiranía de que otros vivan y disfruten sexualmente y existencialmente lo él desearía gozar. Tiene fe en que no puede, fe en que no es capaz de hacerlo, así que se resigna a que lo disfrute el porno. Es un patético perdedor. Ahí hay que elogiar a Sartre. Usando su sistema se explica el porno industrial usando ideas que provienen de Heidegger. Pero hasta ahí llega su ayuda. Sartre después —se equivocó— en un punto imperdonable. En primer lugar, con su discurso de que no hay sentido de la vida ni valores para los hombres les robó a todos sus seguidores el derecho a la felicidad. Sartre lanzó al ser humano a la angustia: la tarea opuesta de Epicuro. Es antihedonista a morir. Involuntariamente hizo de la autodestrucción, el dolor y el desgarramiento una opción de libertad y de ahí se agarró gente como Estanislao Zuleta para justificar el alcoholismo y la decadencia como una «decisión de vida». Su idea básicamente es que la libertad es el capricho arbitrario del individuo. Eso suena tan parecido a Ayn Rand. Sartre al final escupe en la cara de la felicidad entendida como paz mental o ataraxía. Le dice a Sócrates que no le interesa ser libre de las pasiones sino afirmarlas infinitamente, es decir, ser infinitamente esclavo y miserable, pues las pasiones son la miseria misma. La negación de la paz mental. Por eso los existencialistas sartreanos, en una relativa proporción, son depresivos. Seres fatigados en una frágil individualidad muy mortificada. Sartre traiciona su propia agenda humanista y al final se convierte al judíocristianismo hasta el tuétano esclavizando al hombre a la mentira del libre albedrío hasta niveles delirantes. Calentó la miseria humana. Se equivoca al decir que los seres humanos se construyen a sí mismos mediante sus actos. A nivel humano no hay individuos creadores de sí mismos. Esa ilusión es una ceguera mental, más bien somos medios de expresión de los actos de la Naturaleza. Al decir que el ser humano «se hace a sí mismo desde sus libres elecciones» y se autodetermina «como le venga en gana» lanzó a cada cual a la jauría de los perros rabiosos de las pasiones. Sartre en esa frase manipula las palabras y hace mal uso del posesivo o la palabra «sus». El ser humano no tiene nada realmente «suyo». Con ese lema le puso a cada uno un peso asqueroso, como la piedra de Sísifo, llamado «carga» individual: la cruz cristiana. Sartre al final repite y refuerza las mismas palabras del Pentateuco judío: el hombre tiene libre albedrío y una profunda culpa. Terminó copiando la tesis central del cristianismo, y es una lástima, porque al principio iba bastante bien. Pero no lo recordemos por eso, sino por lo todo lo óptimo que enseñó, que puede ser aplicado al problema del sexo. Recordemos que lo sexual es la esencia intransferible del ser humano. Evitemos vivir la vida ajena de otros creyendo que es la nuestra: como sucede con la trampa del porno industrial. Evitemos vivir una vida sexual imaginaria por resignarnos a no poder vivir una vida real: como sucede con el porno industrial. Se trata del tema del ser y la nada.

 

Si a la persona le representan el sexo en imágenes no lo está viviendo. No está-ahí experimentándolo en carne viva. Se insulta a sí mismo al dejarse engañar. Está separado de la felicidad por una vitrina existencial invisible. Separado porque es una nada ya que el porno lo reduce a ser nada. Esa nada lo aísla del goce del sexo, la persona no puede ser quien vive lo sexual, no puede sino «jugar a ser», es decir, imaginarse que es alguien siendo nada. Vivir en un patético estado de cobardía y resignación automasturbatoria celebrándola como un imbécil. Si al menos esa masturbación fuera realizada con otro humano sería reconocido socialmente por éste y ya no sería un ente reprimido. El problema es la soledad existencial que construye en el mundo el porno industrial. Evitemos imitar y contagiarnos de los afectos ajenos para caer en esa trampa. El afecto y el goce del modelo porno no es tu afecto, lo que vive no es tu vida. Vívelo tú mismo. No delegues en otros la responsabilidad de vivir el placer que sólo a ti te corresponde vivir en tu propia piel, es decir: ser feliz.

En ese contexto ahora estamos volteando al revés la palabra responsabilidad dándole un nuevo sentido hedonista. Nadie puede evadir su responsabilidad de ser feliz. Por eso el porno industrial es la nada existencial que te desobliga de tu responsabilidad de ser feliz en carne propia y con tu propia piel para que, en vez de eso, unos modelos porno sean carnalmente felices ya que tú no te atreves a serlo. Eso es una burla contra tu propia humanidad. La trampa para caer en eso se llama: imitación de los afectos. Cuando se imita el afecto del ejecutante de la escena porno, al creerlo un ser semejante a ti mismo, caes en esa trampa existencial: realmente no es tu semejante, es un captador de tu existencia. Sin la gente que les entrega su vida y su existencia sexual los modelos porno serían nada, pues eso es lo que son: nada.

Fenómenos tales como el abuso sexual infantil responden igualmente al contagio de los afectos de los otros. De hecho, cada ser humano desea que otros amen lo mismo que él o ella ama sólo para y amarlo con más intensidad al verse reflejado en los otros. Eso se llaman: la pasión de la ambición. Por eso, cada persona hace lo posible por contagiar a los otros de sus mismos gustos y placeres formando corporaciones enteras dedicadas a una pasión o vicio, en algunos casos al margen de la ley, como sucede con la pedofilia. En los relatos del Marqués de Sade se muestra cómo nació todo esto en el mundo europeo católico. Las personas no son afectadas por «sus» propias pasiones, no somos individuos, por el contrario: la vida emocional y sexual va más allá de la «individualidad». Los afectos sexuales y no sexuales provienen de causas externas, no se originan «individualmente» de forma mágica, ni se limitan a lo personal, sino que son contagiados de unas personas a otras sin tener el menor control —y sin saberlo—. El origen del problema no se debe buscar en los «individuos» ni en la biología de sus cerebros sino en los valores imaginados por su sociedad: ahí está la respuesta. Se trata de la contaminación de la vida social y de los medios de comunicación por los cuales diversos apetitos de consumo se extienden entre un gran número de personas. Por eso la gente consume porno industrial. El crimen de esa industria, específicamente, consiste en que finalmente acapara para ella sola el verdadero placer en carne y hueso, y a la gente, de cuyo dinero vive, no le ofrece en los hechos concretos la realización corporal de ninguno de los deseos sexuales-existenciales que despierta, y lo hace muy a propósito: para aumentar la envidia sexual invisible y la frustración de una sociedad desdichada a nivel sexual y erótico: torturando a cada ser humano. El porno industrial es, precisamente, la tortura existencial del sexo reprimido. De esto se sigue que entre más crece el porno a nivel de industria más crece, directamente, la represión y supresión sexual total de la gente.

 

  • Es decir, el porno industrial, como lo demostraremos a lo largo de esta reflexión, le habla, no a la razón que es la parte más débil del ser humano, sino a la parte más poderosa de la mente que dirige absolutamente todas las demás motivaciones no-conscientes de la vida: la búsqueda de gratificación sexual. Su deshonestidad y crimen capital es que, finalmente, nada de lo que ofrece es real sino un engaño al cerebro, una distracción diseñada políticamente para evitar que las personas logren en carne y hueso cabalmente su realización sexual —en sociedad—, corporalmente en los hechos, mientras que esa realización es ofrecida más bien únicamente a una élite de «modelos pornográficos» para despojar de ese derecho y de esa aspiración política al resto de la humanidad, creando miseria social y angustia.
  • Recordemos la filosofía de Aristipo: «La solución para lograr la libertad se reduce en el lema: «yo poseo, pero no soy poseído», «yo deseo, pero no soy adicto», en otras palabras: satisfacer lo sexual sin compulsión —por medio de un elaborado plan— gracias a un estudio previo y prudente de cada situación y evitando siempre todas las fuentes de angustia y peligro, todo lo cual se denomina: prudencia extensa (en griego: sofrosine. El porno industrial ha implementado cuatro planes inteligentes y premeditados para satisfacer socialmente la necesidad sexual de sus «seleccionados» miembros, aplicando internamente, y en secreto, el consejo filosófico de Aristipo de Cirene: garantizar 1) seguridad médica (para evitar embarazos y enfermedades 2) seguridad personal y revisión de antecedentes (evitar violencia y asaltos) 3) gratuidad o financiación colectiva del acto sexual y 4) dignidad política (para evitar la culpa). Por eso los modelos del porno entran en contacto sexual con gran confianza, seguridad y libertad. Gozan de cuatro seguridades que el resto de la población no tiene. Si se extirpan del contexto porno ésta inteligencia sexual y estas cuatro garantías descritas en este párrafo y se trasplantan al cuerpo del resto de la sociedad, tendremos entonces una humanidad menos desdichada, pues será sexualmente y eróticamente más feliz o realizada a nivel existencial.
  • Una sociedad sexualmente feliz es una sociedad políticamente óptima. Lo que sucede con la actual sociedad es el reflejo de su desdicha erótica-sexual y su angustiante miedo al placer.

 

DEMOSTRACIÓN DE QUE EL SER HUMANO NO TIENE VOLUNTAD LIBRE

NINGÚN HOMBRE ES UN INDIVIDUO (NO EXISTE EL LIBRE ALBEDRÍO).

 

  • Cuando hablamos de libre albedrío, o voluntad libre, tenemos que preguntarnos: —¿libre de qué?— la respuesta es: libre de obedecer una causa, libre de causa: no ser forzado por nada. Pero eso es absurdo, pues todo obedece a una causa externa que lo determina. El ser humano no controla las causas que determinan las decisiones. Por ende, se demuestra con sencillez y claridad que la voluntad humana nunca puede ser libre: no existe la libertad de la voluntad.
  • El ser humano depende de muchas cosas externas para existir y para pensar, es decir, ningún ser humano es cabalmente un individuo, puesto que no se explica gracias a sí mismo, sino que es divisible ya que depende de infinitas cosas y causas que lo fragmentan.
  • Por la razón anterior, cada ser humano no es más que una entidad transitoria, un agente de la Naturaleza a la cual expresa de cierta manera muy determinada, y, por ende, ningún acto ni pensamiento de ningún ser humano proviene de su propia autoría realmente, ni ha sido escogido con libertad de elección, sino que cada acción de cada ser humano se sigue causalmente e inevitablemente de la Naturaleza de un modo muy específico.
  • Una voluntad libre es un absurdo, igual que un círculo cuadrado, pues, toda voluntad obedece a unas causas, y una cosa que obedece a la causalidad no se puede considerar libre sino necesaria. Si una piedra que cae en el vacío tuviera conciencia creería que cae por su decisión libre, con «libertad de elección». Así que estamos forzados a creer que somos libres, esa es la ironía: nuestra propia creencia en el libre albedrío no es libre. Vivimos en una infinita naturaleza donde todos los sucesos tienen una causa efectiva que los antecede. Así, si todo acontecimiento está determinado por causas que lo prefijan, ¿por qué los actos humanos conscientes serían una excepción? Eso es una creencia en la magia, animismo, cábala judía, pensamiento tribal totémico, superstición. Pues bien, no hay que ir a la selva para ver esas creencias mágicas: la modernidad «científica» es ese pensamiento mágico y esa superstición, porque la modernidad, la ilustración y el racionalismo creen que en la naturaleza existe esa mágica excepción a la regla: el individuo dotado de voluntad libre. Abracadabra. «Libertad de elección» como dice esa patética modelo porno llamada Marina Miller en su «manifiesto» de un minuto. No existe libertad de elección, o, lo que es lo mismo: la voluntad sin causa —mágica—. Finalmente, la física cuántica, la paradoja de Schroedinger y el principio de indeterminación de Heissenberg no representan un apoyo para la existencia del libre albedrío, sino que, de hecho, corroboran su inexistencia: pues, un ente que se mueve al azar de manera impredecible e indeterminable no goza de libre albedrío: para que éste exista debe haber plena auto-determinación consciente.
  • Con esto cerramos la discusión sobre el tema del Libre albedrío y la libertad de elección humana: tajantemente no existe la libertad de la voluntad —en lo absoluto—.
  • Muchos usan la lógica del cristianismo para pensar, y aunque no se digan cristianos, están acostumbrados a pensar como tales, a ellos los llamamos: cristianos desarraigados. Estos sujetos mantienen el cristianismo reprimido en su mente listo para saltar, y por eso creen, a rajatabla, en la libertad de la voluntad e imaginan al ser humano como si fuera un individuo. Se trata de la pareja de ideas que constituye la columna vertebral del cristianismo y del mundo moderno, así que, para ellos, la explicación anterior será muy difícil de entender. Repetimos, sin embargo, que toda voluntad obedece necesariamente a una causa externa y no aparece «libremente» o mágicamente. El ser humano no es la causa de sí mismo, de modo que, si fuera libre de causa, su voluntad sería mágica y las decisiones se darían «porque sí». En ese caso sin duda tendríamos entonces libre albedrío: seríamos mágicos, tendríamos un alma alada que toma decisiones sin causa, pero no es así, de hecho, forzosamente toda elección obedece a una serie o cadena causal, y, por ende, no existe la libertad de la voluntad individual: como queda expuesto.
  • De lo anterior se deduce que, filosofías que aparentan ser ateas, racionales y muy objetivas, como el capitalismo, predicadas por profetas del individualismo tales como Ayn Rand en realidad se basan sobre puras creencias mágicas y supersticiones. Por ejemplo: la creencia en la existencia del libre albedrío del individuo es una creencia netamente mágica. Sólo les hace falta sacar sus alitas de mariposa, y volar…
  • Igualmente, mágica es la fe que cree que dentro de la raza humana hay individuos o, en otras palabras: seres indivisibles, infinitos y amos absolutos de su propio ser. En la humanidad no hay individuos: solamente hay agentes de una gran fuerza natural. El hecho de que cada ser humano muestre una idiosincrasia o una personalidad muy específica no implica que posea la categoría de «individuo» pues el individuo es una entelequia metafísica: un invento.
  • En suma, todo esto que enseña el capitalismo: individuo, libre albedrío, progreso, etc., se trata de un conjunto de supersticiones infantiles y mágicas, venidas de la religión judía y cristiana, que luego fueron traducidas a una jerga académica y «científica» muy elaborada. Usando palabrería docta, algunos ilusionistas como Hegel, Marx y Ayn Rand se han inventado un vocabulario técnico para impresionar y aparentar que su discurso no tiene nada que ver con la magia y la superstición, cuando, en realidad, están tratando de vender superchería. El Espíritu en que cree Hegel es un duende universal que conduce el progreso: una pura superstición mágica.
  • Toda la modernidad es netamente pensamiento mágico supersticioso. La fe moderna alberga la aspiración infantil a tener el poder de «trasformar el mundo» mediante ciertos encantamientos fantásticos llamados tecnología, controlando la materia con una varita mágica llamada razón y ciencia, alcanzando la mayoría de edad mediante la «ilustración», por encima de los pueblos «retrasados» antiguos y paganos. Hablamos del prejuicio del «atraso» y el «avance». Esta no es más que una mitología animista que no sale del modelo judío y cristiano de considerar al mundo y la Naturaleza como si fueran un mero objeto de dominio, y al ser humano (euro-céntrico) como un alma mágica, un ser alado y libertario que controla mágicamente la materia y los demás pueblos «atrasados» del mundo.
  • Tratar de esconder una ideología supersticiosa y probablemente racista detrás de una linda fachada de racionalismo es el error imperdonable de Occidente. Una deshonestidad de pensamiento que conduce a los hombres a convertirse en sujetos hostiles con el medio ambiente, hostiles con la libre sexualidad, reacios a las tradiciones de los pueblos antiguos y violentos con el lado femenino de la realidad porque todas estas cosas son imaginadas como: objetos de dominio.
  • No existe el progreso sostenible. El sentido de la vida para la modernidad es el dominio y la destrucción necesaria del mundo para dominarlo. El mero hecho de creer en la misión mitológica del Progreso y la Evolución es aportar un grano de arena a la destrucción del medio ambiente y las formas de la Naturaleza. El problema es existencial, por ende, inevitable, y no se soluciona con medidas políticas sino con un cambio del sentido de la vida: hacia una civilización pagana y no progresista.
  • Judíos y cristianos, por igual, heredaron del antiguo mazdeísmo su visión sesgada sobre el progreso del mundo. El mazdeísmo es una religión ancestral judía que nos habla de un sujeto mágico todopoderoso llamado: individuo y un objeto para ser controlado llamado: mundo. Sujeto y Objeto. Ese dualismo entre sujeto y objeto es la base misma de la Ciencia Moderna enfocada como herramienta de dominio sobre el mundo: por eso hay un error religioso en el pensamiento científico. Esa dualidad inadecuada fue impuesta sobre las naciones originarias indígenas, que pensaban de una manera mucho más coherente y compaginada con la Naturaleza como una sola
  • No hay un relato más mágico que aquel que narra la existencia de la voluntad libre en el ser humano y la «Evolución», con su «mano invisible» que hace una «selección natural». Como si la Naturaleza pudiera ser incitada a realizar «elecciones». El evolucionismo es una religión civil o secular basada en la superstición metafísica del «elegido».
  • Los más respetados valores de la ilustración y la modernidad son simples juegos del lenguaje: hechizos religiosos: supersticiones.
  • Lo criminal de todo esto no consiste en tener relatos mitológicos, de hecho, es imposible para el ser humano vivir sin mitos. Eso ya lo demostró el antropólogo Joseph Campbell. En realidad, hacer un rescate de las mitologías más amables con la Naturaleza y con la libre sexualidad significaría liberar a la especie humana de su actual estado de encantamiento en medio de la represión sexual.
  • Lo deshonesto es aparentar estar libre de mitos y de magia para poder convencer a los demás del mito que uno les está tratando de inocular, disfrazándose de «ciencia objetiva» y de «racionalismo», como hizo la ilustración, y como hicieron Hegel, Marx y Ayn Rand: por eso, deben ser denunciados.
  • Lo malo no es creer en magia sino creerse la mentira de que no se cree en ella. Aparentar que no se cree en ella. Eso hizo la modernidad que es un pensamiento mágico disfrazado de «objetividad, razón y ciencia».
  • Es deshonesto fingir estar libre de pensamiento mágico para tenerlo escondido debajo de la manga con el fin de tratar de imponerlo a la fuerza. Esa deshonestidad es el abuso cometido por la modernidad. Se trata del mito mágico más fanático que se haya jamás pensado. Su fábula tiene atrapados a miles de millones de personas bajo su transitorio encantamiento en la ilusión del «progreso» y la «era del individuo»: desgastando parte de un planeta y torturando la mente humana.
  • Denunciamos al mito del progreso, embutido —a la fuerza— en la mente colectiva por Carlos Marx con su versión comunitaria, por un lado, y por Ayn Rand a través del capitalismo, con su versión individualista por el otro. La religión judía está muy viva en ambos, aunque parezcan ser inconscientes de ello, pues sus ideologías se inspiraron en los mitos mismos del judaísmo para maquillarlos de razón irrefutable, creando dos versiones del mismo relato mágico del Progreso, nacido de la Torah: la búsqueda de la Salvación ya sea encarnada en el individuo de Rand o en la muchedumbre proletaria de Marx. Se trata de la búsqueda de la salvación judía mesiánica traducida a un lenguaje académico, es un verdadero delirio religioso colectivo, un mito contaminante, que ha destruido parte de los ecosistemas con la superstición de «controlar a la Naturaleza» y hacer de cada ser humano una copia en miniatura de la imagen de aquel dios controlador «dotado de libre albedrío» que tiene la mitología hebrea: un duende que explora el universo y puja por un propósito incomprensible de «progreso». Nos hemos convertido en imitaciones vivas de «Jehová» encargados de su «misión sagrada» de «controlar y hacer progresar el mundo». Tratar de convertirnos en ese monstruo, precisamente, es la meta del proyecto llamado: modernidad. Se trata de la religión del crecimiento económico. El dogma mágico del libre albedrío o «libertad de la voluntad» nos ha llevado a eso inevitablemente. Es una trampa psicológica.
  • Rematando la idea que estamos tratando de transmitir: el control humano sobre el mundo es una ilusión del cerebro. A partir de los trabajos realizados por el investigador Daniel Wegner todos sabemos que la sensación de tomar decisiones libres proviene de un relato, o reporte menor, producido por una zona del cerebro sobre la conciencia mucho después de que la decisión haya sucedido inconscientemente de forma in-voluntaria y totalmente automática: los seres humanos son autómatas biológicos, por así decirlo. Robots de la Naturaleza hechos de su misma sustancia.
  • El ser humano no tiene el control sobre nada, nunca lo ha tenido y nunca lo tendrá. La Naturaleza, de hecho, lo conduce todo. Es hora de darle fin a la fábula de la autonomía individual a nivel humano en la que se basan las narraciones de la ilustración, la modernidad y el mito de la ciencia moderna.

 

TRAZANDO LA RUTA HACIA LA FELICIDAD

 

  • Ahora, habiendo dejado claro que no existe la voluntad libre y consciente enfoquémonos, solamente, en aquello que, dentro de aquella fuerza universal infinitamente coherente y productiva e infinitamente expresiva llamada Naturaleza, nos pueda llevar, como de la mano, a la felicidad: esta es la única razón para pensar y escribir una filosofía, pues, el presente no es un sistema ocioso dedicado a hacer orgías intelectuales como las que escriben Lukács, Arendt, Ayn Rand y demás brujos del lenguaje, que por medio de su lujuria intelectual embrujan al ser humano con la búsqueda del «progreso continuo» obligándolo a sacrificar la felicidad contra el sentido erótico de la existencia, lo cual, es un acto de deshonestidad imperdonable.
  • Ya que cada ser humano no es realmente un individuo, está sometido inevitablemente a la fuerza de los afectos o emociones nacidos del influjo de causas externas y de las imágenes de las cosas, cuya fuerza sobrepasa la de cualquier sujeto personalmente considerado. Esas imágenes determinan a cada cual, a desear determinadas cosas para obtener placer, y del deseo mismo de placer surgen todos los afectos y sentimientos humanos.
  • El deseo de placer es el origen de todos los sentimientos y conflictos, así como su propia solución.
  • Los afectos dividen al hombre, y toda su vida está condicionada por ellos. Por eso, la palabra pasión significa división: estar fragmentado. Mientras son presa de pasiones los seres humanos están individualizados, fragmentados y divididos los unos de los otros, y también de sí mismos. Hacer de ese estado de «caprichos individualistas» una celebración, como lo hacen Ayn Rand y el capitalismo usando una fachada falsa de objetividad y de uso de la razón no es algo honesto. De hecho, es un crimen.
  • La felicidad consiste en superar el estado de fragmentación, es decir: para ser felices es indispensable conocer y solucionar de una manera, al menos relativa, la esclavitud a la que los afectos nos someten, por ende, solamente es feliz quien conoce muy bien la causa de los propios sentimientos e impulsos de manera clara. Eso es lo que enseñó Sócrates, y es el mismo lema del Oráculo de Delfos: conoce el origen de tus emociones, deseos y lujurias. Conocernos a nosotros mismos significa conocer el origen de nuestras ideas y afectos. Conócete para ser feliz, aléjate del ruido. No te preguntes cómo conseguir lo que quieres, esa es la pregunta equivocada, la pregunta clave es: ¿por qué quieres lo que quieres?, ¿quién o qué te inoculo o te contagió ese deseo, esa idea?, ¿realmente lo necesitas? De hecho, la mayor parte de las cosas que deseamos no nos llevan a la felicidad sino a la angustia, y ni siquiera las necesitamos. La crítica de los propios deseos y «metas» es fundamental para la felicidad. Nuestra sociedad occidental, parida por el cristianismo, nos inculca de manera criminal todo lo opuesto: que la felicidad consiste en «alcanzar sueños y metas». Qué gran error, que criminal es esa enseñanza. Nunca se nos enseña a criticar nuestros propios sueños y nuestras metas y aprender a renunciar a muchas de ellas, dejarlas ir, no apegarnos, lo cual realmente es la clave de la felicidad, pues esas «metas y sueños» rara vez son realmente «nuestros». Por eso la gente cree que el ser humano tiene que tener un «motivo para vivir», como lo enseña el patético personaje del libro «Mientras Duermes». Un verdadero elogio de la envidia victoriosa. Un elogio a la inconformidad. Un hombre que, desde el punto de vista de Epicuro, goza del placer completo y no le falta nada, pero no se conforma, y por ende no es feliz. «Quiere más», busca «un motivo». Un ser humano que jamás ha criticado sus metas y no ha aprendido a renunciar a propósitos innecesarios. Un libro lamentable, vomitivo y posmoderno del cual han hecho una película. La verdad es que cuando hay placer, es decir, cuando no hay dolor y no se tiene hambre, frio ni sed, nadie necesita un «motivo» para vivir: la vida es su propio motivo. Es decir, no hay motivo para vivir ni tiene porqué haberlo, de hecho, es excelente que así sea. No tenemos que buscarles un propósito a todas las cosas como bien lo explica Spinoza en el Apéndice de su trabajo. El placer es el premio de sí mismo, y, por ende, la existencia es el fin de sí misma, es su propio propósito: existir por existir, sin esperar nada trascendental, incapaces de sentir envidia, como Diógenes sereno bajo el sol: esa la felicidad misma. Los cristianos, en cambio, son los que meten ruido, son los que buscan un premio externo y adicional para vivir. Los judíos-cristianos son los únicos que buscan un «motivo para vivir» patéticos miserables. Ellos han inspirado argumentos como los de esa novela que denunciamos, escrita por un italiano que más bien parece judío por su forma de pensar. En una sola frase: un artista posmoderno, que más se podía esperar.
  • Los sentimientos humanos se refieren a lo que siente el cuerpo, y los afectos a lo que la mente piensa de aquello que siente el cuerpo: el centro de atención de la mente es su propio cuerpo directa o indirectamente.
  • Todo afecto se refiere al placer (o la alegría) del cuerpo o a su frustración, es decir: el dolor. Por ende, no hay otro origen de los afectos que el placer. Incluso el amor más puro e incorpóreo se basa en la búsqueda del placer existencial, y de fondo, se refiere a lo sexual como su energía de base última.
  • Los seres humanos no piensan a partir de la razón sino a partir del sentido del placer y el dolor del cuerpo, pues, como bien lo saben los médicos, el cuerpo tiene su propia sabiduría, y nadie hasta ahora ha determinado todo lo que puede hacer el cuerpo por sí mismo.
  • Dentro de este marco de ideas, el placer más idóneo para el cuerpo humano es el sexual: no sólo porque es aquel con el cual fuimos engendrados sino porque, además, es el que se identifica con el cuerpo de la más óptima manera, desde su propio diseño natural.
  • De esto se deduce, necesariamente, que todos los afectos y sentimientos humanos tienen un referente sexual.
  • Lo sexual es el centro del sentido la existencia misma.
  • Más arriba explicamos que el universo erótico es la suma de todas las alegrías en ausencia de angustia existencial y en afirmación de la vida; por ejemplo: conversar con amigos, estudiar, escribir: todo es erótico. Pero, hay placeres contaminados con angustia. Incluso la guerra y el asesinato son actos eróticos: casi siempre descarrilados porque son esfuerzos desesperados del ser humano por quitarse de encima algo que lo entristece, o sea, algo que frustra su placer existencial, pues, como ya lo veremos, el odio es el esfuerzo mismo por excluir la imagen de algo que nos roba una alegría o placer, y, por ende, nos frustra o entristece (el «enemigo»). Eso explica el origen de toda guerra.
  • De lo anterior se infiere que hemos subestimado demasiado el poder del placer siendo que es el asunto más serio de la vida y el motor de todos los actos, desde los más monstruosos hasta los más nobles. El panerotismo es coherente con los hechos de la vida humana.
  • Como resumen general: el placer entendido del modo más integral, como la alegría existencial misma, señala el sentido de la vida humana, el significado de la vida no se encuentra en el ideal de trabajo y progreso ni tampoco en la trascendencia sino en lo sexual que es la parte más material, básica, concreta y fisiológica de la vida: ahí se encuentra todo el sentido de la existencia humana que debe ser satisfecho.

 

EL FUNCIONAMIENTO DE LOS AFECTOS

 

  • Hay tres afectos humanos básicos que explican a todos los demás, y estos son: el Deseo, el Placer mismo y la Tristeza que se corresponden con las fases alternativas de Excitación del placer, Placer alentado o Placer Frustrado.
  • Estos afectos también pueden ser llamados: Apetito o deseo, Alegría o placer y Frustración o tristeza.
  • De ellos se derivan dos afectos más: el Amor y el Odio para completar finalmente los cinco afectos fundamentales del ser humano: Deseo: Alegría, Tristeza, Amor, y Odio, de los cuales surgen todos los demás sentimientos posibles.
  • Definimos el Deseo como el esfuerzo por perseverar en el placer de existir: para seguir experimentando placer.
  • Todo deseo, en tanto que el ser humano tiene un cuerpo, se relaciona con lo sexual como su sustancia.
  • El deseo se explica así: el ser humano es un agente de la Naturaleza que intenta seguir existiendo, no por el mero hecho de existir, sino para continuar gozando de la plenitud natural misma, en consecuencia, el sentido mismo de su existencia es el placer por el placer buscándolo en todas las cosas. Y recordemos que el placer mejor y más naturalmente dispuesto para el cuerpo, desde su misma estructura, es el sexual.
  • El deseo es la esencia del ser humano. El deseo es el esfuerzo por gozar la vida y permanecer en ella.
  • Lo anterior significa que en realidad el sexo es la esencia humana, pues, recordemos que el deseo siempre es deseo de placer o alegría, que son una y la misma cosa, y toda alegría o placer finalmente no es más que un estado sexual modificado. Por ende: lo sexual es la última y verdadera búsqueda y esencia del humano. La antigua palabra india kwepp indica algo que está excitado y «hierve», ese es el origen de la palabra deseo en latín: cupiditas, venida del verbo cupere el cual se relaciona con concupiscencia o lujuria, codicia erótica. Además, es igualmente la raíz de Cupido el dios romano del deseo sexual. También tiene relación con la palabra Glotonería que viene de una forma del mismo verbo convertido en objeto: cuppes, gula. La relación es clara. Se quería dar a entender que todo deseo es un apetito sexual modificado y tiene siempre un fundamento sexual: sin importar lo «espiritual» que nos parezca en un momento dado. Por lo tanto, cuando decimos que el deseo es la esencia del hombre eso significa realmente que:
  • El sexo es la esencia del ser humano.
  • Seamos claros: la vida es su propio motivo cuando no hay dolor. El placer es la ausencia de dolor. Los seres vivos no buscan la vida por sí misma sino por la ausencia de dolor que puedan gozar. En otras palabras: por el placer. Cuando se elimina toda esperanza de placer y se deja solamente dolor y desesperación la vida ya no es deseada. Recordemos que el hecho de existir sin dolor, compromisos ni preocupaciones es el placer más grande en sí mismo. Para eso basta tener paz mental, además de no tener hambre, frio ni sed. La tranquilidad es el máximo placer erótico. La ausencia de inquietudes. Por ende, todo deseo de sentirse bien y tranquilo finalmente es erótico. Por lo tanto:
  • La vida es Voluntad de placer.
  • La vida es erotismo constante.
  • El Placer o Alegría, a su vez, se define como el goce que experimenta la mente cuando el deseo se ve cumplido o alentado. Por ende, es muy fácil engañar a la mente: basta con hacer experimentar al cuerpo un placer para que ella se aferre al mismo. Los seres humanos pueden ser llevados a las adicciones fácilmente, y ser engañados con la promesa de «progreso», que, creando la ilusión de un placer futuro les hace destruirse en el presente como el ratón de laboratorio que presiona un botón hasta morir, intentando estimularse infructuosamente: esa es la vida del adicto. Esa es también la vida de la modernidad de la cual todos son adictos —sin ser conscientes de ello—.
  • La Tristeza es el deseo de placer frustrado: ya sea frustrado con represión o con complicación.
  • El Amor es el Placer mismo, asociado con la idea de una cosa externa que lo produce, y el Odio es una tristeza, o lo que significa lo mismo: una frustración asociada con la idea de una cosa externa.
  • La obsesión marxista y capitalista de la modernidad con la idea del «progreso» y el «crecimiento económico» constituye en realidad un cierto tipo de adicción que hace de sus seguidores un cierto tipo de adictos por «el cambio» y «la innovación» como valores religiosos-mitológicos.
  • Siendo el amor el placer mismo asociado a la idea de una causa externa, toda adicción es, necesariamente, una forma de amor, de cuya causa nos hacemos esclavos. Y, por ende, todo el trasfondo de absolutamente toda adicción es el placer sexual frustrado.
  • Todo deseo es un intento de alcanzar placer, incluso si pasa indirectamente por el dolor. Y siempre hay un contenido sexual en todo placer, incluso cuando es intelectual pues el objeto de la mente humana es el cuerpo.

Aclaración: hay una consecuencia política de todo esto: siendo que el odio y la frustración (del placer) son una sola y la misma cosa, entonces, de esto se sigue, como veremos más adelante, que si se desea hacer que la sociedad sea menos desdichada, cruel e injusta, es necesario acabar con su frustración por medio de entender, facilitar y pacificar la búsqueda del placer, en específico, en su forma más material y concreta que es lo sexual, reconociéndolo específicamente como el Derecho político fundamental a la Realización Sexual de cada ser humano en su propio cuerpo (no mirando pasivamente a otros simplemente por medio de «videos porno»). En palabras mucho más planas y simples: estamos hablando del derecho al orgasmo. El derecho político al orgasmo en contacto directo de piel-con-piel: para ser exactos. Recordemos que el porno industrial va contra el sexo y lo frena aparentando promoverlo, es represión asolapada porque tiene la meta no-consciente de obligar a los seres humanos a unirse con dispositivos, con representaciones, con cosas no-humanas. Está hecho para aislar y separar a los humanos entre sí evitando que físicamente se toquen. Por eso es contra-social, antisocial y va contra-el-sexo mismo. Por el contrario, el hombre y la sociedad necesitan más orgasmos reales para realizarse. No orgasmos —en frío y en lo solitario— obtenidos con porno, con cables pegados al cerebro, con sexo a distancia. Hablamos de i-rrealidad virtual, muñecas y androides. Se necesita todo lo contrario, como lo propone el hedonismo fundado por Aristipo: sexo de contacto en la carne viva, directamente con nuestros semejantes reales. En mutuo reconocimiento social. Se trata literalmente del derecho humano al orgasmo con otros seres humanos.

 

LA IMPORTANCIA DE EXCLUIR LA CREENCIA EN EL LIBRE ALBEDRÍO

 

  • No podremos odiar demasiado a nadie, ni tampoco apasionarnos demasiado por nadie, ni necesitar demasiado de nadie sabiendo que ninguna persona es realmente la autora del bien y el mal que «nos hace», del placer y dolor que nos produce. Seremos más capaces de comprender las causas de los problemas humanos observando como cada cual se comporta de cierta manera siguiendo necesariamente unas causas: como un autómata biológico sin libertad de elección. Pensando así, todos los afectos y pasiones tendrán muchísimo menos poder y fuerza sobre nosotros para someternos. Por el contrario, entre más imaginemos que las personas son realmente «individuos» poseedores de una mágica y soberana «libertad de elección» más intenso será nuestro odio y amor hacia ellas (incluso el odio hacia nosotros mismo) y más fuerza tendrán las pasiones para dominarnos pues nunca podremos hallar la razón de nada, estado al cual se denomina: infelicidad. Por eso, es tan primordial refutar esa doctrina proveniente de la religión judía llamada: libre albedrío y ayudarla un poco a esfumarse de cada sociedad.
  • El nefasto legado que recibimos del judaísmo fue haber aprendido a creer en el libre albedrío. Creer en eso inevitablemente conduce a reforzar el odio en el mundo pues el odio aumenta al imaginar la libertad y premeditación libre del otro para hacernos «el mal». Donde se cree en el libre albedrío hay desdicha.
  • Hagamos a esta altura de la reflexión, una aclaración y una pequeña digresión: mientras creamos tener libre albedrío no podremos entender las causas de nuestros afectos: pues pensaremos que la causa de todo es el capricho del individuo (idealismo subjetivo cercano al obispo George Berkeley). La explicación de todo, según eso, somos «nosotros mismos» y nuestra «libre voluntad», así que no hay causalidad que dé razón de nuestro «inexplicable» comportamiento. «Simplemente hay algo que está mal en el ser humano». «El problema no está en la sociedad sino en ti» es la respuesta que dan los posmodernos con una sonrisa malévola y descarada. De acuerdo con esa manera de ver las cosas somos impredecibles, indeterminados, «libres», misteriosos, y absurdos. Esa es la ideología con la cual el judaísmo dibuja al ser humano, y es la misma que usa Hollywood para representarlo. Abramos los ojos.
  • Por ende, si la felicidad consiste en entender las causas de nuestros afectos, entonces, no podremos ser felices nunca explicándonos como individuos dotados de la «libertad de la voluntad». Tenemos que empezar a ver más allá de nosotros y examinar las causas externas que nos empujan a actuar de cierta manera: más allá del mágico «individuo». Hay que regresar a la conexión causal con la Naturaleza. Ella es la causa de las cosas. No soy «yo», ni eres «tú», ni se trata de «mi decisión» ni de la tuya. Es siempre la naturaleza la que hace todo. Nosotros simplemente la expresamos de una manera determinada o particular.
  • Si nos consideramos individuos aislados de todo, soberanos, dueños absolutos de nosotros mismos, encantados con tener el «control total sobre el mundo» gracias al ilusorio «poder de la razón», arrogantes e idólatras de nuestro ego, cargados con el peso de la culpa y la responsabilidad individual, encargados de la misión religiosa carismática de «progresar», «trascender» y «hacer que el mundo avance», etc., con todo eso: quedamos incapacitados para entender nuestros propios afectos, pues, esa ideología nos hace creer que la causa de todo viene de nuestra soberana e inexplicable voluntad libre: misteriosa, enigmática y mágica. Una voluntad nacida de la nada: sin causa. Esa falsa doctrina de la culpa humana es muy popular en las universidades, donde, en medio de muchas personas sensatas desafortunadamente también existe un número relativamente bajo de soberbios y narcisistas, provenientes de una clase media pequeñoburguesa, muy pueriles, que pretenden «trasformar el mundo» sin primero conocerse a sí mismos, pues, creen arrogantemente que «ya se conocen», y, además, para empeorar las cosas, a los veinte años de edad asumen que ya han superado toda la filosofía antigua y que no la necesitan: sin haberla conocido. Hablamos de crasos analfabetos filosóficos, que olímpicamente se adjudican la capacidad de entender y manejar la Ciencia Política y del gobierno: cuando ni siquiera se gobiernan a sí mismos. Patéticos: lo mejor es alejarse de tales «libertarios». Tontos Necios y Transformadores de
  • La superstición del libre albedrío nos hace creernos mágicos, incomprensibles, culpables, «malos por naturaleza»: esa es la visión judía y cristiana del ser humano, eso se llama: antropología negativa. Semejante mitología nos hace ser más susceptibles de caer en dependencias y adicciones. Por eso no es raro que esa ideología sea defendida por modelos de la industria porno y por vendedores de estupefacientes, ya que nos abre las puertas a infinitos deseos de consumo ególatras que de hecho son imposibles de satisfacer. Por eso, es tan peligrosa la filosofía del individuo, aunque parezca racional: es una trampa narcisista.
  • Personajes mediáticos como «Amarna Miller», que son como la versión pop de Ayn Rand, señalan que la felicidad consiste en afirmar los «pequeños caprichos individuales»: esa es, precisamente, la fábula de la posmodernidad y se trata de un enemigo filosófico de la felicidad auténtica, ya que impide poner el centro de la vida únicamente en comprender las causas de los afectos, y dejar a un lado —al menos por un segundo— la infantil afirmación de las «libertades individuales» pueriles.
  • El deseo y el amor son el placer mismo y se alimentan el uno del otro, mientras que la tristeza y el odio son la frustración misma, es decir: el bloqueo del placer, o sea: el dolor. Por ende, todo deseo es despertado por la fuerza de unas causas ajenas a la conciencia más allá del individuo. Recordemos que todo placer es deseo alentado o cumplido, mientras que toda tristeza es deseo o apetito frustrado.
  • Quien, a propósito, hace nacer un deseo o excita un deseo en otra persona y no tiene la más mínima intención de cumplirlo está cometiendo el primer intento de homicidio, pues, causar tristeza o frustración a propósito es el comienzo mismo del asesinato, ya que la tristeza es la primera negación de la existencia. Ese intento premeditado es lo que comete la industria de la pornografía: despierta el deseo de contacto sexual para no cumplirlo. Es una generadora de frustraciones sexuales y por ende existenciales, pues el sexo es la existencia misma.
  • Para lograr la plena realización de contacto sexual para todos, en los hechos reales, en carne y hueso, se deben quitar de lo sexual muchos los condicionamientos de miedo y culpa que le han sido impuestos por el judaísmo y el cristianismo, en especial y para ser específicos: se debe superar la lógica sexualmente represiva del porno industrial que está diseñado específicamente para asociar el sexo con la idea de compulsión, para arruinarlo y desterrarlo al mundo de lo no-político, es decir: al mundo de lo sombrío, de la clandestinidad, de la fantasía irrealizable, cuando, de hecho, es lo que más se necesita en el mundo político y franco de la realidad y de lo realizable en actos sexuales concretos en directo: aquí y ahora: en acción conjunta con otros. En acción política, pues el contacto sexual es lo político.
  • Aunque se pueda creer lo contrario, el hedonismo, es decir, la filosofía cuyo centro es el placer, es totalmente opuesto a la pornografía industrial, pues esta industria —aunque aparente hacer lo opuesto— está hecha para suprimir y reprimir, e incluso para prohibir e impedir el placer, y eso, será planteado a todo lo largo de toda esta brevísima ética. El porno, paradójicamente, oculta la solución para que no sea vista. Se trata de la liberación total de los valores morales sexuales. Liberación social y política del contacto sexual real y directo de contacto, pero sin presencia de pornografía industrial.

 

ACLARACIÓN IMPORTANTE

 

  • No podemos avanzar ni un solo centímetro más sin aclarar algo primordial: el serio problema de la industria pornográfica que hemos mencionado es que está contra el sexo ya que nos aleja del contacto físico. Así es, has leído bien. Es decir: el porno va contra el sexo e impide la realización del sexo mismo. Coarta la libertad de expresión sexual de cada persona —aparentando hacer todo lo opuesto—. El porno es represión sexual neta. Es un bloqueo y alejamiento de lo sexual. No hay nada más político que controlar y marcar la pauta de la sexualidad, el porno hace eso, por ende, hace política y su más grande acto de poder es convencernos de que no tiene nada que ver con lo político. Finalmente trata de expresarse por los demás al limitar o definir el sexo para todos. Una vez más: eso es un acto político. Esa industria tiene aspiraciones de poder sobre la mente del ser humano y esto se llama: delegación política-sexual a un tercero. «Comisionar a otro para que folle por ti a una mujer o persona que deseas: puesto que nunca vas a poderla tocar». Fabricar ídolos sexuales, «penes de oro» para la gente, los cuales se costean deshonestamente su autorrealización sexual privada y personal gracias a despojarle ese mismo poder de autorrealización sexual a sus seguidores: por medio de manipular el lenguaje jurídico y conducir los impulsos eróticos colectivos. Ya lo habíamos dicho desde la introducción: siempre mencionamos la palabra —industrial— después de la palabra pornografía para recordar que no estamos criticando otras formas artesanales históricas de lo pornográfico muy positivas, tales como: el intercambio persona-a-persona de imágenes eróticas y relatos en antesala al acto sexual entre la gente anónima. En ese caso, nadie está cediendo ni delegando su poder o derecho sexual a un «actor», no se está creando una «estrella» ni hay cabida para la adoración de un líder carismático o una personalidad, como sí sucedió temporalmente en el caso Marina «Amarna Miller» a finales de la década de los años diez del siglo XXI, cuyo discurso hemos ayudado a refutar y desarmar. Nos oponemos al porno como fenómeno capitalista, que es —muy diferente— de cualquier otra forma histórica de lo pornográfico. Cuando fabricamos una «estrella porno» estamos automáticamente creando un represor sexual: un tirano. Nuestra crítica no va tampoco contra todas las formas históricas de «pornografía» que hayan existido en la antigüedad, sino solamente contra el mainstream o corriente principal capitalista de la «industria» del «entretenimiento para adultos» —qué gran eufemismo para evitar decir: mafia— cuya base principal se encuentra ahora en el valle de San Fernando, California, Estados Unidos, y que nació en Suecia el dos de Julio de 1969 a partir de la legalización escandinava de la pornografía y la aparición en escena de los hermanos Peter y Jens Theander, productores legales de pornografía infantil, cuyo principal «modelo» se llamaba Antonio Tano y cuyo eventual sucesor fue Ignacio Jordán (se escribe con una sola ‘n’ más bien que «Jordá»), junto con más de diez mil modelos actualmente registrados que literalmente sustraen la vida del resto de la humanidad. Un mundo al cual la realización sexual segura le es tajantemente negada —en la praxis abierta cotidiana y directa—por ausencia de unas garantías políticas y sexuales que han sido captadas y acaparadas por el porno. Hablamos del porno industrial: con nombres propios y fechas. Planteamos que esa industria debe sujetarse jurídicamente al uso obligatorio de condones para dar ejemplo a los espectadores (imitación de los afectos) y, sobre todo, para impedirle lograr el objetivo de causar envidia-sexual. Además, establecemos que debe contribuir con impuestos que ayuden a garantizar la salud y la realización sexual de la gente, entre otras cosas. Para más información remitirse al libro: Refutando a Amarna Miller, página 1. No desanimamos a la gente a compartir lo erótico de manera directa uno-a-uno, en una pornografía anónima, artesanal y sin aspiraciones de dominio político sobre la mente del otro, siempre y cuando el acto sexual en físico no sea sustituido por meras imágenes, pues, a partir del pensamiento filosófico de Aristipo de Cirene establecemos que lo principal es el placer directo con otros en carne viva: no el imaginario de los videos (oposición al platonismo). Estamos atacando de raíz aquí un cáncer que oculta el porno: la represión sexual hecha por medio de imágenes eróticas para la evasión del contacto físico, pues atenta contra la autorrealización sexual directa, concreta y corporal de cada ser humano al nivel existencial más serio. La sociedad ha quitado el sexo para dejar en su lugar porno, y no son lo mismo, pues, el sexo implica el contacto directo físico de la piel y la mínima relación social con otras personas, ¿es eso muy difícil de entender?
  • La visión que tiene la industria pornográfica con respecto al sexo consiste en la ideología cristiana misma de la represión transmitida por medio de imágenes. Ese sesgo se debe superar y dejar atrás, para que, en vez de consumir porno pasivamente —el cual es realizado por una mafia de unos pocos parásitos sociales que se han garantizado la realización sexual únicamente para su círculo social cerrado, bajo el titulo falso de ser «actores» o modelos— la sociedad se dedique, más bien, a facilitar y llevar lo sexual a la realidad de contacto directo, presencial, física, corporal, material y concreta, en la praxis, no apenas «mirando» videos, sino en carne y hueso para todos: bajo marcos de seguridad médica y legalidad —sin sentido de culpa—.
  • De esta gestión depende el buen funcionamiento de toda sociedad. Roma, Grecia, y otras naciones tan indígenas como ellas, tenían mucha más madurez política que la actual posmodernidad respecto a esta tarea social. El sexo y las relaciones finalmente dependen de las pautas sociales al ciento por ciento.
  • Quien, a sabiendas, intenta dejar al ser humano plantado con el deseo frustrado, aplazado o burlado, comete el primer intento de homicidio, y, por ende, es un criminal.
  • Como lo mencionamos más arriba, a lo largo de la reflexión demostraremos que la pornografía industrial es contraria al hedonismo, pues, es un mecanismo creado para excitar el deseo de placer para frustrarlo sin tener la menor intención de cumplirlo en la realidad del contacto físico presencial, corporal y concreta con otros: un atentado contra el sexo cometido dentro de una sociedad-política sexualmente excluyente.
  • La industria porno responde que con la masturbación basta y sobra. ¿Es eso cierto? El acto masturbatorio solitario «mirando porno» no es un sustituto de la catarsis: el desahogo, la expresión y la depuración pasional de un acto sexual interpersonal —vivido en carne propia—. El detonante del placer sexual es el hecho de estar siendo reconocido y admitido por un ser humano en la cama para el contacto directo (variante de la tesis del reconocimiento de Hegel). El sexo es la búsqueda máxima de reconocimiento a través del contacto erótico del cuerpo para lograr catarsis. El ser humano es un animal social, es decir, sólo existe mientras sea incluido en un «ethos» o construcción social: y eso aplica primero que todo para el sexo. Por eso el porno es la alineación y la más grande negación del sexo. Mirando porno no cabe la más mínima posibilidad de gozar del contacto físico de la piel de otro, ni de ser admitido o reconocido sexual y políticamente por otro ser humano —sencillamente porque ahí no hay otro, no está— son sólo sus imágenes pasadas. Es elemental: se trata de un aparato muy represivo que está en contra del placer —aunque aparente lo contrario—. El goce sexual proviene de ser reconocido por el contacto piel-con-piel de otra persona que admite ese contacto. Por ejemplo, la modelo porno no da su consentimiento para acostarse contigo, no te admite. Ella admitió a un fulano que le muestran por catálogo: y ese tipo no eres tú. De hecho, nunca lo serás. Esa persona reconoce a un ente ajeno con quien aceptó y se sometió a su contacto para alcanzar el placer sexual egoístamente porque le gusta y lo desea. En cambio, a ti nadie en ese escenario, nadie, te quiere en su cama. Eres menos que un cero, menos de una centésima de persona en esa realidad. El porno te hace sentir la nada que desea que seas, esa es su misión, y te convierte en nada, eres el sujeto número millón doscientos mil que mira ese video. Eres un montón de ceros seguidos de una coma: menos que nada. En suma, esa modelo porno, esa persona que deseas y que despierta un deseo en ti no tiene contacto de su piel contigo. Definitivamente no se acuesta contigo y no puedes jamás obtener ningún placer auténticamente sexual de eso. Te quedas masturbándote quizás con unos reflejos de su imagen que no te van a proporcionar la vivencia del orgasmo real con ese ser humano que no admite estar contigo. No hay catarsis o desahogo. No podrás tocar su piel ni saber cómo realmente se siente estar con esa persona. Estar es existir, así que no existes porque no estás con ella, el placer, por ende, no existe. En cambio, el placer del sexo que produce la intensa liberación de la catarsis nace de la vivencia real, de sentir la piel, de interactuar en físico, de saber que se está relacionado con otro ser humano. Eso no lo puede dar una vacía imagen de video sino, precisamente, el hecho de ser admitido sexualmente por otro ser humano deseable en carne y hueso. El saber que la otra persona admite o desea estar contigo por alguna razón es lo que genera el máximo placer. En palabras más simples: ser reconocido. Eso es lo que causa la máxima catarsis o desahogo sexual. El modelo porno goza eso en su propia carne para que tú no lo puedas jamás gozar. Te quedas con las migajas que se caen de la mesa: y con esas migajas te masturbas. Ese ídolo porno te roba tu existencia y tu felicidad, al menos en esa realidad irrepetible. En síntesis: el sexo es simplemente un asunto de admisión social para hacer catarsis con el contacto físico de los demás. Ser admitido o no ser admitido por la mente sexual del otro y por sus prejuicios para hacer catarsis contigo. Encajar con sus prejuicios, es decir, con sus pasiones, esa la cuestión que lo define todo. La sociedad y la vida funcionan mejor cuando esa experiencia se garantiza políticamente para todos en carne y hueso. El porno evita que eso suceda, por eso decimos que es reaccionario y represivo: impide la catarsis.
  • Lo sexual finalmente es la forma más fundamental de relación y admisión social: un acto comunicativo de reconocimiento entre seres humanos. Un medio de comunicación de contacto físico de dos vías. De ahí se comprende claramente que la gran ausencia de contacto físico de la que padece el porno —que es de una sola vía— intenta reprimir el sexo pues abiertamente paraliza ese factor de placer interpersonal y comunicativo, único del cual se origina el máximo placer físico-corporal junto con la catarsis a través del desahogo de las pasiones. Estos acaparadores le roban, no sólo la catarsis sexual, sino también el derecho político a la catarsis misma a cada uno de los seres humanos. El porno industrial moderno, en el fondo, fue originalmente hecho para segregar. Para que la sociedad de los que son considerados bellos se quite de encima a los feos para no ser tocados por ellos. La sociedad usa al porno como una máscara para decirle estas palabras a su espectador a través de cada video: —«mira porno, para que no nos toques sexualmente, porque te consideramos feo. No nos toques: tócate a ti mismo, mastúrbate viendo esos modelos porno, seres humanos más bellos que tú. En vez de posar tus ojos sobre nosotros, míralos a ellos que ni cuenta se dan de tu insignificante existencia. A nosotros déjanos en paz, no te atrevas a insinuarnos nada erótico. Apenas toleramos tu presencia en el trabajo, en la calle. Te saludamos y sonreímos con hipocresía, pero no deseamos tus manos sobre nuestra piel porque eres diferente, eres raro: eres feo. Mejor mira porno, eso, mastúrbate solo, toca tu propia piel, eso es lo tuyo: obtener placer solo, mirando por siempre como las generaciones del sexo opuesto surgen pasan sin desearte, refugiándote para siempre en el porno producido por quienes te hemos arrebatado el derecho a ser feliz al segregarte e imponer nuestra belleza sobre tu imagen: reduciéndote a nuestro molde»—. El consumidor trata de evitar oír esas palabras que el porno le dice entre líneas en cada video, su defensa es tragarse su humillación existencial y asumir una pose de «no me importa sólo quiero masturbarme». Es cómplice de su propia humillación. Por eso el porno en cada video vende rabia, inhumanidad, maltrato, sexo-odio, es el resentimiento de ese ser humano marginado por ser «feo» repetido en millones de visitas a un canal porno. Es el retorno del hombre reprimido al cual se le vende lo que quiere ver: la causa de su tristeza siendo humillada, la mujer como objeto de tortura siendo defecada y orinada. Pero incluso en ese también es engañado, la modelo porno se ríe, nunca es humillada, ella «tiene el control» como solía decir la señorita Marina «Amarna Miller» y también Marina Hantzis.
  • Los modelos porno simplemente son captadores abusivos del deseo sexual y existencial Para que millones de reprimidos puedan tener una sexualidad puramente imaginaria, incorpórea y sin contacto, los que realizan porno necesariamente deben vivirla realmente y con pleno contacto sexual, corporal y físico siendo los únicos que logran la autorrealización. Únicamente ellos se benefician de todo este sistema de represión sexual. Esta es la nuez criminal del asunto.
  • La pornografía industrial, usa la lógica de Hooters: ofrece «mujeres-objetos» sexuales, absolutamente in-tocables. Una vez hechas video se convierten en imágenes intangibles. Al espectador se le obliga a tocarse a sí mismo, pero: a ellas jamás: esa es la cuestión clave y crítica de toda esta filosofía. Nadie podrá tenerlas fuera de la mafia del porno. Esta es la nuez del asunto: incita, al mismo tiempo que prohíbe de la manera más represiva: haciendo irreal o in-material el sexo, haciéndolo imposible. Incitar para frustrar es la mejor manera de prohibir algo, desanimando la esperanza de tenerlo, y, sobre todo: la aspiración política de conseguirlo. Eso es lo que denuncia el hedonismo.
  • En pocas palabras: el porno es sexo platónico y enfocado como algo sombrío. Así de sencillo. Por esa razón el porno industrial está contra el sexo, en palabras planas: el porno es un mundo del más allá, es trascendente. Sexo sin cuerpo y sin el contacto del cuerpo de otros. Sin estar presente. Intangible, fantasmal, sin personas. Es ausencia total de placer y presencia total de la envidia y anhelo frustrado. Una negación absoluta del placer de la carne. Una manera hipócrita de decirle NO al sexo y a la admisión a la vida política-sexual con otros. En realidad, el porno industrial no es sexo apto para seres humanos sino para seres des-humanos: seres sin cuerpo, que no pueden gozar la piel de su cuerpo con el cuerpo de otros: entes que han sido deshumanizados. Sexo en soledad existencial y con resignación a no vivirlo en la carne viva. El porno es sexo sin sexo. Sexo sin piel y sin asociación con nadie. Al terminar de ver porno se le pregunta al sujeto: —¿tuvo usted sexo con alguien?— la respuesta es no, así que se le dice: entonces no hubo placer realmente, el placer fue impedido. Todo fue mentalizado. El porno reprimió el placer de la carne. La idea que nos trae el hedonismo es muy sencilla: La tesis central de la filosofía de Aristipo y los cirenaicos es que los placeres del cuerpo o de la carne son superiores a los mentales. El porno es netamente un placer mental. Una intelectualización del sexo. Para el espectador es mental. El que mira no existe en la escena sexual, no realiza ninguna acción, no está presente. Puede dirigir a distancia una escena de cámara de sexo por internet, pero no es más que un director-ente invisible y platónico sin cuerpo. Para el modelo porno o ejecutor del acto sexual se trata de su placer real, corporal, positivamente existe, está presente en cuerpo propio: he ahí la gran desventaja y la gran estafa existencial que comete el porno contra cada ser humano: contra el espectador. Es un concepto práctico y bastante sencillo. Eso es justamente lo que fabrica el porno: espectros. El porno es platónico y por ende está hecho para impedir y evadir el placer. Vivir sexualmente con porno es tener sexo con espectros, con fantasmas: es aceptar con resignación no haber sido admitido, ser del grupo de los que sobran. No existir para la realidad. En suma: es una sexualidad a-política, posmoderna, extraviada en la idea de individuo en su burbuja religiosa. Por eso «Amarna Miller», una modelo porno, defiende tanto la entelequia metafísico-religiosa del individuo y las «libertades personales». El porno individualiza, aísla, justamente para eso fue diseñado: para segregar. No se trata de vender sexo sino de vender aislación y soledad existencial: esa es su mercancía de venta. Esa es la raíz del carácter literalmente anti-social o contra-social de esa actividad, es decir: su espíritu opuesto a socializar al humano con el humano y partidario de unirlo con entes: dispositivos, máquinas, videos y muñecas inflables. Cada pornógrafo es un represor y un supresor de la libertad humana. Es un tirano. Políticamente, toda sociedad necesita un balance y un desfogue emocional entregado mediante el contacto presencial de la piel en carne viva del sexo directo. Para que la sociedad sea políticamente libre se necesita de sexo epicúreo-cirenaico: en cuerpo propio, no sexo platónico como el porno. La ironía es que, algo que parece tan lejano de la religión como la pornografía industrial en realidad es una manera cristiana neta de espiritualizar el sexo. Lo convierte en ideas de sexo, en imágenes de sexo, pero nunca en sexo carnal directo. El porno es la sexualidad quitada antisépticamente del sexo mismo. Una parasexualidad, una postsexualidad. Algo así como respirar aire sin oxígeno. La esencia del placer erótico radica en la carne viva y en el estar sexualmente con otros franca y políticamente: esa es la tesis central de Aristipo. Pero, alguien cuyo deseo de control, cuyo odio y deseo de venganza contra la mujer como género y contra la infancia es tan fuerte que quiere someter a niños y mujeres a que tengan sexo mientras se comen su propio excremento no querrá estar con otros políticamente ni deseará su nombre se sepa, más bien buscará anónimamente en los canales de webcam quien le haga esos videos por dinero. El porno está diseñado para los reprimidos llenos de odio. Busca hacer explotar el odio y el deseo de venganza contenido en forma de masturbación. Es odio masturbado. Venganza por frustración sexual o simple deseo judío-cristiano de dominar el mundo entero. Por eso el porno le ofrece una salida no política, clandestina y en la oscuridad y a ese odio. Es sexo para seres infelices. Por eso niega la presencia real y franca corporal de la piel de las personas, el estar en físico, es algo mental, es una mentalización judaica del sexo. Una idealización de la perversión cristiana que proviene del mito de la religión judía sobre un personaje llamado Lilith. Niega la carne viva, por ende, es la represión y la negación del sexo. No deja de ser curioso que el porno, que hace tanto alarde de poder, finalmente sea el más patético himno a la impotencia humana: el lugar perfecto del «quiero y no puedo». La perversión judíacristiana idealiza a la perversión misma en un jardín platónico llamado porno, pero ese mundo es el espacio de los impotentes de la vida y del placer, esa es la gran ironía. Sin otros no hay placer, ni siquiera perversión. El placer es algo político: nace de ser admitido, se hace con otros. No en la patética soledad del mirar una imagen sexual que se mueve pero que está existencialmente muerta: no existe. Por todo eso el porno es algo que debe ser superado. La muerte al porno es decirle sí a la vida y al placer máximo del sexo
  • El porno industrial convierte la realización sexual en una tarea cristiana: el espectador es inducido a ser excitado, pero es «su» problema, su culpa, su «responsabilidad individual» resolver aquello se le incitó a desear: se trata de la aplicación concreta del dogma del libre albedrío judíocristiano que implica la culpa o la «responsabilidad» del falso individuo. La palabra culpa significa: ser quien responde para recibir algo, ser el objetivo de un golpe o un colpo, palabra que, a su vez, se relaciona con corpo o cuerpo. Se trata de: ser el cuerpo señalado. Estar señalado por una flecha que individualiza a alguien: para recibir o cargar Esa es la raíz de la palabra culpa. Eso es lo que intenta hacer la creencia mágica del libre albedrío: cargar a cada persona con un peso que no le corresponde llevar a cuestas. En otras palabras: cargar al ser humano con una cruz. Por eso el dogma del libre albedrío es la columna vertebral del judíocristianismo, también de la modernidad y de industrias como el porno.

 

  • La masturbación solitaria con videos —mirando gente distante que nunca vamos a conocer— no resuelve la búsqueda de contacto corporal y comunicativo del sexo interpersonal: sólo la esquiva. En cambio, la comunidad de la industria porno practica el comunismo sexual: es sexualmente comunista. Como un Gran Hermano dicha industria sí les resuelve ese problema existencial a sus miembros, lo soluciona colectivamente y no individualmente —como le ordena hacerlo a los demás— nótese la gran hipocresía: «señor espectador: usted como un frustrado ente automasturbatorio resuelva en solitario y por sus propios medios el problema del contacto sexual. Sea maduro, cargue con la cruz y asuma su responsabilidad como una culpa individual, mientras que nosotros no lo resolvemos individualmente ni tampoco solos sino apoyándonos mutua y colectivamente para tener sexo real y seguro con otras personas dotadas de una belleza muy sobresaliente: viviendo a costillas del dinero suyo y del resto de la sociedad en una comunidad cerrada». De los bolsillos de los frustrados sexuales del mundo entero esa industria reúne para sus «hijos» una colecta millonaria, un crowfunding, amasa esos medios y los usa para garantizarles a los miembros de su familia-porno la realización del contacto sexual seguro en la vida real: brindándoles toda la catarsis sexual que necesiten. Al tiempo, excita y vende ese mismo deseo en los que están afuera—pero— negándoles cualquier medio —aparte de la mano— para realizarlo. —¿Y, acaso por qué íbamos a darles tales medios? —, responde Ayn Rand: —vivimos a costillas del mito del individuo: somos fundamentalmente cristianos y creemos en la libertad de la voluntad: por ende, cada cual debe resolver ese problema como pueda. No es responsabilidad del porno: sino de cada individuo y su culpa personal—. Y «Amarna Miller» aplaude emocionada, pues finalmente dice lo mismo que Rand usando un patético formato pop.
  • Esa industria incita un tipo muy particular y doloso de deseo sexual —proyectado desde la idea judíacristiana de transgresión o pecado— para reprimirlo. Incita y excita para frustrar. Se trata del acto más deshonesto según el hedonismo cirenaico: excitar el placer para convertirlo en odio o frustración —que son uno y lo mismo—. El modelo porno promedio, como la señorita Marina Hantzis —otra de ese gremio— siente que esa industria le confiere poder femenino pues es consciente de la invisible frustración y dominio que su imagen causa en una multitud masculina reprimida. Por eso habla de «porno feminista»: como si el feminismo se tratara de una especie de pasión ciega de burda «venganza contra los hombres». Hantzis trata de asociar el sexo con actos defecatorios corporales que son considerados poco «higiénicos» o sucios desde la infancia: la idea es desafiar el asco para obtener poder político e influencia ante los demás exponiendo una imagen de rebelde o «transgresor» del ideal de la familia tradicional de la mujer pura y limpia. Obtener dominio político parasitando los miedos sexuales y deseos ajenos es algo criminal. Esa es la esencia represiva y filosóficamente anti-social del porno a nivel industrial que origina un invisible pero intenso odio social contra la mujer como género: alimentando el imaginario que produce los feminicidios. Hantzis, una mujer, gana poder y dinero aguijoneando el odio hacia la mujer como género pues eso es lo que el porno finalmente vende. El consumidor pesado de pornografía no alcanza satisfacción con nada. Su capacidad de excitarse se va perdiendo y necesita un estímulo visual cada vez más monstruoso que le produzca un poco de adrenalina. Dada su impotencia mental acumula una gran sed de control que se enfoca por la vía sexual y, además, un gran odio hacia las mujeres, que muchas aprovechan para sacar dinero de sus bolsillos, pues se ofrecen para ser humilladas o fingir serlo. Por eso, este tipo de consumidor se introduce en sitios donde se ofrecen espectáculos sexualizados a distancia de cámara de internet (webcams) para tentar con dinero a alguna persona con el fin de que se atreva a realizar cosas muy estercolizas que estimulen su mente ya imposible de ser excitada. Como si fuera un alcohólico pesado, ha alcanzado un nivel de tolerancia alto que le impide llegar «embriagarse» por mucho que beba. Necesita litros y litros de material para obtener el mismo efecto que normalmente conseguiría con muy poco estímulo natural. No puede alcanzar el placer. Lo mismo les sucedía a los personajes del marqués de Sade los cuales se debían someter a tenaces, sucias y largas sesiones para alcanzar un muy regular clímax. El punto es que, buscando algo que lo pueda excitar, ya que nada lo satisface, este tipo de sujeto se suma a otros millones con el mismo problema que nuestra sociedad occidental cristiana ha creado. Son quienes sueñan con lograr algún día producir videos snuff. Se introducen en las salas de webcam, y, de hecho, si fueran capaces de poner sus pensamientos en orden —y si se entendieran a sí mismos—, hablarían del siguiente modo, y con estas palabras a saber: —«soy consumidor de porno pesado y quiero ver al objeto de mi odio siendo castigado. Deseo ver mujeres teniendo relaciones incestuosas con sus hermanas o madres, siendo defecadas en la cara, comiendo heces, escupidas, torturadas, gritando, recibiendo empalamientos, golpes y lesiones, teniendo sexo mientras son insultadas, y si se puede, ojalá siendo asesinadas al final. Pago mucho dinero por ver eso. Las quiero ver degradándose porque les odio pues no puedo alcanzar satisfacción con ellas. Además, nunca me admitieron para el contacto sexual, solamente me admiten a distancia, nunca en piel: me han condenado a ver porno. Así que deseo ver algo realmente fuerte: deseo ver sufrimiento para poder eyacular. Luego de eso, deseo ver niñas y niños haciendo lo mismo, y siendo sometidos a las mismas cosas. Los quiero ver reír como si les gustara. Deseo romper todos los límites que existen porque estoy en la era del individuo y al individuo nada lo debe detener como dice Ayn Rand. Lo deseo porque no soporto que algo se escape de mi control. No tolero que haya seres intocables a mi voluntad. Nadie es inmune a ser tocado por mi odio: ni siquiera los niños. Con eso creo que he traspasado todos los límites y eso me hace un individuo maduro, la cumbre del proyecto de la modernidad. Desde niño me enseñaron que la felicidad consiste en realizar sueños, afirmar mi voluntad, pues este es el sueño más extremo. Soy coherente con la moral cristiana y moderna: debo ser un pionero, ir más allá en todo sentido, progresar en todo sentido, no conformarme con nada: el cielo es el límite. Esta es la manera posmoderna de alcanzar el cielo prometido. La inconformidad continua y la búsqueda del progreso me lleva a esto. Pues entonces, lógicamente, ni siquiera los niños serán un límite para mi deseo de control. Este es el resultado lógico de la doctrina religiosa y civil del libre albedrío. Soy una voluntad libre y por ende deseo someterlo todo a mi deseo de odio. Soy el centro del universo. No hay seres intocables para mi deseo de control»—. Así piensa la mente del consumidor de porno pesado: el que ya no se excita con lo que ofrece la industria pero que es hijo de la industria misma. La pornografía industrial moderna actual, fundada por los hermanos Theander se hizo específicamente para crear y satisfacer a este tipo de personas, que son millones. Con eso vemos que la pedofilia es un problema de control unido con sexualidad y odio conjugados en un solo cuerpo. Así demostramos que esto es una consecuencia lógica de la era del individuo, es uno de los frutos de la mágica creencia del libre albedrío cristiano. Habitamos entre pequeños calígulas posmodernos, invisibles, que tienen vidas normales de día para acechar en la noche en todos los sentidos, a veces detrás de un teclado o un dispositivo celular. Muchas modelos webcam pueden dar fe de la clase de cosas que les proponen hacer —fuera de línea— sus espectadores o «admiradores». No se trata de víctimas sino de mujeres que sacan ventaja del odio de muchos hombres hacia el género femenino. Mujeres astutas que usan esos deseos de venganza de los hombres reprimidos para obtener poder político, atención, dinero y admiración: dándoles imágenes que les exciten. Pero siempre se mantienen segura tras los burladeros. Lo irónico, como ya dijimos antes, es que son mujeres que viven de explotar el odio hacia la mujer como género: esa es la cuestión. Y se dicen feministas, con una inmensa hipocresía, pues manipulan el lenguaje diciendo que ser el centro de atención de las cámaras y las masturbaciones les da poder como «mujeres». Como objetos de odio, deberían decir muchas veces. Mientras el ser humano sea llevado por un camino de frustración sexual como este no esperamos nada justo de la sociedad, ni a nivel económico ni mucho menos a nivel político. Nuestro comportamiento como sociedad proviene de nuestra manera de vivir el sexo.

 

LOS VALORES DE LA ACTUAL SOCIEDAD

 

  • El crecimiento de la economía no es una necesidad real. La economía es un juego y un juego no es la realidad sino, precisamente eso: un simple juego. Se nos hace confundir la realidad con el juego mismo y los hombres han hecho de su vida una patética esclavitud al juego económico que físicamente no tienen necesidad de jugar. De hecho, sin jamás tener conciencia de lo que hace, cada ser humano, y cada grupo social humano llama «Bueno» a todo aquello que le produce un placer colectivo, es decir, lo que ama, porque alienta su deseo de partido. Y llama «Malo», a lo que frustra el placer o alegría de su cuerpo social: lo que desalienta su vanagloria, lo cual se ve reflejado en su tristeza como una gran colectividad. Esto, sumado al contagio o imitación de los afectos, explica la xenofobia, la guerra, la violencia política, etc.
  • No existen pueblos elegidos, ni tampoco pueblos superiores moralmente, sino que cada pueblo según su placer, es decir, según el sentido del deleite de considerarse especial y único se autodenomina «superior» o «elegido» guiado por su ciega avaricia y su codicia insaciable, totalmente dominado por el imperio de las pasiones que lo arrastran en un momento determinado.
  • Por ende, la modernidad no es moralmente ni racionalmente superior a ningún otro ensayo social humano que haya habido o que esté por venir.
  • De hecho, es inmoral el lema de la modernidad que invita a «trabajar, trabajar y trabajar» para someter al mundo a la alucinación del progreso y el crecimiento económico, pues, el sentido de la vida no reside en el trabajo sino en la tranquilidad y paz mental que es la máxima gratificación en medio de la cual «el trabajar» tiene muchísima menor importancia y categoría. Las gentes de clase media pequeñoburguesa dicen que «sin dinero no pueden» satisfacer sus necesidades. Si pudieran vivir como Epicuro o Diógenes el cínico, en la grandeza de la simplicidad, en el minimalismo eficiente, no necesitarían de casi nada de la burbuja económica para vivir. La libertad es NO necesitar, la esclavitud es necesitar demasiadas cosas.
  • El problema es que son barriles sin fondo: emocionalmente y económicamente no saben limitar sus necesidades: por eso son esclavos de la necesidad económica. Pertenecer al mundo laboral es una de ellas. Esa debilidad filosófica es la que define todos los aspectos de su vida. No están atados a la economía por una verdadera razón física y material sino por las pasiones emocionales, por necesidades emocionales. Así que el problema no es económico sino mental. Analfabetos filosóficos. No pueden renunciar a sus adicciones por las cuales, como todo adicto, se ven obligados a empeñar —hasta el culo mismo— para seguir manteniendo su nivel de vida: su adicción, su dosis de droga social. Lo llaman «progresar», «hacer cosas»: viajar, obtener titulaciones, comprar entes, tantas palabras para querer decir: mantener la adicción. Por eso se endeudan y de eso vive el sistema financiero y laboral: es un juego mental. No hay una necesidad real, material y concreta para la existencia de la economía que hoy tenemos: es una demencia. Una adicción sexual-erótica. Realmente no necesitan del dinero —creen necesitarlo—. Para lo realmente necesario, que colma todos los placeres, muy poco basta y con menos de la mitad de lo que tienen serían felices, si pudieran ser libres de las falsas necesidades, como Epicuro e incluso como Aristipo quien cuando no tenía lujos no los echaba de menos. Toda la clase media debería imitar más de Epicuro —y Diógenes— y menos a Jesucristo o los modelos de éxito empresarial.
  • Como autómatas muy complejos y determinados por causas naturales que no controlan, los seres humanos son llevados a tomar decisiones no-conscientes, y creyéndose dueños de tener el poder de elección ignoran totalmente que la búsqueda de placer controla inexorablemente sus decisiones y deseos, y que, a través de eso, son agentes conducidos y determinados únicamente por la fuerza descomunal de la Naturaleza.
  • Las fuerzas naturales son quienes conducen los afectos, pensamientos y sentimientos de la sociedad, cuyos valores siempre están sesgados. El hombre no es independiente de la Naturaleza, ni siquiera en sus más complejos pensamientos políticos, sociales y sexuales.
  • De lo anterior se sigue, una vez más que: no existe el libre albedrío individual ni colectivo. La Naturaleza, a través de lanzarnos hacia la búsqueda de placer erótico, siempre tiene y ha tenido el control de todo: incluyendo las sociedades humanas (panerotismo).
  • Lo que queremos decir es que cada sociedad piensa desde el afecto o emoción ciega de la vanidad. La necesidad de trascendencia, de figurar, quizás sea el peor enemigo del ser humano. La búsqueda de trascendencia es adictiva. Parece ser importante y profunda, pero se trata de simple vanagloria.
  • Hay gente muriendo de hambre, frío, sed y carencia de contacto sexual, pero nadie los mira, son invisibles: por la misma calle donde están derribados agonizando pasa la alegre caravana de periodistas, deportistas y atletas de alguna selección de fútbol siendo agasajados por la gran colectividad.
  • Una selección de fútbol cuyos gastos superan más que lo suficiente para cultivar tierras y quitarle el hambre, el frío y la sed a miles de personas. Lo mismo sucede con el porno industrial, con cuyo dinero basta y sobra para costear un mejoramiento de la calidad de vida sexual de la gente enfocada hacia el contacto sexual sano y seguro con gran abundancia de catarsis corporal directa. Pero ni el hambre, ni las necesidades sexuales tienen importancia para los que son arrastrados por la pasión por figurar o trascender a través de idolatrar a un modelo porno o una selección de fútbol. Todo es una platonización, una idealización vacía.
  • Mientras los seres humanos son esclavos impotentes de las pasiones negativas sienten que importa más la vanagloria de un equipo de fútbol asociada al nombre y los colores de una bandera que su propia vida. Ahí tenemos a los fanáticos de las barras bravas. Muchos explotan esto como una forma de patriotismo. Como si la patria fuera un pedazo de trapo colorido y no la gente de carne y hueso que muere de hambre y además de frustración sexual, porque, aunque se diga lo contrario: eso es lo que asesina a la sociedad, con un gran aporte proveniente del porno industrial. El placer de trascender en una camiseta deportiva los hace tan adictos que prefieren entregarles su dinero a los ídolos del deporte y los medios en vez de usarlo en ellos mismos, en grupos que se autogestionen en silencio la solución de las grandes necesidades humanas básicas de sustento, abrigo y sexo. Olvidan lo más crucial y fundamental: el cuerpo propio, el cual sacrifican y mortifican en aras de la trascendencia. Lo hacen porque son adictos a la trascendencia misma: hijos del judíocristianismo —aunque lo nieguen—.
  • Eso explica por qué la gente tiene hambre, frío y sed y a la sociedad eso poco le importa. Se trasmite un partido de fútbol y al parecer con eso todos comen. Trascendencia, patriotismo falso. El cuerpo es secundario, el hambre de muchos no importa si hay fútbol. Eso es exactamente lo opuesto a la filosofía corporal y viva de Epicuro.
  • Igualmente, la gente necesita contacto sexual directo, vivo y corporal a nivel social —no en la soledad del hecho de mirar un inerte video porno— se trata de una necesidad fundamental: un derecho básico. Pero nuestra sociedad, adicta a la trascendencia, dice que es más importante trascender el cuerpo y hacer del sexo algo in-corpóreo: por medio de darle a la gente porno para que evada el contacto mutuo o lo haga tortuoso y selectivo en extremo.
  • ¿Qué es el porno?, muy simple: es una sexualidad trascendente, incorpórea, intangible, idealizada: para poder ser negada en la realidad, es tan sencillo, incluso un niño lo podría entender. El deseo de alcanzar la trascendencia es el peor enemigo y distractor del ser humano. El opio que nos hace descuidar y olvidar las necesidades físicas y reales: el cuerpo, para facilitarnos a cambio ilusiones incorpóreas: fútbol, porno, patriotismo sin patria, etc. La palabra clave es siempre: trascendencia y deseo de progreso falso. Un obelisco y un tótem mágico tribal.
  • Occidente es netamente trascendencia. En una frase: cambiar el mundo, pero vivirlo sólo en sueños como en el porno. Se trata de judíocristianismo asolapado detrás de mil máscaras. Por eso la gente quiere trascender tanto: ser «importante», ser vista y celebrada, obtener títulos. Se trata de un dopaje de vanagloria.
  • Finalmente, al cuerpo lo dejan siempre en último lugar, y el mejor ejemplo de eso es el porno mismo que no es más que la trascendencia —hacia abajo— en el envenenamiento del sexo. La fantasía preferida a la realidad. Eso es trascendencia religiosa pura. Por su parte el marxismo, que para muchos es una «gran alternativa», se enfoca hacia la misma orientación, es decir: antes que vivir el aquí y el ahora debemos vivir para la trascendencia del «progreso futuro» y la transformación «revolucionaria» del mundo. Por eso, hoy en día, esa palabra «revolución» está en la boca de todos carente de significado: «el nuevo producto revolucionario», «la banda que está revolucionando la música rock». Es la religión de la revolución inmóvil, eterna —y sin sentido—.
  • En suma: siempre sacrificamos el cuerpo, el aquí y el ahora en aras de algún tipo de trascendencia, somos adictos a ella. Somos enemigos del cuerpo, sacerdotes de lo incorpóreo. Anteponemos imágenes porno a satisfacciones directas, reales y catarsis en carne y hueso. Anteponemos imágenes de fútbol al alimento. Como si la gente comiera de una selección deportiva o alcanzara la propia autorrealización sexual viendo follar a «Amarna Miller». Siempre se alimentan al final de un gran vacío, nada real: eso es trascendencia: catolicismo civil y simbólico. Ser felices en sueños ya que no lo son en carne propia. Esa es la base directa del porno industrial también. Cobardía y miedo a organizarse para realizar en los hechos la felicidad sexual corporal de la carne que es la única cosa real que existe y la base de cualquier felicidad.
  • Aire y vacío para el cuerpo. «La vida es más que sexo», «más que comer y beber», «hay que trascender», «hagamos ayuno». Ese es el lema de los enemigos del cuerpo de todo placer y felicidad. De hecho, la necesidad de trascender es una forma de matar al cuerpo: judío-cristianismo, autoflagelación, castigar la carne y privarla de alimento y de sexo físico, gnosticismo, eso es lo que hay detrás de tanto evento deportivo, y detrás de tanta pornografía: evitar tocar y satisfacer al cuerpo para vivir a través de una pantalla de televisión una vida incorpórea. Decirle no a la carne propia. Puritanismo disfrazado de entretenimiento sexual. Por eso les importa más ver un partido de fútbol que satisfacer el hambre real de la gente: eso es claro desde el sistema de Epicuro-Aristipo.
  • Por ello es más importante para la sociedad distribuir porno gratis que contacto sexual físico gratis y sin compromisos afectivos. Eso le quedó grande —¿verdad?—. Han sido descubiertos: su odio al cuerpo y su adicción por lo incorpóreo delata su judío-cristianismo. Todo se vive «de mentiras». Todo se debe justificar cristianamente el amor y el sacrificio.
  • En resumen: mientras nos arrastren pasiones embrutecedoras los ídolos y sus necesidades siempre serán más importantes que nuestras propias necesidades: ídolos tales como los modelos porno.
  • Toda esta esclavitud a la trascendencia nace de la mitología de la modernidad que evita entender las pasiones humanas concretamente y se enfoca únicamente en someter a cada cual a los peores afectos para empujar su «sed de progreso» para adorar al obelisco. La trascendencia en sí misma es un afecto que le gana el pulso a una impotente humanidad. La modernidad es una gran religión civil tribal, un estado de exaltación enferma y lo que la hace más peligrosa es que cree tener la razón y la ciencia. La búsqueda de trascendencia es el peor enemigo de la humanidad. Por eso Diógenes el cínico era tan indiferente ante todo lo que los demás consideraban trascendental e importante. Vanagloria y trascendencia son una sola y la misma cosa.
  • Se trata de una droga muy poderosa que ofrece un placer mediocre que al final se paga caro: con mucha angustia para todos. La búsqueda de la trascendencia no se limita a las fantasías del porno y a los grandes espectáculos. La obsesión y el afán privado de cada cual por trepar «grandes cargos» y escalar peldaños en la universidad: cursando muchos posgrados y maestrías forma parte de esa misma búsqueda enferma de trascendencia. La ansiedad por «encontrar el amor», «casarnos» y sacarnos una foto en redes sociales para alardear de la linda familia rosada y pequeñoburguesa que hemos fundado es un puro deseo de vanagloria o trascendencia igualmente.
  • Hagamos una síntesis, de nuevo, del sistema epicúreo: no tener hambre, no tener frío y no tener sed, con eso basta para alcanzar la mayor «trascendencia» posible en la vida —descubrió ese pensador—. Se trata de la inmensa grandeza de la simplicidad. Si quieres ir al extremo máximo de la felicidad suma todo lo anterior al hecho de tener un grupo de pocos amigos con quienes ayudarse mutuamente, reír y muy de vez en cuando tener aquello que Epicuro llama: amables relaciones sexuales. Con eso ya te pasas de ser feliz: eres un dios. Se dirá que Epicuro era muy cínico, y es cierto, toda la filosofía griega es cínica: es la búsqueda de la naturalidad, incluso Platón y Aristóteles tienen algunos de esos rasgos eróticos y cínicos: en el buen sentido de esa palabra, que lo tiene.
  • Para ser felices la selección de fútbol y otros entretenimientos de masas definitivamente son un estorbo, así como el porno industrial. Pero no solamente estas cosas son obstáculos a la felicidad, sino también otras que parecen ser muy distintas, tales como: el vicio de cursar posgrados académicos, uno tras otro sin parar. Epicuro descubrió que viajar y darle la vuelta al mundo no haría feliz a nadie. Descubrió que la felicidad se trata de algo menos «sensacional»: no tener hambre, frío ni sed. Intrascendencia, simplicidad, bastarse a sí mismo: eso significa la felicidad. Es una praxis de despojarse de necesidades sociales: así de simple. Mediocre no es el que se basta con poco sino aquel que busca atarse necesidades creadas e ignorar el profundo significado de la simplicidad y del grito de la carne. Apaciguar las pasiones y saciar al cuerpo carnalmente es toda la felicidad posible.
  • Somos carne y hueso. Esto es algo que se nos olvida —con tanta, pero con tanta frecuencia—.
  • La carne y sus placeres no son lo despreciable del ser humano, de hecho, son lo más noble, grande y existencialmente lo más significativo. No sabemos valorar la verdadera grandeza de la simple naturalidad. Que lo diga Diógenes
  • Por su parte, el contacto sexual corporal, la catarsis sexual en carne y hueso, es la negación de toda trascendencia y al mismo tiempo es dador de sentido existencial y significado de la vida, es el premio de sí mismo, no busca más que el placer por el placer: respondiendo coherentemente con la Naturaleza cuyo llamado es al disfrute por sí y para sí. Algo tan simple es sin embargo muy difícil de entender para toda persona que lleve el judíocristiano incrustado en el alma pues no contento con la Naturaleza siempre buscará más: como un auténtico barril sin fondo. Eso son los hombres posmodernos: adictos a la trascendencia.
  • En resumen: el sexo por el sexo es algo mucho más significativo que todos los valores morales de nuestra civilización basada en la vanidosa búsqueda de la trascendencia y pureza moral pues constituye la esencia y significado último de la vida humana, por ende, es el derecho más fundamental de todos.

 

LA CAUSA DEL MAL SOCIAL Y LA DESDICHA

 

  • Se deduce igualmente de lo anterior que «el mal» es relativo a los afectos y es la frustración misma del deseo erótico de placer, es decir: es el odio mismo. La tristeza.
  • La desdicha o el mal social nace de dos factores: primero, del hecho —casi inevitable— de tener ideas confusas causadas por imágenes que nos hacen de ignorar las causas de nuestros afectos, lo cual nos hace sus esclavos y, en segundo lugar, del hecho de frustrar el deseo erótico-sexual.
  • Esa es la causa última de la mendicidad, la pobreza, la criminalidad, la desigualdad, el maltrato a los niños, ancianos y animales, la violencia de género, la corrupción política y el caos social: las pasiones humanas, es decir: la fragmentación de la mente humana. Ese es el origen de la miseria: la miseria son las pasiones.
  • ¿Por qué hay corrupción política? Se trata de un asunto pasional y religioso: nuestra sociedad invita a la corrupción misma. Se trata de la religión del progreso. Hay que trascender a toda costa por medio del gran consumo de mercancías: «vivir bien», «salir de pobre». Ese es el primer mandamiento tipo «Pablo Escobar» de la religión del individualismo. La ilusión de la individualidad es el centro de la vida y la sociedad de modo que es inevitable que la individualidad se anteponga a los intereses de la colectividad. Es muy simple: el corrupto solamente es coherente con esa idea inculcada desde la infancia. Simplemente da un pequeño paso más allá y obedece el mandamiento de la mitología de su sociedad: «primero yo». Ese es el lema de la filosofía de Ayn Rand, la madre de la corrupción. Curiosamente antes de la llegada de los españoles no había corrupción política en el Abyayala (el verdadero nombre de «América»). Francisco Pizarro y Diego de Almagro protagonizaron una de las primeras y más lindas novelas de corrupción. Se trata de un afecto, una pasión, un amor irrefrenable por el placer del dinero. Esto viene de la mano del cristianismo, es el resultado práctico de romper con la unión con la Naturaleza lo cual trae consigo el inevitable efecto de la doctrina del «progreso» individual —a toda costa—. Lo que nos debe sorprender no es el hecho de que haya políticos y funcionarios corruptos, sino que no haya más. No los hay por el miedo a ser descubiertos y castigados. La pasión de robar es reprimida por otra pasión opuesta y más fuerte: el miedo al castigo. El corrupto busca, como todos, el placer máximo de la existencia, pero no es un Epicuro: le han robado su unión con lo Natural y por ende no aprecia el placer del cuerpo. No disfruta el hecho de no tener hambre, no tener frío, no tener sed y gozar de la catarsis sexual (el origen de la pirámide de Maslow) ya que la sociedad reprime el sexo pleno obligando a cada cual a sustituir con el dinero aquella plenitud sexual y corporal que le ha sido robada y negada: tiene que trascender hacia el gran consumo. Las mercancías son el reemplazo inútil de la gratificación sexual que no se tiene a nivel personal y colectivo. El corrupto ama el dinero obtenido a través de robar a una sociedad que odia ya que de forma no-consciente juzga que ésta le ha negado la felicidad misma, de modo que al robar del erario público toma venganza por su inconsciente frustración erótica, sexual, y, por ende: existencial.
  • El porno industrial, como ya lo hemos explicado, es un mecanismo creado para frustrar el placer, por ende, se deduce claramente que es una de las causas que llevan a fortalecer la corrupción, el odio mismo, la desigualdad, la violencia. La carencia del verdadero placer sexual aumenta el amor por el dinero como único sustituto de la felicidad perdida. El punto es que el porno industrial despierta un deseo sexual colectivo solamente para frustrarlo invisiblemente: no alberga la menor intención de facilitar el contacto físico, es decir: la realización sexual directa, corporal y concreta de todos sino de provocar para frustrar a todos. Muchos tratarán de manipular el lenguaje diciendo que el porno es un «arte» y que el arte no tiene porqué que cumplir con ese propósito. Ya los hemos escuchado hablar. Se trata de otra astucia jurídica que hace un mal uso de las palabras.
  • El porno no es arte, ni sus miembros son tampoco «actores» pues cada acto sexual del modelo pornográfico es vivido en carne y hueso. No se trata de una «actuación» sino de una clara vivencia física directa, de manera que lo esencial del arte: la representación es algo totalmente ajeno al porno mismo. Por eso, sus modelos se niegan a usar condones: para sentir el placer sexual directo, real (y no fingido) más intensamente y ante todo para causarle más envidia y deseo sexual a su cautivado espectador. Entre más saben que otros los envidian y anhelan imitarlos más aman lo que tienen y lo que gozan: es un mecanismo sádico y oportunista que consiste en captar y vampirizar del deseo ajeno, como un pulgón, que vive de la sangre del otro. Por eso, estos pulgones no usan condones en sus rodajes: para ser más envidiados existencialmente. Su placer no es «actuado». Por ende —jamás— les llamaremos actores, sino quizás, a lo sumo: «modelos» ya que desafortunadamente no los podemos llamar: parásitos sexuales de la sociedad y estafadores existenciales que es aquello que realmente son.
  • La sociedad debe dedicarse únicamente a resolver las dos causas del mal o la desdicha social. No debe dedicarse tanto a la propaganda del «progreso», ni de las «libertades individuales», porque esas dos religiones o cultos civiles impiden entender que estamos totalmente determinados por la Naturaleza hacia el placer, y así, imposibilitan poner el centro de la vida política y social en el placer mismo cultivado en el conocimiento de los afectos, y en específico, en el goce sexual: para resolver la causa última del mal social que ya hemos explicado con detalle: la frustración erótica en el más amplio sentido de la palabra.
  • Para realizar la felicidad, es imprescindible entender primero las causas de las pasiones, y para eso, debemos dejar de consideramos infantilmente como «individuos soberanos», pues, al creernos autores absolutos de nuestros propios actos, se nos hace imposible entender detalladamente como surgen los sentimientos a partir de causas externas, y al ignorar esa cadena causal que hacen brotar en nosotros el deseo, la alegría, la tristeza, el amor y el odio caemos inevitablemente en la esclavitud de las peores pasiones—creyendo ser sus amos— y siendo sus esclavos vivimos como entes divididos contra nosotros mismos y los demás. Ese es el estado del ser humano fragmentado por la modernidad.
  • El «mundo libre» o civilización Occidental, por medio del dogma judaico del libre albedrío hace a los seres humanos esclavos de sus peores afectos —y lo hace a sabiendas— para que siendo presas de su sistema emocional sean fácilmente manipulables (un sistema emocional hackeado). Sin embargo, para esta sociedad se trata de la creencia más alta y que más le llena de vanagloria: la apuesta errada a la infantil ilusión de la «autonomía del individuo».
  • Se deduce de todo esto, que la felicidad más grande y la primera necesidad de la vida consiste, simplemente, en entender las causas de cada uno de nuestros sentimientos (y prejuicios), para poner la mente en orden y obtener con eso una relativa paz mental. Un sosiego del imperio de los afectos, al menos de forma parcial. Ese estado se llama: ataraxía o Felicidad. La ausencia de perturbaciones. La libertad humana consiste en entender cada necesidad o causa que genera cada afecto para liberarse relativamente de su dominio. La libertad es la superación y apaciguamiento de los afectos, no la afirmación del capricho del «individuo» y sus apetitos arbitrarios. Semejante afirmación de los infinitos deseos frustrantes constituye el principal error y el mayor crimen de nuestra civilización occidental contra la especie humana (contrástese esto con Epicuro).
  • Ya que, creyendo haber dejado atrás al cristianismo todavía los hombres y mujeres piensan como cristianos viven cargando a cuestas con la culpa, la misión y la responsabilidad histórica de «cambiar el mundo» la cual es la gran implicación lógica de creer en la ilusión del libre albedrío. Por ende, de manera inevitable imaginan tener la misión carismática y religiosa de «hacer que el mundo avance»: «trabajar, trabajar y trabajar». Esos son los orígenes del marxismo y de la religión de los «empresarios y emprendedores». Tienen la tendencia a entrar en cruzadas o guerras santas contra «los malos» y a creer que su mundo Occidental está «en lo correcto». Se sienten moralmente superiores, son gnósticos, es decir: creen saber a ciencia cierta lo que está bien o mal, guiados por la metafísica de la religión judía-cristiana con su guerra entre «los buenos y los malos» (el maniqueísmo de las películas de Hollywood y los discursos presidenciales), creyendo que han conquistado la «mayoría de edad» y «la razón» gracias a la «ilustración». Pero, aquello que estamos indicando aquí, es que el primer paso hacia la felicidad es poner en duda todo eso, y criticar, precisamente, nuestra idea de lo correcto y lo incorrecto para averiguar de dónde proviene —y así liberarnos— con el objeto de dejar de rasgarnos las vestiduras y sentirnos ofendidos, por ejemplo, porque el mundo no se convierta a nuestras ideas —como les sucede a algunos amargados marxistas—.
  • Luego de alcanzar este estado de paz mental y alejamiento sano de la corriente, al cual los cínicos llamaban apatheia, sólo queda por resolver la frustración sexual, y, una vez resuelto ese último problema, será poco lo que quede por resolver, casi nada podrá causar preocupaciones: ni siquiera la muerte. Fuera de resolver esas dos cosas, no hay otra felicidad posible ni necesaria. Se trata de negar la trascendencia. Todo lo demás es vanidad inútil, pues, como bien lo argumentó Epicuro: la más alta meta de la vida es alcanzar la ausencia de perturbaciones. Esa es la felicidad. No es «trabajar»: Marx hizo su tesis sobre Epicuro, pero jamás lo entendió.
  • Se deduce de ahí que, no ganamos nada con salir infantilmente al mundo para conquistar «metas» trascendentales capitalistas, emprender «grandes negocios e industrias», engrandecer el ego, competir contra los demás y afirmarnos como individuos para multiplicar los deseos creados, de los cuales no tenemos el menor control. Por ende, el capitalismo es falso por el hecho mismo de basarse en la suposición del control de la razón y la libertad de elección del «individuo» para atarlo a necesidades creadas, tan falso como lo es el comunismo: su hermano y su rival en el proyecto ilusorio del falso progreso como religión civil. El bienestar que prometen ociosamente los candidatos proselitistas de la democracia en cada campaña electoral no depende de su poder sino de enfocarse todos como sociedad en resolver y pacificar el asunto del placer y las pasiones humanas. Refugio, sustento y catarsis sexual para todos. Pan, techo y sexo de contacto físico y directo. Contacto real en carne propia. Sin temores y, sobre todo: sin porno industrial. Con eso basta para la felicidad completa a nivel personal y social.
  • El marxismo tiene el deber de negar todo esto porque es el hermano mayor del capitalismo, al cual cuida, como en la alegoría griega de Géminis Kástor cuida a Pólux. Parecen ser opuestos, pero en realidad son gemelos. Hay un tercer proyecto que los dos alimentan: ambos le hacen un monumento al ídolo mágico y totémico del progreso y el mito de la razón. Comparten la misma misión religiosa, a saber: alcanzar el liderazgo absoluto del mito «del progreso y la razón», la diferencia entre ellos radica en que el primero usa como actor a una clase social colectiva, mientras que, su hermano el capitalismo, usa como actor la ilusión del individuo. Sin embargo, su sustancia y su meta mitológica judíocristiana es exactamente la misma para ambos: alcanzar simbólicamente el paraíso, «el cielo», «el progreso infinito», «las galaxias», etc. etc. Ambos esperan el mismo Mesías judío. Son los hermanos del progreso falso.
  • Se deduce de aquí, a su vez, que en vez de dedicarnos afirmar el ego y la individualidad, que son falsos, pues no somos cabalmente unos «individuos» ni tenemos libre albedrío, y en vez de estimular deseos ilimitados de consumo y necesidades creadas —como el porno— debemos más bien conocer y localizar mentalmente los deseos verdaderamente cruciales y resolver esas necesidades simples e importantes que se refieren al cuerpo y su placer carnal para pacificar las pasiones, eliminando necesidades creadas: todo lo opuesto a la doctrina de Ayn Rand.
  • Una vez resuelta la tarea de entender los afectos, quitándonos de encima la carga de creernos individuos y de tener la «responsabilidad religiosa por progresar y brillar», de «mostrarnos y manifestarnos ante la sociedad» como dice Arendt, esa gran negadora del Epicureísmo y por ende de la libertad humana, el paso siguiente será simplemente resolver el segundo problema causante de la infelicidad, el obstáculo final: el bloqueo del deseo erótico y sexual. Se trata de resolver el problema del mal o del odio mismo.
  • Mientras al ser humano no se le permita la realización plena del deseo erótico, estará frustrado, es decir: sentirá tristeza, la cual es el mismo odio, y en tanto que odie, solamente podrá cometer actos de odio: así de simple. Esa es la raíz de la plaga social de delincuencia de las grandes ciudades. El marxismo ataca el problema equivocado y hace más grande el problema real. La raíz del problema no es quien sea el dueño de los medios de producción. Si éstos pasasen al proletariado de todos modos la vida seguiría siendo miserable para todos porque el problema finalmente no es económico. La causa de todo son las pasiones: los afectos que dominan a la sociedad y a las personas sometiéndoles a los peores flagelos. Ni en sueños son capaces de ver la raíz verdadera del mal social.
  • La única manera de purgar y apaciguar las presiones emocionales y las pasiones humanas más violentas es dejándolas salir: liberando el goce sexual, satisfaciéndolo con el contacto directo de la piel y de la carne. De manera física y corporal entendiendo esto como un derecho político para todos. Ese es el camino para pacificar la existencia tanto a nivel colectivo como personal. La pornografía industrial no es vivencial porque no ofrece contacto carnal directo y corporal para los espectadores (sí para los modelos), es una necesidad creada, y, por ende, el hecho de producirla y consumirla coarta y reprime el placer existencial del sexo mismo, porque no libera en los hechos, corporal y directamente, la carga erótica y la presión interior que se apretuja en cada ser humano, en cuyo afán por liberarse produce —finalmente— todo el mal social. El crimen cometido consiste en hacerle la mayor burla a la búsqueda humana de catarsis o desfogue de las pasiones, cosa que finalmente se encuentra suprimida.
  • Por lo anterior, el porno industrial impide, bloquea y sobre todo evade, la liberación física de la presión emocional y sexual del ser humano. De ese modo constituye un serio factor contra-social que opera a favor del fracaso de la sociedad, gracias al aumento de la frustración sexual, que se expresa finalmente en una gran rabia colectiva que busca de manera no-consciente el desahogo de las pasiones a través de la criminalidad y el narcotráfico. Todo esto inevitablemente crea tarde o temprano un impacto contra el medio ambiente. La casa de un demente siempre estará contaminada de algún modo. El porno hace más grande e impulsa invisiblemente esa frustración y tristeza colectiva.

 

DEFINIENDO QUÉ ES LA REPRESIÓN Y LA LIBERTAD SEXUAL

 

  • Lo reprimido es todo aquello que no se permite realizar abierta y políticamente, aquello que se debe hacer en la fantasía y la clandestinidad: es la sombra de la cual habla el psicólogo Karl Jung.
  • De lo anterior se deduce, como dijimos antes, que todos los problemas sociales tienen un origen afectivo en la frustración y represión de lo sexual que se mantiene en el mundo de lo reprimido, lo secreto y lo clandestino, esa es la causa última del problema. El sexo es proyectado con un sesgo injustificable: se enfoca como algo malevo y sombrío. Así lo vende y lo presenta el porno industrial. Pero, el ser humano necesita desahogar sus pasiones a nivel social a través del sexo de contacto físico directo, sin ese enfoque que le da la pornografía a nivel de industria.
  • La represión en últimas no es más que la gran idea fundamental del libro del Génesis, según la cual lo sexual debe ser entendido como un estado de vergüenza, desorden y «desquiciamiento». El «temor de Adán a la desnudez», la máxima «indecencia», un «acto demente y siniestro», la locura realizada a espaldas de los seres queridos y respetados, pues, los valores morales y familiares impuestos por el judaísmo se oponen y se avergüenzan de lo sexual, lo enfocan de un modo sombrío. —Valores que persiguen un trastornado ideal de pureza— que gira alrededor de la supuesta «decencia» sexual de la familia monogámica y del prejuicio de considerar a los seres humanos como si fueran inocentes «niños» cuando ya se han desarbolado sexualmente más allá de los catorce años. Valores rosados como estos constituyen la moral sexual como tal y son precisamente aquello que debe ser totalmente echado abajo, para rescatar un sentido vital de la moralidad pagana compatible con la libertad sexual: políticamente abierta. De lo contrario, esa contradicción existencial: ese divorcio entre los valores morales de la familia contra el sexo seguirá sangrando causando todos los males sociales, pues todos ellos, sin excepción, se generan a partir de ese divorcio, es decir: de nuestra mala conciencia alrededor del sexo. Sin esa contradicción moral fundamental de nuestra civilización cristiana el porno industrial ni siquiera existiría. Esa es la fuente de la cual ese parásito se alimenta. —Irónicamente, los valores morales tradicionales y familiares son la causa que ha producido al porno y el también abuso sexual infantil— ese es el origen último: la moral misma. Irónicamente, aquella moralidad que exige a gritos una solución y una cura contra el delito de pornografía infantil y el abuso sexual de menores en realidad es la causa de la enfermedad que «busca curar». La cura es que esa misma moral se suicide. Cuando lo haga el problema del que tanto se queja se eliminará pues ella es quien lo ha creado al impedir el desahogo físico de los instintos. De ese modo los ha hecho acumularse y convertirse en una rabia interior socialmente extendida.

Precisamente de esa moralidad proviene el imaginario que tanto predica el porno: la doble moral de la monja que de noche se convierte en «pervertida» o «prostituta». O de la «santa mujer» hispana o latina, que es vendida por esa industria como alguien que hace las cosas espaldas de su familia y de la sociedad: así la describe el porno pensado por sujetos patéticos como «Cristian Cipriani». Las naciones originarias no practicaban la doblez sexual de esta «civilización». Esa es la principal herencia de los valores morales traídos por España y sus misioneros católicos. Esta visión sexual fragmentada de la mente humana es la fuente de todos los problemas de la sociedad. Una sociedad compuesta por seres existencialmente fragmentados, con vidas dobles, necesariamente debe ser fragmentada y desdichada. Esa angustia existencial-sexual es lo que celebra y ayuda a hacer más fuerte la mentalidad que tanto predica el porno por medio de videos. Esa es la causa de que esa «industria para adultos» tenga la más alta tasa de suicidios que pueda ser concebida. A partir de Schopenhauer esa potencial autodestrucción suicida del modelo porno se interpreta como un desembolso kármico —por así decirlo—. Y, como ya hemos dicho antes: se lo tienen muy bien merecido. En un sentido netamente simbólico: la humanidad rompe una cadena de esclavitud cuando se deshace de un modelo o productor porno. Cuando éste muere, se retira o desaparece cada ser humano se libra del peso de un dictador y un opresor de la libertad y el derecho a la felicidad. Cuando cae un modelo porno ha caído un tirano.

 

  • En pocas palabras: a partir de la ideología sexual del judaísmo, que nos ha absorbido, el sexo no es bello, y su «gracia y atractivo» es que no lo sea. Su encanto consiste en que sea algo Por eso se vende como un «lujo». Tener sexo, según esa lógica, se trata de algo parecido a drogarse con «bazuco» a escondidas de la sociedad: así lo venden sujetos como Bryan Matthew Sevilla. El sexo es considerado culturalmente como «otra droga más». Precisamente, esa es la manera como entienden el sexo aquellas personas que se introducen en cualquier bar swinger de baja gama, algún antro urbano, para esconderse en la oscuridad en medio de laberintos y tener sexo con cualquier cosa que se les atraviese. Sin desear siquiera verle la cara claramente las personas con las que entran en contacto. Lo que piensan es muy simple: «no me importa con quien estoy teniendo sexo, lo importante es enloquecerme». Para estas tristes personas reprimidas el sexo significa lo mismo que demencia y enajenación mental. Esa es justamente la misma enseñanza negativa del sexo proveniente de una religión denominada judaísmo, que es la pasta base del cristianismo, la cual, ha sido predicada y reinventada por medio de imágenes didácticas por la industria porno. Fingiendo vender «entretenimiento» lo que realmente hace es predicar religiosamente la idea de que el sexo es un vicio o una droga. Se trata en realidad de una prédica religiosa diseñada para reprimir y prohibir la liberación radical del sexo mismo: satanizándolo al untarlo de angustia. Por eso, la lógica sexual del porno debe ser superada por algo mejor, dándole a la sociedad goce sexual total directo: en carne viva, presencial, corporal, frontal y verdadero para servir como desahogo de todas las presiones que se acumulan en la mente, librándolas por medio del sexo de contacto físico con otras personas: eso es la catarsis sexual. Aquí no se consume porno, sino que se goza, en la praxis del contacto sexual: en constante placer carnal facilitándose sin límites.
  • A esta altura de la reflexión, es necesario hacer una aclaración, y establecer una diferencia entre lo que es el mero acto sexual y lo que es el pleno goce sexual.
  • EL ACTO SEXUAL es cualquier contacto sexual físico de todo tipo, cuyo deseo puede ser despertado —pero no necesariamente satisfecho— por distintos tipos de estimulación visual o auditiva. Por lo común, es consentido, pero una violación es también un acto sexual: solamente que forzado. El acto sexual no implica la realización sexual. Se pueden tener miles de relaciones sexuales y jamás llegar a alcanzar el placer erótico ni disfrutar nunca del sexo: como le sucede, por ejemplo, al modelo pornográfico Ignacio Jordán.
  • El goce sexual, por su parte, es el placer absoluto e íntegro del sexo. Para poder ser total debe ser experimentado dentro de un bienestar existencial total, al cual llamamos: sentido erótico de la existencia.
  • Recordemos que el sentido erótico de la existencia es el conjunto de todas las alegrías sin presencia de frustración ni odio, pues se trata del deseo plenamente afirmado.
  • Una sexualidad vivida comúnmente en medio de la tristeza y la depresión es una sexualidad mediocre. Esa es la sexualidad existencialmente frustrada de cada «modelo porno» que es imitado por los demás.
  • EL GOCE SEXUAL es el sexo cultivado como cumbre del sentido de bienestar óptimo en una reconciliación integral y total con la vida, en un ambiente mental libre de perturbaciones, angustias o miedos, es decir: sexo libre de una visión negativa y clandestina, practicado bajo la plena luz política, frente a la sociedad, sin ocultar la vida sexual a los hijos, la familia, y todo lo que es respetado y querido por cada cual, sin usar nombres falsos para esconder el «buen nombre de la familia» como hace «Amarna Miller». Sin dobleces, sin identificar el sexo con la idea de lo inadecuado: sexo libre de compulsiones y de culpa. Para que eso suceda, los valores morales de «decencia» y «pureza» de la actual familia como institución deben ser abolidos. Se debe regresar al enfoque de las culturas raizales y del paganismo cuya idea de decencia era muy diferente pues implicaba la celebración abierta del sexo y de lo políticamente orgiástico animado y visto siempre con buenos ojos por la familia tradicional. Por eso nadie escondía su vida sexual y su identidad y proteger su «buena imagen» como lo hace tanta gente reprimida hoy en día: se trata de la sexualidad represiva dictada por el porno y el cristianismo.
  • En palabras más simples: el goce sexual no se limita al mero y simple acto sexual. Más bien implica el goce erótico integral de la existencia y la consiguiente ausencia de sentido de lo clandestino que hace ocultarlo a los ojos de las personas o las cosas que son respetadas por cada uno. Una vida sexual oculta es una vida sexual reprimida.
  • Es más fácil entender lo que no es goce sexual: «tener» sexo sin paz mental tajantemente no es goce sexual. «Tener» sexo en medio de la «basura mental», el odio, el miedo y la tristeza no es goce sexual; «tener» sexo usando identidades falsas y a escondidas de tus hijos para que no sepan nada de tu vida clandestina no es goce sexual. Todo eso es represión, es decir: mantener escondido lo sexual como algo sombrío, con malicia en la oscuridad de la conciencia como si fuera cometer un crimen o un «acto errado». Eso no es gozar realmente del sexo. Los ejemplos abundan. El goce sexual jamás podría ser forzado y por esa misma línea argumentativa el ideal de violación grupal que enseña el porno es todo lo opuesto al verdadero goce del sexo. Por ende, el porno industrial reprime e impide el disfrute: ha sido creado para perpetrar una tarea contra el placer y bloquear la autorrealización sexual de cada ser humano.
  • Entre los demás factores que complican e impiden específicamente la realización personal en lo sexual, tenemos muchas pautas sociales, tales como: la discriminación a los falsamente llamados «feos», nacida del ilusorio concepto de belleza el cual brota de ideas prefabricadas de «perfección» que los niños aprenden, gracias a sus hogares, por medio de los modelos humanos puestos a desfilar por los medios de propaganda para afirmar o exaltar ciertas estaturas, biotipos y facciones con intereses de dominio político.
  • El prejuicio de la Belleza hermano del prejuicio de la Perfección, es después de la Trascendencia, quizás el que más daño le ha causado a la humanidad. Ha creado, por ejemplo, la flecha de Abraham y la Pirámide Social Sexual.
  • La Flecha sexual de Abraham —o machismo— es un juego mental perverso originado en la religión judía y otras de su misma familia. Es una extorsión existencial. Sus reglas son muy simples: sólo el género «Femenino» es considerado bello. La flecha de belleza apunta: hacia la mujer. El género «Masculino» no es considerado hermoso, no es el centro de atención sexual, entonces, debe compensar su falta de belleza pagando: ganándose una Posición Alfa en alguna tribu de su sociedad o de su clan. También puede «recuperar» la belleza por medio del mecanismo del traspaso: asociándose, alquilando o comprando la belleza de una mujer. En ese caso, el hombre condenado a ser «feo de nacimiento» o «sexualmente de poco interés» por el simple hecho de haber nacido hombre, toma una mujer para vampirizar su belleza, es decir: para que le adorne y le transfiera su belleza al presentarse a su lado frente a los demás. Así mismo operan algunos maridos dentro de ciertas parejas de estilo de vida swinger, quienes usan a su esposa para atraer sexualmente a otras mujeres, ya que cuando están solos no atraen a nadie a menos que usen su dinero o posición social, pues, dejando todo eso a un lado, netamente —como hombres en físico— no generan absolutamente ningún atractivo. Así, el judaísmo entendido como sistema de valores sexuales le robó al hombre su propio poder sexual de nacimiento para obligarlo a trabajar para un sistema: motivado por la búsqueda natural de sexo y reconocimiento (véase: Maslow). Por culpa de la Flecha de Abraham al hombre como tal no se le desea sexualmente por el hecho de haber nacido hombre sino por otros valores agregados. Para tener sexo tiene que convertirse en la imitación de Abraham: en un proveedor. Si no lo hace muere para la vida sexual. En cambio, a la mujer se le desea por el simple hecho de haber nacido mujer. Para ser deseada no tiene que convertirse en ninguna otra cosa. La sociedad de Abraham y sus amigos patriarcas, exige la presencia de muchas vaginas para su entretenimiento (ideología porno). Así que, precisamente: basta con tener vagina para tener acceso garantizado, gratuito e incluso remunerado a la vida sexual. En cambio, cualquier hombre que quiera ingresar tiene que «pagar la entrada» del Sistema Sexual (pagando con estatus, etc.). Obsérvese que, a la mujer de este modo le queda muchísimo más fácil el acceso carnal a la realización sexual en cuerpo propio directamente; al hombre no. Por eso éste consume mayoritariamente porno: para consolarse indirectamente con el sexo que otros viven a su nombre a la distancia. Entes ajenos a sí mismo. El machismo, irónicamente, es una estafa contra lo masculino: —va contra el hombre mismo— pues le impide tajantemente ser reconocido como centro de atención sexual de la sociedad. Por eso, en Grecia la flecha sexual apuntaba un poco a la inversa: el hombre —y no la mujer— era el centro de atención erótica hacia donde se dirigían todas las miradas de deseo la sociedad, y, por ende, era buscado para el placer por el simple hecho de haber nacido hombre. Por consiguiente, tanto los hombres como las mujeres deben erradicar el machismo donde quiera que exista en la humanidad.
  • Dentro de ese juego social-sexual, también hay ciertas desventajas para las mujeres, por ejemplo: se les inocula la ansiedad por la perfección física, así que muchas viven para su apariencia y algunas veces son forzadas psicológicamente a agachar la cabeza ante un vacío ideal de belleza femenina. Además, las mujeres se cansan de ser reconocidas únicamente como meros instrumentos sexuales: esa es la esencia de su elogiable lucha feminista. Quizás, como sugerencia, deberían evitar caer en la muy tentadora trampa existencial de convertirse ellas mismas en un nuevo tipo de «macha dominante» en versión femenina pues eso las hará desdichadas. Deben dedicarse mejor a eliminar de raíz el concepto doble de «individuo» y «libre albedrío» del cual surgió el machismo mismo en todas sus formas.
  • Sin embargo, la mayor de todas las desventajas sexuales y existenciales para la mujer es otra: el miedo. El temor profundo a la vergüenza de ser considerada como una «indecente», «puta» o «zorra»: un sentimiento existencial de suciedad y culpa. El patriarca-macho educado en los valores sexuales de la religión judía en los que se basa nuestra sociedad inocula la culpa de Eva en la mujer desde la infancia: para etiquetarla (después de divertirse con ella) como venganza por tener más oportunidades que él para acostarse: pues si las tuviera sería igualmente «puto» o incluso aún más «puto». Eso es lo que, de hecho, el hombre quisiera poder ser, por eso envidia a la mujer. La causa de los feminicidios y el odio hacia a la mujer como género es la inconsciente envidia sexual que siente el hombre por no poder tener la misma abundancia de oportunidades para acostarse y disfrutar del sexo que la mujer tiene. Por eso le inocula la culpa: en venganza para que su placer se vea mentalmente frustrado. Por eso, a pesar de que las mujeres —irónicamente gracias al machismo— tienen sexo con muchísima más frecuencia, mayor facilidad, más variedad y abundancia que los hombres, casi todas de ellas, prisioneras de la culpa nunca alcanzan de todos modos el goce de lo sexual a nivel existencial. Cuando llegan a esa meta existencial simplemente se paralizan.
  • Mientras exista sentimiento de suciedad y vergüenza jamás se podrá gozar auténticamente del sexo: así se pensaba en la antigua Grecia —y es la misma tesis de la terapeuta moderna Hellen Kaplan—. En la sociedad moderna no hay goce sexual a pesar de que abunden mucho las relaciones sexuales y el porno industrial. Esa es la gran ironía. Es una sociedad pornodependiente, porno-reprimida. Recordemos que el porno no vende sexo sino frustración sexual y envidia. Una envidia sexual y, por ende, existencial, irónicamente adictiva. Por eso los consumidores de porno llaman «afortunado» al sujeto que en una video folla con una mujer atractiva y dispuesta. Ellos quisieran ser esos afortunados: por eso compran envidia. Se han rendido a la resignación y la disimulan: admirando a modelos porno como «fans». Ellos querrían estar con esas modelos: por eso coleccionan sus videos y las siguen en Twitter. Pero están tan resignados a su condición de eunucos que no muevan un dedo por que eso suceda directamente en la realidad a nivel político. Al final su existencia como hombres es imaginaria. Son entes frustrados existencialmente y esa frustración es la triste mercancía que el porno les vende amasando una fortuna hecha de frustraciones sexuales ajenas, aumentando la angustia del mundo. Eso es criminal pues es el motor de todos los problemas sociales.
  • No hay goce sexual donde existe el sentimiento de culpa y donde la persona debe esconder su cara para «realizarse» sexualmente o acudiendo a usar sobrenombres como, por ejemplo: «Amarna Miller».
  • En la presente sociedad el sexo suele ser culposo, y la industria porno se encarga, precisamente, de predicar ese «evangelio» sexual negativo de la culpa para todos, por eso: el porno es la represión misma venida de la religión, diseñada para impedir la gratificación plena de todos. Difícilmente los modelos porno saben estas cosas. Frecuentemente (aunque no siempre) son de muy baja formación teórica y algunos viven sumamente embrutecidos, drogados, etc. Nunca tienen tiempo para pensar y, por ende, no son conscientes de todo esto. Son patéticos. Pero eso no los excusa de nada, pues, atentan diariamente contra la humanidad de todos modos.
  • El punto es que, ese juego, esa flecha mental no solamente es el origen del porno industrial que «pone las cosas fáciles» y «se salta el paso» de tener que conquistar un estatus para «ver» a la mujer desnuda de forma imaginaria e indirecta en un video, sino que además de eso, es el origen de los dos tipos de violación que existen, a saber: aquella donde la víctima es obligada a tener sexo (Tipo Uno) y donde la víctima es forzada a no tener sexo pues nadie le desea (Tipo 2). Ambas son violaciones —y son igualmente inhumanas—.
  • A partir de la aparición del cristianismo los seres humanos no se han imaginado, ni siquiera en sueños, la invisible realidad de la violación inversa o Tipo 2, en la cual la persona es obligada a no tener relaciones afectivas y sexuales por la fuerza excluyente de unos factores sociales: contra su decisión y su deseo. Es un crimen contra la humanidad que ha sido convertido en algo invisible y tolerado con una crasa complicidad del cínico sistema penal y la ley. Muchos se burlarán carcajadas de esa propuesta, les advertimos que se burlan solamente de sí mismos: la criminalidad y las manifestaciones de violencia nacen a partir de una frustración sexual colectiva socialmente negada, invisibilizada y extendida. Ayn Rand respondería con el lema de la posmodernidad: «el sexo un problema individual que va de acuerdo la libertad de elección de cada cual». Qué gran falacia. Solamente los cristianos de espíritu pueden poner en tan poca importancia la realización sexual de cada ser humano y apelar tanto a la inexistente libertad mágica del «individuo» y del «egoísmo racional» propuesto por sujetos como ella.
  • Donde haya marginación sexual habrá siempre porno industrial y desdicha política-social. Si se garantiza y se subsidia el contacto sexual físico directo entre la gente, es decir: la realización directa —médicamente segura para todos— el porno a ese nivel morirá necesariamente por su propio peso, y, por ende, la sociedad será menos desdichada y desigual pues habría catarsis directa y presencial.
  • En este sentido, esa industria que hemos mencionado ya posee suficiente dinero para que pague impuestos que pueden ser usados para mejorar la calidad de vida sexual de la gente, empezando con vacunaciones gratuitas extensivas contra ciertas enfermedades venéreas.
  • Dentro de este contexto de la violación del segundo tipo, se exige, a partir del hedonismo: el Derecho políticamente establecido por las leyes al contacto físico carnal, es decir: a la Realización de cada ser humano, y, además, el deber por parte de la sociedad entera consigo misma de garantizar y tutelar ese Derecho como un bien jurídico. Muchos «abogados» pueden decir que «ya existe» el «derecho a la realización sexual»: porque todos son «libres de escoger» con quien se acuestan. Esa es una vil falsificación jurídica del lenguaje. No existe, esa supuesta libertad de elección, pues ya hemos demostrado hasta la saciedad que no existe el libre albedrío —en lo más mínimo—. Además, hay unos condicionamientos invisibles, tales como el prejuicio de la perfección y la belleza, condicionamientos disimulados: los modelos de atractivo que venden los medios de comunicación, racismos solapados, etc., formas de coacción y sugestión que se encuentran hipócritamente vedadas y que producen de una manera sutil y silenciosa la violación del Tipo 2: gracias a la cual, grandes masas de personas nunca pueden concretar su derecho al contacto físico sexual, a su realización como personas, ya que por definición no pueden ser sexualmente deseadas dadas esas pautas
  • Por otra parte, tampoco los que «aparentemente» tienen «acceso pleno» a las relaciones sexuales se encuentran realizados pues tienen que ejercer su sexualidad bajo la lógica del Antiguo Testamento y del porno: escondiéndose, identificando la palabra «sexo» con la palabra «macabro» y con la idea de violencia y compulsión y con la idea de lo clandestino, lejos de la luz política y a espaldas de la sociedad: eso es vivir en la represión y en la religión. Investíguese a fondo el caso Ted Bundy. En una sola frase, el sexo del porno es religioso: es el culto al odio (a la mujer) a través de la práctica del sexo-odio, y el odio es la tristeza misma, de modo que el porno es un tipo de tristeza: sexo-triste y reprimido. Nada que ver con el sexo pleno y óptimo de una buena parte del mundo pagano e indígena antiguo. ¿Acaso alguien siete veces acusado de violación y que vive el sexo solamente como compulsión, como Bryan Matthew Sevilla, puede predicar ser un hombre realizado sexualmente? Pueden «realizarse» miles de actos sexuales y jamás tener sexo cabalmente: —como le sucede a ese lamentable y patético personaje eternamente insatisfecho: una versión legal de Ted Bundy—.
  • El modelo porno promedio no es feliz. No lo es a pesar de que se ha asegurado la ventaja sobre el resto de la sociedad para garantizarse grandes facilidades para su realización como ser humano gracias al contacto sexual directo, ya que de todos modos le falta la otra mitad de la «fórmula»: el goce erótico existencial, la paz mental, y eso jamás lo gozará, pues primero que todo tendría probablemente que renunciar a ser modelo, y así queda atrapado en su propia contradicción existencial incurable. Por eso muchos miembros de la industria porno suelen ser personas patéticas y desdichadas. Sin ninguna duda se merecen toda su miseria. De hecho, merecen el repudio de la humanidad debido a que impiden el sexo y privan de la libertad sexual a cada persona, y al hacer eso, le arrebatan a cada uno de los seres humanos su derecho mismo a la felicidad.
  • En efecto, la sexualidad libre que el porno industrial impide es el camino concreto para la resolver los problemas de la sociedad. Recordemos que la evolución entendida como progreso no existe, los seres humanos están causalmente enfocados—por la misma Naturaleza— que determina a los bonobos a resolver sus disputas a través de lo sexual más que por medios «racionales». Una sexualidad no imaginaria, no pornográfica sino carnal y directa —en carne y hueso—, pacificada y abierta para todos colectivamente es primordial para la resolución de los conflictos políticos y personales dentro de la sociedad; pero, la pregunta es:
  • ¿Cómo liberar el contacto sexual, es decir, la realización personal directa y libre de compromisos que ha sido hasta hoy suprimida y frustrada en los seres humanos?, pues, dejando a un lado el opio que la distrae y que impide su conquista real. Mientras se consuma ese opio todos van a creer que ya están liberados cuando en realidad —no lo están— y ese opio es la lógica misma de la industria de la pornografía: la virtualización seudoplatónica del sexo, o sea, el delegar en manos de unos supuestos «profesionales» ajenos a uno mismo la realización de las metas sexuales propias que nadie más puede consumar en carne viva. Permites que otros respiren por ti mientras tú te ahogas, es decir. Permites que otros follen por ti y vives tu vida sexual de mentiras: a través de ellos.
  • Se van a tratar de tergiversar estos argumentos, y se va a insinuar que con el Derecho Político a la Realización Sexual que estamos planteado deseamos que la gente sea obligada a tener relaciones sexuales de manera forzosa. Ya vemos venir esta clase de calumnias contra esta filosofía. Para conjurar esa malinterpretación, debemos recordar que: el ser humano imagina ser libre porque sabe aquello que desea, pero ignora las causas por las cuales lo desea. Facilitando las condiciones para hacer algo sin miedo se motiva automáticamente a la gente a querer hacer ese algo determinado.
  • El Derecho Político al contacto sexual directo, piel-con-piel es el mismo derecho a la Realización personal. Es algo que ha sido dado por la ley de la naturaleza y se refiere al mismo derecho a la vida: ambos están conectados y son inseparables. No se trata de «obligar» a nadie a tener sexo sino de facilitar la realización sexual directa en paz —en ataraxía diría Aristipo— liberándola de sus cuatro grandes temores: vergüenza social, embarazos no deseados, enfermedades y asaltos. Y no sólo eso, sino liberándola también de los prejuicios de belleza y fealdad que son uno y lo mismo. De la misma manera como literalmente —por inercia— hoy en día se le facilita a la gente de una manera prácticamente obligatoria —y solapada— la posibilidad de ver pornografía industrial a un nivel gratuito socialmente facilitado, en lugar de darle tantas facilidades políticas a esta invasión y contagio porno, a esa sexualidad indirecta, se debe mejor garantizar a cada cual la posibilidad política-directa de alcanzar el contacto sexual físico con otros directamente, en carne y hueso en comunidad política con los demás. No más porno sino sexo concreto y físico, en la praxis material carnal y de acuerdo con las propias inclinaciones eróticas de cada cual —sin ser forzado—. Si se dan garantías políticas para la seguridad médica de lo sexual eso se producirá automáticamente. Si se despejan los miedos a sufrir embarazos no deseados y contagios, y si se ofrecen subsidios para gastos sexuales, entonces las relaciones carnales directas, y en físico (no mirando porno imaginariamente) se darán con la verdadera plenitud que no existe hoy en día, el sexo se vivirá aún más libremente: sin obligar a nadie.
  • Lo que está sucediendo en nuestros tiempos, es que, de alguna manera, se le hace creer a la gente que ha alcanzado la liberación sexual por el solo hecho de escuchar música reggaetón y mirar porno o de «imitarlo» torpemente, pues, nadie tiene los medios materiales para copiarlo cabalmente en su propia vida. Finalmente, todo se limita vivir el sexo indirectamente por medio de mirar a otros, en videos, para evitar vivirlo en carne propia. Todo se reprime al hecho de mirar pasivamente ciertos videos donde un fulano ajeno a uno mismo, de modo oportunista alcanza su propia realización sexual de forma activa y directa con una mujer bella y joven: ¡bien por él, felicitaciones! Pero, ese logro o esa realización no le sirve a nadie, es únicamente suyo —de esa persona o modelo—, de nadie más: quien le mira masturbándose no alcanza ninguna realización sexual propia, de hecho, involuciona hacia la nada. El porno es la inacción sexual, o sea, la inactividad existencial bajo opio. Es resignarse a no existir. Es una forma de encogerse de hombros frente al «quiero y no puedo». De hecho, el porno industrial vende, y, sobre todo, es una forma de resignación existencial, es como la muerte, aquello que Sartre y Heidegger podrían llamar vivir una vida inauténtica y en mala fe. El porno es resignación pura, es la renuncia al placer.
  • Sexualmente hablando, eso es precisamente el porno a nivel industrial: la nada, es nihilismo existencial. Es la nada del placer. En cambio, el hedonismo es el ser: el placer real, corporal, maximizado y optimizado, incluso como exigencia política —en una praxis social — para ser realizado en actos sexuales concretos con nuestros semejantes: directamente y en carne viva.
  • El porno es una gran estafa existencial. Una necesidad creada de consumo. Solamente mediante la sexualidad corporal directa se puede lograr la catarsis sexual: la sociedad debe proveer ciertas facilidades para la realización física sexual, así como provee las facilidades políticas para que exista porno gratuito y para ver pornografía, que es una sexualidad indirecta, imaginaria. De hecho, bebería ser muchísimo más fácil y posible realizar actos sexuales y físicos seguros directos, en carne y hueso con otras personas —a la plena luz de la sociedad— que consumir pornografía del tipo industrial para, finalmente, conformarse con «imaginar tener sexo» indirectamente en la patética soledad social y la impotencia de acción de mirar un video porno, enriqueciendo con cada click a unas ratas-humanas. La acción sexual directa es lo político. Ser feliz sexualmente en físico, admitidos por otros y en contacto físico con otros, es el acto político más importante de la existencia humana. De esa felicidad arranca hacer una mejor sociedad. Parafraseando aquella famosa idea feuerbachiana trivializada por Marx: el porno es el opio del pueblo. Impide realizar la catarsis o desfogue-físico sexual en la vida real, en carne y hueso, liberación de la cual depende el bienestar de cada ser humano a través del grito de la carne y la catarsis de la presión de las pasiones.
  • La pornografía industrial, además, es un mecanismo solapadamente racista creado para discriminar a ciertos biotipos físicos masculinos para elevar a otros como «más deseables» sexualmente. De esto nace la pirámide sexual.
  • Recordemos que finalmente el sexo se remite, de manera cuádruple, al problema del reconocimiento, la admisión social, el libre desarrollo de la personalidad y la libertad de expresión. Esa es la base de cuatro columnas del derecho a la vida social, pues una vida en sociedad sin esas cuatro garantías no es digna de ser vivida. Cada ser humano expresa a la Naturaleza de un modo muy particular: y el sexo es el modo más directo, concreto y corporal de expresión por parte de cada ser humano. En concordancia con esto, ser impedido o marginado por la sociedad para la actividad sexual directa es ser amordazado y truncado en la libertad de expresión personal. La expresión sexual es la más importante forma de expresión de la libertad humana (no confundir con libre albedrío). Es la forma más carnal, corporal e importante del sagrado derecho a la libre expresión que es inalienable. Pero, precisamente: el porno coarta esa libertad en todas las personas. Lo hace al amordazar y «hablar» por los demás, al vivir la catarsis real del sexo —por los demás—. El goce sexual no se puede transferir. Nadie puede pensar el sexo por ti, estimado lector y benévola lectora: nadie puede expresar el placer de tu propio cuerpo por ti, sólo tú puedes hacerlo en carne propia. Del mismo modo, nadie puede vivir o representar el sexo por ti: se trata exactamente de lo mismo. El sexo es intransferible, es decir: derecho al contacto sexual no se puede delegar a otra persona. Eso es imposible. Se trata de la libertad de expresión misma. Eso, justamente eso, es lo que los modelos porno le roban a la humanidad. Por eso cada cual tiene el derecho de exigir la realización sexual en sociedad y rechazar el porno por ser un sustituto indirecto insultante que termina por reemplazar la cosa real que todos merecen: the real deal. Coartar la libertad de expresión de cada ser humano es el verdadero crimen que comete el porno. Esa industria le quita los ojos a cada persona, le impide expresarse desde su propio lenguaje del cuerpo y del contacto de su propia piel para obligarla evadirse en el opio de una imagen indirecta e Se trata de humillar inoculando la envidia en cada persona y de matar la libertad de expresión corporal humana. Eso es cínico, grave y criminal. Por eso es tan nocivo lo que le hace esa industria a cada persona con repercusiones sociales negativas a grandes escalas no advertidas aún.

 

LA PIRÁMIDE SEXUAL

 

  • El porno industrial recluta personas que ya han sido preseleccionadas para el contacto sexual por la sociedad misma. «Ganado para el sexo». El hecho básico es que ya existe entre nosotros un sistema de selección de castas sexuales invisible que nunca antes había sido denunciado hasta ahora. Expliquémoslo muy brevemente: recordemos que gracias al machismo (o Flecha de Abraham) la mujer es solicitada —casi que exigida— por la actual sociedad pensada por hombres para que tenga sexo, ojalá frenéticamente. —La sociedad se lo exige por el simple hecho de haber nacido mujer—. Debido a esa exigencia una vez que pasa de niña a mujer adquiere una gran demanda, una constante solicitud, y, por ende, irónicamente gracias al machismo que la solicita, obtiene una posición de poder sexual. La niña es ahora la dama cuya mano debe ser besada. Por eso, la mujer adquiere una posición de privilegio para tener las relaciones sexuales sin condiciones, es decir: obtiene la admisión sin hacer ningún esfuerzo personal. No necesita más que salir de la infancia (si es que la dejan salir): con eso basta y sobra. No importa si es gorda, madura, vieja, si está en una silla de ruedas, o si es ciega o sorda. La sociedad masculina de todos modos la desea sexualmente, la quiere ver desnuda y tener sexo con ella. Debido a esto no tiene que realizar ningún esfuerzo por expresarse sexualmente, es decir: no tiene que hacer el más mínimo esfuerzo para lograr el reconocimiento de sus necesidades sexuales. Sencillamente por el simple hecho de nacer mujer se encuentra, automáticamente, en una posición socialmente facilitada y privilegiada para tener sexo. Esto se debe a que se convierte en —el centro de atención— de la sociedad masculina que la rodea y que le exige ser sexualmente activa: para ellos. Gracias a eso se le otorga un pase de entrada incondicional al mundo sexual. Admisión gratuita, vitalicia y con todos los gastos pagos para tener sexo cuando quiera y con quien quiera. De esta manera es como se llena de mujeres (no de hombres) la cima de una invisible pirámide sexual discriminatoria de seres humanos siempre-activos sexualmente: sin impedimentos para tener contacto sexual físico «cuando gusten». La pornografía simplemente va a esa mina y extrae personal para su industria. Es muy simple. Siempre sobrara ese recurso humano preseleccionado por la sociedad. En cuanto a los hombres la historia es muy diferente. Dentro de la sociedad machista, irónicamente, el contacto sexual para el hombre no es incondicional como lo es para la mujer. Expliquémoslo: su posición y nivel de actividad sexual en esa pirámide depende de que cumpla con unas condiciones. El dinero y la posición es lo más obvio, pero no es lo principal. La idea de atractivo masculino que tenga su sociedad es aquello que más lo coarta y lo reprime. El patrón de belleza masculina es dictado, no solamente por la pornografía industrial, sino también por otros medios de comunicación. Aquellos sujetos que encarnan o que se asemejan a los clichés de masculinidad tradicional (el jefe de la hacienda, el pater familias) y que tienen las estaturas y biotipos raciales preferidos por la propaganda vendida por los medios de comunicación de su sociedad tienen mayor posibilidad de expresarse, mayor acceso a las relaciones sexuales. Son considerados más «deseables y bellos» ya que armonizan con los modelos preferidos por el porno industrial, el cine, las bandas de rock, las novelas y la presentación de noticias a nivel televisivo. En esa dimensión del video y los medios de comunicación de masas nunca se verán, por ejemplo, sujetos con biotipos y tallas vietnamitas o indígenas apareciendo como «presentadores de noticieros» en el mundo occidental. A lo sumo aparecerán actuando en papeles secundarios como peones de hacienda de telenovelas baratas —como para sepultar más su categoría— y por ende su atractivo sexual. Pero, como «héroes» y «presentadores de la realidad» jamás. Eso no va a suceder. Ya explicamos que el sexo no es más que una búsqueda de reconocimiento humano. Un medio de comunicación socialmente extendido para simplificar el entorno caótico de las pasiones y angustias reduciéndolo a la gratificación sexual o liberación de la catarsis física del orgasmo (variante de la tesis de Luhmann llamada: amor como pasión). En otras palabras, el sexo canaliza socialmente las pasiones en términos de admisión, es decir: de reconocimiento intimo-personal otorgado por parte de otro ser humano que dice: «sí» al contacto físico. Pero lo criminal de la actual sociedad es que, solamente los biotipos raciales masculinos que aparecen en la televisión y el cine son reconocidos sexualmente y los que no aparecen o son marginados son exterminados dentro del imaginario sexual. No tienen derecho a la catarsis. Son exterminados y amordazados para la vida sexual, que como ya dijimos, es la esencia misma del ser humano. Gracias este mecanismo algunos sujetos son inconscientemente preferidos para el contacto físico: habitan la porción masculina sexualmente activa de la cúspide de la pirámide por el simple hecho de compaginar con los cánones de racismo solapado impuestos por la cultura. Por supuesto, predeciblemente, éstas personas negarán siempre —tajantemente— que existan privilegios sexuales en la sociedad para ciertos grupos o sujetos: pues ellos mismos perciben el acceso al contacto sexual como algo «fácil», «natural» y «obvio», como algo que se da por sentado en la vida, de manera que lo imaginan igualmente «fácil» para todos y achacan la marginación sexual a un problema individual nacido de los complejos o la mala actitud de algunas personas debido a su imaginación y mal uso de su supuesto «libre albedrío». — ni siquiera les importa pensar en eso realmente—. Están muy ocupados en su individualismo. El lema de esas personas reza así: «el acceso al contacto sexual se trata de un problema de actitud». Por eso existen grupos que se llaman a sí mismos: «impedidos para el sexo por culpa de la sociedad» o IN-CEL y «expertos en seducción» o P.U.A que hacen fortunas vendiéndoles la «ayuda» para «superar» su problema. Por su parte, el medio de la pirámide, se encuentran los hombres y mujeres que dejan de expresarse, los que se desactivan lentamente del mundo sexual. Aquellos son los que están descendiendo de acuerdo con su disminución de atractivo dada por el envejecimiento y la carencia de dinero: en el caso de los hombres. En la base de la pirámide, finalmente, se encuentran aquellos que desafortunadamente podrían ser catalogados como los amordazados: los que nunca han tenido derecho a expresarse y tener catarsis. Hablamos de los parias sexuales a quienes no les son tenidas en cuenta sus cualidades sino que son excluidos simplemente por tener ciertos biotipos raciales silenciosamente segregados por no aparecer en los modelos celebrados por la corriente principal de la sociedad o mainstream, o por sufrir de distintas «discapacidades sociales», aquellos que prácticamente nunca activan su vida sexual: algunos hombres y mujeres sordos —como el caso Beethoven— ciegos, sujetos extremadamente intelectuales (Nietzsche) o religiosos, etc., han sido apartados de las relaciones eróticas y permanecen excluidos sin que nadie haga visible su miseria sexual silenciosa y vergonzante —nadie hasta hoy—. Como dijimos: suelen ser calumniados de tener una «mala actitud» y de ser ellos mismos los causantes de su propio problema de exclusión por su propio libre albedrío: «pues así lo han elegido».
  • El dogma mágico del libre albedrío originado en el Antiguo Testamento (Torah judía) es la solución perfecta para lavarle las manos a la sociedad de todos sus crímenes, pues la culpa —ahora llamada «responsabilidad»— la tiene siempre «el individuo» gracias a ese falso dogma de la libertad individual.
  • Por cierto: el dinero no garantiza el acceso sincero al sexo. Se puede ser todo un capitalista, pero estar en la base de la pirámide y siempre tener que pagar por sexo. Incluso tener que convirtiéndose en una toalla higiénica emocional de la mujer pagando con posición social y dinero el permiso para tener relaciones sexuales. El solo hecho de ser hombre no es la razón (suficiente) para generar esa atracción. El acceso al contacto sexual que recibe no es incondicional, no se trata, ni mucho menos, del sexo por el sexo. En cambio, aquellos sujetos que son por sí mismos considerados «interesantes» sexualmente reciben contacto sexual incondicional. Literalmente como si fueran mujeres son solicitados por el mero placer de acostarse con ellos: sin buscar nada más que el sexo por el sexo. Reciben reconocimiento de parte de la mujer: que es el centro de atención de la sexual de la sociedad machista. Se trata del acceso sincero a lo sexual que, incluso muchos millonarios, no pueden comprar. Por eso, se puede ser pobre y estar en la cima sexual: gracias a ser considerado como «bello» por su ghetto o tribu En palabras bien simples y planas: el sexo depende de los prejuicios de los demás, así de sencillo. De hecho, muchos proletarios llegan a ser «exitosos» y trepar socialmente por compaginar con esos meros prejuicios sociales de belleza.
  • Los seres humanos en Occidente, además, tienen frustrantes expectativas sexuales narcisistas creadas por el deseo de imitar lo que hace la pornografía industrial, pero, sin organizarse políticamente para ello directamente. La inmensa facilidad que gozan los miembros de la «comunidad» del porno para realizar tales actos sexuales —con mujeres jóvenes, físicamente sobresalientes, atléticas y lozanas— contrasta con las nulas posibilidades de hacer lo mismo por parte de la población total que está por fuera de esa industria. Lo que denunciamos aquí y ahora son las negativas consecuencias que recaen a nivel existencial y económico sobre toda la sociedad debido a esa inadvertida inequidad. Una sociedad frustrada eróticamente es inevitablemente injusta y desigual.
  • Debido a toda esta represión y desigualdad sexual silenciosa nacida de los prejuicios de belleza y fealdad, se presentan miedos y resistencias al sexo. Incluso las parejas que tienen un estilo de vida swinger se enfrentan a incumplimientos y dilaciones. «Las estrellas tienen que alienarse con los planetas cada mil años» para que la gente cumpla las citas para intercambiar parejas o hacer encuentros sexuales. «Hay que ser exageradamente selectivos». La idea es hacer que «el camino al placer» cueste mucho trabajo. Somos una sociedad opuesta al sexo, el cual, de hecho, es todo lo contrario al trabajo y la tensión como lo demuestra la terapeuta Hellen Kaplan ya que la sensación de dificultad y de miedo bloquea el deseo mismo. La impotencia sexual, precisamente, proviene de ahí y se cura resolviendo esa angustia. El porno crea impotencia al unir el sexo con la angustia: es un concepto muy simple. Por otra parte, la costumbre de reservar las noches del viernes y sábado para «el placer» mediocre, en medio del licor, la oscuridad de la noche y las drogas forma parte de esa misma represión sexual que está dentro de la mente colectiva. Como si fuese un crimen, lo erótico se debe realizar a escondidas y bajo la sombra: en la noche —en todos los sentidos de la palabra—. Por eso, precisamente, la nuestra se trata de una sociedad existencialmente enferma. En pocas palabras, aquello que estamos afirmando aquí es la necesidad de proporcionar una Terapia de Facilitación y Aceptación Sexual a la sociedad como si fuese un todo. En cambio, el porno les concede a sus modelos el goce de tener sexo de día: les ofrece la luz política para el sexo que a la gente se le niega: obligándole a esconderse en la noche en el más amplio sentido de esa palabra.
  • Escribamos ahora un párrafo a la memoria de Nietzsche. Los mismos que producen los embotellamientos para ir a trabajar, son los que hacen los embotellamientos en el restaurante al medio día, y los que crean embotellamientos para regresar de trabajar, son también los mismos que hacen los embotellamientos y se estrellan ebrios los días festivos, y crean más embotellamientos en los hospitales; son también quienes esos días festivos llenan los hoteles creando embotellamientos en la recepción, y son los mismos que se apretujan para inscribir a sus hijos en el colegio y se apiñan para presentarse en la universidad cada semestre; son los que atestan los centros comerciales los domingos viendo películas infantiles de estreno «sin carga de sexo» para sus niños, y son los mismos que forman embotellamientos en moteles para tener sexo clandestino y por ende mediocre los viernes y sábados en la noche: creando embotellamientos en los bares swinger. Esto es lo que Nietzsche llama: la canalla, lo que José Ingenieros llama: el Hombre Mediocre. Es la misma muchedumbre que consume el porno fabricado en el valle de San Fernando. Es la civilización occidental. Todo se debe amoldar a los horarios de esa canalla, incluso los horarios colectivos para tener mal sexo. Es el mainstream: la corriente principal. Incluso para una sexualidad pobre y a medias todos van al tiempo y en manada. Lo mejor es estar lejos de ellos y de esa muchedumbre. Ni siquiera para lo sexual existe un poco de aristocracia. ¿Por qué no follar y hacer un intercambio de parejas un lunes en la mañana, a plena luz del día?, porque ese día nadie está disponible: la canalla está «trabajando». Autómatas. Qué predecibles y tediosos son. Todo es tan pornopredecible en ellos. Los modelos de la pornografía, en cambio, sí que lo hacen un lunes a la plena luz del sol, en una linda piscina, porque han sabido disfrazar de «trabajo» y «profesión» un estilo de vida dedicado al placer: a costillas del dinero de la frustrada canalla. Quizás, en el fondo, esa misma canalla merece comerse las migajas sexuales que se caen de la mesa del porno industrial.
  • Habiendo evocado a Nietzsche, pasemos ahora a hacer una micro-recapitulación: la sociedad está existencialmente enferma a raíz de los prejuicios de belleza y debido, sobre todo, a la búsqueda de amor romántico, pureza-y-moralidad de la familia tradicional, que está inspirada en los valores cristianos y judíos. Eso en primer lugar. Por esa razón la civilización actual le tiene mucho miedo al placer. Todo lo opuesto a los pueblos paganos. Básicamente le tenemos miedo a ser felices. Como consecuencia de esto la sociedad ha creado diversas formas de complicación y de burla de lo sexual para poder evitar la felicidad a toda costa. Por eso hemos creado el porno industrial. De hecho, nos enfocamos en trabajar y «progresar»: para evitar ser felices y tener una buena excusa para ser desdichados. Esa es la causa última de la desigualdad social, la contaminación del medio natural, la pobreza y la corrupción política. El porno a nivel de industria, finalmente, es la gran muralla que contiene e impide que el ser humano sea feliz y que libere el grito de la carne a través del contacto sexual físico directo y libre de compromisos y miedos, pues ofrece una «liberación» sexual imaginaria, falsa, indirecta, a la distancia, estéril, que no le sirve a nadie ni libera a nadie más que a los actores o modelos porno. Se trata de un concepto muy sencillo y fácil de entender. Hay que derribar esa muralla y darle al ser humano libertad sexual en carne y hueso. De eso depende el destino mismo de la especie humana. Se trata de un asunto muy serio.
  • El porno industrial es, en pocas palabras, la gran trampa y estafa al deseo. Una trampa nacida de una sociedad que, a partir de la religión, asume la sexualidad como indecencia: como si todas esas cosas: sexo, indecencia y secreto, fueran sinónimos. Esa enseñanza es predicada a través de la pornografía por todas partes, se trata del principal asunto religioso del Antiguo Testamento. Una idea que se inocula en la mente mediante las evocaciones masturbatorias fabricadas por el porno que realmente no vende sexo, sino una idea religiosa del sexo inculcándolo como algo malicioso. He ahí su agenda ideológica. Se necesita tener el judaísmo muy incrustado en el alma para ver malicia en lo sexual: he ahí el alma misma del porno que ya se venía gestado en la mente de los misioneros católicos que invadieron los pueblos naturales. Ellos traían la malicia en su propia mente, veían maldad en la franca desnudez de las naciones naturales indígenas. El mal, el problema, viene de occidente, del cristianismo mismo.
  • Por su parte, en el mundo pagano César realizaba actos sexuales con muchas mujeres, hombres y púberes. Esa expresión y actividad sexual no solamente era celebrada, sino que era públicamente esperada por la sociedad romana por parte de su líder: esa era la expectativa moralmente aprobada. En contraste, en la actual sociedad si un presidente de la república hiciera públicos los actos sexuales que, de todos modos, realiza solapadamente en secreto, condenaría su mandato y tendría que renunciar. Eso sería visto como «inadecuado» para un presidente. Nadie le respetaría: los valores abrahámicos judíocristianos obligan así a todas las personas a mantener una doble vida moral solapada. Estamos obligados al solapamiento. Eso es represión. Ese signo de enfermedad mental delata a esta sociedad como carente de toda libertad sexual. No hay libertad sexual. La famosa libertad erótica de la que tanto alardea occidente se trata de una gran mentira. Ese es el punto clave: gracias a la lógica judaica del porno la presente es netamente la civilización del sexo suprimido y reprimido desde su propia médula. Se trata de la sociedad que siente vergüenza pública ante «el qué dirán». Cada cual imita al Adán y Eva judíos escondiéndose luego de haber tenido sexo huyendo de la cara de reprobación de su dios reprimido y amargado. Tratan de que «dios» no los mire desnudos y que «no sepa lo que han hecho». Por eso tienen una doble vida, por eso se creen «diablos». Cobardes cristianos retorcidos y siempre reprimidos. Su «dios» ante el cual esconden la cara, ¿quién es?, se trata del conjunto de los valores morales y sexuales de la familia tradicional, «adecuados» a la clase media tradicional-pequeñoburguesa y su lindo obelisco rosado a la «decencia»: ese es, precisamente, su dios. Precisamente, ellos son los creadores de la indecencia y la pedofilia al hacer eso debido a que han creado la curiosidad por romper con sus propios límites morales. La buena moral cristiana es quien ha creado la enfermedad de la que tanto se queja y para la cual pide «presencia policial y mano dura». Por eso es que la gente cree que la solución está en sujetos que prometen medidas de castigo como Álvaro Uribe, y los declaran mesías del pueblo. Están locos y nunca saldrán de su demencia. La verdad es que el problema proviene de adentro de cada cual. Para ser exactos. el mal viene los principios cristianos mismos, ¿no lo ven? Todo esto nació y debe ser agradecido a la actitud de vergüenza sexual judía del libro del Génesis al Deuteronomio. Se trata, en suma, del mundo de la doble moral y el asolapamiento judío sexual. La colectividad entera vive una sexualidad reprimida porque prácticamente «todos le temen a dios» es decir: a lo que las instituciones morales encarnadas en sus hijos, allegados, padres, compañeros de trabajo y jefes empresariales opinen de su comportamiento sexual. Así que, finalmente ejercen una sexualidad sombría. A espaldas de su pareja, a la cual «le ponen cuernos». A escondidas de la luz política y le ceden esa luz a la industria porno que es el único gremio que tiene permiso de ver de frente la dicha de la luz. De esa manera dejan el sexo en manos de sujetos falsamente llamados «profesionales» para que piensen y vivan la sexualidad en vez de hacerlo ellos mismos. Pero ya demostramos que el sexo es la misma vida, es decir: es la esencia del hombre, así que estamos permitiendo que el porno nos quita la vida y la viva por nosotros. Mil veces cobardes y santurrones: por esa moralidad cristiana existe el porno. No hay sexo verdadero ni auténtico goce sexual cuando este se debe ocultar o se debe vivir con malicia y solapamiento para salvaguardar una imagen de decencia y adecuación con los valores morales cristianos o civiles-cristianos. Sexo con conciencia desdichada es represión. Se trata de la civilización de la represión más profunda: internalizada y normalizada, por eso es la civilización del porno industrial. Se trata de basura existencial y pura mediocridad sexual. Mal sexo. Los antiguos han gozado del sexo de miles de formas, más veces con mayor placer e intensidad que todos vosotros sujetos modernos y posmodernos. Investiguen. Precisamente debido a todas las toneladas de porno que producís no les llegáis jamás ni siquiera a los talones a los gozadores antiguos como, por ejemplo, Aristipo de Cirene. En resumen: el porno no es un signo de libertad sexual como se suele vender, crédulos, sino de todo lo contrario: un signo de represión y anulación de la libertad sexual.
  • La nuestra es una sociedad sexualmente tortuosa, tediosa, lenta y muda para lo erótico. Sexo para ratas escondidas en oscuras madrigueras. Con música estridente, ebriedad y sin diálogo, realizado bajo dobles identidades, con complicaciones y luego de dar muchas vueltas y rodeos. Todo esto, porque este asunto se halla en el nivel existencial más bajo de los valores de Occidente gracias a su contradictoria búsqueda de «la pureza de la familia y la trascendencia». Por cierto, eso último es aquello contra que lo que se opone Epicuro. La persecución de la trascendencia, progreso y pureza espiritual es el origen del mal: incluyendo los crímenes de abuso sexual infantil.
  • Somos una sociedad que complica lo sexual y que no está enfocada hacia el placer sino hacia las angustias o el dolor, dedicada a la tortura mental. Vivimos para el sacrificio y «el trabajo» al servicio de la ilusión del obelisco del progreso y «el avance» existencialmente inútil como lo reza el marxismo. Se trata de una sociedad literalmente anti-natura pues la orientación natural apunta hacia el placer abierto moral y políticamente, no hacia el asolapamiento sexual y moral. Somos una tribu atrasada, primitiva y reprimida sexualmente, es decir: nos hemos convertido en la imitación perfecta del pueblo judío. Así los describió Spinoza que era de su propia familia. Los hemos imitado —sin ser judíos—. Hemos imitado sus afectos. Hemos perdido nuestra propia identidad raizal, originaria, indígena, pagana, para convertirnos en imitadores del pueblo más envenenado de la historia. Aquello con lo que hay que romper es con lo ajeno: con los valores morales judíos y cristianos para derrumbar el mito del amor romántico y la falsa decencia-familiar y de lo moralmente «apropiado» y «adecuado», porque esos valores son los causantes del mal mismo que se sufre a nivel social. Este problema está dentro de nuestra propia mente, por ende, no se resolverá con medidas externas electorales ni proselitistas venidas de líderes de «mano dura y corazón grande». Olvídenlo.

Hay una desproporción monstruosa, de tipo existencial, respecto a la facilidad que tienen los miembros de la mafia de la industria pornográfica para su realización personal sexual —en condiciones seguras— en comparación con el abismo que los separa de la población común. Los socialmente impedidos para el sexo se limitan a vivir su vida sexual a través de mirar indirectamente videos realizados, precisamente, por quienes se lo han impedido: una casta social de modelos porno que goza de privilegios para garantizarse acaparadoramente su autorrealización personal a nivel sexual directo (no para el goce integral, pero si al menos para el acto) bajo la gran mentira de ser «profesionales del entretenimiento». Se trata de una simple manipulación del lenguaje. La gente les compra ese juego de palabras.

  • La desproporción arriba mencionada impide la realización existencial directa de cada ser humano y produce el desequilibrio social en todos sus aspectos. Esta intuición debe ser tema de reflexión de futuros filósofos.
  • Se alega a favor de los miembros de la mafia de la industria porno, que, todo esto se justifica por el hecho de realizar un simple trabajo. Ese argumento es otra falsificación jurídica lenguaje. Usando esa misma lógica cualquier cosa —incluso asesinar por un salario— podría ser considerada legalmente como una profesión, si se sabe manipular bien el lenguaje jurídico, y si se consigue comprar una mayoría democrática que vote por eso. Rodríguez-Gacha y Pablo Escobar lo harían: ya tenemos, al menos, dos votos para empezar. El otro argumento alega la tesis del consenso de las masas, como si el hecho de que millones (de reprimidos) consuman pornografía industrial demostrara sus beneficios. El hecho de que la mayoría haga o consuma algo no significa necesariamente que sea favorable para su humanidad. Dieciocho millones de personas votaron por Adolf Hitler en marzo del año treinta y tres: el hecho de que fueran tantos no demuestra que Hitler tuviera la razón, ¿o sí? Así que, el argumento que maquilla al porno con la categoría jurídica falsa de «empleo», «profesión» y «trabajo», y el de alegar que «muchos lo consumen» son simples manipulaciones baratas del lenguaje.
  • Igualmente se deduce que, con el cerebro conducido por la lógica-porno, la gente cree estar satisfecha sexualmente —pero se engaña a sí misma— pues en realidad se encuentra bloqueada. Como aquel que no come y bebe alimentos verdaderos y se conforma solamente con consumir harinas, aceites hidrogenados y azúcar, desnutriéndose y privándose de comida a pesar de sentirse «lleno»: así funciona el porno igualmente. La «satisfacción» o «llenura» sexual que produce únicamente reprime y niega el placer socializado de lo sexual. El sexo sólo puede ser social. El sexo no existe en solitario como lo enseña el porno. En gran medida hay frustración porque lo sexual está alejado de lo político, es decir: se vive moralmente a espaldas de «los valores» de la sociedad provenientes de la familia tradicional: bajo la sombra negra del sexo compulsivo nocturno, realizado a escondidas: en estado de embrutecimiento, luego de muchas trabas y dificultades. Ocultando la identidad. Todo eso es claramente opresión sexual: sexo-triste. Este es el resultado de nuestros valores morales errados: enfocados en el individuo y en alcanzar la trascendencia y la pureza moral, por cierto, valores muy afines con el marxismo.
  • Se deduce, de la misma manera, que la pornografía de tipo industrial le hace creer a cada cual que está satisfecho por el mero hecho de consumir porno, con el fin de que los únicos realmente satisfechos directamente sean los miembros de esa industria a costillas de aquellos que los miran con impotencia.
  • De esto se desprende que, en últimas, en vez de resolver la frustración sexual, la industria porno la aumenta y la esparce por el mundo taponando con una sexualidad indirecta, incorpórea e ilusoria la única salida natural o purga para las pasiones. Ese bloqueo de la catarsis sexual causa un estado de desmadre de las pasiones reprimidas: odio o frustración colectiva que finalmente se manifiesta como pobreza, criminalidad, abuso sexual infantil, corrupción, daños ambientales, etc.
  • Todo lo anterior es la consecuencia directa de que la lógica del porno enseñe por medio de imágenes que el sexo es lo mismo que la compulsión, la ansiedad y lo clandestino. «Contenido para adultos», o sea que ser adulto significa estar envenenado. Qué interesante: Bryan Matthew Sevilla enseña eso todos los días y tiene licencia para predicar su religión judaica disfrazada bajo la máscara civil de «porno». Recordemos, a propósito de Sevilla, que la industria moderna capitalista del porno está netamente en manos de judíos seculares que comparten y profesan la visión bíblica de que el sexo es algo «perverso y rebelde». No están muy lejos de Freud, quien «coincidentemente» era también judío. Esto debe ser puesto claramente de manifiesto para entender la ideología religiosa que el porno trata de vender detrás de sus imágenes.
  • Al identificar sexo con compulsión se condena la realización sexual de la gente a ser una utopía indeseable: únicamente posible en el plano de la fantasía estéril del porno, demostrando que, en últimas, ese gremio actuando como autómata es uno de los motores y raíces últimas de todos los malestares sociales, ¿Por qué? porque le hace creer al público que ha resuelto el problema fundamental de la represión sexual, creando una burbuja, cuando en realidad no ha resulto absolutamente nada, sino que de hecho, ha empeorado todo el estado de represión global que repercute en un gran caos psicológico social.

 

EL SALARIO GRATUITO INCONDICIONAL Y OBLIGATORIO

 

  • Sumado a todo eso, tenemos el hecho de estar obligados a trabajar para un mundo laboral capitalista, asalariado. Esto no ayuda para nada a resolver la desdicha existencial y sexual sencillamente porque el empleo consume todo el tiempo de vida de la gente que debería ser aprovechado para el placer. La población crece y como efecto lógico de eso las oportunidades se reducen. Todos nacen obligados a consumir, es decir: a comprar cosas para subsistir, pero, al mismo tiempo, nadie está obligado a darles empleo para comprar esas cosas. Si la gente no tiene dinero no pueden comprarles las mercancías a las industrias. Es un absurdo evidente. Por eso, es urgente e imperioso exigir que la sociedad estimule con recompensas a cada persona a cambio de que tenga únicamente un solo hijo durante toda su vida. La meta es que cada ser humano pueda, quizás, considerar la posibilidad de esterilizarse de modo definitivo después de su primer hijo, o antes si así lo desea. Es necesario que nazcan menos personas. Es importante evitar un desmadre del crecimiento de la población. Al moderarse el número de personas en la sociedad, de inmediato, se tiene que garantizar una pensión o salario gratuito incondicional a cada ciudadano, durante toda su vida, desde el momento del nacimiento —independientemente del hecho de tener o no un empleo—. La idea es asegurar para cada cual un monto suficiente para que se costee todos sus gastos de vivienda, alimentación y abrigo. Incondicional significa literalmente: sin ninguna condición, sin preguntas, sin formularios, sin hacer filas. Si la persona tiene un empleo que le paga un sueldo, de todos modos, tiene que recibir, adicionalmente, su salario gratuito incondicional. En ese caso la persona tendría dos ingresos. De esa manera cada cual puede trabajar únicamente en aquello que le gratifica y le nace aumentando las increíbles capacidades creativas de la gente. Es importante tener tiempo libre para trabajar en la superación de los propios afectos, y para realizarse sexualmente de forma directa y en cuerpo propio, no por medio de mirar solitariamente porno sino presencialmente, con otros, carnalmente: —en la sociedad política de manera directa—. Ambas cosas forman parte del derecho a la realización personal que es reprimido por el trabajo asalariado que absorbe el tiempo humano. La también denominada Renta Universal es una alternativa no utópica que ha comenzado a ser pensada en serio por varios países y representa una respuesta social simple y pragmática para solucionar de una vez por todas la pobreza. El salario incondicional es una solución —muy superior al marxismo— pues no necesita hacer arengas populistas ni meterse con complicadas teorías hegelianas-marxistas y, sobre todo, sin discursos mamertos, es decir: sin sermones ni regaños.

Recordemos que las cosas no son hechas directamente por el dinero ni por el oro, sino por la mano de obra: por el trabajo bruto. Si un país quiere enriquecerse sólo basta con que trabaje sin descanso fabricando lo que más pueda. El oro y el papel moneda no tienen brazos para trabajar. Los dólares deberían llamarse encantamientos. Tener dinero es tener el poder mágico de seducir la mente del otro para que trabaje por nosotros. Luhmann ya ha demostrado que el poder político es un acto de seducción. El dinero es fetichismo religioso puro, sugestión mágica, un medio de trasmitir confianza. Superchería de la religión judía que la mente obedece. Pero el dinero no hace nada ni fabrica nada por sí mismo. Es la mano humana la que lo hace todo, o las máquinas, dirigidas por esa misma mano del hombre. De hecho, no trabajamos para satisfacernos sino para fabricar cosas inútiles para producir más dinero, o sea: para producir más encantamientos que nos extravían. Es la búsqueda de placer mal enfocada. La economía actual es una esquizofrenia colectiva. Es malsana. Es fruto de la miseria humana ante el poder de las pasiones. Para lo que realmente se necesita bastaría con trabajar menos, y con ese poco tiempo de trabajo a nadie le faltaría materialmente nada. El punto es que el salario gratuito incondicional no va a ser suficiente para los marxistas. Lo van a rechazar. El marxista no se va conformar con un salario gratuito —sin trabajar— ¡Dios nos libre! El marxista exige ser el sueño del capital entero porque considera que lo ha hecho con su trabajo. Buen punto, pero no nos dejemos manipular por esa verdad. La solución, entonces, es que se detenga de trabajar y de seguir alimentando ese monstruo llamado capital. Hay que parar esto. Que frene por un segundo su obsesión por trabajar y hacer cosas que no se necesitan. Que detenga el progreso porque es algo falso. Que no lo haga más, que se dedique a otra cosa: al ocio, al placer. Que se dedique a ser feliz, cosa que le hace muchísima falta. Que se dedique a contemplar activamente la naturaleza, que se arrepienta de la religión del trabajo porque el trabajo llega a un punto en que deja de ser necesario: como lo sabían los romanos paganos. Detenerse es un verbo que el marxista, debido a su cristianismo reprimido, no puede oír. No entiende esa palabra. Es un embalado eterno. Está ciego porque es un cristiano encubierto. El progreso debe ir al infinito y más allá. Exactamente habla como una ridícula caricatura, como Buzz Lightyear. Es Hegel enloquecido. En pocas palabras: hay que ir por el absoluto, se trata de puro romanticismo alemán. El marxismo se hace llamar materialismo, esa es una gran mentira, en realidad es la cúspide del idealismo y de ese estúpido romanticismo alemán que está dispuesto a hacer correr sangre para idolatrar su monumento al progreso perpetuo. Algo que no es más que un delirio romántico. Los marxistas son románticos y ahí es donde está su enfermedad. Esperan oír el Himno de la Alegría de Schiller mientras se masturban y se frotan obscenamente con el absoluto. Es tan desagradable. Por eso, para ellos no va a bastar nunca el salario gratuito incondicional, la renta universal no les gusta. Ellos lo quieren todo, y todo significa todo. El absoluto hegeliano: el capitalismo entero en sus manos proletarias. No se conforman con menos que con tener el absoluto. Son tan narcisistas. Para eso están dispuestos a matar y ser matados. Dispuestos a llevar países a guerras de siglos enteros y hacer del odio un estilo de vida. Eso es marxismo, y su hermano: la ultraderecha capitalista es su igual, su gemelo amado. Por eso al marxismo nunca le va sonar la idea de un salario obligatorio y gratuito para todos. Lo verán como una idea demasiado placentera y sana, y, ya sabemos: no les gusta placer si no contiene algo podrido. Estar enfermo es cool.

  • Es pertinente decir que otro de los más grandes impedimentos y complicaciones de lo sexual, y por extensión de la felicidad entera, es la manipulación de las mentes colectivas, que están embrujadas por el mito del amor romántico de pareja: la búsqueda del «alma gemela» y la leyenda de «formar un rosado hogar». La consiguiente vida, por cierto, bastante negra, dedicada al mantenimiento de una familia pequeñoburguesa esclaviza a cada cual al mundo laboral para poder cargar con el peso de las consecuencias capitalistas de tener vida sexual en pareja. Una sexualidad que va decayendo inevitablemente: ese peso, hostil al placer, se llama: «sostenimiento de un hogar» monogámico.
  • La monogamia y su posesión privada de la pareja, finalmente causa la peor desdicha social pues la unión romántica es la base última de todas las instituciones de represión. Entendámoslo de una vez por todas: todo el proceso de explotación humana está diseñado para «la pareja y su hogar» como centro y foco del consumo. Todos los crímenes del capitalismo son cometidos y justificados por «el bien» de los rosados hogares pequeñoburgueses. Atención con esto: la pareja romántica es el origen del mal social mismo, es decir, el amor (romántico) tan celebrado en todas las películas es, irónicamente, la causa del mal social y la angustia existencial más grande del ser humano.
  • La formación de cada pareja, nacida gracias al anzuelo del mito del «amor» y el «alma gemela», es una trampa existencial hecha para la abrirle la puerta a la desdicha, ya que, la sociedad misma se encarga de poner grandes pesos sobre la espalda de ambos miembros de la sociedad conyugal para hacerlos sufrir, es decir: para hacerles pagar caro el hecho de tener una vida sexual que se convierte finalmente en hastío: sufrir con trabajos, pagos de recibos mensuales, esfuerzos por ascender y progresar «por el bien de la pareja y la familia» etc. Todo eso se denomina el impuesto al placer. Algo que en Colombia llamarían: el impuesto a «la arrechera». El placer sexual debe pagarse con dolor, compromisos y obligaciones: esa es la consigna de una sociedad basada en el amor al dolor del judíocristianismo. Es el relato de Adán y Eva pagando con sudor el haber «comido» de la Manzana. No hemos superado ese mito, de hecho, vivimos en su interior todos los días y cada pareja romántica lo hace más fuerte, aumentando así la miseria del mundo. El amor romántico de pareja conlleva la desdicha social. En ese sentido el polierotismo o «poliamor» es algo un poco más compatible con el hedonismo griego clásico. Sin embargo, la filosofía enseña que la felicidad consiste en no atarse pasionalmente. La amistad epicúrea es una opción superior. El lector debe investigar esa propuesta de Epicuro.
  • Podemos decir que la familia y, para ser más específicos: —la pareja romántica monogámica que la conforma y le da fundación— es el primer aparato policivo del cual parten todas las formas de miseria humana. La linda familia burguesa, monogámica, basaba en el cristianismo, es la cuna de todas las frustraciones existenciales. Se forma para engendrar sujetos igualmente desdichados o frustrados. Los hogares mismos han echado a perder la mente de sus hijos ya desde antes de los nueve años de edad con la gran confusión de ideas que les han sido inoculadas: «progreso», «patriotismo de camiseta de fútbol», mito del «libre albedrío», «culpa sexual», etc. Quien desee ser feliz debe separarse psicológicamente de esa estructura mental, debe evitar esa imitación de los afectos y encaminarse hacia otros conceptos de familia más eróticos y extensos.
  • Por otra parte, los prejuicios que se ponen en contra de la diferencia de edad para mantener relaciones sexuales son otro inmenso obstáculo para la realización existencial de todos. (Investíguese que es el ageism o edadismo)
  • El tope cronológico establecido para el inicio de la mayoría de edad debe ser reducido, de modo que, como mínimo sea establecido a los quince años —y como máximo a los dieciséis años—: como ya se está formalizando en Austria. La madurez y el criterio no llegan por el mero hecho de cumplir dieciocho años, y eso incluye la vida sexual. De esta suerte, se deben romper los muros que impiden la mezcla sexual entre personas de diferentes edades. Medidas similares se deben tomar para sacar a los «discapacitados» de su situación de marginación en lo erótico, pues la sociedad misma obliga silenciosamente a que cada cual se mezcle sexualmente sólo con los de su misma «tribu», y eso se llama: represión por segregación. La mafia porno, claro, no mueve un solo dedo para evitar esta represión sexual que sufre la gente en la vida real, pues no le conviene que nadie se libere: así todos seguirán buscando un inservible escape consumiendo porno como sustituto indirecto del placer carnal auténtico y directo.
  • A esta altura de la reflexión, debemos recordar a Sócrates y el argumento del homicida. Sócrates le pregunta al homicida: —¿y tú, por qué asesinas?— y éste se encoge de hombros diciendo: «pues el Estado asesina», «todo el mundo ha matado en todas las épocas de la historia», «mi hermano fue un asesino», «todo el mundo lo hace». Sócrates le señala: —¿y vuestra conciencia qué te dice?, ¿debes justificarte gracias a que otros hacen lo mismo?, ¿No puedes marcar una diferencia? — La industria pornográfica suele responder que: «todas las demás industrias son deshonestas y engañan al ser humano, todos venden una imagen falsa de la realidad y a nadie le importa hacer algo para que la realidad sea menos infeliz: todo el mundo lo hace», así que «no es culpa del porno» que las cosas sean así, los modelos sólo hacen «su trabajo». El porno piensa con el mismo argumento del homicida y del criminal —sin conciencia— es un ente despreciable: en muchos casos ni quiera ya es persona ni tampoco ser humano. Su ser se ha convertido en ente, eso se ve claramente desde el pensamiento
  • Haciendo un sumario parcial de lo examinado hasta ahora, podemos decir que: en tanto que el deseo humano sea frustrado, es decir, en tanto que cada hombre y mujer esté triste o viva en angustia, tenderá a ser violento, y además, tenderá a creer en la ilusión de progreso, porque buscará la «salvación» con gran desesperación pues albergará el anhelo de que su deseo sexual frustrado sea resuelto con «el avance futuro», luego de realizar «unas tareas», de esa manera, se le podrá mantener eternamente engañado —extorsionado— con la esperanza de salir de su frustración erótica, es decir: la esperanza de progresar, pues ambas cosas son uno y lo mismo. Trabajando engañado como un ratón que corre dentro de una rueda fija detrás de un queso, con la ilusión de que «avanza» y alcanza «la salvación».
  • Esa esperanza jamás se cumplirá, porque el simple problema se resolvería ofreciendo directamente la satisfacción erótica sin darle tantas largas, aquí y ahora, políticamente: sin ocultar moralmente la vida sexual, sin inventarse dobles identidades —y sin sentir compulsión—. Pero el porno industrial ha creado otra lógica basada en el cristianismo, es decir: en la compulsión y la ansiedad misma. Eso oprime la libertad pues anima a vivir una vida de mentiras y dobles identidades que no es compatible con el máximo y auténtico goce carnal de lo sexual al cual la Naturaleza nos ha lanzado existencialmente: de forma abierta. Sin sentido moral cristiano de miedo, ansiedad y vergüenza.

 

LA PORNOGRAFÍA INFANTIL Y PORNO LEGAL ACTUAL SON INSEPARABLES

 

  • Es irónico descubrir que el sentido de moralidad y decencia —de la familia tradicional— es precisamente aquello que ha creado tanto al porno industrial como al abuso sexual infantil. El puritanismo creo el porno infantil. Recordemos que como industria capitalista la pornografía nace hacia 1969 arrancando con toda su fuerza como porno infantil y pedofilia legalizada de manera abierta en la Escandinavia puritana. La industria fue fundada específicamente por dos comprobados e impunes productores de pornografía infantil, dos criminales organizados y legalizados: los hermanos Theander. Del su círculo de empleados descienden genealógicamente y por asociación Raymond Bacharach (alias John Thompson) quien fue su camarógrafo, Antonio Tano e Ignacio Jordán hasta llegar, por descendencia a Matthew Sevilla y Ashley Gasper. El señor Tano (alias «siffredi») fue alumno y modelo de los Theander, luego se independizó y le pasó la antorcha a Jordán («Vidal») y así, sucesivamente, el negocio ha ido pasando de mano en mano hasta llegar a Gasper y otros tantos. Seamos claros: todo el porno actual, que no produce pornografía infantil, de todos modos, desciende de pornógrafos infantiles: los Theander. Su misma razón de existir como industria está marcada por la pedofilia y de abuso sexual a niños. Nunca podrá lavar sus manos porque, de hecho, necesita seguirlo haciendo. El porno infantil sigue siendo el imaginario favorito que todavía vende el porno a nivel gratuito en internet. No ha parado de hacerlo, no puede dejar de hacerlo. Por eso el género más fuerte del porno industrial actual consiste en desplegar niñas adolescentes cuya mayoría de edad apenas este recién cumplida por pocos días o por pocas horas, apenas legales: «barely legal». Eso es lo más cercano a lo que pueden llegar legalmente a la meta que persiguen: poder tener de nuevo «niños puros» algún día teniendo un tipo de sexo que además implique actos de tortura: degradar niños o lo que más se parezca a los niños dentro de un marco legal manipulado por abogados astutos. Ese sigue siendo el lema. El porno industrial está radicalmente enamorado del diálogo entre pureza-y-suciedad porque el porno mismo es un asunto de judío-cristianos. Nació del deseo reprimido mismo de transgredir la pureza moral que los mismos judíocristianos se inventaron de la nada. Esa pureza no existe: al crearse se crea automáticamente al mal mismo que se intenta combatir. Por eso el porno industrial es el motor psicológico de la trata de blancas y de todas las violencias sexuales. Nuestros más altos y respetados valores morales de la familia tradicional son los creadores fundamentales del problema, y nunca se solucionará mientras esos lindos valores tradicionales judío-cristianos sigan existiendo. Se trata del judaísmo-cristianismo parasitando al ser humano enmascarado bajo otros nombres «modernos y científicos». En pocas palabras: la pedofilia está en nosotros mismos, habita en nuestras mejores intenciones de pureza moral. Por eso, quien debe retractarse es la visión actual del mundo. La modernidad —incluyendo la ilustración kantiana— debe retractarse. El sentido mismo de la vida que hoy tenemos debe ser reemplazado por otro: de regreso al paganismo de tipo clásico y el enfoque de las naciones raizales (indígenas). Pero para eso se deberá renunciar a la fe religiosa y la triple superstición del libre albedrío, el progreso y el individuo. Pero sabemos muy bien, que esta sociedad preferirá morir antes que negarse a renunciar a ese gran sueño religioso mágico y totémico. En pocas palabras: primero muertos antes que ser sanos y felices. Primero muertos. Hemos hecho un verdadero pacto con el mal al haber abrazado los valores morales cristianos y judíos. Sin embargo, quizás se deba reconocer algo a favor del viejo judaísmo primitivo: esa religión era indígena y por ende hermética. Originalmente nunca tuvo intenciones de integrar al resto de la humanidad fuera de los hebreos de familia sanguínea. Allí pudo haber permanecido aislado en paz para siempre en una convivencia pacífica entre Israel y el resto del mundo: como debería ser. Los judíos no crearon el problema. Hay que agradecerle a la figura histórica de Jesucristo por haber sacado al judaísmo de su huevo donde estaba bien seguro y herméticamente sellado para esparcirlo como una fe universal y civil con la meta de infectar con ese virus a toda la humanidad. Ahí comenzó el problema. «Cristo» en realidad liberó un virus de su recipiente. Abrió la caja de Pandora. —¿fue ese tal Jesús realmente un salvador? No. Más bien surge como un ser contrapuesto a la humanidad. Una especie de parásito metafísico que vampiriza al ser humano, por decir lo menos. Es nocivo. Es importante refutar y resistir a Jesucristo y los valores del judaísmo para recuperar la felicidad y la libertad de cada ser humano.
  • El valor fundamental del judaísmo es el mito del libre albedrío. Esa también es la base de la libertad de empresa capitalista. Nadie puede amar y vivir en paz con sus semejantes si cree al mismo tiempo en el libre albedrío. Lo repetimos: la creencia en el libre albedrío es el valor más importante de la modernidad y el más perjudicial para la especie humana. Es simple y fácil de entender, es elemental: el odio incrementa al imaginar el libre albedrío del otro para hacer el mal. Ese sujeto llamado: Yeshua Ben Yosef, ese manipulador también conocido también como «Jesucristo» enseñó ambas cosas —al mismo tiempo— produciendo, a propósito, un cortocircuito en el cerebro humano. Por eso los cristianos y los libertarios, que son lo mismo, están cortocircuitados. La creencia en el libre albedrío es el mayor combustible acelerador del incendio de las pasiones de odio. Por eso el medio oriente nunca vivirá en paz, ya que allí se congregan las religiones cuyo centro es el libre albedrío. Es muy simple. El argumento a favor de «cristo» según el cual este sujeto enseñó el «amor al prójimo» y «defendió a los débiles» es una gran trampa del lenguaje que produce exactamente el efecto opuesto de odio y opresión. Por eso, precisamente, allí donde se expande el mensaje de «Jesucristo» aparece el odio y la opresión de manera viral. Algo similar ocurre con su sobrino mesiánico: el marxismo. Incluso los «ateos» basan su vida sobre la superstición del libre albedrío: así que no son ateos sino cristianos desarraigados. Esa es la gran ironía.
  • En últimas, todo ese estado de confusión mental frustra la experiencia erótica de la vida. Como ya lo dijimos: la infelicidad y todas las problemáticas de la sociedad en su nivel más concreto provienen del mal-estar de lo sexual. La Tierra Prometida o el «progreso prometido» por la modernidad y la ilustración nunca llegará. El «progreso» moderno y científico no produce mejoría ni bienestar, es un fetiche mágico, inexistente, tribal y primitivo.
  • La violencia social y personal, en gran medida, nace de un estado de odio extendido que es provocado por el apetito erótico frustrado nacido por amar una cosa inestable y sometida a muchos cambios externos. La infelicidad en su nivel más básico es causada al excitar los apetitos sexuales para multiplicarlos infinitamente sin ofrecer herramientas para realizarlos en contacto físico directo. Se despiertan los deseos con la meta de causar su frustración: esa es, precisamente, la tarea represiva de la industria pornográfica o mainstream.
  • Ya que la desdicha entendida como angustia nace de los deseos infinitos que no se pueden cumplir, Epicuro y Aristipo unidos nos llamarían a definir nuestros deseos a los que se pueden cumplir únicamente: conocer nuestro sistema sexual-afectivo, y, además, no sufrir de hambre, frío ni sed.
  • Sobre las desdichas que aparentemente nada tienen que ver con lo sexual todas se explican del mismo modo, a saber: toda desdicha, toda desgracia en la vida, todo conflicto proviene de un deseo que fue incitado para luego ser frustrado al provocar el amor o el deseo hacia una cosa (o persona) que realmente nadie puede tener por mucho tiempo porque está sometida a muchos cambios, que ella misma no controla. Por eso, debemos evitar despertar en los demás el deseo que no vamos a cumplir. El porno industrial, por ejemplo, viola esta regla ética: si ha de excitar el deseo carnal debe asegurarse primero de proporcionar directamente, en la realidad práctica corporal, el contacto físico de la carne viva lo que promete en vez de ofrecerlo imaginariamente —o mejor abstenerse de despertar ese deseo—.
  • Toda sociedad tiene la obligación política de proporcionarle a cada ser humano los medios financieros y de salud para que el deseo sea llevado a la plena realización sexual de contacto directo, porque lo sexual mismo es la base de todos los deseos y las pasiones que determinan el funcionamiento de la sociedad entera. Esto se llama: Derecho fundamental a la Realización Sexual.

CONDICIONES PARA LA FELICIDAD

 

  • La práctica de la felicidad consiste entonces, en suma, en tres cosas: 1) ayudarle a cada ser humano a entender las causas externas de sus propios afectos y sentimientos. Eso era llamado en Grecia enseñar la fuerza, o lo que significa lo mismo: la virtud. Hacerle comprender a cada persona que no es un individuo ni necesita serlo, es decir, ayudándole a ver que no es el dueño y el creador absoluto de sus propios afectos según su libre voluntad, sino que éstos obedecen a unas causas, totalmente ajenas a la conciencia, que están —más allá del individuo— pero que a pesar de todo se pueden entender. 2) La segunda condición es no tener hambre, no tener frío y no tener sed. 3) Luego de resolver de manera relativa ese problema de la esclavitud a las pasiones y del sustento del cuerpo, la tercera cosa en la cual consiste la práctica de la felicidad es proporcionarle de manera social a cada ser humano los medios seguros y avalados políticamente para que alcance su plena realización social en la praxis corporal concreta mediante el contacto sexual: con otros seres humanos, no con muñecas sexuales infladas ni con videos porno estériles políticamente. Inútiles y represivos porque no ofrecen ninguna socialización. Ningún modelo porno ha movido jamás un dedo para ayudarte a conocer mujeres reales. Tampoco mueve un meñique para socializarte y encontrar tu realización personal que es la misma realización sexual. Más bien te enseña el dogma judío-cristiano del libre albedrío y te carga la espalda diciéndote que ese es tu problema personal. Simplemente te ha mantenido —a distancia—, a raya, mirando lo lejos que estás de alcanzar sus logros sexuales. Ostentando las mujeres inalcanzables que siempre has deseado. Logros que obtiene gracias a que trabaja en conjunto con tu dinero que te sustrae al quitarte tu tiempo, con cada click que haces sobre sus videos hasta llenarse de dinero, tanto como para mandarse a diseñar un pene de oro macizo para poner en la sala de su mansión. De ese modo, el modelo porno no te ha socializado, sino que ha detenido tu socialización política y sexual. Por ende, te ha obstaculizado la vida misma al presentarte el sexo como algo inalcanzable. De esa manera te ha despojado, te ha robado, no solo la felicidad sino la esencia misma de tu propia existencia que es la expresión sexual. Ojalá esto quedase claro en algún momento.
  • Con esas tres cosas, se delimita un perímetro alrededor del problema del mal social para tratar de reducirlo a su más mínima expresión. Se trata de pacificar el odio colectivo nacido de la frustración erótica misma. Enfocando a cada persona y cada comunidad hacia este problema se moderan —de manera relativa— las raíces de todos los demás problemas sociales, tales como: la criminalidad, el abuso sexual infantil, la trata de blancas, la desigualdad, el abandono de los ancianos, el maltrato animal, la corrupción política y la pobreza, pues, todo esto surge a partir de un desbalance sexual y emocional socialmente generalizado que el porno capitalista mismo ayuda a mantener y aumentar.
  • En la medida en que los seres humanos entren en comunión política y al mismo tiempo sexual en carne y hueso, mediante una orgía o celebración de la vida —eso es lo que significa realmente la palabra orgía y no tiene el significado negativo que le atribuyó el cristianismo— que ha sido ofrecida por la Naturaleza vista como Derecho Político, entonces, se desdibujan gracias al goce de la sexualidad, las fronteras del individuo y las fronteras del ego aumentando así la mutua cooperación: haciéndose todos literalmente un solo cuerpo erótico, unidos por el sentido natural de placer.
  • La pornografía industrial es el mayor impedimento para que muchas de esas tres condiciones se concreten: porque está diseñada para incitar en el ser humano infinitos deseos y angustias sexuales sin ofrecer los medios para realizarlos directamente. Esa es la crítica al porno desde el epicureísmo: fabricar este tipo de necesidad creada —y en especial respecto a un asunto tan orgánico y primordial como el sexo— es crear el camino perfecto hacia la destrucción del ser humano. El porno enseña la ansiedad por el sexo como algo sombrío, con mala conciencia sexual. Esa industria está diseñada para inculcar en los niños la idea central de que el único modo de gozar la sexualidad es a través de la clandestinidad y la culpa. Los niños mismos se esconden moralmente para ver porno mientras sus padres están trabajando lejos de casa. Esto es clave para entender la conciencia desdichada (véase ese término en Hegel) alrededor del sexo que inculca esa industria: es un sexo desterrado del mundo, desterrado para no ver la luz. Siempre oculto sombríamente en la «zona secreta» de la conciencia. En vez de infundirse esa idea nacida directamente del mito judío de Lilith, el sexo ha de ser enfocado como lo más político, abierto y realmente significativo de la vida: para este mundo, de frente y sin miedo: aquí y ahora, en sociedad. ¿Pero cómo hacer eso cuando el sexo se comprende inconscientemente de manera colectiva como algo enfermo? No somos capaces de liberar la bestia interna y darle catarsis en sociedad a plena luz política. Nos produce vergüenza la necesidad de catarsis o liberación de las pasiones que es fundamental para el ser humano. El porno se dedica a enseñar que lo sexual es sinónimo de lo que se debe ocultar con vergüenza y hacer con malicia, a escondidas, en tanto que es mostrado como algo relacionado con el asco y lo Lo hace utilizando videos como material didáctico y eso es un acto de inducción a la desdicha, un crimen contra la humanidad justificado jurídicamente por un engaño del lenguaje llamado: libertad de empresa, un derivado de ideologías como las de Ayn Rand y su ficción de la libertad individual de emprendimiento.
  • Aunque aparente ser otra cosa, la idea de «egoísmo racional» de Ayn Rand en la praxis concreta lleva a la «filosofía del individualismo» que reclama el derecho de empresa individual que termina siendo en la práctica: «mi libertad de crear dependencias en otros, mi libertad para esclavizar a otro, mi libertad para crear necesidades falsas en otros y vender mis venenos». Se trata de una manipulación del lenguaje. «La ilusión religiosa del libre albedrío y el uso de la razón del individuo (que es una ilusión también) me justifican para ello, pues al final, la culpa no es mía como empresario sino de las decisiones libres que cada cual toma al comprar mis venenos». De hecho, desafortunadamente, Sartre haría coro diciendo: «así es, cada cual crea su esencia mediante su libre albedrío, mediante sus decisiones». Qué gran error el de Sartre. Igualmente, esa es la filosofía que comparten Pablo Escobar y Ayn Rand: un astuto atentado contra el ser humano mediante la manipulación de las palabras. Rand, por supuesto, niega que esto sea así. Ella propone un egoísmo racional «objetivo» muy bonito en el papel: haciendo gala de su capacidad judaica de jugar con el lenguaje. Su resultado en carne y hueso finalmente es muy otro: algo criminal.
  • Es gracias a ese mismo egoísmo ciego que la mafia porno le oculta al público la verdad. Ya dijimos que existen cuatro condiciones logísticas materiales, que han sido descubiertas por esa industria para que la realización sexual sea posible, las cuales, deben ser extirpadas de ese negocio para ser trasplantadas al cuerpo colectivo de la sociedad. Esas cuatro condiciones son: 1) seguridad médica universal adicional al servicio médico que ya existe en cada país, enfocada solamente al sexo, con el fin de evitar la trasmisión de enfermedades y embarazos no deseados, 2) seguridad personal (y revisión de antecedentes) para los sujetos que tienen sexo libre 3) gratuidad o financiación de los costos logísticos del acto sexual (lugares de encuentro, etc.) y 4) dignidad política: aval moral de la sociedad para no sentir culpa ni vergüenza de la libertad sexual que se ejerce y se disfruta. Lo sexual debe ser sacado de los antros oscuros para que por fin vea la luz. Todo eso lo detenta ahora mismo el círculo cerrado de los miembros de la mafia porno que goza de un comunismo sexual interno, es hora que lo disfrute la sociedad entera: no más privilegios no-merecidos y no más castas sexuales invisibilizadas que impactan sobre la sociedad entera.
  • Dado que esa industria ya goza de las cuatro condiciones arriba mencionadas su actividad se trata en realidad de una artimaña creada por una mafia parasitaria que usa al resto de la sociedad entera para que esta le financie o le subsidie su vida sexual con la autorrealización personal repleta de garantías. Así, bajo la figura jurídicamente engañosa de «hacer un simple trabajo» fácilmente desangran a la humanidad.

 

LOS LÍMITES DE LA RAZÓN

 

  • Hastiados del Capitalismo, muchos ven en el marxismo una alternativa racional para la realización de la felicidad humana. Sin embargo, el racionalismo olvida un pequeño detalle, y es que la razón misma nos muestra su propia impotencia e ineficacia frente a la fuerza dominante de las pasiones negativas. La razón no nos puede conducir a la felicidad. Además, cuando la fe en el racionalismo y la ilustración es llevada a extremos tales como el marxismo, no representa de ninguna manera el camino hacia una sociedad mejor porque en realidad se trata de una metafísica pasional. El marxismo es una filosofía para la angustia. Una religión civil que idolatra la dificultad, la rabia, el sufrimiento y el dolor como sentido y propósito de la vida. Es una religión revanchista de excluidos que desean ser protagonistas de la modernidad —en vez de divorciarse de ella— y organizarse en otro proyecto grupal más bien anarquista —y hacerlo en silencio—. Organizarse sin tanto afán de protagonismo marxista, apartándose del mainstream, lejos de la corriente. Eso les diría Epicuro: lathe biosas, pasen desapercibidos. Pero son demasiado divas y necesitan micrófonos y cámaras. Han negado que el sentido de la vida sea el placer para reemplazarlo con la venganza y la dolorosa angustia de una trascendencia que saben que nunca llegará y que los desilusiona a pesar de que su fanatismo aparente lo contrario. Por ende, su producto final es la infelicidad continua. Finalmente, la aspiración marxista a que el proletariado «sea unido» y se conduzca bajo «el uso de la razón» tiene su origen en la religión mesiánica del judaísmo lo cual lo hace ser parte del programa de ampliación del cristianismo como heredero de su promesa de «una tierra prometida».
  • Los marxistas de oficina y los comunistas de caviar, parecen estar convencidos del progreso y de alcanzar la plenitud con el socialismo, pero albergan una congoja y rabia interior al ver que el mundo no se mueve hacia su propia convicción. De hecho, el marxismo adora y reverencia al capitalismo. Por eso la obra de Marx se llama El Capital: lo ama, lo persigue, lo desea poseer. El deseo de nadar en el mar del capitalismo es el verdadero motor pasional del marxismo. Les sucede lo mismo que a nosotros con la pornografía: desean apropiarse de sus logros porque han descubierto que en ellos está la libertad humana acaparada por unos cuantos. Lo que nos diferencia de ellos son dos cosas: en primer lugar, que nosotros no tratamos de ocultar nuestro abierto encuentro con el placer, así como el marxista trata de disimular solapadamente su búsqueda y su amor por el capital; y, en segundo lugar, nosotros seguimos a Aristipo y Epicuro y expresamos la innegable y natural tendencia universal de todos los seres humanos hacia el placer y su repudio del dolor, algo que incluso un niño puede notar. El placer es según el sistema de Epicuro una necesidad natural mientras que el capital es una necesidad no Así de simple, lo que hay detrás de la búsqueda de capital es la persecución del placer erótico sin ver que éste ya viene incorporado en nosotros: en nuestro propio cuerpo carnal, sólo falta darnos ese placer mutuamente, sin presencia de la lógica del porno ni de la moral cristiana (que son una y la misma cosa). ¿Esto es algo tan difícil de entender? El problema no radica en la «lucha de clases» sino primero en la victoria sobre nosotros mismos pues el problema está en nosotros y donde vayamos lo repetiremos de forma perpetua. Lo decimos de nuevo: la lucha es sobre nuestros propios deseos, sobre nosotros mismos y la esclavitud de las pasiones que son confusiones mentales. Las pasiones no se combaten con marxismo, de hecho, este las empeora, las hace más agudas pues su fundamento es la rabia y el deseo de represalia. Es una filosofía del odio. Las pasiones tampoco se pacifican reprimiéndolas sino conociéndolas y liberándolas de manera prudente. Por eso Aristóteles dijo que la mayor victoria es la victoria sobre uno mismo: «considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos (la burguesía) ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo», no la victoria de la lucha de clases. Los marxistas no entienden lo que significan esas palabras: se tapan los oídos o se burlan de la filosofía antigua, cosa que en realidad demuestra su arrogancia. Creen que han superado todo sistema de pensamiento anterior a ellos. Quizás en el fondo temen ciertas verdades, y se burlan de sí mismos.
  • El marxismo está perdidamente enamorado del capital, lo daría todo por él. Debido a esa razón éstos «intelectuales orgánicos de la revolución» son incluso más consumistas que los mismos capitalistas. Su gran sueño es ser los dueños del capitalismo. No conocen el sentido de la mesura y el límite de las necesidades (todo lo opuesto a Epicuro). Piensan en consumir tal como lo hace el drogadicto con una dosis de crack. Hablar de felicidad y necesidades simples no cabe en su terminología: es por eso que protestan por más salarios y beneficios, sindicalizándose. Creen que pensar desde el cuerpo, la carne y su grito primordial es pensar «como los animales». Según ellos «hay que trascender»: el ser humano debe «pensar en consumir en grande». Epicuro apenas los miraría con total y físico asombro.
  • Los intelectuales de izquierda o «de corbata» buscan estudiar para obtener medallas, realizar posgrado tras posgrado para ascender en su tribu marxista que idolatra el estatus social. Formar rosados hogares pequeñoburgueses es su único sentido de la vida. El marxismo que estos sujetos profesan nos habla de un lindo pensamiento social, pero en realidad se mueve a través de las pasiones y solamente cree en el desarrollo del individualismo. Su supuesto pensamiento social es una cortina de humo que esconde deseos individualistas de trascendencia, protagonismo, consumismo, grandes viajes y gran reconocimiento social y político: el narcisismo de Nerón les queda pequeño. El marxismo se mueve en el mundo de la compra y venta. No le interesa la felicidad humana: no tiene una ética. Sólo busca sumergirnos en el mundo de la producción, el trabajo, el progreso, «ciencia y tecnología». Idólatras del falso progreso. Por eso Karl Marx Pressburg Levi nunca escribió una ética. Pudo haberlo hecho, pero sencillamente no le interesaba la ética, es decir, no le interesaba la felicidad de nadie. Prefirió escribir un «elogio a los criminales». El marxismo posee un espíritu bastante inhumano que desea derramar sangre sobre el monumento totémico al dios judío del progreso.
  • El marxismo nos enseña el gran fracaso ético de la rígida fe en la razón.
  • La razón es incapaz de conducir al ser humano a menos que éste se enamore de la razón misma y ésta se apodere de sus impulsos, pero ese «amor» no es el más natural, muy rara vez nace, de hecho, casi nunca aparece, así que no se puede usar para conducir al proletariado, ¿cuándo lo entenderán los misioneros predicadores del evangelio de la ilustración? La educación no es la solución.
  • La razón misma nos confiesa que ella no tiene ningún poder para moderar las pasiones. Eso ya lo demostró Spinoza (remitirse por favor a su trabajo: Ética, ir a las frases o «proposiciones» 7 y 17 de la parte 4, la frase 39 de la parte 3 y la 37 de la parte 4)) ni para contener ningún afecto —la razón misma es quien lo advierte— ya que lo único que puede reprimir una pasión es otra pasión que sea opuesta y más fuerte, por ejemplo: para dejar una adicción ésta debe ser superada por un placer o alegría más completa e intensa, que ofrezca una mayor plenitud existencial sólida. Cualquier fumador intentaría dejar el cigarrillo si a cambio se prometiera a sí mismo una felicidad mayor para su vida. En palabras más simples: un clavo saca otro clavo.
  • En pocas palabras: los seres humanos actúan con referencia a los afectos y casi nunca con referencia a la razón, pues, como lo quiso expresar Protágoras: los afectos humanos son la medida de todas las cosas.
  • Ya que la razón es totalmente impotente para reprimir las pasiones, el único modo de resolver las más violentas de ellas es permitir que salgan y se canalicen eróticamente: dando rienda suelta a lo sexual de manera física, carnalmente —no indirectamente como lo hace el consumo de pornografía producida a nivel industrial— sino a través del derecho directo a la realización social-sexual de la manera más corporal —en carne viva—. Esa es la manera de darle paz a la existencia del ser humano y la sociedad. El porno industrial no es una experiencia vivida en carne y hueso, por consiguiente, impide liberar esa pulsión hacia fuera. Esto dificulta que cada cual se libere en las pasiones (catarsis sexual). Sólo el sexo directo, de contacto real y libre de sentimiento de culpa puede lograr esto. Sin embargo, el porno a nivel industrial lo impide pues hace muchísimo más fácil tener una sexualidad imaginaria y compulsiva que una real, además, para empeorar las cosas: dibuja el sexo como algo macabro y culposo: acaparándolo totalmente.
  • Si se entiende el argumento anterior, se apreciará claramente el problema de esa actividad industrial (no hablamos del porno amateur contra el cual no discutimos): no permite a los hombres y mujeres depurar y satisfacer las pasiones. Sólo se lo permite, si acaso, a los miembros de su mafia-industria o club cerrado de modelos —para empeorar su perfil acaparador que especula o trafica con el deseo sexual humano—.
  • El llamado ilustrado kantiano a conquistar «la mayoría de edad por medio de la educación y el uso de la razón», el elogio de la educación clásica del magisterio y el uso de la racionalidad científica que hacen los intelectuales es ridículamente inútil, pues ésta última únicamente puede moderar las pasiones cuando «nos apasionamos por la razón» y ella misma se convierte en una motivación emocionalmente arrebatadora: «el amor por la razón». Hablamos del idilio racionalista. Ese placer erótico nacido de la razón puede hacer ver insignificantes los demás placeres y lujurias de la vida, pero ese milagro racionalista casi nunca sucede: esa es la felicidad y la beatitud del nerd, solamente reservada para algunos de los hombres más exageradamente intelectuales —los santos de la razón— como Spinoza o Kant, pero no es útil para los demás mortales No podemos forzar a todos los seres humanos ser nerds, a ser pequeños «kants» y «spinozas» y eso es lo que ha querido hacer la ilustración educacional con su llamado a la razón universal de la que hablan algunos maestros de oficio, si bien no todos. «La educación es la solución». Sí claro. Acaso cuánta educación les ha faltado a los tantos corruptos graduados con honores de las mejores y más costosas universidades del mundo. Ladrones de cuello blanco, qué poco educados, apenas con PhDs de Harvard como Samuel Moreno. Claro, les faltó más educación e ilustración. La idolatría de la razón es un poco patética.
  • Gran número de sujetos racionales y educados dotados de altos coeficientes intelectuales son criminales y ciegos esclavos de las peores pasiones y cobardías. Así que, la educación ilustrada, racionalista, académica y del magisterio es una gran mentira. No es en la solución al problema. La primera educación debe ser la educación emocional, la de la pacificación de los afectos y los apetitos ciegos compulsivos, es decir: la educación socrática y epicúrea. La eudemonía. ¿Cuándo lo entenderemos?
  • Se sigue de aquí, que la fe religiosa que profesa la izquierda en el uso «colectivo» de la razón es nociva para la felicidad humana Por eso, al final, al marxismo no le queda otro camino que imponer inevitablemente la dictadura maniática de un partido o gran líder único sobre la gente para «controlarla».
  • Así que, en suma, para que el ser humano se comporte de una manera menos desdichada y violenta no se puede apelar al uso de la razón. Tampoco es útil para la felicidad una religión proveniente de Abraham como el islam o el cristianismo que lo amenace con recompensas y castigos, porque tarde o temprano se desencantará, y saldrá de esa religión conservando de todos modos la ilusión en su libre albedrío —para empeorar todas las cosas—. La solución está, paradójicamente, en las pasiones mismas mediante una liberación prudente de las mismas. Todo se resuelve en el placer como sentido de la existencia, pues el placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el ánimo. Como diría Epicuro.

 

 

LA REDENCION HUMANA

  • La miseria humana, no nos cansaremos de repetirlo, no radica en la pobreza sino en las pasiones de las cuales proviene la pobreza en todos los sentidos. Siguiendo con la reflexión de las vías de solución para hacer de la vida algo menos miserable para la gente, tampoco se puede recomendar una sociedad carcelaria como los Estados Unidos que lo amenace también con castigos. Para conducir a cada cual a la felicidad se debe apelar a su deseo erótico de placer: dándoselo de manera inmediata y prudente, comenzado con lo referente a la realización sexual bajo un marco de legalidad, declarando el Derecho a la Realización Sexual como el propósito político central de la sociedad entera. Entendamos que todo afecto o pasión es sólo una impresión del cuerpo que solamente puede ser superada, pacificada o suprimida por otra impresión corporal opuesta: y no hay nada más corporal que el sexo mismo. Es muy simple. Un clavo saca a otro clavo. Si un ser humano busca placer a través del crimen para lograr que abandone la vida criminal debe dársele un placer mayor y de sentido opuesto al que busca: una verdadera alegría existencial. Esto se llama: redención, recuperación, la reconquista de la felicidad. El punto es que dándole al ser humano el placer erótico existencial que tanto busca, ofreciéndoselo sin miedos y a la luz política, de ese modo, se sujetarán algunos de los peores flagelos sociales, tales como la prostitución ilegal, el abuso sexual infantil, la trata de blancas, el narcotráfico, la criminalidad y la corrupción política. Estamos hablando de redimir o recuperar al ser humano mediante el placer. No mediante el dolor, el castigo y el terror, como se ha hecho hasta ahora durante dos mil años de judíocristianismo y trescientos de modernidad —y de leer demasiado a Hobbes—. Estamos hablando de la redención por medio del sexo, gracias al sexo —y en ausencia de porno industrial— puesto que este último y la sexualidad de contacto físico real y directo son como dos planetas muy apartados. Están separados y en total oposición, tanto así, que el porno finalmente obstruye el sexo, impide el placer. Esa es la trama de toda la filosofía hedonista de Aristipo: nuestro maestro.
  • Es debido a la fuerza aplastante del sentido de placer que la religión, a veces, logra cambiar a algunas personas y, en muchos casos, las detiene de seguir cometiendo actos terribles. Al vivir una auténtica experiencia mística cambian. Se trata de la misma teoría del placer. Simplemente encuentran un «orgasmo» más intenso y sólido que el que lograban con las drogas o el crimen: un orgasmo existencial, perdurable del cual no tienen por qué avergonzarse. Un placer o alegría nacida del hecho de tener «poder» gracias a ser un criminal, ser un «rebelde fuera de la ley» y ganar dinero a veces es superada y suprimida por un placer mayor: la alegría de alcanzar lo que la persona cree ser «el cielo», la eternidad, etc. Es la búsqueda de plenitud de la que ya hemos hablado. Todo acto humano es esa búsqueda, todo deseo va tras eso: el goce existencial, el placer en su sentido más extenso.
  • Recordemos que, el capitalismo tiene un origen netamente emocional: sólo existe gracias a la pasión de la envidia. Quitada la envidia por el placer que «disfruta» el gran capitalista entonces este sistema colapsa ya que nadie consumiría las mercancías vendidas por el burgués de no envidiarlas y desearlas, como las envidia el marxismo gracias al mecanismo de la imitación de los afectos. Aquel que envidia no es culpable de sentir envidia pues, ya demostramos nadie elige sus afectos por libre albedrío. Nadie es culpable de que otro lo induzca a envidarlo a propósito para amar más lo que tiene (justamente ese es el mecanismo psicológico que explota la industria porno) y de que los hombres por naturaleza imiten y se contagien de los deseos de los demás hombres y mujeres.
  • De hecho, sabemos muy bien que muchos podrían simplificar y malinterpretar esta filosofía como una «envidia al porno», lo que sus mentalidades tan cristianas no pueden captar es que cuando se trata de cosas elementales del cuerpo como: el hecho de no tener hambre, frío, ni sed y gozar del acceso a lo sexual la cuestión ya no se trata de «envidia» sino de la exigencia de unos derechos básicos de la existencia dados por la Ley de Naturaleza.
  • Pero la gente no envidia al capitalista por el acceso a esos cuatro derechos animales-humanos fundamentales sino por trascender a través de los lujos y las necesidades creadas que éste inocula en la mente la gente. El problema siempre es la búsqueda de trascendencia o vanidad sumada a la imitación de los afectos. Trascendencia y capitalismo son una y la misma cosa.
  • El capitalista, por su parte, necesita generar —en todos— la envidia misma para amar más lo que tiene. Necesita que otros imiten su afecto. Si nadie deseara el estilo de vida que lleva, dejaría de desearlo y disfrutarlo él también. Deseamos con más fuerza algo cuando creemos que otros también lo desean. Toda la cadena de deseos creada por la publicidad, las películas y los medios de comunicación no tiene otro propósito que hacer que todos deseen y amen lo mismo que ama el capitalista: para que los que poseen se sientan más felices con lo que tienen. Es sádico, pero eso es el capitalismo: sadismo argumentado por medio de juegos de la razón y manipulaciones del lenguaje. He ahí el resultado práctico final de la filosofía libertaria del individuo promulgada por Ayn Rand con su «egoísmo racional».
  • Teóricamente, si todos los proletarios fueran Aristipo o Epicuro, incluso Diógenes, siendo sinceramente felices sin el capitalismo, enfocados en las cuatro necesidades caninas sensuales o reales de la vida, y despreciando todo lo demás que ofrece el sistema, éste se derrumbaría por su propio peso probablemente en menos de cuatro años. Por ende, el goce sexual es clave, imprescindible, para darle al ser humano lo que busca detrás de las mercancías y el encantamiento del dinero. Los billetes que representan el dinero están diseñados para el cerebro como «conjuros mágicos»: símbolos de poder mágico. Se trata de un juego mental socialmente extendido. El papel moneda en realidad es un pergamino dibujado con símbolos de poder, conjuros socialmente generalizados. Funcionamos como las tribus primitivas. No hemos cambiado ni progresado. Obsérvese cualquier billete. El dinero simplemente es eso: un conjuro que da la ilusión de tener un poder mágico para «cumplir deseos». En vez de decir «dólar» se debería decir «conjuro», «encantamiento». Pero es un fetiche mágico, no es el dinero quien realiza nada sino el trabajo. La única fuente de la riqueza es el trabajo físico no el oro ni el papel moneda. El dinero es el conjuro que encanta la mente humana para ceder el fruto de su trabajo. Como un zombie bajo ese sortilegio el ser humano trabaja bajo la sugestión de un símbolo llamado dinero. Pero el dinero en sí mismo no produce nada: es algo que está muerto. Seguimos siendo una tribu de la selva que vive de creer en encantamientos que finalmente no son nada y de atribuirle vida a cosas inertes. Pero para la mente sugestionada eso lo es todo. El dinero es una sugestión hecha para el cerebro. Es una droga. Por esa sugestión se sacrifica la vida misma y se suprime la felicidad erótica real y física. Por eso, el capitalismo debe reprimir lo sexual mismo para que la gente busque reemplazarlo con las falsas promesas de placer que ofrece el gran consumo usando aquel medio de comunicación llamado: dinero. Esclavizados en el mundo laboral embrutecedor, o incluso: esclavizados al crimen. Hacer cualquier cosa con tal de seguir la sugestión del dinero. El porno en especial enseña eso. Por ende, también ayuda a reforzar el poder de ese conjuro nacido del judaísmo llamado: capitalismo vendiendo la idea de deseo de belleza y placer sexual cumplido «por la plata». De alguna manera todos han sido conjurados por el dinero y se han conjurado para ser sus agentes. Es un acto de magia contra la felicidad humana que le roba al hombre su valor que es infinito reduciéndolo al dinero que tenga: deshumanizándolo. El dinero NO es real, pero lo creemos la irremediable realidad. La economía: la cosa supuestamente «más real e incontestable», de hecho, se trata de una burbuja de ilusiones de la mente humana. La economía es un juego hecho con nuestra mente y sus espejismos emocionales: no tiene nada realmente valioso y material aparte de lo que la mente cree como «valioso». Epicuro advirtió esa gran mentira de falso placer del dinero y por eso redujo su poder e influencia sobre su vida limitando sus propios deseos. Deberíamos hacer lo mismo y seguir esa senda epicúrea de placer directo.
  • Para Aristipo, por su parte, el dinero y las mercancías de la vida posmoderna son un simple sustituto del goce sexual perdido, reemplazos que, finalmente, no logran suplantarlo y no solucionan la frustración y vacío existencial nacido del bloqueo mismo de lo erótico, pues el ser mismo de la existencia humana está en el sexo, por ende, reprimir lo sexual es reprimir nada menos que nuestro propio ser. El juego del dinero es una distracción que ocupa la mente para evitar el placer real del grito de la carne.
  • En vez de enfocarnos en un crecimiento económico extraviado como el que hoy tenemos, debemos facilitar, incrementar y simplificar la capacidad de disfrute erótico de la vida.

 

 

 

 

LEGALIZAR LA PROSTITUCIÓN ES PRIMORDIAL PARA LA FELICIDAD.

 

  • Dentro de ese contexto de ideas es imprescindible, ante todo, dignificar, salvaguardar y legalizar la prostitución, y, sobre todo: sanearla, dándole todos los beneficios laborales de la ley: para que la sociedad recupere el sentido tolerante de la felicidad erótica existencial. Es importante reconocer el digno lugar que tiene la prostitución dentro de las instituciones más fundamentales de toda civilización, tales como la familia, la escuela, etc. No se trata de una institución menos digna que aquellas, de hecho, es una de las más necesarias para el funcionamiento de la sociedad vista como un sistema. La gente más simple y cristiana dirá que: plantear tal legalización es absurdo y estúpido porque «hay cosas más importantes» que discutir, cosas de «mayor relevancia» que «legalizar a las prostitutas y sus clientes». Lo que no pueden ver, debido a su inmensa ceguera moral, es que la prostitución ya fue legalizada al legalizarse el porno. Recordemos que la pornografía industrial es prostitución legalizada, solamente que, sin contacto físico para el cliente final, es decir: es prostitución falsificada. Si el porno facilitara más que imágenes e implicara contacto personal y físico con el cuerpo del cliente final nada tendríamos que reprocharle. La conciencia sombría del porno le impide abrirse al contacto físico y le obliga a quedarse detenido en imágenes vacías y gemidos grabados. Ese es su crimen. A esa industria no le conviene que nadie se dé cuenta de que el porno y la prostitución son exactamente una y la misma cosa. Esa es la razón por la cual los modelos de ese «gremio» como Ignacio Jordán saltan ofendidísimos cuando les preguntan por el funcionamiento de la industria y su proceso en ella, diciendo: «pregúnteme por cosas más importantes que el sexo». Qué astutos: zorros avisados, no desean que nadie descubra que la desatención al sexo es, precisamente, la causa de los problemas de la sociedad: desean desviar la mirada para que nadie sepa su secreto y poder seguir beneficiándose de ese estado de cosas o statu quo. El porno es el mejor amigo del statu quo. Muchas personas que se dicen «tolerantes» dirán que este tema de la legalización de la prostitución directa y de contacto físico para la gente no tiene la menor importancia ni relevancia para «el progreso». Afirmarán que hay cosas más trascendentales como «la economía» y «la lucha de clases». Lo que quieren decir, debajo de tanta palabrería mamerta-barata-marxista, es que siendo cristianos de parroquia están moralmente en desacuerdo con la prostitución. Así de simple. No se atreven a decirlo así, abiertamente, pero eso es lo que piensan. Es algo con lo que están moralmente divorciados. Lo desaprueban. Por otra parte, en cierta medida muchos de los que así hablan tienen sus vidas sexuales solapadas, dobles vidas en donde, por debajo de la mesa, mantienen relaciones sexuales clandestinas, por lo tanto, no les afecta este problema porque ya tienen «sexo», «ya tienen solucionado el problema» sin necesidad de involucrarse en el mundo de la prostitución. Recordemos la pirámide sexual y los privilegiados para el contacto sexual. Es la doble moral católico-judíocristiana la que reduce esta propuesta al ridículo porque le tiene físico miedo al placer libre, es decir: realizado a la plena luz política. Enemigos de la felicidad humana y del placer. Estas personas no son prostitutas ni tampoco clientes (aunque de vez en cuando reciban dinero por sexo si nadie se da cuenta) así que, «la legalización no les afecta», no es de su «interés». Sin embargo, si se les demostrara que su calidad de vida mejoraría mucho al legalizarse la prostitución porque como efecto de ello la economía generaría nuevos empleos e impuestos de los que ellos se beneficiarían, entonces, hipócritamente el tema les parecería quizás más «relevante». Algunos, sin embargo, pondrán una pose más fundamentalista y dirán que «ni por el dinero o los beneficios económicos» aceptarían que el tema sea de interés. Lo curioso es que todas estas personas consumen porno a industrial a escondidas. Aunque lo nieguen. Esa es la ironía. En su primitiva doble moral no se dan cuenta de que están en desacuerdo con la prostitución directa en carne y hueso, pero apoyan al mismo tiempo la prostitución indirecta que es el porno: consumiéndolo. El cuerpo debe ser negado para dejar sólo lo mental: las imágenes. Eso es lo que quieren decir. Son netamente pseudo-platónicos, gnósticos, cristianos: negadores de la carne. Apoyan el sexo y la prostitución incorpórea, es decir: el porno, pero condenan lo mismo cuando es físico y corporal, en carne viva: la prostitución como oficio legal. Se nota el dualismo judaico en todo lo que hacen. Gente doble en todos los sentidos. Bueno, gracias a estas personas existe toda la desdicha social y económica. Estamos frente a los verdaderos autores y justificadores de los flagelos políticos. Gracias a estas personas existe la trata de blancas, la pedofilia y, en suma: la injusticia social. Es debido a poner en último lugar de importancia la felicidad sexual directa, de la carne, que toleramos el maltrato y la explotación del ser humano en todos los demás aspectos. No valoramos lo erótico: por eso lo rebajamos y lo limitamos a los genitales, a los antros clandestinos y a lo pornográfico. Las personas tradicionales ponen en último lugar de la existencia humana la sexualidad física y corporal como derecho político universal para conservar los valores familiares morales cristianos que esconden debajo de sus máscaras de «modernos y tolerantes», debajo de su pose «chévere y rumbera» se esconde un amargado cristiano de parroquia del siglo dieciséis. Debido a esa mentalidad aberrante, solapada e hipócrita la sociedad actual nos trata de ocultar el hecho —innegable— de que el porno es la misma prostitución legalizada. Prostitución para un círculo cerrado. Ver porno ya es apoyar la prostitución, esa es la ironía. Fue la misma modelo porno Chloe Nicole quien en 1999 lo dijo, del siguiente modo: —«las actrices porno no somos actrices sino prostitutas con beneficios: podemos escoger con quien acostarnos, nuestras parejas son examinadas periódicamente contra Hepatitis y VIH, un beneficio que no tienen las demás prostitutas. Por eso podemos tener sexo bajo control, sin miedo, de ahí podemos disfrutarlo más, lo cual nos permite atrevernos a hacer más cosas en la cama, cosas que todos desearían poder hacer pero que nadie en la vida real puede probar sin miedo a los riesgos. El hecho es que tenemos sexo por dinero, somos prostitutas y eso es lo que hacemos. No entiendo por qué un hombre que ofrece dinero por sexo a una mujer puede ser acusado ante la ley mientras que un productor porno que hace la misma propuesta a la misma mujer lo puede hacer sin consecuencias legales, de todos modos, los productores porno son proxenetas igualmente, es una forma de proxenetismo legal»—.

Cada modelo porno es una prostituta rentada por una mafia cerrada y hermética: en un comunismo sexual interno «sólo para miembros del club». Ese es el crimen contra la humanidad que comete el porno industrial, debe ser para todos o para nadie. Es hora de abrir y legalizar entonces de forma directa esa actividad: para el resto de la humanidad y la sociedad —no sólo para los miembros del club-porno de quince mil personas—. Es natural y lógico que así sea pues el porno ya legalizó la prostitución: sólo que exclusivamente para su gremio cerrado. Se sugiere desde el hedonismo hacerlo para todos —o para nadie.

El mundo pagano tenía muchísima más madurez y manejo que nuestra civilización en ese sentido. De hecho, no hay nada que imposibilite que los establecimientos para hacer intercambios de pareja ofrezcan subsidios al consumidor, para que la auténtica autorrealización sexual sea más asequible para todos animando a más personas a hacerlo a la luz legal plena, no mirando porno sino de frente en carne y hueso, sin máscaras, y para que se establezcan centros comerciales libres de alcohol dedicados a la prostitución netamente legalizada, bajo prestaciones de ley y salud para las y los laborantes, como todo empleo digno, siempre ofreciendo subsidios para el consumidor. Los impuestos obtenidos del negocio insincero y multimillonario de la pornografía industrial —que hoy por hoy no paga impuestos y debe comenzar a hacerlo— (se trata de simple sentido común) bastarían para financiar el inicio de esta tarea política, así como para subsidiar la vacunación contra enfermedades sexuales para toda la gente del común: en especial contra el Papiloma y la Hepatitis B. La prostitución es diga porque es sincera y directa, no como el porno. No olvidemos que, la legalización de la prostitución traería muchísimos beneficios monetarios para la empresa privada, así como para la sociedad por medio de la recaudación de impuestos, publicidad, etc. Lo único que nos separa de todo esto es nuestra mentalidad moral. Nuestros rosados principios morales de la familia tradicional basados en la mitología judía de vergüenza hacia el sexo hacen de barrera que impide cualquier libertad existencial y sexual en los términos físicos del cuerpo. Somos una sociedad inconscientemente judía-cristiana amargada sexualmente, que tiene un prejuicio intelectualista, plagado de ignorancia y cobardía puritana frente a lo erótico y el placer. Por eso es una sociedad pornodependiente, es decir: depende de la industria de la pornografía para que ésta piense el sexo a nombre de todos los demás y lo muestre «de mentiras» para la gente. Eso es lo que estamos haciendo: estamos permitiendo que una casta o élite de modelos y directores «porno» piensen y definan por nosotros lo que «debe ser» y como se debe pensar, realizar y vivir el sexo, o sea: la vida misma. Recordemos que lo sexual es nuestro propio ser, de modo que esta gente mezquina está definiendo y reduciendo nuestro ser a sus términos. ¿Hasta cuándo mantendremos vivos a estos tiranos?, ¿hasta cuándo? Su vida es la muerte sexual de una humanidad que exige vivir en la realidad, no es la esfera de los videos. Así que deben morir de cierto modo para que la humanidad renazca para el erotismo pleno.

Heidegger diría: —vivimos en estado de interpretados por el porno— «Hay un enorme sistema llamado porno industrial que piensa el placer y el sexo por nosotros ahorrándonos la terrible tarea de pensarlo y de vivirlo nosotros mismos directamente en carne propia». «Existe para que nosotros no existamos porque somos muy cobardes como para exigir el derecho mismo a existir, es decir: el derecho al sexo». Eso es lo que piensa el sistema de Heidegger con relación al porno.

  • Por eso, los exámenes de admisión a las universidades buscan mentes nerd, incapacitadas para lo erótico. Por el contrario, la capacidad para el goce y para compartirlo debe ser la inteligencia más premiada, y la más buscada, mas no la capacidad de hacer rigurosas orgías intelectuales con el lenguaje, o de armar argumentos eruditos, áridos y resecos como los de Ayn Rand o Marx inspirados en una cosmología judaica del mundo.
  • El criterio de búsqueda de talentos de la academia está sesgado. En la universidad habla el docto analfabetismo. Analfabetos del conocimiento más importante alrededor del cual debería girar la Universidad y la academia: la práctica de la felicidad. Lo erótico en su más amplio sentido. Se trata de un saber que Sócrates perfiló pero que ha tenido muy pocos hombres que sigan aportando a su tradición hasta hoy, excepto, quizás, por lo que estamos tratando de hacer nosotros los que rescatamos ese conocimiento práctico (técnicamente esto se llama: «eudemonismo» el saber para la felicidad). Algunos pocos universitarios confunden la felicidad con la burla, la ironía, la irrisión y la payasada: cosas que no tienen nada que ver con la felicidad. No tienen ni la menor idea.
  • En la praxis de la felicidad tiene que incluirse el desarrollo de la inteligencia erótica. Este asunto ha sido abandonado. Por eso, el porno le ha ganado el pulso a la academia, pues sabe muy bien ésta gran verdad que a la sociedad le da vergüenza aceptar, y así, esa industria ha usado el desarrollo en las competencias de la inteligencia erótica para manipular exitosamente la mente de los demás seres humanos muy por encima del uso de la razón: humillándola.
  • En últimas, y a modo de sumario: la felicidad es una praxis. Una práctica que consiste en limitar los apetitos únicamente a aquellos cuatro o máximo cinco que se pueden cumplir (Epicuro), para que nunca se pueda sentir frustración u odio, que son finalmente lo mismo (Spinoza), y ya definimos cuales son esos apetitos.
  • Con todo lo que tenemos ahora mismo como sociedad, ya podemos fácilmente satisfacer la necesidad grupal de no tener hambre, no tener frío, no tener sed y ofrecer garantías políticas para la realización sexual y corporal, eso que la pornografía industrial solamente muestra imaginariamente como una fantasía irrealizable y sombría —únicamente accesibles para su mafia de «actores»— cuyos cuatro medios materiales de realización física se le ocultan a la gente, convirtiéndose así en lo que quizás podría considerarse como el peor distractor, supresor y represor, hostil a la felicidad, que la especie humana jamás haya enfrentado y que induce, por frustración sexual, al estado de malestar social que produce no sólo la criminalidad sino la destrucción ecológica del planeta. La contaminación y la sordidez a la que el porno industrial somete a la mente es la primera contaminación ecológica. El primer medio ambiente es la mente humana, —¿eso es tan difícil de entender?—.
  • La frustración y el odio son uno y lo mismo. La frustración sexual, específicamente, empuja a cada ser humano a sentir un malestar existencial muy profundo que lo lleva, sin saberlo, a cometer actos destructivos buscando de manera no consciente un desahogo de su angustia. Sin realización sexual el ser humano se convierte en un monstruo. No solamente la violencia común, sino también la destrucción del medio ambiente y la corrupción política forman parte de las muchas consecuencias directas de la represión sexual colectiva. La pornografía industrial, específicamente, causa la más grande frustración existencial porque tapona la única forma de desahogo físico directo de las pasiones a nivel colectivo al reemplazar el contacto sexual corporal con la sexualidad indirecta falsa e imaginaria de los videos infectados de la obscurecida ideología religiosa judaica. Por lo tanto, cuando nos preguntemos por problemas relacionados con la destrucción de las selvas del mundo y la destrucción de los ecosistemas o el abuso sexual infantil —hay que ser claros— indicando que el porno es uno de los directos responsables de esos fenómenos a nivel psicológico, debido a la contaminación y frustración sexual que esa industria causa en de la mente humana, la cual, finalmente empuja a destruir los ecosistemas y a la autodestrucción personal misma de cada sujeto.
  • Pero hay salidas para todo esto. Para lograr la realización sexual, que es la misma realización existencial, solamente se necesita de una simple logística, y ésta ya ha sido descubierta y usada por esa misma industria. Lo único que falta hacer en este preciso momento es extirpar esa metodología y esa logística de la comunidad porno y trasplantarla al resto de la sociedad para que la aplique plenamente: aquí y ahora, suponiendo que la sociedad fuera un solo cuerpo —que no lo es—.
  • La «educación» se debe simplificar en los colegios al cultivo del conocimiento y manejo prudente de los afectos. Eso hacían los grandes sofistas griegos como Gorgias, Protagóras (no se dice «Protágoras» pues el acento va en la mitad en el griego original) y Pródikos Los demás saberes del magisterio son totalmente secundarios y despreciables —y sólo se deben enseñar como un pequeño complemento del gran saber fundamental—: desarrollar en cada cual la capacidad de conocer y superar las propias pasiones. La victoria sobre los propios deseos. Ese es el complemento final de la libertad sexual y la praxis de la felicidad.
  • Los deseos y necesidades humanas de la sociedad a nivel político, no se deben enfocar en el progreso económico descarrilado, salido de un balance con la Naturaleza, esa actitud proviene de una superstición religiosa de «dominar el mundo». Tampoco la sociedad se debe enfocar en las competiciones internacionales (Epicuro y critica a la paideía) deportivas e intelectuales, al estilo de la Guerra Fría, para aumentar el ego o el falso patriotismo, mucho menos en los ideales morales de «decencia» de la familia tradicional y la idea de trascendencia, sino que debe regresarse a una sociedad unida a la tierra, pagana, campesina, donde el mundo político se enfoque únicamente en las necesidades del cuerpo y la mente, que son como máximo cinco: 1) lograr la paz mental o comprensión de los afectos, 2) no tener hambre, 3) no tener frío, 4) no tener sed, y 5) recrearse en el goce sexual de manera directa, segura, moralmente dignificada, abierta y políticamente garantizada por la sociedad. Con esas necesidades satisfechas basta y sobra. No necesitamos ir a Marte para llevar a otro planeta la miseria humana, sino que ésta debe ser solucionada aquí y ahora. A la ciencia moderna le quedó muchísimo más fácil proponerse ir a otro planeta que enfrentar, en la tierra, la miseria de las pasiones humanas. Se trata de un acto de evasión y de pura cobardía. Debemos dejar de huir de este asunto existencial. Sin necesidad de tener energía eléctrica, laboratorios científicos y calculo infinitesimal hizo mucho más Sócrates (y Protagóras) por responder y solucionar el problema de la miseria, o sea, de la esclavitud humana a las pasiones que todos los científicos actuales y futuros. Aristipo de Cirene aportó mucho a la solución descubriendo que para que el ser humano viva mejor a nivel económico, político, social y personal necesita de una sexualidad plena, sin culpa ni remordimientos, sin sentido de delito, sin ocultarse a los ojos de la familia y la sociedad, sin contaminarse de aquello que el joven Hegel llamaría: la conciencia sombría o conciencia sexual desdichada. Sin clandestinidad ni doble moral. En una frase: sin la lógica del porno industrial moderno. Sexo libre significa libre de
  • La anterior es la agenda política hedonista pagana: prima hermana del cinismo filosófico de Antístenes y Diógenes. El paganismo y el enfoque de las culturas raizales no es algo pasado de moda: siempre que sentimos una mínima conexión con la Naturaleza somos paganos. Ese eterno retorno nunca podrá morir.
  • Se objetará todo esto diciendo que si liberamos lo sexual el ser humano se desbordará en perversiones o crímenes sexuales. Eso es totalmente falso y delata al que así piensa: se necesita ser demasiado freudiano para pensar de ese modo tan judaico y pesimista sobre la sexualidad humana. Para el cristiano también el sexo es perversión, las dos cosas son sinónimos, de ahí que el porno sea necesariamente En cambio, en la alegoría griega astrológica, el dios de la filosofía y la mente sana Zeus-Júpiter-Optimus era el más feliz sexualmente. Lo que quiere decir esa alegoría es que si la sociedad está obsesionada por la sexualidad criminal, compulsiva y clandestina es debido, precisamente, a que está suprimida sexualmente. De ahí, y no de otra parte ha nacido el abuso sexual infantil compulsivo que padece nuestra sociedad. Este flagelo proviene de nuestros más amados y venerados principios morales de la familia tradicional que persiguen la pureza y la trascendencia o «progreso». Esos principios morales son los violadores y pedófilos que deberíamos «mandar a la cárcel» valores que viven, literalmente, dentro de la iglesia católica. Esos valores son los que llevan de la mano a cada ser humano contagiado por las peores monstruosidades. No se trata del «libre albedrío perverso» de unos cuantos «malos elementos» antisociales que deban ser «individualizados» para su castigo. Se trata de que los criminales son nuestros más amados valores morales de la familia tradicional con los que se escriben las leyes mismas.
  • La moralidad cristiana es la causa y la madre de la pedofilia y la pornografía infantil.
  • En la medida en que se elimine la represión sexual y la moralidad de la mal llamada «decencia» cristiana se elimina necesariamente la criminalidad sexual misma.
  • La lógica sexual del Antiguo Testamento (judaísmo ortodoxo) ahora traducida al idioma de las imágenes del porno industrial nos enseña todo lo contrario: que la perversión es la máxima forma de placer. Estos «rebeldes» pueriles hacen del sexo un vehículo de su sed de grito de libertad y afirmación de su individualidad «única»: esa es la «ideología Amarna Miller». Se trata de pura vanidad meramente. «La gracia y lo atractivo del sexo es que sea sombrío y asqueroso», dice Woody Allen: ese rabino laico y pedófilo, muy similar a Román Polanksy, otro rabino universal, mundano, y curiosamente: también pedófilo.

Hemos normalizado y naturalizado el sexo como estado de angustia y ansiedad. Si entrevistamos a un hombre que ha tenido relaciones sexuales clandestinamente a lo largo de toda su vida, dejando embarazos no deseados por el camino, abortos, riñas, contagios de enfermedades, estados de embrutecimiento con drogas y alcohol, amanecidas en la calle a altas horas de la madrugada, atracos, visitas a antros y prostíbulos de mala muerte y demás cuadros compulsivos, y le planteamos que, desde el punto de vista del hedonismo clásico griego de Aristipo y Epicuro no ha vivido plenamente su sexualidad y no ha vivido en el placer, nos va a decir que Aristipo y el hedonismo «están locos». ¡Vivir el sexo se trata, precisamente, de vivirlo de una manera sombría, hacerlo con mala conciencia, eso es el mayor placer! Para los cristianos el goce nace de sentirse sucios, sentir que están haciendo algo malo o «pecaminoso», eso los estimula. Ellos lo dicen: el placer es pecar, trasgredir, engañar, «hacer lo incorrecto», mantener el sexo como algo no-político y clandestino. No plantean el derecho político al sexo porque sienten física vergüenza de mostrarlo a la luz. Para eso existe el porno industrial: para mostrarlo en la oscuridad. Piensan con la lógica del porno judío. El término goce sexual, y su filosofía del placer como algo vivido con absoluta libertad moral, libre de angustia es algo totalmente utópico e irreal para la mente de un cristiano. Con esa actitud ellos no perciben que están frustrando el sexo auténticamente libre y suprimiendo el placer. En una sola frase: como buen heredero del judaísmo, el cristiano neto piensa que el sexo implica un vicio. Así de sencillo. Un estado de masturbar la ansiedad y la compulsión. Consentir la angustia usando el sexo como excusa. Como Bryan Matthew Sevilla: si no se tienen elementos de odio, violencia, ansiedad compulsión y sentido de pecado no pueden disfrutar del sexo. Ahí están nuestros lindos judíos-cristianos consumidores y productores de porno. Escondiéndose de Jehová (su sociedad, su familia, sus hijos, etc.) para que no los mire «pecar». Que patéticos. Si no viven el sexo envenenado no lo pueden ni siquiera pensar. Como los zopilotes que vuelan por encima de los basureros: no sienten rica la comida si no está bien podrida. Por eso son todos pedófilos en potencia. Finalmente, por eso existen los negocios de la pornografía industrial y las webcams, —¿no es así?— Para limitarse a mirar y no tocar. Mirar lo podrido y lo prohibido. Que cobardes. Cagados del miedo. Por eso evitan vivirlo en carne propia y así impiden declarar lo sexual como derecho abierto políticamente. Es necesario reprimirlo, suprimirlo, reducirlo a solamente las imágenes hechas por modelos. Limitarse a ver aquello que les da vergüenza mostrar frente a una moralidad, o sea: frente a su dios, el dios de los judíos. Deberían mirarse a un espejo. Por eso Nietzsche dijo que «el judío-cristianismo dio de beber veneno a Eros: éste, ciertamente, no murió, pues es un dios, pero decayó convirtiéndose en un vicio».

Con esa frase de Nietzsche digamos algo, de paso, sobre el asunto de las «webcam»: tienen el gran mérito de destruir las estrellas porno para bajarlas a la tierra. Las webcam son el comienzo del necesario fin de los actores porno, es decir, la orientación webcam va a terminar asesinando al porno industrial. Un nuevo tipo de porno superará al anterior hasta aplastarlo. Todo cae por su propio peso. Eso lo celebramos. Eso debe ser aplaudido de las webcams. Lo negativo, diría Aristipo de Cirene, es que, desafortunadamente, las webcam no ofrecen tampoco ningún contacto sexual de carne y hueso real. Es un mundo por fuera de este mundo, o sea: un modelo cristiano de pensamiento. La localización de los que hacen espectáculos de webcam siempre es «en el País de las Maravillas», el «país porno», «en tu pantalla». No pueden entablar ni siquiera una conversación inteligente de relatos sobre sus experiencias de sexo como hacen los personajes del marqués de Sade. No piensan el sexo, sino que son robots de un teclado que no dialoga. La idea es crear autómatas humanos de un tipo de sexo mediocre. No existen en un lugar real. Están separados y se muestran desde un mundo apartado del real. Lejos de su propia gente. Eso en términos técnicos se llama ser trascendentes, teleclinos: están enfocados en lo lejano, no en lo cercano. La inmensa mayoría de los modelos están ocultos para que nos los vean en sus propios países y ciudades. La idea es que no los vean en los lugares donde viven. Es decir, son represivos porque no ofrecen sexo sino despertar deseos que no piensan cumplir en contacto real del cuerpo. El sexo que experimentan no es para compartir y participar con el lugar donde están. No quieren estar cerca sino lejos para le mente del espectador. Ofrecer placer para gente distante pero no para quienes tienen cerca porque no les da plata o no los consideran merecedores de su belleza. No están disponibles para su mundo concreto y próximo. Desprecian profundamente lo local y buscan lo que está lejos. Por eso, el sexo de las webcams, al menos por ahora, sigue siendo una sexualidad represiva porque no está disponible en carne y hueso y en la realidad por el sistema webcam mismo. El sistema no está pensado para el contacto real. El contacto real se reserva para unos elegidos sacados del círculo cerrado personal de los modelos. En la vida real ellos excluyen y no comparten su cuerpo sino con unos preferidos. Esa es la esencia de la represión: evitar la participación. El sexo real es sólo para unos cuantos, favorecidos, se le muestra a los demás por una cámara sólo por el dinero. No es sexo libre y participativo sino reprimido por el mito del dinero y el progreso. Mostrar sexo sometido por el dinero para «progresar». Las webcam evitan crear ídolos como los antiguos modelos porno, y eso es bueno, pero aún no logran liberar el sexo. El sistema webcam es algo que deja mucho que desear porque coarta la libertad sexual. Su enfoque debe ser rediseñado para ofrecer contacto real, no meras imágenes, eso lo hace represivo.

No existen aquí y ahora: en la realidad física concreta para tener contacto físico con el usuario en carne y hueso: para una cita real. No hay contacto sexual posible. Después de pagar muchos «tokens» o propinas es posible que alguna pareja o modelo acepte una «cita» pero es una posibilidad demasiado remota. Sin embargo, como dijimos, ya hay un avance. Al menos es algo mejor que el porno industrial donde la posibilidad de contacto es cero, pero aún sigue siendo algo demasiado parecido al porno industrial. Hay que superar ese enfoque evasivo del contacto real. Debemos dejar de huirle al contacto físico y de crear mundos por fuera de este mundo.

La tesis central de Aristipo es que nada reemplaza la experiencia del sexo real. Nadie gana nada con ver una mujer bella, llamándolo al acto sexual, y finalmente no poder tocarla. Es como ser llamado a la mesa a cenar y al meter la cucharada en el plato ver cómo desaparece. Tocar la pantalla no vale: como dijo Gustavo Cerati en la canción «nada personal». No funciona. Tocarse a sí mismo al final es represivo. Represión sexual disfrazada de liberación. Quizás las webcams como industria deberían ser re-diseñadas para que la modelo o la pareja de modelos y los usuarios entren en contacto físico sexualmente: pagando «tokens» o propinas para tener la oportunidad de tener una cita al menos «amistosa» en carne y hueso. Siempre y cuando, claro, la modelo estuviera de acuerdo. Obviamente se debe verificar que los usuarios sean personas reales y normales. Hay mucho demente detrás de un teclado. Tendría que diseñarse un sistema de seguridad. El punto es que se debe hacer algo para ir al acto sexual directo, en vez de quedarse en la fantasía, porque mientras el sexo se quede en la fantasía, diría Aristipo, se convierte en algo represivo. Es como fabricar un departamento aparte en la mente donde se echa toda la basura y la frustración. En eso ha convertido la sexualidad nuestra sociedad. Pensamos que lo sexual es como una especie de —sitio aparte— separado de la familia, del trabajo y de la vida normal. Esa es la denuncia central de este trabajo. Nadia ha advertido que en eso consiste precisamente la represión. Mientras el sexo no sea sacado de la sombra para ver la luz nuestra sociedad nunca dejara de ser desigual y desdichada. Ese es el origen último de todos los problemas sociales. Por eso vivimos en un mundo del sexo reprimido. Lo erótico está muerto, es decir, aunque haya mucho sexo lo erótico sigue muerto. No vemos la vida con erotismo, es decir, buscando la armonía sino yendo por la angustia. Eso sucede porque la sexualidad se ha puesto en —otra dimensión— muy lejana del resto de actividades de la vida. Escondida con miedo y vergüenza. Por eso podemos decir con Nietzsche que el sexo ha sido envenenado. Ni las webcams y muchísimo menos el porno industrial liberan lo sexual, simplemente lo ayudan a mantenerse lejos, en un estado de fantasía. En otra dimensión donde tenemos otra una personalidad. Para dummies: mi persona, aquella que deseo mostrar ante el mundo no es esa persona sexual, esa faceta queda para la «noche», para cuando trabajo en webcam, para mi mundo secreto. Pensar así es el origen de todos los problemas sociales. Pensar de ese modo ha envenenado el sexo y nos ha hecho pensar que el placer, lo erótico, es algo impropio, inadecuado, reservado para un mundo oculto.

El sexo es entendido como un acto de rebeldía y rebelión por esta tribu llamada mundo moderno. Por medio del sexo expreso mi libre albedrío y mi rebeldía: eso es lo que se quiere decir. Lo sexual ha sido manipulado para que nos lleve a pensar que somos voluntades individuales, entes caprichosos, ruedas sueltas en el mundo desligadas de la naturaleza. El sexo debe servir para ligarnos a algo más grande no para separarnos como sucede ahora. Es una idea simple y fácil de entender.

Aparte de envenenar el goce sexual, mal entendido como pecado, el judaísmo-cristianismo de la sociedad capitalista actual ve como una pérdida de tiempo los demás instintos primarios y naturales que nos enseña a apreciar Epicuro. Por ejemplo: el comer en paz y bien, el descansar, buscar un techo estable: el ocio que nos enaltece. Una vida que es pacífica y muy sencilla para ser vivida es la felicidad que propone Epicuro. Ni siquiera enfatiza sobre el sexo ni se obsesiona con lo sexual, aunque lo considera natural (Aristipo es quien destaca mucho ese tema, no Epicuro). Por el contrario, para una mentalidad capitalista y marxista que es exactamente la misma mentalidad cristiana lo único importante es ir más allá, o sea: adorar al dios de los judíos que, en otras palabras, es lo mismo que buscar el progreso y el nacionalismo mal entendido. Las necesidades básicas son vistas como algo secundario, que no merecen la menor reflexión. Estas necesidades son cortadas y reducidas a su mínima expresión. Por eso comen mal y de prisa haciendo otra cosa, duermen mal y poco para trabajar más tiempo. Su obsesión es el dinero. Se salen de lo natural para delirar con la fama, el amor romántico y la alimentación basura. Mostrar su ego y su individualidad ante los demás. Esa basura existencial se convierte en la forma de vida «digna» para un ser humano que ha sido convertido en des-humano y finalmente: inhumano.

 

  • No son unos cuantos «individuos» enfermos sino toda nuestra sociedad la que comete cada uno de los abusos sexuales y cada crimen sexual gracias a la manera como se piensa colectivamente el sexo mismo: a partir de la moral cristiana y la suposición del «libre albedrío». Esos crímenes se realizan debido a que la colectividad está sexualmente insatisfecha pues éste placer existencial ha sido obstaculizado política-y-moralmente usando como medio de represión un mecanismo en serie de esclavitud triple llamado: unión de pareja, amor romántico y sostenimiento del hogar pequeñoburgués. La familia tradicional ha —sometido al sexo a ser un esclavo del amor, es decir: un simple medio para un fin— y no un fin en sí mismo como debe ser pues así lo ha determinado la Ley de Naturaleza que es la más fuerte y legítima: el sexo por el sexo.
  • Al haber puesto moralmente al sexo como un medio y no como un fin en sí mismo hemos creado los peores crímenes sexuales: incluyendo los cometidos contra los niños y niñas. Esa es la causa del abuso sexual infantil, no otra.
  • Si se alcanza la auténtica realización sexual: el sexo por el sexo, de modo seguro y prudente: como lo ha hecho Aristipo, entonces, el ser humano se sosiega respecto a esa urgencia interior: se disminuye la angustia, se pacifican y se aminoran en la sociedad los peores deseos colectivos compulsivos tales como: destruir los ecosistemas y abusar sexualmente de niños, por ejemplo, y luego comienza a crecer un espacio en la mente personal y colectiva para la filosofía, la solidaridad, la ingeniería al servicio del cuerpo humano y el alto pensamiento: sin jamás renunciar a lo sexual. Se trata del equipo de tres mentes: sexo directo en carne y hueso, —sin huir a las imágenes sin cuerpo imaginarias del porno industrial— felicidad y sabidurías (en plural). Es la ciencia de la alegría natural: la gaya ciencia, la herencia que nos dejaron los grecorromanos y otros pueblos, tan indígenas como lo eran ellos: las naciones antiguas y ancestrales de toda la tierra dignas de respeto y reverencia. Una vez satisfecha la sexualidad, la mente entra en un cierto estado de paz (llamado: ataraxía ) y pasa a elevar lo erótico hasta niveles de alta y serena creación, por eso, la verdadera causa que permitió el surgimiento de la filosofía y la civilización griega fue la libertad erótica del pueblo helénico (que también gozaban los egipcios). Una causa que nadie quiere ver y reconocer debido al enfoque frígido y puritano de la trillada versión pueblerina, racionalista e ilustrada de la Historia de la Filosofía escrita por el tardío Hegel y Kant.
  • El mito de la pareja enamorada, del alma gemela y del ambiente aséptico «alejado de sexo» para los inocentes «niños de hasta dieciséis años cumplidos» se opondrá a nuestra filosofía con sus principios morales judíocristianos. Lo curioso es que, esos mismos padres «enamorados» que salen a trabajar todo el día para el «progreso del mundo» y el futuro ascenso social de sus «puros e inocentes» hijos, dejan todo el día a sus «niños» con los computadores en línea y los celulares encendidos —mirando accidentalmente porno a escondidas— para que Ashley Gasper, Antonio Tano y Bryan Sevilla les enseñen la ideología judía negativa de sexo: ¿esa es su idea de proteger a la niñez? Qué hipócrita es la leyenda del amor romántico monogámico y de su hogar rosado pequeñoburgués: «libre de malos pensamientos» que no facilita moral ni físicamente el sexo directo y corporal —en carne viva— para sus hijos cuando apenas salen de la niñez dejándole a muchos, como única salida, mirar porno. Estas son las lindas familias cristianas a quienes esa industria les debe tanta ayuda. Si la sociedad fuera hedonista se organizaría para que la gente, apenas acabara su infancia, gozara del sexo —directamente— mala conciencia, sin clandestinidad barata, sin porno capitalista, sin cargas morales, sin compromisos afectivos como el noviazgo, sin demasiada religión del amor de pareja, sin el peso de embarazos no planeados ni deseados y sin sentido de culpa, pero aún no somos esa sociedad, aunque una vez la fuimos antes del cristianismo. Los fuimos, pero supuestamente «evolucionamos» o «progresamos».
  • La familia, que forma a la clase media y sus valores de decencia y moralidad sexual, es el primer lugar de represión donde se vigila, castiga y reprime la vida sexual de los sujetos-hijos vigilados y sujetados por sus padres para que sean «decentes» y «puros», es decir: para que disimulen, para que vivan el sexo de modo clandestino y asolapado. Así se castra su expresión sexual plena obligándolos a vivir el sexo clandestinamente, de manera sombría y con mala conciencia, en la noche de la in-conciencia. Obligan a sus hijos e hijas a ser asolapados. Las matronas victorianas han creado la doble moral y por ende son las madres mismas del porno al convertir el sexo en un asunto de vigilancia y control, donde sus hijos son el centro de la vigilancia misma: en especial cuando son de género femenino.
  • Si el dueño de una casa siente terror ante la idea de cultivar el jardín del sexo: porque «es pecado», lo deja al abandono como un lote baldío, al frente de su casa, para que crezca la maleza y las ratas sean sus dueñas. Ese hombre es el hogar basado en los valores morales tradicionales mientras que el jardín abandonado es la mente humana sin realización sexual. Las ratas que lo terminan controlando e invadiendo son la industria porno y tantas otras similares: como el consumo de sustancias.
  • La afirmación absoluta del sexo es la negación absoluta del porno industrial porque el porno es la más grande y desleal traición al sexo. Lo repetimos: la traición al sexo. La negación de la carne en aras de la simple vista. La negación del cuerpo para dejar volando sola a la mente sin el goce de la carne, es decir: en la soledad social y política del aislamiento individual automasturbatorio
  • El que capte el concepto que sea libre, el que no, que siga mirando porno.
  • Recordemos que los seres humanos no somos para nada grandes. Ese delirio lo trajo en parte el judíocristianismo y en parte Hegel con su alucinación del progreso de la cual se copió Marx. Somos infinitesimales, tan pequeños que hoy en día todos cabríamos en el Estado de Tejas (Estados Unidos) separados a cien metros de distancia, o en Rusia dentro de mil años. Somos infinitesimales, insignificantes para la tierra, para la realidad y para la Naturaleza. No asustaríamos al planeta ni siquiera detonando las veinte mil bombas nucleares que hay en el globo. La vida tarde o temprano regresaría a su eterno retorno sin inmutarse. Pocas semanas después de la explosión de la bomba atómica creció un arbusto en el medio del sitio de la detonación. La Naturaleza es completamente invencible. Los intentos de protagonismo humano son ridículos. Toda la tecnología es despreciable y minúscula: si la vemos grande es sencillamente porque somos infinitamente pequeños: no es por otra razón. Sí, pequeños e insignificantes. Incluso el más grande gobierno humano es insignificante. No somos el centro del universo. El individuo no tiene la menor importancia: aunque eso le duela tanto a gente como Amarna Miller y los tantos posmodernos que se desviven por decirle al mundo cuan «únicos», «irrepetibles» y «especiales» son con su «individualidad mágica» dotada de una falsa y aparente «libertad de elección» para ser los «creadores de sí mismos». Patéticos. En ese sentido Sartre ayudó mucho a impulsar ese angustiante mito cristiano del individuo. Es sólo una religión, un mito. Sólo inspiran lástima. Vieron demasiadas veces la película Matrix cuando aún tenían cuatro años de edad, y no han madurado un solo minuto después de haber cumplido los cinco. Tienen cinco años de edad mental en medio de sus cuerpos adultos. Lo irónico es que la misma Naturaleza es quien conduce esos pequeños sueños humanos de grandeza y siempre es ella misma: jugando consigo misma la que conduce el devenir de todo. El estoicismo es un inmenso tipo de placer erótico que surge al aceptar el hecho de que no somos los seres importantes que creemos ser: no hay individuos. No hay otro camino más que la conducción de la naturaleza. De hecho, nunca ha habido opción. Lo irónico es que cuando creemos que nos rebelamos ante ella igualmente la estamos obedeciendo, no hay un solo átomo de libertad de la voluntad personal humana. No lo necesitamos para ser felices. La felicidad consiste en asentir al destino: comprendiendo que debemos dejar conducirnos por la naturaleza en todo sentido pues la prudencia también es algo natural.
  • El destino y nosotros mismos somos una sola y la misma cosa: ducunt fata volentem, nolentem trahunt: investiga, por favor, qué significa esa frase benévola lectora o lector.
  • En síntesis, lo que hemos querido decir con todo este libro es que la razón solamente tiene una única función, la cual consiste en avisarnos que ella no puede remediar ni moderar la miseria humana porque no puede controlar las pasiones. Así de simple: para eso sirve la razón. Sin embargo, la razón misma es quien lo enseña. Hay que oírla. Lo más consecuente entonces es emplear la prudencia y usar ciertas pasiones para moderar y apaciguar otras: «un clavo saca otro clavo». Esto se logra mediante lo que hemos bautizado como la economía de las pasiones. Satisfaciendo únicamente ciertos afectos naturales se satisfacen automáticamente todos los demás sentimientos intensos. Para entender eso sugerimos la lectura de Epicuro. Hacer eso equivale a tener todo el dinero del mundo. Se trata de moverlo todo usando una gran palanca universal: la necesidad de placer. Al satisfacer únicamente las cinco necesidades naturales y verdaderas de placer del ser humano se satisface todo: porque todas las cosas humanas, incluyendo la economía, provienen de ellas, en especial de lo sexual. Esas únicas cinco necesidades que hay que satisfacer son: 1) lograr la paz mental mediante la comprensión y apaciguamiento de los afectos, 2) no tener hambre, 3) no tener frío, 4) no tener sed, y 5) recrearse en el goce sexual. En cuanto al quinto punto repetimos, por enésima vez, que gozar del sexo significa hacerlo en carne viva y no con la simple vista, es decir: —sexo real sin porno industrializado-capitalista—. Gozar y celebrar lo sexual de manera social, con otros, presencialmente, siendo eróticamente reconocidos por nuestros semejantes de manera directa, medicamente segura, moralmente dignificada, abierta y políticamente garantizada por la luz de la sociedad en carne y hueso. Así, al satisfacer esas cinco cosas, se logra la máxima felicidad o placer de la existencia que consiste en la paz mental. Eso se consigue sin mayor esfuerzo ni angustia si hay determinación para hacerlo: evitando imitar los afectos y ambiciones ajenas. Estas palabras ofenderán a todos los amantes del dolor, el esfuerzo religioso y la angustia, que son muchos. Sus burlas solamente recaen sobre ellos mismos. El mundo está dividido en dos clases de personas, la minoría que como Epicuro o Aristipo simplemente desea la paz mental, es decir: el placer, ser felices sin ayuda de nada externo, sin sustancias, sin depender de cables conectados al cuerpo y gozando con sus semejantes del aquí y el ahora en carne y hueso, llamémoslos: los «griegos». La otra clase de personas son las mayorías, los que como Estanislao Zuleta o Sartre piensan que la palabra felicidad es muy aburrida y por eso buscan desarmar un balín, son cargantes o mamertos, intentan problematizarlo todo, hallar un problema dentro de otro problema, y otro, y así hasta el infinito. Crear problemas. Son «progresistas», odian la metafísica: su signo suele ser la creencia en el individuo y su libre albedrío. La ironía es que ese «individuo» es una fe metafísica también. Así caen en una contradicción tan patética como ellos mismos. Para ellos nunca habrá paz ni felicidad y sienten un morboso placer de vanagloria intelectual al vivir en la angustia, llamémoslos: «los judíos». Muchos dicen que la filosofía consiste en eso, en problematizarlo todo, pero se equivocan. Recordemos que la filosofía hedonista se desprendió del mismo Sócrates: la ausencia de angustia es la felicidad y al mismo tiempo el placer más grande. La libertad no consiste en la «creación de sí mismo» en un supuesto libre albedrío judíocristiano angustiado: como predica Sartre y su mito del individuo. La libertad es la ausencia de falsas necesidades, la ausencia de angustia del ánimo: ser libre de La vida no se debe enfocar en la misión religiosa y la responsabilidad histórica de «cargar con el peso» del proyecto del mundo como un Atlas, ni en la angustia de ser los «creadores de nosotros mismos» sino que la victoria más grande es sobre nuestros propios deseos y afectos. Y es, de hecho, la victoria más difícil. Para ayudarte a ti mismo en tu ruta hacia la praxis de la felicidad es bueno que recuerdes, benévolo lector o lectora, finalmente, los cuatro fármacos o remedios de Epicuro y Aristipo contra la desdicha, así como los consejos de los estoicos. Comencemos con Epicuro y Aristipo, a saber: recordemos todos los días, por un minuto, que la existencia, en sí misma, es el placer erótico más grande, y el placer nunca es malo en tanto no sea compulsivo y seamos prudentes, pues cuando no lo somos ya no hay placer; que la muerte no es nada para nosotros, ya que quien está vivo no está muerto y no puede vivir en la muerte estando vivo, y quien está muerto ya no existe para poder vivir o sentir la muerte tampoco, así que, la muerte siempre es nada. Los dolores y males realmente terribles duran poco: pues, o bien nos matan, o la crisis desaparece; además la carne no guarda memoria del dolor, pero, la mente definitivamente sí guarda memoria de sus dolores y angustias, de modo que lo prioritario en la vida es eliminar los dolores y angustias de la mente: no por medio de ahogarlos en alcohol, porno o drogas, pues estas cosas no son proyectos o elecciones libres de vida, como quería enseñar Estanislao Zuleta, sino pasiones o ideas confusas. Conociéndose a sí mismo y entendiendo las causas que originan los propios afectos es posible eliminar todo dolor y angustia al ver que las cosas no son tan importantes como pensamos. Buscar el origen, el momento en que una idea fue insertada en nuestra mente es clave. Recordemos que no existe un plan maestro: el destino, Dios o la Naturaleza no tiene planes para nosotros. Nada malo de lo que nos sucede en la vida es personal contra nosotros. No hay un plan secreto de conspiración en el universo: tranquilizaos. Dios, o sea La Naturaleza no premia ni castiga. Las cosas vacías, inútiles y que nos impiden ser felices son muy difíciles de conseguir: tales como la gloria, las riquezas, el «romance con el alma gemela», etc., pero el agua, el abrigo, los alimentos sencillos y las demás cosas que nos dan la felicidad y plenitud más profunda, son simples y fáciles de obtener. No podemos ser felices porque religiones civiles como el marxismo nos han hecho perder de vista lo que tenemos más cerca: la felicidad más profunda que habita en el grito de la carne, en el cuerpo, pero la vendemos por ir detrás de cosas más sofisticadas: por trascender socialmente con el fin de imitar los afectos y ambiciones de los demás en el gran capital. Ser feliz consiste en no tener hambre, frío ni sed: quien tenga estas simples cosas y confíe que mañana las seguirá teniendo es el ser humano más feliz del mundo. Además, rodearse de buenos amigos para reír y hablar de cosas amables, y tener —muy de vez en cuando— relaciones sexuales igualmente amables es la máxima corona de la felicidad. Aristipo nos sugiere que aparte del agua y los alimentos —así mismo, el contacto sexual corporal directo con otros en sociedad se debe suministrar de la misma manera y con la misma facilidad con la que se suministra el agua a través de un acueducto, en este caso: el acueducto de las pasiones entregado como algo asequible, seguro y, lo repetimos: —fácil—, ya que facilitarlo es el deber de la sociedad y las instituciones políticas: sí, aunque eso le moleste muchísimo al Elogio de la dificultad del cristiano martirizante Estanislao Zuleta que ama echarse a cuestas la cruz de la angustia: a quien, en parte, dedicamos —con cariño— este trabajo, ya que, sin nuestros polos opuestos no podríamos «existir». Para ese señor la idea de retornar a la íntima unión con la naturaleza es un cobarde deseo de «retorno al huevo». La idea de facilitar lo sexual para todas las personas le suena a una búsqueda de «países de cucaña». Pero al rechazar al hedonismo Zuleta sólo escupe sobre su propia cara: siempre esclavizado al placer del alcohol. El individuo maduro y «separado del huevo» que pretende vendernos es una entelequia metafísica inexistente mientras que la Naturaleza y su llamado al placer es algo absolutamente irrefutable. Además, el señor Zuleta siempre estuvo determinado: él mismo nunca salió del «gran huevo». Esa es la ironía. Nunca tuvo libre albedrío: su lucha no fue una decisión libre e individual. El deseo marxista de hacer de la vida un estado de desgarramiento y lucha o agonía constante con su llamado a «alejarse del huevo» nace de la incompetencia para moderar las pasiones que llevan a un estado de miseria, remordimiento y culpa. Ese estado, a su vez, empuja al sujeto a sentir que no merece ser feliz: por ende, trata de echarse todo el peso del mundo encima: embalándose en una lucha revolucionaria para castigarse a sí mismo. Por eso Zuleta elogia tanto la dificultad: para justificar un estado erótico y sexual reprimido al nivel existencial más profundo. Por eso hay adictos al caos y a la desdicha: pues en ella lavan sus culpas cristianas: «mea culpa». Se martirizan y se hacen grandes en ese martirio. Engrandeciendo así aún más sus ya enormes egos. En esa vanagloria intelectual encuentran su placer masoquista. Se trata del gesto patético del hombre incapaz de vencer sus deseos, que, en consecuencia, le teme al placer de ser feliz. Aristipo, el fundador del hedonismo, en cambio podía beber y jamás ser poseído por la bebida. Todo radica en la prudencia contemplativa: una palabra muy poco apreciada por el marxismo, odiada por la izquierda. Aristipo nos llama a elogiar el placer y a rechazar todo tipo de dolor y dificultad en la prudente medida de lo posible. Para aquel feliz griego todos merecemos vivir en un deleite constante y en ausencia de dolores y angustias. Sin embargo, cuando no tenemos las cosas podemos prescindir de ellas sin sufrir pues ellas no nos poseen. Quien es feliz encuentra gran abundancia con poco: es siempre rico. Eso se llama temperancia, fuerza o virtud. Si algunos fulanos ven en todo esto un deseo de vivir en una «monstruosa sala-cuna de abundancia», pues bueno, que lo llamen así: nos resbala infinitamente su opinión. Ellos ya viven en esa sala-cuna, pero de angustia: the cradle of filth.

Muy aparte, y para complementar, los estoicos aconsejan meditar todos los días sobre lo que haremos antes de que perdamos a un ser querido o se acabe una amistad, antes de que perdamos «nuestra» casa, «nuestra» salud y «nuestra» vida que en realidad no son cosas «nuestras» sino de la naturaleza quien generosamente nos ha participado de ellas, la cual, es el único individuo concreto e infinito que existe, gracias al cual existimos y de cuya fuerza interna nos seguimos necesariamente como las ramas de un árbol que crece hacia adentro de sí mismo sin intenciones o planes de progreso: ni de ninguna otra clase. Debemos estar preparados para devolver todas las cosas que «tenemos», para irnos y retornar en otras formas; debemos tenerlo todo en orden, en especial la conciencia en paz, con el fin de entregar a la Naturaleza la existencia sin sentir el menor pesar ni culpa, sin atarnos a nada, sin rencor, sin resistencias, sin lamentos, llenos de agradecimiento y amor hacia Dios, o sea: hacia la Naturaleza de la cual venimos hablando y de cuyo ser participamos todos los días directamente. Eso es estoicismo, algo bien cultivado por Spinoza: ese bello hebreo que pudo escapar totalmente del judaísmo y cuya obra ayuda a todos a escapar de ese inadecuado sistema de pensamiento de doble moral, que sigue vivo por todas partes, sin ser advertido: debajo de muchas máscaras. Recordemos todos los días, que nada es realmente nuestro y que debemos estar listos con gran entereza para dejarlo ir. Llamemos a este principio el let go: el aprender a dejar ir y retornar: el principio fundamental del estoicismo.

Finalmente, dejamos el consejo de una filosofía muy poderosa. Se trata del pirronismo. Recordemos que no sufrimos por los hechos sino por las emociones. Esto es clave: sufrimos por emociones solamente. Éstas nacen de una serie de juegos mentales que no controlamos, por ende, sufrimos por meros juegos mentales: no por cosas reales de las cuales nada podemos afirmar o negar. Espejismos que nosotros nos tragamos como la «verdad pura». Los brujos del lenguaje manejan nuestras pantallas: lloramos y reímos cuando la selección de fútbol gana o pierde y cuando nos enteramos de una «buena» o «mala» noticia. El pirronismo se dedica a hacernos conocer cómo funciona nuestra mente y como ella nos engaña: conócete a ti mismo advirtiendo como te engañan tus propias emociones y afectos. Nos revela todos los espejismos de la vida para que ya no nos impresionen más: «pare de sufrir». No se trata de que la miel sea o no sea dulce: simplemente aparece en este momento como dulce. Así hay que predicar de todas las cosas que nos suceden, tristes o alegres. Para vivir en ataraxía o paz mental, el placer absoluto donde no hay dolor, basta con recordar que nuestros sufrimientos y necesidades provienen del creer: Pero las creencias son espejismos de la razón y de los sentidos. Por eso el racionalismo científico, ya sea marxista o capitalista no es confiable. Noticias, religiones como el judaísmo-cristianismo, pornografía, deseos de progresar, dinero: cada cosa que vemos nos vende su «espejismo» y cuando lo compramos empezamos a sufrir. Animamos al lector a conocer mucho más del pirronismo. Hay un hermoso libro llamado: The Skeptical Way de Benson Mates, muy útil para los interesados en ser felices a través del camino escéptico.

Todas las escuelas filosóficas griegas han practicado siempre la misma cosa: la felicidad. Ésta es entendida como ausencia de angustia del ánimo o paz existencial, eso técnicamente se llama ataraxía. Así de simple. Es una idea de felicidad muy sencilla. En eso están de acuerdo todas las escuelas griegas —sin excepción—. Todas buscaban la ataraxía: ser felices. Al final, no importa realmente cual sea el camino, ya sea a través de la vía de Epicuro y Aristipo, o del estoicismo, el cinismo, el pirronismo o cualquier otra filosofía, lo importante es practicar la ausencia de angustia, la ataraxía , en suma: la tranquilidad que es la máxima dicha. Por eso el marxismo, y por extensión casi toda la filosofía que se dice «moderna» incluyendo el capitalismo de Ayn Rand, realmente no es filosofía sino teología, es decir: una rama de la peor religión: el judaísmo. Es la vieja religiosidad que condena al ser humano a la angustia y la individualidad para hacerle un lindo obelisco al falso progreso (así como en algunos aspectos también lo hace el pensamiento sartreano). Finalmente, todo eso nos confirma que es muy prudente decirle adiós a la mayor parte de la filosofía posmoderna, angustiante como lo que predican Unamuno, Camus y Sartre, etc., pues el arte de filosofar no consiste en crear angustia sino en remediarla. Todo aquel que crea desasosiego y se hace llamar filósofo es un traidor a la filosofía pues: —vana es la palabra del filósofo que no remedia ninguna angustia del hombre. Pues, así como no es útil la medicina si no suprime las enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía si no suprime las angustias del alma—.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

APÉNDICE

 

QUE CONSTA DE:

 

 

 —UN RESUMEN TOTAL—

 SIETE – ESCRITOS BREVES: 1) CRÍTICA CONTRA EL RIGOR LÓGICO Y ARGUMENTATIVO

 2) EL PROBLEMA DE LA PROPAGANDA DE LA CIENCIA

 3) SOBRE LOS DOS MITOS EN DISPUTA

 

 4) LA CUESTIÓN HANNAH ARENDT

5) EL ACTO POLÍTICO DE SER FELICES

 6) LA IRONÍA DE INTENTAR QUE EL MUNDO SEA UN «LUGAR MEJOR».

 7) ¿DE DÓNDE PROVINE LA OBSESIÓN MODERNA CON EL PROGRESO?

 

             Y UNA CONCLUSIÓN FINAL.

 

COMO RESUMEN TOTAL

 

Hemos expuesto que —ningún ser humano— es un individuo. El único indivisible (individuo) que cabalmente existe es: La Naturaleza. Explicamos que nunca podemos estar lejos ni por fuera de ese ser porque nosotros mismos lo expresamos en cada acción, y lo que creemos malo o bueno es sólo aquello que nos causa placer o dolor, pero no es nada en sí mismo.

Aparte de esa fuerza infinita llamada Naturaleza nada puede existir, ya que sin ella todo carece, precisamente, de fuerza y, por ende, de existencia.

Hemos expuesto que, cada ser humano es una manera de ser de la Naturaleza, pero, siendo una manera de ser limitada, el ser humano, en especial en la presente civilización, es muy divisible: los afectos lo fragmentan hasta el punto de hacerlo realizar cosas que la razón le «indica» que no debe hacer, pues, en últimas, es un mero agente que es movido al vaivén de las pasiones, pues no es libre de la ley de causa y efecto, y toda pasión es producto necesario de esa ineludible causalidad. Las pasiones son afectos o emociones que provienen de ideas confusas que surgen porque el ser humano no tiene libre albedrío ni la capacidad de entenderlo todo claramente siempre. Las emociones son la primera cosa que tenemos a la mano para conocer las cosas. Los afectos simplemente nos superan y dominan. El uso de la razón puede ayudar un poco a entender eso, sin duda, por eso sistemas como el espinosismo funcionan bien para alcanzar gran paz mental o felicidad, pero casi nadie puede entender a Spinoza porque jugar al juego de la razón requiere entrenamiento, tiempo y cierta facilidad para el uso del lenguaje. Llegar a eso es raro, difícil y escaso. Si la felicidad dependiera solamente del uso de la razón casi nadie podría ser feliz. No se puede obligar a los seres humanos a convertirse en filósofos espinosistas o en alumnos de la filosofía antigua: que son las dos principales corrientes que otorgan el mejor equilibrio emocional. Y ni hablar de la filosofía moderna o posmoderna: en ella nadie es feliz. La misma palabra felicidad produce risas amargas a los hombres modernos. Son seres patéticos llenos de angustia muy fieles al espíritu de Unamuno, Sartre o Kierkegaard, aunque no sean «sartreanos» comparten esa pose intelectual. El uso excesivo de la intelectualidad puede desencadenar discusiones, debates y polémicas eternas que bien pueden echar al piso cualquier intento de paz mental y acabar en la nada de la angustia. Todo se puede refutar, todo puede ponerse en duda. Una vida dedicada únicamente al debate intelectual exagerado es una vida miserable. Así que, en ese círculo vicioso de los debates intelectuales, ni siquiera la filosofía y el uso exclusivo de la razón representan una solución para la angustia humana. El tema de la felicidad no es tan complicado: Epicuro enseña simplemente a tener una actitud. La miseria humana viene de los afectos, y éstos deben ser apaciguados por medio de afectos alegres, opuestos y más fuertes. Spinoza mismo reconoce que alcanzar la felicidad por medio del solo uso de la razón es tan raro y escaso como los diamantes. Por eso recomienda que la gente del común, en sus irrefrenables pasiones, finalmente sea conducida por la religión que usa la pasión del miedo al castigo y la esperanza del premio. Recomienda aplicar el miedo al castigo policivo del Estado: esos miedos y esperanzas producen que la gente se comporte externamente «como si» se guiara por la razón —«como si»—. No hay otro camino: la gente, en masa y como colectivo, «como un solo cuerpo» nunca podrá ser guiada por la razón y de todos modos no se necesita que así sea, pues la Naturaleza no se limita a la razón intelectual. Por eso es ridículo que Spinoza sea catalogado como un racionalista, de hecho, es crítico de la razón, nos habla de algo llamado: lo intuitivo. Más bien la modernidad es quien intenta tener fe en que ese mal llamado «uso de la razón» se puede inocular en todos por medio de la educación y la escolarización clásica del magisterio. Es una cursilería. Spinoza se reiría de la modernidad. Bueno, las naciones paganas ya sabían todo esto. Por eso Roma le ofrecía a la gente sistemas directos de desahogo de las pasiones: sexualidad abundante, prostitución legal, catarsis en el circo romano y pan o alimento gratuito. Sabían bien lo que hacían: funcionó por milenios. Igualmente, algo parecido sucedía en otras culturas indígenas del mundo: danzas, cantos, rituales sexuales, vendimias, unión erótica con la Naturaleza: todo eso domaba las pasiones y hacían que la vida fluyera sin gran angustia. Las guerras cuerpo a cuerpo eran los últimos modos extremos de catarsis o desahogo. El mundo cristiano trató de domar las pasiones por medio de la esperanza del cielo y el miedo al infierno: como dice Spinoza. Pero nadie contaba con que algún día la gente de esta tribu llamada mundo occidental iba a dejar de tenerle miedo a la religión y que iba a perder la esperanza en una vida celestial eterna para quedarse únicamente con la fe en el libre albedrío. Por eso la recomendación de Spinoza de usar la religión para guiar al grueso de la muchedumbre ya no sirve. Dado que las pasiones solamente pueden ser canalizadas, domadas, sometidas y moderadas por medio de otras pasiones, entonces, como ya lo sabía Roma, es por medio de la liberación directa de lo sexual y la entrega del placer prudente que el ser humano puede hallar la felicidad, el sosiego y la paz social misma. Por eso el porno es socialmente tan nocivo ya que impide esa entrega directa en carne viva de lo sexual haciendo que finalmente nunca se llegue a la necesaria catarsis a nivel colectivo y personal. Si el hombre es feliz en lo carnal se comportará de una manera óptima. La felicidad no es el premio que se entrega a cambio de ser virtuosos, sino que la virtud es la felicidad (placer) misma. En otras palabras: solamente dándole una alegría mayor al ser humano este puede despreciar las demás alegrías menores que nos ofrecen el crimen y cosas de ese estilo porque ser felices nos hace inmunes a caer en esas cosas, ya que son placeres mediocres, de menor calidad, despreciables menos intensos menos deliciosos. Solamente dándole al ser humano lo que quiere se pueden conducir y calmar sus pasiones, y lo que quiere es una sola cosa, ya lo hemos dicho bastantes veces: placer en el sentido de paz mental unida a experiencia sexual en carne propia. Por eso Aristipo supo muy bien lo que hacía al extraer el hedonismo de Sócrates y fundar esta escuela de pensamiento. Spinoza encuentra que el placer máximo del ser humano, la beatitud, está en la unión con la Naturaleza: piensa como un indígena. Lo malo es que esa unión espinosista con la Naturaleza se hace de modo intelectual, rígido, casto, esquemático, árido: es muy judío todavía, le falta fluir. Pues bien, a la gente hay que darle ese placer existencial de unión con la Naturaleza de modo no simplemente intelectual sino más que todo pasional, porque, aceptémoslo de una vez por todas: las gentes no son ni nunca serán «filósofos en masa». La nociva modernidad quiere que la gente sea racional —a la fuerza— que la gente sea la imitación ilustrada de Kant a la brava. Eso no va a suceder. Aquella existencialmente placentera unión con la Naturaleza no está en el frío intelecto sino más bien se encuentra en la carne viva de la experiencia erótica sexual directa de la vida. En unión social y con otros en comunidad política, sin sentido de culpa y abiertamente. Sin conciencia sombría en lo moral. El porno, precisamente, le quita esa posibilidad a cada ser humano, porque ya ofrece de manera indirecta e imaginaria esa falsa libertad: para negarla en la vida real, y con eso condena la humanidad a la desdicha. Ojalá que esta intuición sea entendida. En síntesis: si los seres humanos son guiados por medio de la pasión por el placer de manera prudente se comportarán del mismo modo como si los guiara la razón. Nótese: bajo la guía de la pasión los seres humanos pueden ser tan felices y comportarse tan pacíficamente como si la razón los guiara. Eso supieron hacer, durante más de diez mil años, muchas culturas originarias-raizales. Algunos de sus mitos creaban una buena disposición del ánimo: generaban pasiones alegres. No toda pasión es «mala», no todo mito es «malo»: hay mitos que pueden hacernos mejores personas. En cambio, la modernidad es un mito amargado. Esta civilización podría retractarse, volver sobre sus pasos y replantear la felicidad a partir del placer, pero no lo hará porque difícilmente podría a renunciar a su adicción al mito del progreso que es el mismo mito cristiano. Sin embargo, la solución la tiene ahí y ahora: justo en el propio cuerpo humano. Que quede claro que lo sabe. La conexión erótica con la Naturaleza tiene que suceder en carne y hueso. No por medios imaginarios ni indirectos, porque eso es el ser humano: carne y hueso, ese es el sentido de la vida. El hombre solamente se da cuenta de esto cuando su cuerpo falla y enferma, por ejemplo, de una muy grave hepatitis avanzada, entonces guiado por la pasión del miedo a morir, reconoce de rodillas que su trascendental e importante vida depende del color de su poca trascendental mierda, a la cual despreciaba antes tanto, pero cuando enferma de una seria hepatitis que le cause ictericia reza e implora al cielo para que aquella mierda salga de un color normal de nuevo. Y si acaso se cura, y ésta recobra su color salvándose de morir, entonces le da gracias al cielo y siente incluso ganas de besar sus propios excrementos. Es entonces cuando el hombre se da cuenta de que la felicidad está en su propio cuerpo que tanto desprecia por la vanagloria de su ego que le da «alas». Solemos perder de vista que somos carne y hueso, no entendemos la grandeza de ese hecho. Diógenes, Epicuro y Aristipo están ahí para recordarnos la profunda importancia existencial de las simples necesidades del cuerpo: la grandeza de la simplicidad. El grito de la carne.

Finalmente hemos concluido a lo largo de esta ética que cada decisión humana tiene como meta el placer existencial, dentro del cual, el placer sexual es la forma más concreta e idónea de la felicidad ya que mientras tengamos un cuerpo todo afecto tiene un referente sexual.

Por todo lo anterior, la realización sexual de todos, a nivel físico y corporal, no imaginariamente por medio de meros videos, debe ser el fin último y explícito de la vida social y política: no debe ser puesta bajo las sombras, sino a la luz moral plena, como un bien jurídico en sí mismo tutelado por la ley y las instituciones.

Aprendimos, en suma, que la razón es completamente incapaz de moderar a los seres humanos, y, por ende —así como hacen los bonobos— el único modo de resolver los conflictos nacidos de las pasiones más violentas es permitir que éstas estallen y se eliminen por sí mismas: dándole total rienda suelta a lo sexual en carne y hueso, con prudencia, dentro de un marco político. Esa es la única forma de pacificar a la sociedad, pues gracias a la expresión sexual los impulsos más violentos se auto-canalizan en lo erótico. Por eso, concluimos que el porno industrial es quizás uno de los más peligrosos impedimentos para que la sociedad alcance el pleno desahogo sexual (catarsis) que le permitiría ser menos injusta y violenta, porque al ofrecer una sexualidad sustituta e imaginaria de reemplazo, le impide a esa presión salir eficientemente hacia afuera: para que cada sujeto se libere de ella en la praxis real y corporal propia. Ese es el mecanismo con el cual la Naturaleza nos concedió el botón de desfogue: el sexo directo entre-personas: comunicativo, en carne y hueso. Pero, el porno industrial hace del sexo algo indirecto y tapona esa salida: evade ese mecanismo de la Naturaleza ya que hace mucho más sencillo engañar a la mente con una sexualidad solitaria e imaginaria que experimentar la vivencia política del sexo como algo real e interpersonal, por eso es un crimen a pesar de que, por ahora, esté jurídicamente legalizado.

Por otra parte, aprendimos que, imaginando tener una dudosa libertad personal cada ser humano educado bajo el mito de la modernidad se engaña a sí mismo al suponer que tiene el poder de guiarse por la sola razón, y lo engaña esa religión secular llamada modernidad, junto con la sociedad que le enseña a considerarse como un individuo dotado de libre albedrío para «crearse a sí mismo».

Se deduce de ahí, en oposición a Ayn Rand, que entre más se enfoque cada cual en afirmar la ilusión de su voluntad libre y su egoísta beneficio, menos apto se hace para ser feliz porque se hace incapaz de entender las causas que lo determinan, y, como dijimos antes: quien no puede explicar para sí mismo las causas externas que determinan sus emociones es inevitablemente infeliz, pues se hace presa fácil de los afectos en un torbellino de deseos y frustraciones que termina en la auto-destrucción. Tratando de aferrarse a infinitos deseos inalcanzables de consumo, como un niño detrás de cometas y confites, que desaparecen cuando los intenta agarrar, el ser humano en el capitalismo es existencialmente desdichado.

De ahí se sigue, también, que la religión judía le ha enseñado a la gente a imaginarse como si estuviera dotada de libre albedrío, es decir: una voluntad mágica que no obedece ninguna causa natural, con el objetivo de que a cada cual le sea más difícil entenderse a sí mismo, para que así sufra más y sea más susceptible de ser sometido, a la larga, por el capitalismo con la mente confusa por la idea de un Dios-Mercantilista. Si todo acto y sentimiento humano se puede explicar «porque sí», «mágicamente» como un acto de la libre voluntad entonces no se puede explicar como efecto de una causa, y de ese modo, nadie puede superar las peores emociones ya que, precisamente: no las puede comprender causalmente. En medio de ese estado de confusión, cualquier sacerdote, comunicador, «director porno», narcotraficante o «líder político» puede conducir y maniobrar los afectos de la gente iniciando cadenas de contagio o imitación de los afectos, que llevan a la criminalidad, la pedofilia y tantas otras pasiones.

Aquello que los medios de comunicación y los tecnócratas servidores públicos, así como el sistema penal acusatorio en su infinita ineptitud, su indiferencia arrogante y su crasa mediocridad modernizadora no pueden entender es que las siguientes siete cosas: los narcóticos, la violencia política, la criminalidad, los delitos sexuales contra menores y mujeres así como la corrupción política y la destrucción del medio ambiente son pasiones: p-a-s-i-o-n-es, afectos del ánimo que arrastran al ser humano sin control propio por contagio de los afectos de los demás. Las pasiones deben ser tratadas como tales: buscando su origen en la persecución de placer que hay detrás de cada una de ellas, de modo que por medio de acciones policivas y «educativas» simplemente se hará más grande el problema sin nunca solucionarlo. El problema humano es primordialmente emocional. ¿No se cansan de su trillado discurso educativo ilustrado y su fe cristiana-mesiánica en el iluminismo? El origen de los problemas sociales son las pasiones humanas y cada pasión sólo se puede curar por medio de otra pasión más fuerte y de sentido opuesto —no por medio de la razón, a secas—. Por eso mismo el proyecto de modernidad es un fracaso.

Finalmente hemos visto en esta reflexión, que, la misión histórica del judío-cristianismo es haber inoculado en la mente humana la ilusión del libre albedrío para, de alguna manera, hacer las veces de granja con la meta de cultivar mentes manipulables, engordando el delirio del ego, el cual todos creen soberano e invencible, con el único propósito de abrirle el apetito a nuevas necesidades creadas: como el porno y los narcóticos, para generar infinitos deseos frustrados, tal como lo denuncia el epicureísmo. El objetivo es captar y capturar las pasiones de los hombres para hacerles sufrir y así motivarlos, cada vez más, a buscar la ilusión del «progreso y la competitividad». Como bien lo dijo el joven Hegel: solamente cuando uno escucha desde su conciencia desdichada la voz alucinatoria que le dice que ha sido «expulsado del Paraíso» se siente desterrado en el mundo como Abraham en el mito judío, y por ende aspira a «progresar y salir adelante» para «regresar al paraíso» por medio de la ayuda de un Progreso Salvador (o Mesías). De ahí viene el «afán por progresar» de nuestra modernidad: de la mitología judía-cristiana. Ese Mesías es lo que se vende detrás cada foto de cada candidato en épocas de elecciones: «yo soy tu estúpido Mesías vota por mí, el cambio es ahora». Quien, por el contrario, vive pleno a nivel erótico-sexual se siente pleno a nivel existencial y no necesita jugar a la «Evolución» ni necesita de la promesa de salvación alguna: ¿salvarse de qué? —¿progresar hacia dónde?—.

Por esa razón, precisamente, la humanidad no necesitó de la idea de progreso durante decenas de miles de años: desde los egipcios, griegos y romanos en Europa y África hasta los muiscas en el Abyayala (el nombre verdadero de toda «América») en el otro costado del mundo, las naciones indígenas o paganas tenían un enfoque no progresista de la historia y así, irónicamente, vivían con un menor dilema existencial que los hombres posmodernos, tesis que por supuesto será negada siempre por los promotores de la actual sociedad: los «nuevos libertarios». Los nuevos padres del cristianismo civil.

Se deduce también, que esa granja llamada judíocristianismo, ha sido el terreno de cultivo para lo que vendría después: la modernidad, la posmodernidad y el capitalismo para cerrar así la tarea de embalar a los seres humanos en la necesidad creada de ir «más allá» en un ilusorio desarrollo, cuando, en realidad, lo único que necesitaban era venir más acá, y simplificar sus necesidades al placer erótico de sus cuerpos: aquí y ahora.

Finalmente, hemos expuesto que el único verdadero sentido de la vida es el placer del cuerpo y la paz de la mente, y que esa paz se llama placer existencial o ataraxía, pues, se trata de la participación directa de la plenitud, la fuerza y la existencia de la Naturaleza que es libre de perturbaciones. Hemos dicho que, por esa razón, todos los actos humanos buscan el placer de algún modo, y que todos los placeres se refieren finalmente al cuerpo, o parten de él, siendo lo sexual el placer más elemental, noble y adecuado pues todas las categorías de la vida en últimas tienen una conexión con lo sexual —y es bello que así sea— como dijo Aristipo de Cirene.

Por ende, la realización sexual, el Derecho Político —a la catarsis— es lo más importante, fundamental y sagrado de la vida humana que debe ser garantizado para todos, no por medio de videos netamente industriales con una visión segada, y sobre todo basada en el enfoque psicológico que tiene la religión judía sobre el sexo, para que unos cuantos modelos, parásitos de la sociedad, se beneficien de gozar una vida sexual plena a costillas de los reprimidos, sino para que todos lo experimenten en la realidad vivencial, existencial y corporal pues se trata de un derecho conexo a la vida y la salud.

Finalmente, si los seres humanos desean vivir no es para «seguir viviendo simplemente», así a secas, sino para seguir viviendo en el placer, ya que una vida sin placer, solamente de extremo dolor, sufrimiento y pánico es una vida que nadie desea vivir. Y esa es la vida que les damos a las aves de granja y otras especies animales que atormentamos para alimentar la gula de nuestro mito del individuo, así que, debemos pensar ahora mismo los derechos de los animales.

En suma, lo aceptemos o no, existimos en el aquí y en el ahora y fuimos lanzados al mundo (variante de la tesis de Heidegger) por la Naturaleza: hacia el placer, aunque eso les duela a los idealistas, a los moralistas, a los hegelianos, a los marxistas, a los capitalistas, y por extensión a los enemigos del cuerpo: los judeocristianos y gnósticos, los trascendentes. Los pioneros pueriles de la mitología del «individuo» y la gran mentir del «avance infinito» de la ilustración y el «progreso». Los creadores de la burbuja de la economía y el capital. El proyecto de la modernidad es una religión civil mitológica-mágica destinada a la desdicha porque sus sacerdotes (tecnócratas, profesionales, comunicadores, maestros de la gran izquierda, economistas, etc.) pretenden dominar la materia y «alcanzar las galaxias» sin conocerse y dominarse a sí mismos primero, qué gran arrogancia y qué error tan fatal.

La presente filosofía es un rescate y una reivindicación del profundo sentido existencial y filosófico que tiene lo sexual y, sobre todo, lo erótico en el sentido más amplio de la palabra. Reivindicamos aquello que siempre había sido hasta ahora la cenicienta de la filosofía, lo más despreciado en toda discusión metafísica: los goces de la carne. Pues resulta que, aunque la idea no guste mucho a los gnósticos: el primer grito de la carne, no tener hambre, frío ni sed, junto con su segundo grito: el sexo, cobija el significado profundo de la existencia. Nuestro ser es sexual: el ser del hombre es ser erótico, esa es su sustancia. Sólo los existencialmente y sexualmente reprimidos pueden poner lo sexual en la categoría ontológica más baja para anteponer la intelectualidad, la incorporeidad, el progresismo y la trascendencia. En suma: las bases del cristianismo y del judaísmo, las bases del marxismo y el proyecto mitológico de la modernidad sin máscaras. Con el trillado lema de que somos «más que animales» esconden un gran resentimiento hacia la vida y el cuerpo humano, un deseo de escape hacia mundos ultraterrenos: eso es lo que hay detrás del deseo de trascender, de «avance» y de «alcanzar las estrellas» que padece la modernidad. Es hora de decirle adiós a esa religión secular de la trascendencia y regresar a nuestro propio cuerpo porque nadie sabe lo que puede un cuerpo: ya que es, nada menos, que una manera de ser de Dios, o sea de la Naturaleza.

                                                                    

 

CRITICA CONTRA EL RIGOR LÓGICO Y ARGUMENTATIVO

 

Siempre hemos intentado en este brevísimo compendio de ética hedonista, inspirada en la obra de Aristipo el griego, llevar un orden más o menos concatenado en los aforismos o sentencias, sin embargo, no nos quita el sueño la rigurosidad de la lógica que evade toda contradicción (tercio excluso) ni nos atormentan las contradicciones, redundancias y discontinuidades que aparecen en nuestro estilo abrupto de diálogo filosófico. No aspiramos a crear una línea rigurosa y estrictamente concatenada de ideas: no somos Spinoza. Aunque nos hemos empapado de su trabajo quizás seguimos siendo un poco más cercanos a Nietzsche. Respecto a nuestra filosofía, como les ha sucedida a otras, se podrán hacer críticas respecto a su argumentación y coherencia. Se tratarán de poner en evidencia sus contradicciones —pues sin duda las hay—: por ejemplo, decimos al inicio del escrito que no existe un propósito para las cosas, pero hacia la mitad del texto aseguramos, con la misma fuerza, que el propósito de la vida humana es el sexo por el sexo. En ese párrafo en particular la palabra «propósito» es entendida como la inclinación involuntaria natural, el «conato biológico», es decir, el sentido orientador de la existencia (técnicamente se dice: «fundamento ontológico» o esencia). Se trata de decir que la esencia humana es sexual, eso es todo, no usamos el término «propósito» como si habláramos del propósito misterioso de un plan maestro (técnicamente eso se llamaría: «teleología»). Otro ejemplo es que negamos la existencia del progreso moderno, lo consideramos una ilusión, pero deseamos que la sociedad humana sea menos desdichada por medio de la realización sexual, y eso, podría ser interpretado como una «contradicción» ya que eso parece ser la búsqueda de un cierto tipo de «progreso» o un deseo de querer «cambiar el mundo».

¿Con este pequeño libro esperamos transformar el mundo? Sinceramente, este libro sólo fue escrito por el placer de ser escrito y leído. Un placer existencialmente erótico. Así de simple. Para nada más. Cada cual debe expresarse por el deleite de expresarse: por la gratificación de hacerlo. Escribir, pintar componer, follar en carne y hueso etc., son actos de expresión, ya lo hemos dicho: incluyendo al marxismo. No se trata de aspirar a una revolución sino de aportar con un buen empujón a la necesaria e inevitable caída de la civilización occidental en la mente de quien lea estas líneas. Toda civilización cae luego de un necesario ciclo y ésta no será la excepción. Los pensadores hedonistas sólo anunciamos «por donde» será la caída. No tratamos de aportar un lindo cambio de corte marxista sino de expresar una sentencia de muerte para el proyecto de sociedad moderna. No se trata de «mejorar» o «cambiar» la sociedad sino de ayudarla a tener un buen morir. La ventaja de filosofar es que libera de una «presión» y en eso consiste el erótico placer de expresarse, es algo muy afín al sexo ya que proviene de la misma raíz corporal. Esta filosofía es la negación del individuo que es lo más atesorado por la posmodernidad. No es marxismo ni defensa de la modernidad: no se trata de una expectativa de «grandes cambios mesiánicos» sino de la alegre certeza de que la civilización occidental sucumbirá tarde o temprano para dar paso otra vez al Eterno Retorno de la naturaleza erótica.

Hacer filosofía es muy parecido a componer música: no se hace para «cambiar el mundo» sino para disfrutar del placer de expresarse. Solamente somos libres cuando cumplimos con nuestro deber —dice Kant—. Epicuro le diría que tiene toda la razón y que el deber existencial más alto es gozar el placer por el placer mismo. Solamente somos libres cuando gozamos de lo que hacemos sin otro fin que el goce en sí mismo: como el deleite de filosofar.

El placer erótico de componer una filosofía por el gusto de expresarse y el goce de liberarse de prejuicios es la recompensa misma de «componer» un pensamiento. No vamos a caer en la trampa del judíocristianismo y de la modernidad que consiste en esperar el Mesías, o, en otras palabras: esperar a que el mundo cambie para ser felices. Ya somos felices por el mero hecho de expresarnos. Se trata del problema de la expresión. Entender es el premio de sí mismo. Si el mundo y las gentes llegan a disfrutar y beneficiarse de estas líneas, o efectuar «cambios» sería maravilloso: para ellos. Lo celebramos, y si no lo hacen son ellos los que se lo pierden. Esto se trata del Eterno Retorno. No encontramos la felicidad afuera: en los resultados, sino que más bien enseñamos que la acción es la recompensa de sí misma, sin importar los resultados externos. Por ejemplo: si mañana lanzáramos una campaña judicial contra la industria pornográfica lo haríamos por el mero placer de hacerlo, porque el simple hecho de hacerlo sería gratificante: —sin importar los resultados—. Le devolveríamos una cucharada de su propia medicina al porno industrial cuyas modelos suelen decir que hacen lo que hacen porque pueden hacerlo: «because I can». Nuestra respuesta sería: —vale, muy bien, pues, nosotros también lo hacemos porque podemos y, de hecho, lo podemos hacer incluso mejor

Además, al componer una filosofía puede uno ayudar a otros a liberarse de muchas angustias y prejuicios, lo cual es también muy placentero y gratificante.

Para ser sinceros, no nos importa si la actual sociedad Occidental «mejora» o no como un todo. Desde que las raíces del abusivamente autodenominado «Mundo Libre» estén sentadas en el judaísmo y el cristianismo son muy pocas las posibilidades que tiene de salir de su miseria existencial y material. Difícilmente, ese sistema capitalista aceptará como un todo y un solo frente la libertad sexual socialmente facilitada que proponemos radicalmente. El capitalismo necesita reprimir el goce del sexo y convertirlo en simple y solitario «porno individualista» pues requiere que lo sexual sea contenido para usarlo como energía de trabajo. Probablemente la pereza eterna hará que por el momento la gente se siga conformando con porno en vez de liberarse directamente en los hechos directos sexuales. Hemos propuesto esa idea «como si» la sociedad fuera un todo, para responderle a muchos amigos marxistas, que siempre han estado atacando el problema equivocado, pues «la sociedad» no va a dejar de ser desdichada en la medida en que ascienda el proletariado y caiga la burguesía y bla,bla,bla, sino en la medida en que pacifiquemos la existencia comprendiendo las pasiones humanas y además proveyendo felicidad sexual en carne viva de suerte que ésta sea políticamente garantizada como un Derecho, es decir: como un bien jurídico amparado por la ley.

Por cierto, esa felicidad sexual nada tiene que ver con la idea que vende el porno que es lo primero que a algunos le viene a su hueca cabeza, manipulada por la lógica sexual heredada de la religión judía. La verdad, francamente, es que, a nuestro modo de ver, la sociedad debe dejar de considerarse como un todo, es decir: lo mejor es desintegrar la civilización Occidental. Anarquismo existencial erótico y desintegracionismo Social. La felicidad consiste en bajarle el volumen al ruido mental con que la moderna civilización contamina al ser humano. Lo mejor, sinceramente, es que la gente se separe de la actual civilización y se agrupe en comunidades pequeñas y capaces de defenderse a sí mismas, unidas de acuerdo con sus distintas tendencias, y que cada una de esas agrupaciones «se abra» del resto de la sociedad, usando aquella expresión urbana de Colombia. Que cada comunidad se separe del resto de la civilización hasta que ésta se atomice en grupos independientes y alimentariamente autónomos: siguiendo el ejemplo del jardín de Epicuro. Otro buen ejemplo de carácter pacífico son los Amish: que cada colectividad se escape como ellos lo hacen del mainstream o corriente principal de la sociedad occidental para no imitar sus afectos, hasta que ésta finalmente muera del mismo modo como murió Roma: en silencio y despoblada —sin disparar un solo tiro—. Lo que pronto morirá será el sentido mismo de la vida que ahora tienen todos en Occidente. La esperanza en el proyecto de modernidad, alimentada por los medios de comunicación de masas es lo que aún sostiene toda la ficción de la actual sociedad, pero esa esperanza necesariamente se extinguirá. Aquello que sostiene a la sociedad es un escueto acto de fe o confianza socialmente extendida a través de unas formas de comunicación tal como magistralmente lo explica el sociólogo Niklas Luhmann en su libro: Confianza. Sin embargo, en un momento determinado el propósito de la vida que ahora todos atesoran como cuerpo social dejará de tener sentido para siempre, acabando con dicha confianza. Así es como mueren todas las civilizaciones: cuando su meta existencial y su proyecto de vida colectiva deja de tener significado (sus ideales y sus imaginarios) así es como el judíocristianismo asesinó el sentido de vida pagana.

Si los Amish no fueran puritanos serían —el mejor ejemplo a seguir— conservando con prudencia y criterio determinados inventos e ingenierías para ayudarse en la vida práctica, tales como la electricidad, etc. Seguramente combinando la libertad sexual total de los paganos y la del siglo XVIII junto con la actitud de desentenderse de la corriente principal de la sociedad y del «progreso» que tienen los Amish se lograría el objetivo de quitarse de encima el peso del mito de la modernidad. Así, respondemos sobre esa aparente contradicción de nuestra breve reflexión. Otra aparente contradicción de nuestra filosofía, a los ojos de muchos, será que al parecer proponemos dos enemigos rivales en lucha: el pensamiento individualista de Occidente con su ilusión del libre albedrío, proveniente del judaísmo, en contraste con el pensamiento donde no hay individuos sino donde todos somos una sola existencia, basado en la idea de Naturaleza y de causalidad, asociado con Oriente, el budismo y los estoicos. Se dirá que nuestro pensamiento divide en vez de integrar, y que eso lo contradice: pues se hace un dualismo. La verdad es que, de hecho, esos dos modos de ver la realidad se turnan en la historia por ciclos, y ahora estamos en el tropiezo de la ilusión del individuo y el libre albedrío. Es un ciclo, hasta cierto punto necesario y complementario. Como un médico que evita que una dolencia llegue demasiado lejos, es nuestro deber denunciar sus excesos. No atribuimos la invención del mito del individuo a los judíos por haber nacido judíos. Spinoza fue el primero en Occidente en denunciar y deshacerse de ese mito y era judío él mismo. Todo judío de nacimiento puede liberarse de esa tradición como él lo hizo: y lo invitamos a hacerlo —por su propio bien existencial y paz mental—. Dejar de ser judío es simplemente liberarse de la creencia en el individuo y el libre albedrío, ese es el rasgo judaico por excelencia. —Todos debemos dejar de ser judíos—. Ahora que no vengan algunos a rasgarse las vestiduras: el hecho de que los judíos hayan sido injustamente perseguidos por el nazismo, lo cual condenamos y lamentamos, no significa que ahora su religión y su influencia —sobre nuestras vidas— esté exonerada de toda crítica, y que todo lo que venga del judaísmo ahora deba ser aceptado y declarado como «bueno» y «cierto» por el simple hecho de ser «judío» o porque el pueblo de donde proviene esa religión fue una víctima de los nazis, ¿y eso que tiene que ver?. Eso sería tan absurdo como decir que todo lo que hicieron los griegos debe ser considerado bueno por el mero hecho de ser griego: eso es estúpido. Nada de eso, seamos ecuánimes: la religión judía debe ser sometida a una fuerte crítica y el cristianismo también, así como esa religión civil llamada: modernidad y «progreso». Así que, el problema acá no es contra una raza o estirpe sino contra una idea. Sin embargo, es importante denunciar a ciertos ideólogos provenientes de algunas élites intelectuales inspiradas en los dogmas de la religión judía que sostienen grandes ficciones, como Ayn Rand, con su treta del «egoísmo racional» y la racionalidad objetiva del individualismo emprendedor y las industrias de consumo, quien, en realidad, esconde un pensamiento mágico y una superstición. Desde la filosofía griega, además, entre más necesidades de consumo tiene cada ser humano menos libre es. Una interesante idea, contraria a la posmodernidad, la cual dice que: entre más cosas eliges tener más libre eres. Para Epicuro, enseñar eso es hacer un llamado a la desgracia. Es el cocktail perfecto para la tragedia. Occidente y el capitalismo son esa tragedia y esa desgracia para la especie humana.

Finalmente, se tratará de reducir esta breve obra a una crítica «psicológica», y se dirá que es un texto que habla de ataraxía, ausencia de dolor-angustia y eliminación del odio, mientras expresa un muy profundo desprecio hacia la pornografía industrial. Nos resbala infinitamente esa crítica, pues, las mentes cristianas que lanzan esa «sospecha» son analfabetas totales del cinismo filosófico. No por vivir en la plena serenidad y la paz mental Diógenes se privaba del placer erótico de morder, como un buen perro, a quienes despojan al ser humano de su derecho a la felicidad y no dejaba de expresar su profundo desprecio hacia los tiranos como Alejandro: hasta llegar a escupirlos en la cara como hizo con Dionisios: sin perder nunca su paz interior o ataraxía. Investiguen primero qué es el cinismo filosófico, ignorantes cristianos disfrazados de «ilustrados librepensadores». Son afortunados los tiranos de la industria porno de que no seamos tan punzantes como Diógenes lo era, tienen suerte de que nuestros colmillos de Perro no estén todavía tan afilados como los suyos —sí, nuestro amado Diógenes quien nos ha librado de tantas desdichas, no tenemos como expresarle tanta gratitud, no hay palabras—.

Finalmente, se dirá que comparamos a los bonobos con el ser humano mientras negamos la evolución, cayendo en una contradicción. Pero hemos sido claros al decir que las causas naturales que determinan al primate bonobo son las mismas que determinan al ser humano (no que el bonobo sea la causa del ser humano), y, por ende, sus efectos vienen a ser los mismos, de modo que, ambas especies deben solucionar sus conflictos sociales a través del sexo libre y como consecuencia de eso la sociedad humana debe facilitar y promover políticamente el contacto sexual libre de inmediato superando, con algo mejor, al porno industrial que es simplemente sexo falso e indirecto. Lo repetimos: el porno es algo que tiene que ser superado. Los hipócritas pueden decir públicamente que «somos más que simios» y seguir mirando porno —a escondidas— escuchando el llamado de la Ley de la Naturaleza al sexo por el sexo de forma imaginaria e hipócrita en videos. Nos causan lástima y desprecio. Tratan de tapar el sol con la mano.

Como sea, de todos modos, el punto es que no podemos negar la necesidad de la contradicción en toda filosofía, y si hay alguna en la nuestra eso no nos atormenta: al menos en lo tocante a esa actitud dialéctica, rescatamos al joven Hegel (que nos gusta más que el Hegel tardío o viejo). Respondemos de antemano, que, una perfecta argumentación «libre de contradicciones» escrita bajo un orden geométrico, no necesariamente garantiza que una filosofía sirva de mucho para la vida y la felicidad. Algunas naciones aboriginarias del Amazonas, por ejemplo, ni siquiera han necesitado jamás la lógica occidental donde se excluye la contradicción, tampoco escriben argumentos sofisticados, pero gozan de una filosofía vital que ha servido para vivir en paz y deleite con la Naturaleza durante cerca de veinte mil años —y, aclarémoslo: sin comer niños— como decían las calumnias de los invasores moro-europeos españoles. Por supuesto que, haciendo una mueca, los militantes de la modernidad dirán que «el pensamiento indígena no es filosofía»: sólo reconocen como filosofía aquello que le conviene a los intereses de sus propios mitos.

La modernidad, sin duda, fabrica argumentos imbatibles que usan una lógica rigurosa, ilustrada y libre de contradicciones, pero, qué curioso, su vida es una contradicción desdichada: llena de bombas atómicas, represión sexual y genocidios, entonces, —¿qué ganamos con tanto rigor y pureza argumentativa?— éste exagerado rigor inflexible solamente ha logrado el desencantamiento del mundo, la muerte interior del ser humano, la destrucción de los saberes ancestrales, y la violación del planeta, todo para dejar en pie únicamente los principios lógicos de la religión judía renovada en una triple vertiente suya que viene organizada del siguiente modo, a saber: cristianismo, ilustración y modernidad-posmodernidad. Tanto darle la vuelta al mundo de las ideas para terminar repitiendo el mismo melodrama barato del Génesis judío: «y tenemos libre albedrío, y vinimos a cambiar el mundo», sí claro. Así que, no es la coherencia con una cierta lógica formal «libre de contradicciones» el criterio único que define la pertinencia y la validez de una filosofía, sino, más que todo, los frutos existenciales vitales que pueda arrojar: la felicidad, y en ese punto, hay que rescatar el invaluable mensaje de Heidegger que recomendamos leer a todos.

Desde Protágoras, sabemos que, los afectos y las pasiones humanas definen la verdad y la realidad. La civilización occidental dice que evita las contradicciones por ser absurdas. Pero esa no es la verdadera razón de su obsesión con la lógica que evita las contradicciones: simplemente trata de evitar salirse de una placentera zona de confort donde Occidente se siente muy cómodo. Los pensamientos de otras civilizaciones pasadas y el pensamiento Oriental, por ejemplo, en donde vemos sociedades llenas de alegorías se nos hacen lógicamente absurdos, no porque realmente lo sean, sino más bien porque va en contra de nuestros actuales esquemas (bastante pasionales): en contra de nuestros mitos racionalistas y nuestro parroquiano «sentido común».

Los seres humanos (y la civilización Occidental no se escapa de eso), suelen llamar absurdo a todo aquello que contradice sus apetitos. Es absurdo lo que no les gusta, precisamente por eso: porque no les gusta. Del mismo modo, llaman «razonable» a todo aquello que les agrada y que secunda sus apetitos y su vanagloria. Y ahora han usado distintos tipos de lógica para darle una apariencia externa de objetividad a sus caprichos como civilización. Han llamado «verdad y objetividad» a su propia estupidez. Pero se engañan, pues, de hecho, el patrón de la verdad para todos los hombres y mujeres sólo es uno: los afectos, la insaciable codicia por el placer que todas las especies animales comparten —no sólo la humana—.

El criterio de verdad de toda filosofía es la búsqueda del placer. Incluso Kant, un tipo tan parco, sintió un placer erótico-sexual y existencial al dedicarse a sembrar la duda sobre las preguntas sobre el sentido de la vida (atacar la metafísica), algo en ese tema le causaba dolor o angustia, tristeza, quería dejar la fe en alto derrumbando «la razón», en suma: sus afectos o pasiones lo movían. Toda filosofía parte de un estado emocional, de un estado de ánimo, esa es la conclusión última. Cada filosofía es considerada como verdad de acuerdo con el afecto de placer o no-placer que despierta en quien la escucha. Los que arden de pasión ególatra por ser vistos como «mayores de edad» e «ilustrados» ven la verdad en Kant porque les dice lo que sus afectos quieren oír; los oprimidos dominados por su afecto de deseo de reparación y de venganza se inclinan a ver la verdad en Marx o en Cristo, los capitalistas dominados por su afecto de vanagloria individual y autosuficiencia pedante ven la verdad en Ayn Rand , y a veces en Sartre, porque les dice que se pueden «crear a sí mismos» su discurso halaga sus egos: les causa alegría o placer, etc., etc., y así, cada cual es determinado —según los afectos— a creer en una cierta política, religión, partido o filosofía que reivindique la pasión que más le arrebata, la cual comúnmente es: la egolatría, el narcisismo y la vanagloria. Cada cual desea poder decir «mis pasiones tienen la razón». En suma, la verdad es aquello que nos conviene creer como verdad porque alienta un apetito o una ciega pasión en cada uno de nosotros. Creyendo que el criterio es la «objetividad lógica» y la «perfecta argumentación», en realidad, cada ser humano es conducido por los afectos a creer en un determinado argumento. El criterio de la verdad son las pasiones: así de simple. La razón es el maquillaje perfecto que se usa para darles la apariencia de imparcialidad.

Por eso, una razón ingeniosa puede construir argumentos para justificar cualquier monstruosidad pasional tal como lo vimos patentemente con la modernidad y el periodo del Terror de la Revolución Francesa. Usando la razón al modo de un abogado astuto cualquier cosa se puede presentar como verdadera, o se puede refutar, creando una duda razonable a su alrededor. Eso fue lo que demostraron los sofistas y en especial Pirro de Elis junto con los escépticos: la razón puede ser usada para crear paradojas y juegos del lenguaje, mientras que las pasiones que dominan a los humanos terminan siendo la medida de la verdad, y la medida de todas las cosas. Pero esa, en sí misma, es la gran conclusión objetiva: hay unas leyes naturales que regulan las pasiones y ahí superamos la esfera individual: las pasiones obedecen y siguen unas causas comprensibles cuya causa última y explicación final es la Naturaleza, entendida y considerada como una infinita fuerza física o natural que determina absolutamente todas las cosas y que nos empuja a buscar la plenitud o el placer: que son una sola y la misma cosa.

 

 

EL PROBLEMA DE LA CIENCIA USADA COMO SIMPLE PROPAGANDA

 

Finalmente, debemos decir algo acerca de la divulgación popular que se hace de la mal llamada «ciencia». Los relatos que conocen las gentes a través de documentales y medios de comunicación bajo el nombre de «ciencia» no son más que una propaganda vulgarizada basada en especulaciones investigativas, que luego son usadas para crear ideología con el fin de imponer creencias mágicas y supersticiones sobre el mundo, respaldadas con suposiciones basadas en la autoridad de algunos intelectuales. —La ciencia auténtica no habla tanto— y viene a ser finalmente traicionada: se convierte en una docta conjetura que sirve para hacernos creer en leyendas mágicas. No hay mito más fantástico y fabuloso que aquel en el que creen los hombres contemporáneos, y que reza que el progreso existe, y que estamos en la capacidad de «controlar el mundo». Ese mito —maquillado de racionalismo científico— produce repugnancia, pues, nadie que sea incapaz de conocerse a sí mismo y dominar sus propios afectos, es capaz de conocer y dominar el mundo, ya que el primer conocimiento y el primer dominio es el dominio de sí propio. Esa es la primera ciencia. Como miembro de una tribu fundamentalista, al hombre en Occidente le quedó más fácil conocer el átomo, y explotarlo con una bomba en la cara de sus enemigos, que conocerse a sí mismo. Luego lo hará explotar en su propia cara. La tarea socrática de conocerse a sí propio le quedó grande a la modernidad que huyó por el camino fácil de hacer mediciones verificables, es decir: hacer «ciencia exacta». La ciencia exacta, de hecho, no aspira a tener ninguna respuesta a la pregunta verdaderamente importante de la existencia pues renunció a ese objetivo desde su nacimiento: a eso los científicos lo llaman «el sentido de asombro» frente al universo: esa es la confesión de que no aspiran a explicar el sentido de absolutamente nada. Como filósofos muchos científicos no tienen la menor idea de interpretar el sentido y significado de la existencia. En palabras bien simples: el científico ve el mundo como una serie de entes, cosas separadas medibles, que se pueden pesar, pero no puede ver el ser de las cosas: he ahí su gran ceguera. Frente a eso la ciencia se encoge de hombros, dice que tales preguntas son sinsentidos del lenguaje haciendo quizás eco de Wittgenstein. Ese es el punto de su gran fracaso: si incapacidad de explicar y de plantearse el problema del ser. Para la ciencia el universo entero no es más que un mero un ente vacío. La ciencia tal como ahora la concebimos en esta civilización cosifica con su mirada, convierte a los seres en vacías cosas. Como relato fabuloso nos ayuda a estar sometidos por los entes justificando el consumo y el vacío de un mundo que lo piensa todo en términos de objeto. Por eso, la ciencia moderna y su manera de enfocar las cosas no traerán nunca ningún tipo de auténtica felicidad al mundo. Nos ha ayudado, más bien, a convertirnos en simples cosas-objetos.

El criticar la ciencia no significa detener la invención y el ingenio humanos. De hecho, se trata de hacer todo lo contrario: enfocarse únicamente en el simple ingenio para solucionar problemas prácticos relacionados con el cuerpo y el placer. Pensando como los romanos, un pueblo tan pragmático, si hubiéramos seguido haciendo únicamente ingeniería, medicina y demás aplicaciones prácticas del saber matemático, con eso, hubiera bastado para suplir todas las necesidades reales del ser humano y de su cuerpo. Incluso podemos usar contra la modernidad, por un segundo, un argumento ideológicamente moderno y volverlo contra ella misma, del siguiente modo: en gran medida, la ingeniera de la que tanto se enorgullece el mundo actual, y a la cual algunos llaman «progreso» proviene de las aplicaciones prácticas del cálculo infinitesimal. No se trata de algo nuevo: los griegos ya habían descubierto mucho antes que Leibnitz ese mismo cálculo con una variante técnica propia y fundamental llamada: método de exhaustación que ya estaba siendo transmitido a la cultura grecorromana. Fue gracias a la muy desafortunada aparición de Jesucristo y el mundo religioso del judíocristianismo que las aplicaciones e invenciones prácticas que se habrían podido realizar fueron interrumpidas. Sin el estorbo del cristianismo y el islam (que nos hizo «el gran favor» de quemar la Biblioteca de Alejandría) los griegos probablemente habrían llegado al Espacio muchos siglos antes que nosotros. Incluso, de no haber sido por la oscuridad de mil años en el saber en la cual se sumió la humanidad, gracias a esas religiones, ya para estas fechas los descendientes de griegos y romanos estarían inventando aplicaciones de la ingeniería más asombrosas de las que ahora tenemos y sin alardear tanto como lo hacemos nosotros. De hecho, hay hallazgos arqueológicos que podrían sugerir que en la antigüedad ya se habían explorado muchas de las actuales ingenierías en casi todos los campos. Incluso, de no haber sido por la invasión judíocristiana-española, las naciones indígenas del Abyayala («América»), para bien o para mal, serían probablemente hoy una civilización más poderosa que China. Si vamos a sentarnos a hablar seriamente de «progreso e invención» —incluso en términos modernos— concluimos que para lograrlo no era necesario entrar en todos estos relatos y cuentos de la ciencia, con el mito y la sacralización de la «Evolución» y sobre todo el relato del «Bing Bang». Cosas que al fin de cuentas no son más que conjeturas imaginarias inspiradas en la religión. El relato del Big Bang, por ejemplo, comparte casi todas las características del Génesis de la religión judía y además no puede explicar la razón por la cual la densidad de la materia en el universo no es mayor, causando un colapso encima de sí mismo (universo taponado), o de menor densidad, produciendo una separación explosiva (universo desintegrado). En pocas palabras: es una simple conjetura religiosa. Superchería de bata blanca. Todo lo que no puede ser medido y verificado matemáticamente se sale del campo de la ciencia, pero la interpretación de los datos en sí misma no es científica, no puede serlo, tiene que ser siempre mitológica o religiosa puesto que pasa por las pasiones e imaginarios que dominan la mente emocional del científico. Así de simple. Por eso, precisamente, la ciencia es impotente para responder lo que verdaderamente merece ser preguntado: el sentido de la existencia. Esa pregunta no se puede resolver haciendo mediciones. Le reiteramos a cada militante del pensamiento libertario y a cada hombre posmoderno que piense que el sentido de la vida «se lo tiene que dar el individuo» «cada cual», «según su libre albedrío», que esa libertad de elección que invoca no existe, es decir: el individuo no existe. La voluntad consciente es una ilusión de la mente, esa es la ironía de los libertarios ateos: sin el dogma cristiano del libre albedrío no tienen tampoco de donde sostenerse: son los nuevos cristianos.

 

SOBRE LOS DOS MITOS EN DISPUTA

 

De acuerdo con lo establecido en las páginas diecisiete a la cuarenta y siete, del Volumen dos, del libro Las Máscaras de Dios del mitólogo Joseph Campbell, se demuestra que, el mito revolucionario del progreso y del «cambio futuro» que profesa la modernidad en Occidente tiene un origen antiquísimo. La modernidad no apareció con la Revolución Francesa, sino con el ancestro del judaísmo: el mazdeísmo. Se trata de la leyenda de la misión carismática y heroica de hacer que «el mundo avance» por medio de una revolución: la ilusión de que existe un sujeto libre —y revolucionario— que se rebela contra la Naturaleza y domina al mundo, llámase Jehová, o llámese: «el hombre individualista posmoderno». El primer revolucionario fue ese ente llamado: Jehová. Se trata exactamente de la misma «persona rebelde» que «revoluciona y crea al mundo». Se trata del imaginario de la libertad individual y del tiempo dibujado como una línea recta. Ahí nació el germen del mito marxista.

En pocas palabras ese mito (Trascendencia, Perfeccionamiento y Monoteísmo) nos hace creer que tenemos la responsabilidad moral de «cambiar el mundo» y cuando creemos en eso, precisamente, nacen de forma automática todos los sufrimientos y desigualdades. Ese mito nos hace considerarnos unos «pioneros», sujetos que avanzan en la historia hacia una gran meta de progreso universal para buscar la felicidad muy lejos, haciendo una peregrinación hacia un más allá. En efecto, hay que viajar más allá de donde nacimos y predicar por el mundo el evangelio del perfeccionamiento perpetuo, alcanzado por medio del trabajo humano (Marx-Hegel); como si el mundo estuviera sometido a las actualizaciones infinitas de un programa de computador: la novela de la trascendencia.

La ciencia moderna se basa en esa misma visión mitológica de progreso continuo, y supone erróneamente la existencia del libre albedrío del científico para «elegir libremente» entre varias teorías, pero esa suposición no es científica en sí misma sino pensamiento mágico. No existe el libre albedrío del científico como persona para discernir. Esa es la ironía. En la ciencia moderna se ha infiltrado la superstición mágica de la libertad personal que no obedece causas. El alma dotada de alas mágicas que no obedece la ley de causa y efecto. Este es un sesgo mental mitológico, pero lo consideramos la verdad «científica» incuestionable. Se trata de la vieja superstición del alma dotada de alas que se ramifica en miles de versiones, todas proselitistas del progreso, predicadoras de la fe religiosa marxista, y al mismo tiempo capitalista, del «dinamismo»: la religión del «trasformar el mundo». «El alma del mundo es occidente» cuya última finalidad es hacer que el ser humano sufra y se castigue en el trabajo y el martirio militante por un progreso falso. Hacer elogio de la dificultad y del dolor como hace Estanislao Zuleta, odiar las palabras: placer y facilitación de la vida son los dos síntomas más claros de esa enfermedad mental. Se trata de una forma de adicción al dolor y al afecto de la vanagloria.

El objetivo final del marxismo es causar sufrimiento para la gloria y la santidad del sufrimiento mismo: es una religión civil, cuyo dios es el dolor y la melancolía por un Paraíso del Edén judío al que nunca se regresará: básicamente porque nunca existió. El marxismo es opuesto a la felicidad porque nos sacrifica a la trascendencia mesiánica judía: un estado de lucha o agonía constante para alcanzar un trofeo. Una de las versiones más populares de la religión del progreso (o la trascendencia) es el comunismo, pero, también lo es el capitalismo estadounidense. De hecho, el marxismo es quien ha alimentado al capitalismo: son dos hermanos siameses que aparentan ser rivales para alimentarse mutuamente de la sangre de los hombres que se asesinan a su nombre. También el capitalismo predica —la santidad del trabajo y el progreso— pero con la meta de afirmar la ilusión del individualismo en el consumo de mercancías mientras caemos en miles de frustraciones. Es la negación puritana del placer existencial. Esa es la nuez del sentido de la vida que tenemos gracias al mito de Occidente, cuya cuna no es Grecia realmente sino Israel, pues, el esquema mental delirante de alcanzar un adelanto continuo mediante el dolor hasta lograr un clímax (Juicio Final) no es griego sino judío y se llama: teleología mesiánica. Se trata de la creencia mágica fundamental en la voluntad humana independiente de toda causa, pero esclavizada a un ideal de perfeccionamiento que le roba su tiempo y su vida presente. La refutación de todo esto, es que el mundo es quien nos trasforma, de hecho, solamente somos medios de expresión transitorios y sin libre albedrío de la Naturaleza que es el único Individuo que existe y del cual emanan todas las cosas a través de infinitas causas y efectos en su propio interior a través de un eterno retorno. El tiempo no es una línea recta sino una espiral. El mito del progreso, además, es patriarcal, hostil a la naturaleza, a la mujer y los animales; también es necesariamente reprimido sexualmente, pues lo sexual se coarta y se usa como combustible «porno» para impulsar el ansia frenética por trabajar en la tarea de hacerle un lindo obelisco al tótem mágico del progreso. Ese ídolo nos impide vivir en el aquí y en el ahora disfrutando del propio cuerpo. Es el vicio del deseo de trascendencia.

El mito opuesto y en total discrepancia con la leyenda del progreso o perfeccionamiento infinito se llama: El Eterno Retorno de lo Igual (Inmanencia). Es aquel que profesaban los pueblos paganos e indígenas de casi todo el globo, y también muchas naciones del Oriente. Está asociado con el panteísmo, el estoicismo y el epicureísmo. Se trata de la percepción madura de que no ganamos mucho con afirmar nuestra ilusa individualidad y que el espejismo de cambio humano no altera para nada el orden del cosmos. La felicidad no está allá «arriba» ni en un inalcanzable ir más allá «hacia delante», «revolucionando al mundo». Tampoco en un lanzarse hacia el progreso infinito, sino en el aquí y el ahora de lo inmediato, sin moverse un sólo centímetro: como Buda en meditación.

La felicidad radica en conocernos a nosotros mismos y comprender nuestros propios afectos y naturaleza erótica, todo lo demás es accesorio, adventicio. Debemos abandonar la ilusión de imaginarnos como individuos soberanos e integrarnos por medio del goce sexual felizmente al orden invariable, fijo y real de las formas repetitivas del cosmos, donde no hay espacio para buscar una evolución o «avance» fantástico que nos hace esclavos desdichados de nuestras propias fantasías de desarrollo. El desarrollo mismo debe ser buscado en otros sentidos: más cercanos al cuerpo y la tierra cultivada.

LA CUESTIÓN HANNAH ARENDT.

 

Pero frente a este enfoque se opone el hombre fanático de la misión carismática del «avance» y «la acción política», a quien le chocará nuestra filosofía, y la verá como estática. Pensará que negar al individuo humano es matar el cerebro y el pensamiento, «matar la acción política» pero, se engaña, pues precisamente el mayor desarrollo, y el acto político más directo radica en tomar conciencia de la plenitud de la Naturaleza: junto con la necesaria negación de la supremacía del individuo, y sus rebeliones infantiles. El objetivo es conquistar el placer existencial de la paz mental. Con eso se disuelven estructuras sociales de desigualdad sostenidas por la suposición vanidosa y mágica de la existencia del individuo como protagonista de la historia. Estructuras del capitalismo cuyo eje finalmente es el egoísmo metafísico y la negación sexual del placer. El truco de naipes que hace el hombre progresista puede ser fácilmente ejemplificado por medio del caso Hannah Arendt. Es increíblemente descarado el modo en que esa señora aspira a desmantelar la metafísica ¡siendo que ella misma está vendiéndonos una metafísica! «El fin de la acción política es mostrarse» piensa Arendt. Para ella la acción nos conduce a «ser» individuos. Entonces la esencia del hombre es la individualidad que se hace realidad en esa «acción política» de exhibirnos y mostrarnos: «mírenme». Sin otros, estando solos la acción pierde su meta. Arendt está haciendo metafísica justo ahí: al trasmitir la idea de que la esencia humana consiste en exponer y «crear uno mismo» la propia individualidad entrando en acción y discurso con otros. Suena muy bonito, pero se trata de la misma lógica que vende la pornografía: el cuerpo es un instrumento de auto-creación, exposición y desafío a los demás: esa es la esencia metafísica y política del porno. Todo suena muy bien, pero Arendt y el porno olvidan un pequeño detalle: lo único que sale ganando con todo eso es la desdicha humana, es decir: la miseria de las pasiones y la represión. De la sed de ser vistos y de la afirmación de la «libertad hacia mostrarse» el ser humano cae en la desdicha por angustia. Observemos bien como se regresa, una y otra vez, al mismo tema: tanto en Sartre como en Aynd Rand y Hannah Arendt. Todos, a su manera, tratan de reinventarse el mito mágico del individuo para empujar al ser humano a la angustia. Lukács con su alabanza marxista también colabora mucho para llevar a cabo esa tarea inhumana. Lo que no terminamos de entender es por qué son tan malevos como para unirse así para empujar a la gente hacia la angustia, mientras que Aristipo y Epicuro tratan de traer la paz erótica. Arendt hace la tarea opuesta de Buda. Ese es el mito de la actualidad: revelar la individualidad ante los otros. Estos filósofos políticos tratan de decir con palabras muy rebuscadas y doctas lo mismo que enseña pensamiento judaico del Génesis: te invitamos a participar hoy en la acción metafísica, el show en el que el ser humano se muestra ante una autoridad ajena (trascendente) representada por alguna figura de poder paterno ante la cual rebelarse. Adán se rebela ante «Jehová» al mostrarse como individuo desnudo y lo desafía, para convertirse en él. «Entrada libre». Arendt está vendiendo un judaísmo civil. Ahora que el alma mágica se muestre de nuevo. Entonces, para enseñar esa metafísica ridículamente mágica nacida de una superstición proveniente de la Torah es que Arendt se propuso desmontar y desacreditar toda la demás metafísica —que no fuera la suya—. Desprecia a Epicuro, a Sócrates, a Diógenes. Claro, no quiere rivales: debe eliminar competidores para poder dejar en pie únicamente la metafísica judíocristiana que le interesa tratar de vender. Por eso ella y otros filósofos, pues Arendt es una filósofa metafísica asolapada, aunque lo niegue, hablan olímpicamente del «fin de la metafísica»: así le quitan a la gente la oportunidad de hallar la plenitud existencial en la filosofía y darle una paz viable a la cuestión de las pasiones. Así empujan a la gente finalmente a la religión. Hay que evitar que la gente se pregunte por el ser de las cosas y por la felicidad para que se enfoque en «la acción» de mostrarse. Así se les reprime sexualmente pues de ese modo desatienden su realización erótica por pensar que el sentido de la vida radica el «mostrarse», no en la ausencia de angustia y en la desobligación hedonista de todo lo que implique sufrimiento existencial. Arendt ayuda a impulsar una lógica sexualmente represiva. Recordemos que el porno reprime al ser humano al venderle la idea de que la libertad consiste en usar el sexo como vehículo de ostentación del ego: mostrarse una y otra vez. En cambio, Epicuro nos dice que pasemos desapercibidos. Al hacer eso Arendt empuja a cada persona a someterse a las pasiones y por ende a la miseria. Asimismo, Arendt está vendiendo una idea de exhibición individual, la misma que vende el porno sin usar el vocabulario nerd y rebuscado que ella utiliza. Arendt recoge frases de los antiguos sobre la ausencia de angustias como «lindas perlas» y las mira como objetos de museo: burlándose de ellas. Esa es la mirada de la filosofía moderna sobre la antigua. Qué gran arrogancia. En su actitud solamente hay amargura existencial, es tan fácil verla en sujetos como Arendt. Por eso trata de decir que la filosofía y la política están «divorciadas». Es una engañifa astuta, pero es fácil de revelar y refutar. La filosofía y la política son tan inseparables como el radio de un círculo lo es de su circunferencia. Son inmanentes. ¿Lo entenderá Arendt? Ella se inventó esa separación, manipula el lenguaje para evitar que la gente aprecie la vida contemplativa: dedicada al placer existencial. Así nadie nunca tendrá paz interior y todo el mundo, en su desesperación, necesitará tomar «acción política» y se lanzará en jauría hacia una rebelión personal: contra el vacío (muy de corte «Amarna Miller»), creyendo ingenuamente que en esa lucha por mostrarse ante los demás calmarán la miseria a la que los arrastra la esclavitud de los afectos. Esta filósofa quiere mandar a la gente por un abismo, desea prender un gran incendio. En una sola frase: quiere embalarnos hacia el «progreso». Por eso dice que la política no se debe «contaminar» con ideas filosóficas de plenitud. De hecho, se está burlando de la palabra plenitud o felicidad. Es tan judaica su postura. Entre líneas lo que quiere decir es un insulto contra la filosofía. Insinúa que la filosofía y la metafísica son cosas ridículas: formas de dopaje, mientras que la política es la acción para la gente que vive «la vida real» y que quiere «ser vista y revelar su individualidad única e irrepetible ante el sistema». Cuánto narcisismo. Es una agitadora. Quiere ver a la gente «ser libre» «creándose a sí misma», mostrándose, marchando, gritando sus pasiones en un ruidoso «debate político», pero resulta que eso no es libertad pues el primer acto de liberación política es la victoria sobre uno mismo: Arendt se ríe de eso. Por ello, algunos politólogos, no todos, tienen aquel aire tan pedante e insoportable. Ellos creen que están más allá de «lo metafísico» y dicen esa palabra como si les oliera mal. Pero, precisamente, por tener una —mala metafísica— algunos cuántos de ellos (no todos) son existencialmente desdichados e incapaces de una verdadera acción de liberación en sus vidas concretas, esclavizadas a la misión de la religión civil del progreso. Por eso, entre más van a la «acción política» sin filosofía más miserable se hace el mundo que les rodea. Finalmente, todo esto se trata de estar todos unidos a favor de mantener el mito judíocristiano de la misión de «cambiar el mundo» y de estar en contra la concepción del eterno retorno para poner en su lugar al individuo «único e irrepetible». Arendt es una verdadera hija de Marx. Con este ejemplo demostramos que la repulsión del hombre progresista contra el mito del Eterno Retorno lo delata ante el espejo, lo denuncia como lo que es: un religioso cristiano comprometido con la misión carismática de las revoluciones inútiles. Un fanático fundamentalista que predica la doctrina mágica según la cual la humanidad está compuesta por individuos dotados de las alas mágicas de la libertad de la voluntad, mejor dicho: dioses mágicos que deben «tomar acción». Esa tesis fundamental es el esqueleto del cristianismo desnudo en su esencia más pura y sincera. Por ende, en Occidente nunca nadie ha dejado de ser cristiano, ni siquiera los ateos. De hecho, no se ha salido de la Edad Media, se sigue viviendo dentro de ella: sólo se han cambiado los colores de las ropas. La modernidad (incluyendo al marxismo) es una simple extensión del medioevo en espera del Mesías encarnado en la figura corporal de la ilusión de progreso. Es una mera metamorfosis ocurrida al interior del judíocristianismo, una renovación carismática del judaísmo, una reforma interna de la religión hacia una disidencia armada o rama civil. El estadio más avanzado de desarrollo de su propia agenda mesiánica. El individuo autodeterminado en el cual creen los posmodernos es la misma entelequia metafísica llamada Jehová en que cree el judaísmo. La única diferencia es que ese ente ahora ha sido personalizado en lindas versiones miniatura: muy cool hechas a la medida de cada «sujeto» capitalista. Mataron al dios de los judíos (la idea de libre albedrío) para convertirse en él, así que a la larga no lo lograron matar realmente, sino que, al comérselo, le permitieron reencarnar en ellos mismos. Ahora le pertenecen, son sus a-gentes, sus esclavos: sus «médiums», por así decirlo. Vivimos en medio de un judaísmo civil mal llamado: capitalismo moderno.

Permítenos preguntarte algo benévola lectora o lector: —¿entre las siguientes dos cosas tú que crees que la gente preferirá?— 1) ser alguien «de acción» que vive «en la vida real» o 2) ser alguien de «inacción» que vive en una vida de contemplación y plenitud. Hannah Arendt está queriendo decir eso: la vida de acción es la política y nada tiene que ver con la ridícula filosofía. Ha insultado la filosofía del modo más asolapado. Lo que está implicando es que los filósofos son sujetos que «no están en la realidad»: no son de «acción». Al oír hablar a estos filósofos contemporáneos tan inspirados en el Génesis del judaísmo recordamos aquella antigua serpiente… son insuperables para enredar con las palabras. Son unos verdaderos Magos de lenguaje. Definitivamente hay que ir a un jeder o escuela judía siendo uno niño si uno quiere acercarse un poco a esa maestría que tienen estos pensadores como Arendt, Lukács, Rand y Marx para manipular y engañar con las palabras. En eso hay que quitarse el sombrero.

Arendt nos quiere decir entre líneas: —«no me traten de filósofa porque yo no soy una persona que está «en las nubes»—. Este es el mensaje de esa señora si lo pudiera decir abiertamente: —«Yo estoy en la «acción política»: no me quiero contaminar con la filosofía. Que los filósofos vayan y se traben en un sueño: en una masturbación existencial. Me dan risa cuando dicen: me encuentro en la plenitud»—. Arendt está ridiculizando dos mil quinientos años de filosofía. Esa es la actitud arrogante del hombre moderno, o sea: cristiano. —«Yo soy una científica política. Estoy en lo político, porque lo político es el mundo de la libertad»—. Fíjate amable lectora, en el engreimiento de lo que ella está diciendo. Está indicando qué la felicidad que propone Epicuro: la ausencia de angustias y el no tener hambre, no tener frío y no tener ser, no constituye lo importante. Lo importante es mostrarse ante los demás en la sociedad, en acción política: porque la acción política según Hannah Arendt es lucirse, manifestar la individualidad-a-otros. Es un narcisismo muy bien disimulado. Nos está diciendo que la filosofía es un mero adorno. Hay otras ciencias especializadas en su ámbito: —¿para qué filosofar (pensar una metafísica) habiendo buenas pastillas sedantes?—. Así que, la filosofía no tiene injerencia sobre la política, o sea: sobre la vida real. Qué insulto. Lo que ella está diciendo es que esencialmente el universo de la política no tiene nada que ver con la pregunta sobre quiénes somos y de dónde venimos. Benévolo lector: Arendt niega la metafísica, pero está haciendo una metafísica. Un pensamiento mágico. Está creando un dualismo. Nos está estafando. Debajo de su frío razonamiento Arendt trabaja, virtualmente, con una premeditada y calculada lógica religiosa y mística. Le dice las siguientes palabras a cada ser humano que piensa honestamente una metafísica, es decir, un sentido de la existencia: «consuélate, consuélate con tu plenitud, sí, masturbarte existencialmente». Está siendo paternalista con la filosofía. Le habla como se les habla a los ancianitos. Lo que ella quiere decir es esto: —«aquí estamos los que hacemos la realidad perdurable. Los que estamos en acción directa porque estamos ejerciendo la libertad que consiste en expresar el libre albedrío y la individualidad: en el foro en el debate mediante la acción-discurso. Allá están los filósofos que se empeñan en alcanzar la plenitud, dan risa, no son sujetos de acción: no dejan nada perdurable. No dicen nada real sino sólo palabras huecas»—. Por eso Arendt es la matrona de todos los que tratan de quitarle al ser humano la felicidad. Pero es tan buena usando las palabras, que nadie nota que ella está haciendo una muy supersticiosa y judaica metafísica religiosa. El pensamiento mágico animista radica en creer que el sujeto libertario se autodetermina en el caos (en la coyuntura) y en las invocaciones (la acción-discurso). Sabe encantar con las palabras, es viperina. En pocas palabras está diciendo que la filosofía no abarca la totalidad. La filosofía se debe separar de la política como la Iglesia del Estado. Ese es su mensaje. Cortarle las manos a Sócrates. Está tratando de crear una especialización del conocimiento llamada «Ciencia Política»: una fragmentación de la filosofía. ¿Cuál es el objetivo real de todo esto? Es muy simple: crear el mito mágico-religioso del individuo construido con juegos del lenguaje. Recrear la ilusión de la mágica libertad de elección humana venida de la Biblia para echarle a todos a cuestas un peso. Es una creadora de suicidas. —«Yo no tengo nada que ver con la filosofía porque yo soy una persona de acción»—. Pero, pregúntale, benévola lectora: ¿cuál es la acción de la que habla? Si observamos bien, se trata de lo que Spinoza llama: las pasiones. Vivir en pasión es estar sometido. Esa es la ironía: un ser humano sometido a la miseria de las pasiones NO es de acción. Se mueve porque las pasiones lo mueven, parece muy activo, pero es un pasivo, un ente. Todo el mundo habla de «tener pasión» y «hacer las cosas con pasión», no saben lo que dicen. Son coherentemente muy cristianos al venerar la pasión: como el cristo que es sometido impotentemente. En los resultados prácticos se trata de reducir la política en eso: la miseria humana. Arendt sugiere que eso somos: caprichos enfrentados (intersubjetividad-comunicativa) hay que hacer «acción comunicativa». Y al decir eso, ella está haciendo una metafísica del ser humano. Para decirlo en palabras más simples: su propósito es expulsar la felicidad de la política. Una política sin ética. Ya que la filosofía no tiene nada que ver con la política entonces la ética tampoco. Por eso algunos politólogos, volvemos y lo repetimos: no todos, tienen esa actitud distante hacia el asunto de la felicidad humana: «es que eso es muy metafísico: eso no es concreto, es algo que no está en la coyuntura». Y repiten la palabra coyuntura miles de veces: «hablemos de la coyuntura». Se quejan porque la sociedad se desangra, pero no quieren responder preguntas serias sobre las causas de que la sociedad sea desdichada porque eso sería hacer filosofía, metafísica, ¡Pero qué vergüenza! —«Que diría mi mamá Hannah Arendt si me ve haciendo filosofía (metafísica) y hablando de la felicidad o diciendo que la sociedad hay injusticia, criminalidad, violencia política, desigualdad, corrupción e injusticia social porque es infeliz existencialmente debido a que se encuentra erótica y sexualmente reprimida. ¡Que el Dios de los judíos me libre de decir eso! Mejor hablemos de la coyuntura»— Muchos profesionales, incluso los mismos filósofos de oficio, con su «mueca» de burla ante las preguntas existenciales están dando a entender que toda la filosofía y su pregunta sobre la felicidad es mierda en estado puro. Bueno, esa actitud tan arrogante y hostil ante la tarea de cuestionarse el sentido de la vida explica por qué son tan desdichados como colectividad. Arendt trata de disimular su petulancia: «no me confunda con un filósofo yo no soy eso, yo soy una persona de acción». Muy marxista todo el cuento. Recordemos que toda pasión negativa es un prejuicio, siempre: un juicio o razonamiento precipitado y mutilado. Muchos profesionales de las ciencias humanas frecuentemente tienen en la boca aquella frase que reza «hay que hacer cosas», que bien: lo curioso es que vencer —sobre sí mismos— y conocer y liberarse de las pasiones que los consume no es una de las cosas que hay que hacer. Esa es la ironía. Según esta nueva «religión de la acción política», cuando la benévola lectora o lector está en «actitud contemplativa» es inmediatamente reducida al ridículo. Se trata de la irrisión de los universitarios. Es increíble que nadie se haya dado cuenta de que la separación entre filosofía y política que propone Arendt es un insulto a la filosofía misma y un intento de meter metafísica de la religión judía de contrabando.

Hay que ver la buena fe que la gente tiene al leer un libro: sin ver la ponzoñosa intención de algunos autores como Arendt, dejándose encantar con sus enredijos de palabras intelectuales. Está creándose una superstición, pensamiento mágico, totémico, tribal y animista: el mito del individuo. Es una religión llena de encantamientos. Por eso se ven tantos jóvenes reventados en las universidades y las tantas ciencias políticas que existen, como la sociología y la antropología, chicos que andan en sus veinte años listos para tirarse de un quinto piso de un edificio del campus: ebrios de leer fotocopias de Arendt, Lukács, Sartre, Camus, Rand, Hegel, Marx y tantos otros. Con el cerebro lavado por el credo del individuo. Diciéndose a sí mismos que la angustia es «lo único real que existe» y que el suicidio es un acto de liberación. Un «acto libertario». Mientras tanto, en las bibliotecas, del mismo quinto piso desde donde se lanzan al vacío, se están llenando de moho y polvo los libros de Epicuro, de Aristipo, de Spinoza. Solamente ver títulos que hagan mención de algo «metafísico» produce caras de desprecio. Para muchos «analistas de la coyuntura» esos libros de filosofía, con «contenidos» tan socráticos, ni siquiera sirven como papel higiénico. Pero basta con analizarlos a ellos durante un tiempo conviviendo entre su tribu para observar que tienen tanto ruido en la cabeza, tanta polución mental, que todo el papel higiénico del mundo no bastaría para limpiar lo que ellos tienen en sus mentes. Viven durante toda su carrera universitaria en la «depresión» leyendo a Sartre y renegando del capitalismo. Lo curioso es que su «profunda angustia existencial» y su «indignación marxista contra la injusticia» de la cual tanto alardean se cura mágicamente cuando se gradúan y obtienen un empleo de clase media yendo de compras por las grandes cadenas de supermercados con la rosada familia pequeñoburguesa que han formado al casarse. Entonces se reconcilian con el capitalismo y de Sartre lo único que les queda es la firme creencia en el libre albedrío, es decir: el individualismo. Qué grandes carcajadas nos producen. Y esta gente es la que termina trabajando para el Estado: como funcionarios públicos y en Organizaciones No Gubernamentales, dirigiendo la sociedad, administrando los impuestos. Al ver esto queda clara la causa de la cual viene la corrupción del Estado. —«¿Es esta calaña la gente de «acción política?»—

Mientras el mundo político siga siendo el mundo de las pasiones negativas reprimidas será un mundo pasivo de miseria, incapaz de resolver la convivencia humana y de dar la oportunidad de expresarnos libremente. La filosofía está llamada, en primer lugar, a pensar lo político y punto. Fin de la discusión. La ciencia política por excelencia es la filosofía porque es la que piensa el poder que tienen los afectos. La ética, es decir, la búsqueda del sentido de la vida y la felicidad no puede separarse de lo político pues explica el modo en que obramos.

La acción, la búsqueda de la afirmación personal a través de lo que uno haga en la sociedad con otros es muy importante, no se trata de negar eso. El punto es que para afirmarnos y expresarnos como persona primero debemos ser personas y muy pocos lo son, ya que son simples entes arrastrados por pasiones ciegas. Al tratar de desmantelar la metafísica y la filosofía le estamos impidiendo al ser humano llegar a ser persona. Ese crimen lo ha ayudado a cometer gente como Arendt y Lukács. Platón exageraba al querer un gobierno de los sabios. Con ayudarle a cada ser humano a ser una persona eróticamente más feliz basta. ¿Por qué la política le teme a la palabra felicidad? Finalmente, aquel que es feliz es sabio: no se necesita tener un cartón profesional para eso. Por ende, el goce sexual es clave para un bienestar social viable y realizable políticamente para todos. Arendt se equivoca al decir que el ser humano está condenado a la angustia por ser el único que sabe de su muerte en un universo lleno de eternidad y ciclos inmortales. La gente es infeliz solamente cuando vive en nuestro mito moderno del progreso. En el mito del Génesis judío que habla de un comienzo y un fin: el tiempo en línea recta. El Bing Bang, el universo en expansión. ¡Wow! que relato infantil tan lleno de supercherías, puro pensamiento mágico. —Ni siquiera el principio de entropía o desorden continuo lo justifica—. En los pueblos que pensaban desde el eterno retorno no se sentía tanta sensación de ruina por el hecho de morir. Cuando el ser humano es feliz en carne y hueso, sexual y eróticamente, en el más amplio sentido de esa palabra, alcanza una actividad política que le permite construir mejor su sociedad de manera perdurable. Si le enseñamos al ser humano que lo único que existe es la coyuntura en medio del caos y la angustia de la individualidad, como si fuera el centro de todo, estamos literalmente creando el suicidio de la especie humana porque ya demostramos que el hombre no es individuo: y no necesita serlo para llegar a la acción política libremente y sin ataduras.

«Transformar» constantemente el mundo, por el hecho de seguir «transformándolo» sin parar es, en realidad, una manía psicológica (marxista y capitalista) vendida como si fuera la «vida activa, viva y real». Por ende, para los ojos de Arendt el filósofo está muerto: según su enfoque marxista el filósofo vive en otro mundo: el mundo de la «plenitud». No participa de la acción proselitista de la transformación eterna, no se ensucia las manos. Hacer política no es hacer proselitismo, ya basta de confundir esas dos cosas que no son lo mismo. Gracias a Arendt, algunas personas tienen el prejuicio de que los filósofos están locos, no trabajan, no buscan el proselitismo electoral, no buscan el progreso, y por eso son despreciables y risibles. La realidad es que no hay cosa política más directa y un trabajo más político-concreto que la filosofía y el hacer filosofía. Filosofar y dejar las ideas por escrito no es fácil, de hecho, lo segundo es mucho más difícil que lo primero. No aspiramos a que el lector sea filósofo: la vida es infinita y no se limita a la filosofía, es más intuitiva y erótica que otra cosa. Sin embargo, es importante que la gente recuerde un poco, por un segundo, que no todo gira alrededor del individuo y sus relaciones sociales de poder en donde todos están tan profundamente imbuidos y metafísicamente atrapados para finalmente dejar que el dinero como dios judaico metafísico de todos diga la última palabra. No es coincidencia que la religión del judaísmo esté presente de alguna manera en Arendt. Su tesis no es cierta, de hecho, es supersticiosa. La política no es una cosa separada de la filosofía, sino que es la filosofía misma. El prejuicio que ella denuncia en Platón es el que ella misma padece, a saber: siente un divorcio existencial con el mundo filosófico, le aterra enfrentar sus preguntas existenciales.

 

El hombre posmoderno, debajo de su actitud racionalista de «librepensador» es un misionero de una religión, un fanático cristiano fundamentalista que se expresa con palabras doctas y «democráticas». Enardecido por un sentido de misión y progreso usa la razón y el mito de la ilustración para maquillar de «verdad científica y objetiva» su pasión ciega y su propio mito mágico, para poderlo imponer sobre los demás mitos del mundo. El mundo occidental ha sido cautivado por esa gran superchería. Un pensamiento mágico-progresista que lleva a un estado de gran sugestión colectiva. Sin embargo, inevitablemente desaparecerá luego de su necesario ciclo de existencia. Es hora de anunciar la inevitable caída del mito del progreso y el fin de Occidente.

La meta de la modernidad era acabar con los mitos, pero la modernidad es un mito también: he ahí la gran ironía. Nunca podremos salir de los mitos porque provienen del mismo lugar de la mente de dónde vienen los sueños. El estado de vigilia no existe, el ser humano sueña colectivamente. Toda civilización no es más que un gran sueño lúcido. Cuando el hombre cree despertar —como creyó hacerlo en la modernidad— solamente sale de un sueño para caer en otro todavía más delirante.

 

EL ACTO POLÍTICO DE SER FELICES

 

La economía moderna es una burbuja de necesidades creadas que no ofrece la felicidad ni el bienestar. No es compatible con la felicidad o la ausencia de angustia. Felicidad y paz mental son una y la misma cosa. Para venderles a las gentes un candidato político para votar en temporada de elecciones se les inocula el miedo al «comunismo», «el terrorismo» y «los ilegales extranjeros». No se les ofrece una solución sino solamente un miedo. Para vender celulares se les inocula el miedo y la angustia de quedarse rezagados de la vida social y la ingeniería de última punta. Para vender productos de belleza y deportivos se les vende la angustia de ser feos o poco deseables sexualmente. Edward Bernays diseñó la publicidad para eso: para vender angustia y miedo. Lo mismo vende el porno. El acto de resistencia política más grande que podemos hacer es: ser felices. No imitar demasiado los afectos de la muchedumbre y de los demás. Tener paz mental satisfaciendo lo que el cuerpo necesita, el grito de la carne y nada más: ese es un acto político radical. La ausencia de angustias es el acto político por excelencia porque significa cortar de raíz con el origen de todo el sistema económico y social opresivo: la angustia. Las necesidades falsas. Sin angustia no hay necesidades creadas, compradores ni capitalismo, por ende, tampoco desigualdades. La economía actual es la hija de la angustia y la desdicha. Sin esas dos cosas no hay sistema económico: así de simple. Hannah Arendt comete un error capital al decir que el estado de paz mental que otorga la filosofía no es un acto político. Quizás sea una equivocación hecha a propósito para sacarnos de la filosofía y embalarnos en el mundo de la angustia existencial marxista.

 

LA IRONÍA DE INTENTAR QUE EL MUNDO SEA UN «LUGAR MEJOR».

 

Seamos claros: el antiguo misionerismo predicador del evangelio es el mismo misionerismo del Progreso científico de hoy. Siempre se ha tratado de la misma religión. Cuando el misionero católico invadía y abusivamente obligaba a los residentes originarios de otros continentes a someterse al bautizo judíocristiano lo hacía —para que progresaran—. Obligarlos a «creer en Jesús» y hacerlos abandonar sus cosmologías ancestrales era para el fanático llevarles el «Progreso». «Jesús» era para ellos la «verdad científica» de su época. Esa mitología sigue viva. Algunos pocos españoles, no todos, alineados a las derechas políticas y con tendencias franquistas, piden a las naciones naturales-originarias que le den las gracias a España por haberles hecho gran el favor de llevarles «el progreso»: qué descaro, no se dan cuenta que los retrasados son ellos mismos. Atrapados en su parroquia medieval por toda la eternidad. Fijémonos que la excusa del horror siempre ha sido cumplir con la misión de hacer de este mundo «un lugar mejor». El famoso «mal necesario» para que exista el progreso. Nada ha cambiado. Esa es la eterna guerra santa. El conservador mataba al liberal para que el mundo fuera un lugar mejor, y viceversa. En los primeros años de la década del dos mil desaparecieron sordos en la capital de Colombia. El desalmado paramilitar mata sordos y los hace aparecer como «falsos positivos» para que el mundo sea mejor, para que progrese «sin gente discapacitada» y ganarse de paso una propina. El día que Colombia permitió eso y no lanzó una sola voz de protesta dejó de existir como sociedad. En gran medida dejó de valer la pena. Los gritos de esos sordos… simplemente no hay palabras. Eso va más allá de la filosofía y los límites del pensamiento humano. Nunca podremos perdonar eso. Lo hemos intentado, pero no podemos. Será una pasión con la cual no podremos jamás reconciliarnos. Debemos aceptar que no lo podremos superar. A veces simplemente hay que aceptar cuando una pasión nos gana el pulso. Dondequiera que vayamos haremos saber al mundo que eso pasó. No hay modo de reparar algo como eso. Ni siquiera con la filosofía. A veces los sordos son seres casi inmunes al ruido mental de la sociedad. Conectados con el interior muy profundamente. Sus ojos suelen casi siempre ser diáfanos, su mirada suele ser limpia. En Egipto eran protegidos, respetados y admirados. Muchos dicen que los egipcios se guiaban por «mitos», pero nuestra búsqueda de dinero, progreso y «limpieza social» es también otro mito, pero desalmado. Ese mito religioso es el que profesan los asesinos de esos sordos y detrás de él se justificaron. Todo atropello que sucede en el mundo se hace supuestamente para que sea «un lugar mejor». El industrial invade y tala los bosques para traer «progreso», para «mejorar el mundo»: así convierte a la gente a la religión de la modernidad. El capitalista también es el reverendo predicador de la trascendencia, se trata de la versión civil del misionero evangélico ahora sin sotana. El capitalismo es la religión cristiana y judía misma sólo que expresada de una manera distinta y «objetiva». El sentido de misión, de cruzada y progreso es siempre la raíz de todo mal. Ese es el mito de nuestra tribu, si pudiéramos mirarnos desde afuera lo veríamos. Por eso es crucial evitar caer en la ambición de desear demasiado «cambiar el mundo» para llevarlo a una «trascendencia galáctica» pues esa es la causa de todo el sufrimiento: es la raíz del horror humano mismo.

En conclusión: irónicamente, nuestro deseo de cambiar el mundo, hacer que progrese y sea «un lugar mejor» es la misma causa directa de que el mundo se arruine cada vez más. Así es. Si nos quedamos en paz y actuamos solamente sobre nosotros mismos y nuestros propios afectos se soluciona el acertijo. Es algo ligeramente parecido al argumento de la obra: «El efecto Mariposa». Se trata de una gran ironía. El deseo de bien es el creador directo del mal, el deseo de pureza crea directamente la depravación. Al declarar a los niños «seres puros» en la Cruzada de los Niños durante la Edad Media, automáticamente la moralidad sexual del judíocristianismo creó la perversión de la pedofilia y el abuso infantil tal como la conocemos. Por eso tantos sacerdotes católicos son pedófilos. El judíocristianismo, incluso cuando tiene buenas intenciones, trae consigo siempre la podredumbre necesariamente. Esta es la explicación última del problema del mal social. Como diría Jung: «el mal es la sombra de nuestro narcisista deseo de bien». Por nuestros lindos principios morales de decencia y valores de familia tradicional son quienes se han creado la represión sexual, los delitos sexuales contra la infancia y el porno industrial represivo. Dante lo dijo más claramente: «de buenas intenciones morales está empedrado el Infierno». Nuestras buenas y rosadas intenciones son la matriz del horror: ellas han creado todo el mal, siempre creyendo ser las portadoras de la luz. Esa es la gran ironía.

 

¿DE DÓNDE PROVINE LA OBSESIÓN MODERNA CON EL PROGRESO CONTINUO?

 

Digámoslo de una manera tan simple que incluso un niño pueda entender la siguiente idea: primero se contagia a la persona de una infección para luego venderle la medicina que supuestamente la «cura». Primero se crea la necesidad para luego vender el producto que supuestamente «remedia» esa necesidad. El cristianismo-judaísmo se encargó de producir la miseria para crear la necesidad de progreso que «supuestamente» la cura. Así de sencillo. Es una religión de miserables y todo miserable aspira a progresar. Es un concepto muy simple. La paradoja del progreso consiste en el hecho de que éste mismo crea la miseria y no nos puede permitir salir de ella. Como ya lo demostramos anteriormente: el progreso existe solamente donde hay deseo de «escapar de la miseria». Si la miseria se acabara el progreso entonces se detendría. Pero eso no le conviene a la maquinaria que ha creado. Por lo tanto, el progreso necesita sembrar miseria para poder seguir existiendo. El «progreso» es un engaño al cerebro, un engaño a la mente. Por ende, entre más crece el progreso más crece la miseria en su sentido más material y existencial de manera inevitable o necesaria.

Somos una civilización cristiana, es decir: de indigentes. Incluso el presidente de los Estados debe ser existencialmente un pordiosero. Siempre estamos buscando salir de la mendicidad en algún sentido y en eso consiste el deseo de «modernización». Lo que se busca es que a pesar de cada logro alcanzado alguien le haga sentir al otro lo miserables que es por tener algo más grande que éste. Es una sensación de la cual no se puede salir porque esa miseria existencial es el motor mismo que empuja la productividad. Para ser productivos debemos ser miserables, inevitablemente. En resumen, el progreso moderno y posmoderno no es progreso: es un des-progreso, crea no-progreso. Es la verdadera involución frente a nuestros ojos.

Kelsos (Celso), el filósofo, predijo que si aquellos mendigos cristianos seguían expandiéndose por Roma iban a asesinar la civilización y fundar la sociedad de los miserables: bueno, pues hoy vivimos en esa sociedad. Sin miseria no hay deseo de progreso. Se desea el progreso para escapar de la miseria. Los eternamente mendigos, aplastados, envilecidos y humillados son los que hacen alarde del afán por «progresar en la vida». Los trepadores sociales. Primero la religión tenía que esparcir la desdicha y la miseria y provocarla donde todavía no estuviera presente, predicando el cristianismo para poder vender luego la necesidad creada del progreso. Es un juego fácil de entender. ¿Cómo produjo la miseria?, muy sencillo: por medio de sus relatos, su manera de describir al ser humano y el propósito de la vida: creando los rosados y tóxicos valores morales sexuales de la familia tradicional. Fabricando ideas falsas de «decencia», fundamentadas en la creencia en el libre albedrío y el propósito oculto de Dios para todas las cosas. Estas dos arterias morales generan automáticamente toda la frustración, la confusión y la infelicidad erótica y existencial del ser humano que se manifiesta a través de los flagelos sociales y económicos que se siguen de todo ello: creando un cortocircuito en la mente humana. «Nacimos con libre albedrío, con culpa y con la responsabilidad de cambiar el mundo». «El delito original del libre albedrío es el sexo», etc., etc.

La idea de progreso de la modernidad nace del aburrimiento total con la vida. Es un concepto muy sencillo. De ahí proviene el tedio existencial, y el consiguiente deseo constante de perseguir el progreso continuo: «adelantos», «nuevos estímulos» que llegan a su colmo con la aspiración colectiva de avance perpetuo de la ciencia y la «tecnología» en la posmodernidad y su constante innovación loca de modelos de las mismas máquinas de siempre. Esta insaciabilidad por «la novedad» no proviene de la evolución humana como dice el señor Yuval Harari en su desagradable libro llamado: Homo Deus donde, finalmente, concluye que la razón de la desdicha y el aburrimiento moderno es evolutiva y cada cual deberá buscar la felicidad en nuevas drogas farmacéuticas que todos van a consumir en el futuro, sometiendo el cerebro a un cambio científico hecho por medio de la ingeniería genética. Qué curioso y coincidencial que esas ideas provengan de alguien cercano a la cultura de la religión del Antiguo Testamento y que ni en sueños mencione que la razón del problema también está en los prejuicios de esa cultura judaica esparcida por todo el globo. La filosofía de las escuelas griegas nos responde que la explicación de ese escritor es falsa, pues, gracias a la Naturaleza ya tenemos a la mano, en nuestro propio cuerpo, todo lo que necesitamos para sentirnos plenos y colmados con la existencia, puesto que el placer nace de satisfacer el grito de la carne con independencia de las necesidades artificiales, falsas o creadas (autarquía). Por ende, buscar la felicidad a través de una droga es la contradicción misma del placer y la felicidad porque placer significa: independencia, y toda droga significa dependencia. Hasta un niño lo podría entender. Eso es lo que responderían Diógenes, Epicuro o cualquier estoico de primer año. Así que la explicación y la solución no son las que ofrece ese autor tan «posmoderno». Lo que sucedió en la historia humana para llegar a este estado es que, sencillamente, después de la aparición del judíocristianismo se insertó en la mente colectiva la expectativa de recompensa futura después de realizar un trabajo asqueroso y miserable en el presente.

 

De paso, usemos media página para expresar cuánto nos desagrada la persona y el pensamiento de Yuval Harari: un calumniador de la filosofía de Epicuro. Es un atrevido que, aprovechando la ignorancia que la gente tiene de Epicuro, se atreve a decir que la civilización actual es epicureísta. No hemos en la vida escuchado una calumnia filosófica más descarada y más grande. Epicuro niega el progreso para simplificar la vida a la mera satisfacción de la necesidad animal: no tener hambre, frio, sed ni carencia sexual. Por eso niega la importancia de la ciencia y la educación académica. Para occidente la vida se trata de ser «más que animales», ir más allá de las simples necesidades básicas. Cultivar la academia y la cultura científica. Escalar. Ir por más e incluso volverse loco. Epicuro ordena que no hay que hacer política: si esta civilización fuera epicureísta no habría proselitismo. Somos todo lo opuesto a Epicuro. Harari calumnia a este filósofo griego al decir que no creía en los dioses. Epicuro es explícito al decir que los dioses existen y son seres llenos de paz mental a los cuales debemos imitar. Para occidente no. Para Epicuro la divinidad es la misma naturaleza, Dios es Physis, es decir: la física, la naturaleza misma. Es un hombre contemplativo y erótico que ve en la física algo sensual. No es un tipo que mide las cosas fríamente como el típico científico judaizante de hoy. Para Epicuro lo importante es la pereza inteligente, el hecho de no trabajar para dedicarse a contemplar la belleza erótica del mundo. Para occidente eso es un sacrilegio. El centro de la vida es el trabajo y la productividad operativa. A Epicuro le interesa todo menos lo material en el sentido que lo entendemos hoy. El «materialismo» de Epicuro fue inventado por sujetos calumniadores y tergiversadores como Harari. No hay materialismo en Epicuro sino pura sensualidad, es decir: naturalismo erótico. La naturaleza física es vista como algo vivo e íntimo a nosotros, y, de hecho, como algo pensante. El placer para Epicuro es la paz de no necesitar consumir cosas del mercado. El límite de los deseos y la negación del dinero, o sea la «ausencia de consumismo», mientras que la presente civilización es la más descarada consumidora excesiva. Para Epicuro el placer es la paz mental o ataraxía y para esta civilización el placer es la estimulación para causar angustia. La lista es interminable. Lo más lejano a Epicuro y la eudemonía o felicidad serena es la propuesta de progreso de occidente. Epicuro, en una sola frase es vivir en el término medio. Conformarse. Occidente no es serenidad, imperturbabilidad y término medio, al contrario, se trata de sufrir pasión, exceso y excitación frustrante. No conformarse. No hay nada más opuesto a occidente que Epicuro de Samos. Marx, otro judío, en su momento también calumnió a Epicuro como lo está haciendo su paisano Harari. Este sujeto escribe libros de propaganda del progreso y el evolucionismo. Panfletos en los que le da a los seres humanos el mote de «dioses» es un estimulador del mito del progresismo. Sus libros son basura reciclada, casi plagiada, de los trabajos marxistas hechos por Federico Engels endulzados con un poco más de la misma porquería metafísica del progreso fundado en el judaísmo. Engels escribía mejor. Con su fantasía de que somos la cumbre del desarrollo del universo, gracias al «gran papel del trabajo en la trasformación del mono al hombre», dijo la misma mugre que escribe hoy Harari, pero la dijo con clase. ¿Qué tiene de original ahora este tipo?

Sus libros asumen que el ser humano ha «triunfado» y que «controla las cosas. Eso no es así: puesto que no existe el libre albedrío no es posible que así sea. El mismo Yuval en otros textos lo confiesa y se contradice: él tampoco cree en la libertad de la voluntad. El ser humano es controlado por la naturaleza. Además, incluso un virus lo puede aniquilar, no tiene tanto poder sobre el mundo entonces. No tiene protagonismo alguno. Lo que sucede es que realmente no existe un criterio para definir «quién gobierna» en la tierra.

Sin hormigas e insectos toda la vida en el planeta se destruiría en tres años. Sin nosotros nada pasaría. A nadie le hacemos falta. No somos importantes. Unas hormigas tienen más gobierno, más impacto y más centralidad que nosotros. La evolución es un relato mitológico metafísico que cree que existe algo llamado «historia»: una sucesión de eventos movidos por un plan maestro, una fuerza supersticiosa llamada Geist que ya mencionamos. El fantasma que busca el progreso absoluto e infinito. Eso se llama teleología. El plan maestro. Basura judíacristiana. Sus falsos supuestos son las palabras «cambio», «progreso» y «revolución», la «superioridad intelectual humana». Palabras religiosas. Toda la naturaleza ya tiene un sistema de comunicación y de cognición. Todas las especies se basan en un codding de información. Todas las especies se organizan y cooperan. Todo es intelectual, todo es sapiens.

Harari no nos permite salir de nuestra caja de cartón donde tenemos la cabeza metida: siempre pensando en el hombre como centro del universo sin salir más allá de esa vanidad. Lo hace a propósito para que no veamos la naturaleza como autora de las cosas. De todos modos, la inteligencia que tenemos no es obra nuestra: aun si fuera verdad eso de que nuestra cognición fuese superior, que no lo es, de todos modos, si la «cooperación flexible» fuera algo único de la especie humana eso no sería obra nuestra. Nosotros no nos hemos hecho así. Dependemos de toda la naturaleza: somos una parte pensante dentro de un sistema pensante anterior a nosotros. Somos efecto de la naturaleza, ella es quien así piensa en nosotros. Si mil humanos se enfrentan contra mil virus no pueden evitar que esos virus los infecten, así que el virus es más inteligente, está mejor dotado y más intelectualmente organizado en su naturaleza, y de esa manera, no tiene nada que envidiarnos. Si reúnes mil chimpancés en un estadio no tienes caos como diría Harari, tienes lo que se sigue lógicamente e inteligentemente de la naturaleza expresada en forma de simio. Ni más ni menos. Si nos parece caos es porque tenemos un defecto de juicio, un sesgo, no porque sea caos. El defecto está en nuestra manera de pensar inclinada a alagarnos y vernos superiores. Un chimpancé no es menos inteligente que nosotros por no hacer un video de YouTube. El ser humano es igual al simio: no tiene libre albedrío. Incluso haciendo un video de YouTube es un autómata biológico. Véase el experimento Libet. El hombre sigue como un autómata una lógica inteligente de la naturaleza que preexiste al ser humano. Actúa como un computador programado. No es su talento ni su virtud aquello que hace el video de YouTube. Del mismo modo, las actuaciones intelectuales del simio se siguen de una lógica intelectual pues en su naturaleza también hay un propio lenguaje pensante. El hecho que sea una inteligencia diferente y un pensamiento diferente no lo hace inferior, sigue siendo inteligencia de todos modos. Una capaz de darles cientos de miles de años de mayor tiempo de supervivencia que los engreídos humanos.

La tesis de la imaginación es otra gran mentira de Harari. Los seres humanos no imaginan porque «quieran» o decidan libremente imaginar sino por causas externas que los obligan a imaginar. La imagen de las cosas los afecta y los controla. Eso no significa ser dueños del mundo como diría Harari sino esclavos de los afectos que nacen de la imaginación. El ser humano es en realidad un esclavo controlado por impresiones, no un dueño del mundo como dice el judaísmo de donde Harari proviene. De una u otra forma ese señor está influido por esa religión de sus ancestros. Toda la conclusión final del trabajo de cuarenta años de Baruch Spinoza, su paisano, es que, si en realidad los seres humanos tuvieran un poder de imaginar libremente y de controlar las impresiones de las imaginaciones no habría miseria, pobreza ni desigualdad. Mucho menos hasta los niveles delirantes del mundo de hoy que Spinoza nunca vio.

No hay nada más absurdo que decir que el ser humano tenga el control del mundo por ser afectado por la imaginación. Spinoza se reiría a carcajadas en la cara de su paisano Harari, así como se burló de los otros judíos en su tiempo. Al contrario, precisamente el ser humano sufre por la imaginación que lo asalta. Es como una fiebre que lo controla. Por ejemplo, debido a que los hombres tienen apetitos y son inconscientes de las causas por las que aparecen las cosas imaginan que tienen libre albedrío. Además, por eso mismo imaginan, sin poderlo evitar, que en el universo hay otro ser, con libre albedrío como ellos, que ha hecho las cosas por un apetito o deseo de algo. Por eso creen en un dios como el del judaísmo-cristianismo. Por esa imaginación que los controla y los posee creen que existe un plan o propósito de todas las cosas, y, por ende, que existe el progreso. Por eso sacrifican el placer por el trabajo. Así que son víctimas de esa imagen que los asalta y contra la cual nada pueden hacer.

Pasivos, pusilánimes, arrastrados por esa imagen o imaginación se hacen miserables, forman religiones terribles, y se imaginan que existe el avance de la historia porque sin voluntad propia imaginan que hay un designio de avance en todas las cosas y son arrastrados por esa imagen. Así probamos, con un solo ejemplo, que la imaginación no es necesariamente una capacidad como argumenta Harari sino, en gran medida, una incapacidad, un padecimiento, el origen de todas las pasiones que arrastran a los hombres es la imaginación que los somete. Véase la parte cuatro de la ética de Spinoza: sobre la servidumbre humana, todo el tema es sobre la imaginación. Quien imagina que otra persona ama algo que odia o lo reprime sentirá igualmente tristeza a nombre de esa persona y la odiará. Por la imaginación existe el odio y la guerra.

Todos los afectos ciegos nacen de la imaginación que no es en ningún momento una elección libre sino una pasión forzada. Si los seres humanos se han trasmitido socialmente imaginaciones es por algo llamado: contagio de los afectos. Es como una infección viral. Por ejemplo, la imaginación o contagio viral de que el propósito de la vida es el trabajo, el progreso y el dinero. A raíz de todo esto no hay un nivel de organización alto que nos haga más fuertes como diría Harari. Al contrario, el hecho de estar todos unidos y contagiados por una misma imaginación que se trasmite como un virus hace que cuando caiga el sistema alimentado por ese imaginario caigan todos al tiempo. Eso hace más débil a la humanidad. Si hay varias civilizaciones distintas se protege mejor a la especie porque aquello que puede destruir a unos no podrá destruir a los otros. Por ejemplo, si cayera el sistema financiero todos los que están contagiados y dependientes de esa imagen financiera del mundo caerían. Como fichas de dominó la crisis los golpearía y se extendería de país en país hasta acabar con todos. Mientras tanto, los amish, por ejemplo, que hace mucho no dependen de nuestro sistema financiero pues no imaginan el mundo como nosotros lo hacemos, no sufrirían daño alguno. No han sido contagiados por las mismas imaginaciones del mundo que nos afectan a nosotros. Se podrían reír viendo al mundo occidental caer. Tampoco sufrirían daño alguno las naciones que todavía existen sin usar dinero y que no están imaginadas por el sistema financiero. Estar todos involucrados en un solo frente, esa supuesta cooperación flexible, como diría Harari, no nos hace más fuertes como, no nos hace mejores, no nos está preparando para nuevos desafíos, al contrario: nos está haciendo cada vez más vulnerables y débiles.

En resumen: ese lindo universo de ideas simbólicas que celebra tanto Harari es en gran medida una desventaja para el ser humano, no necesariamente una ventaja. Por eso este estafador, que escribe libros para endulzarle el oído a la gente celebrando el supuesto avance del ser humano, llamándolo «dios». Nunca menciona que esa exagerada tendencia a vivir en un mundo simbólico nos ha puesto al borde de la autodestrucción como sucedió en la guerra fría y como sigue pasando en otros aspectos. Por eso Epicuro nos llama a regresar a la tierra, a lo simple, no a celebrar el hecho de que la mente se pueda desbordar en deseos infinitos sino limitar los deseos: palabras textuales de Epicuro. Al final quedamos peor que los simios. No hay superioridad alguna del hombre sobre otras especies. Toda superioridad humana es limitada y es relativa. Pura vanidad.

Un ser controlado sin remedio por la fuerza de las impresiones o imaginaciones no es el que gobierna al mundo, sino que las fuerzas que lo controlan son las fuerzas que lo gobiernan todo. Es una idea simple y sencilla. Si un ser extraterrestre nos quisiera destruir no necesitaría de «tecnología» ni armas, bastaría con que atacara esa debilidad imaginativa de nuestra frágil mente. El único que en occidente ha tratado de hacer algo por hacernos fuertes ha sido Sócrates, y seguidores suyos como Epicuro, y pocos siguen sus consejos. El ser humano es esclavo de los afectos o pasiones, es decir, de la imaginación que es una percepción mutilada de las cosas: esas son las palabras explicitas de Spinoza. Harari parece no haber leído a Spinoza, ni saber nada de Sócrates ni de Epicuro. Finalmente, en conclusión: en gran medida el hombre muchas veces tiene una percepción más mutilada de la realidad que los propios animales. Esa sería la conclusión lógica. Inferior a los animales.

Por eso es más desdichado que ellos. Eso dijo literalmente Diógenes de Sinope cofundador del cinismo. Si el ser humano pudiera tener control sobre lo que imagina gozaría de la paz mental que ya tiene el animal. La ataraxía. Diógenes, de nuevo, por eso enseñaba que el único fin de la inteligencia era regresar a aprender a ser tan felices y simples como un perro estando más en la tierra que en el «mundo simbólico». Sin dar esa vuelta, el animal ya es sabio implícitamente, por lo tanto, Diógenes concluye que es superior. En suma, la imaginación y el tener afectos no nos hace necesariamente superiores. No somos los que tenemos el mando aquí. Son las pasiones que nos controlan y ellas siguen a la naturaleza. Por tercera vez: no hay libre albedrío, ni siquiera para imaginar: confróntese esto con la proposición 18 de la parte dos de la Ética Demostrada de Spinoza. Parece que, en la universidad en vez de leer bien a los filósofos, Harari se la pasó mirando por la ventana.

Yuval es un estafador hecho para que la gente, que ama ser halagada en su vanidad humana posmoderna, se masturbe con la idea de ser dioses. Está alimentando el engreimiento humano porque se ha inventado unos juguetes insignificantes para el universo. Como la serpiente hebrea del relato del Génesis nos trata de convencer de que somos «dioses». Es judaico. Está lleno de falacias baratas. El homo sapiens no existe, ya lo dijimos, es una ficción debido a que todas las formas de vida ya son sapiens, constituyen formas inteligentes de cooperación coeficientes, pensantes, y, por ende, intelectuales. El hecho de que su inteligencia sea diferente no la hace inferior ni menos eficiente, ni los hace menos intelectuales que nosotros: pues leen la realidad y eso significa inteligencia: intelligere.

Todo esto nos dice que a la naturaleza no le ha faltado materia para expresarse en una variedad infinita de formas de inteligencia de las cuales sólo somos una más del montón. La evolución no existe, ni las revoluciones: todos los «cambios» son determinados, es decir, inevitables. Son simples formas de actuación causal de la naturaleza. No son bruscas conquistas de ninguna «libre» y caprichosa voluntad humana. No existe tal cosa.

La naturaleza ha estado dando círculos sobre sí misma y siempre lo hará como la serpiente que se traga su cola. Existe el eterno retorno del eterno devenir, pero no existe la evolución. El pico de aumento de la población humana es otro argumento despreciable inspirado en Harari. Los virus también tienen picos de población que, en su micro-mundo, y a su escala, se ve como de miles de años. Nosotros también somos microscópicos. Todo depende de la escala que usemos. Eso no nos hace especiales ni nos da el control del mundo. Nuestro éxito es falso. Todos los seres humanos cabrían hoy en día en el estado de Texas en este momento, separados a cien metros de distancia. Aumentar la población más en las ciudades que en el campo solamente nos ha hecho más desdichados: hacinados en metros y pocilgas llamadas metrópolis modernas.

Sólo los que han sido amamantados para el mundo judío, como ese señor Yuval Harari, pueden decir que la escritura se hizo para «cobrar la plata». Sólo alguien venido del mundo de los usureros puede inventarse esa idea. La escritura no es más que un medio de expresión que ya está implícito en toda la naturaleza, como, por ejemplo, la información de nuestro cuerpo: literalmente escrita en los genes y leída por sus enzimas. Ningún invento es nuevo.

El ser humano no ha progresado porque el progreso es siempre relativo. De hecho, ha involucionado o des-progresado en muchos aspectos. La actual civilización «blanca» judíocristiana occidental no es el ser humano sino una pequeña fracción de todo lo que ha sido y puede llegar a ser la humanidad. Su único progreso sería lograr comprender los afectos, las imaginaciones que lo sobrepasan, y hoy en día está cada vez más lejos de lograr eso. Lo que ha progresado es una fiebre totalitaria pasional que controla a una gran parte de la humanidad como a un títere. Una propaganda.

Este tipo Yuval juega con las palabras, estamos en el momento más intervenido por el totalitarismo en la historia, la igualación de todas las culturas y su reducción al mejor estilo nazi a un estúpido «mundo feliz», en este caso del capitalismo-marxismo. El hombre plano, operativo, sin ancestros, eso se malinterpreta como «paz». Qué basura. Eso no es paz. Se trata de represión. Supresión de la personalidad erótica. El nivel de guerra y angustia del ser humano jamás fue tan profundo y agudo como ahora. El mismo Harari dice que no hubo nunca antes tanta desdicha colectiva, y propone que todo el mundo busque una «nueva droga» quizás el «soma».

Realmente es patético, leyó demasiado a Aldous Huxley y nunca maduró. Es lamentable lo que escribe. Es pura metafísica judaica. Nos oponemos a todas sus tesis con argumentos sólidos. Para destruir los argumentos de Harari cualquiera con tres dedos de frente puede leer a Epicuro, Diógenes, Aristóteles y sobre todo a otro hebreo: Spinoza. No comáis tanto cuento de ese tipo. Invitamos a cualquier persona a investigar por sus propios medios la obra de Epicuro y verificar las calumnias y tergiversaciones que hace Harari de su pensamiento. Un buen profesor es Carlos García Gual.

La gente le está leyendo por puro contagio de los afectos. Es un intelectual judaizante del trillado mainstream. Su tesis del dinero, como ya lo dijimos, es lamentable. La gente cree en el individuo, es decir, en la propiedad privada: no en el dinero como dice ese señor. El dinero es un efecto inevitable de la confianza en el individuo: así de simple. Y la existencia del individuo a nivel humano, a su vez, es una mentira. Harari no ha leído a Luhmann. El dinero es la creencia posterior, un adorno, un adventicio, no es la creencia central. No es la causa sino el efecto. Tiene mucho menos nivel de importancia que el invento de la creencia en el individuo. En resumen: gran parte de la humanidad cree en la propiedad privada porque imitó los afectos de una religión que cree en el individuo. Y cree en este porque cree en el libre albedrío. La base de todo el juego, finalmente, es la simple creencia mágica judíacristiana en el libre albedrío.

Por otra parte, reducirse no es triunfar como dice Harari. El dinero es una reducción. Es una idea sencilla. La gente encuentra en el dinero y las mercancías un sustituto, el suplente reducido para reemplazar la amplia, casi infinita, variedad de posibilidades de goce erótico de la vida que ha sido frustrada. El dinero es una pastilla de consolación. Un dopaje. Un reemplazo del placer existencial perdido para dedicarse al delirio del progreso y el trabajo. Así que el dinero no es un logro de la humanidad sino su más grande fracaso. Una expresión de la frustración erótica del ser humano. Eso es lo que enseña la tesis central de Epicuro y los deseos infinitos. De nuevo: haber logrado frustrar eróticamente al hombre para que busque consuelo en el dinero y las mercancías no es un logro sino un rotundo fracaso. Haber igualado a gran parte de la población al sueño de los Estados Unidos, usando el mecanismo de imitación de los afectos, reduciendo al hombre a un solo sistema plano controlado por la creencia en el individuo y la represión erótica, con la fe en la productividad, el trabajo y el dinero como efecto esa religión, no representa un éxito sino un peligro para la especie.

¿Cómo puede ser alguien tan descarado para decir que eso es un logro? Es como si reprimiéramos a todos los pájaros del mundo obligándolos a tener el mismo color de plumas, hasta reducirlos a cantar la misma canción y dijéramos que eso es un «gran logro». Por el contrario, es un inmenso fracaso. Hemos mutilado el goce erótico de la vida. Eso exactamente hicimos con el hombre al darle el anzuelo del dinero. Esa es la tesis desde el pensamiento de Epicuro y Aristipo contra Harari. El progreso verdadero es erótico. El progreso estaría en la diferencia radical de distintas en civilizaciones totalmente diferentes. La democracia burguesa no tiene por qué ser el único modo de existencia política sana. El ser humano solamente puede ser feliz en la diferencia de civilizaciones distintas no en una sola gran sociedad uniforme guiada por el capital. El hombre unidimensional de Marcuse no es la paz sino la supresión de la humanidad. En la medida en que se permite que cada familia humana, cada civilización y cada cultura ancestral sean drásticamente diferentes a las demás somos mejores. Hay que promover civilizaciones que no necesiten dinero ni la falsa democracia burguesa, y que no imaginen el mundo sobre esas imaginaciones. Como en el mundo antiguo. El logro sería que cada comunidad se desarrolle por aparte, a su manera, para que exprese su naturaleza, sus lenguas y tradiciones ancestrales distintas. Convertirlos a todos a la misma religión civil, ponernos a todos el mismo uniforme de Mickey Mouse ha sido la meta criminal del judíocristianismo. Todos con el mismo overol con la bandera estadounidense y quizás israelí. Eso ahora se expresa en la forma moderna de capitalismo-marxismo. Obligar a que todos bailen como idiotas descerebrados la misma canción. Eso es matarlos en vida. Se trata de la cancionsucha de «la ciencia y la ingeniería» del Silicon Valley y el Fondo Monetario. Esto es frenar el desarrollo humano. Truncar la expresión y matar nuestra inteligencia como especie haciéndonos «iguales» no es haber alcanzado la paz sino la peor guerra contra la humanidad.

Igualarnos al mito de la ingeniería-técnica no ha sido un éxito. Esto no nos hace vivir mejor, sino que nos pone en peligro. La gente sólo imita los sueños de éxito que son vendidos y así se alimenta la miseria económica el mundo de los marginados como nunca antes los hubo. Por eso, lo que Harari considera descaradamente como un logro es el más grande fracaso de esta parte de la humanidad llamada «civilización occidental». Es descarado el modo como enfoca estas cosas para hacerlas quedar bien. Gran astucia de serpiente, hay que admirar esa capacidad para retorcer las palabras.

 

Finalmente, no confundamos la palabra humanidad con las dos palabras que rezan: civilización occidental. La civilización occidental no representa a la humanidad entera. El futuro de la civilización occidental no es el mismo futuro de la humanidad. Son cosas diferentes. No estamos atados a este ensayo pasajero de ser humano como lo llamó Nietzsche. Esta basura no es la única opción. La humanidad va mucho más allá de lo que esta civilización pueda dar, de lo que piense y haga. La naturaleza no va a dejar de expresarse en otras formas distintas de humanidad. Nadie va a detener a la naturaleza. Ni en sueños. Esta sociedad actual va a sucumbir tarde o temprano para dar lugar a algo que no tendrá absolutamente nada que ver con el mito del progreso y la ciencia. Están viendo demasiadas películas de ciencia ficción y están durmiendo poco, por eso deliran. Esta civilización es sólo una despreciable y minúscula fracción de la humanidad en todo sentido. No seamos tan abusivos y egocéntricos como para decir que representamos al ser humano en su totalidad. Sólo somos una tribu, que sufre una religión progresista bastante reciente y torpe, una tribu entre muchas otras posibles. La humanidad no llegó a su máximo gracias a nosotros. No somos el último ser humano, ni el gran final de la historia universal. Toda esa basura posmoderna que vende gente como Harari está hecha para hacernos creer en una novela que les conviene solamente a los vendedores de ilusiones y dispositivos de los medios de comunicación. Es importante no imitar el afecto de estas personas. Harari está escribiendo un lindo relato rosado, una infantil «historia sin fin» plagiada de la fenomenología del espíritu de Hegel. Pero al menos Hegel tenía clase y estilo. Harari está poseído por una simple imaginación. El progreso no existe. Es una idea simple y muy fácil de entender. Está errado de pies a cabeza y debería leer más a los filósofos eudemonistas y hedonistas como Epicuro: con eso comprendería sus propios errores. Epicuro es el más grande negacionista de la necesidad de progreso y desarrollo, por eso, es una calumnia decir que su filosofía tiene algo que ver con los delirios de progreso del mundo de hoy. Así de simple. Como dijo el otro paisano de Harari de quien ya hablaremos: el que tenga oídos que escuche.

 

 

 

Volviendo a nuestro asunto: el error básico de la promesa de progreso de la modernidad es el mismo error cometido por el cristianismo: le prometió a cada ser humano la felicidad futura, pero viviendo en la miseria del presente. Prometernos ser felices mañana siendo desdichados hoy. Es una locura. La felicidad futura, pero, sin resolver el problema de las pasiones —en el presente—. La miseria humana son las pasiones: no la pobreza en sí misma. De hecho, lo segundo es el efecto de lo primero. Se vendió como pan caliente el sentido de alcanzar la plenitud del «cielo» después de la muerte. Todo esto vino después del advenimiento de un tipo, que fundó una secta dentro de la religión judía, llamado: Yeshua Ben Yosef: alias «Jesucristo». Como lo comprobó el filósofo Kelsos (Celso): en realidad el mal llamado «hijo de dios» era el hijo de un soldado romano llamado Pantero procreado con una mujer judía llamada Myriam (María) que ya estaba previamente casada con un sujeto llamado Yosef (José). Según explica una tradición hebrea talmúdica (llamada Kallah «la convención») entre muchas otras, ella dio a luz a su hijo Yeshua (Jesús) en secreto en un establo, porque meses antes había tenido sexo con el soldado romano padre del niño durante la menstruación: creyendo que así podría evitar quedar embarazada, y aprovechando, de paso, para disfrutar del periodo del mes en que algunas mujeres sienten un mayor nivel de ardor sexual. Pero esto era considerado como algo «impuro» y «obsceno» por los judíos, así que tuvo que esconder su embarazo y dar a luz clandestinamente en un establo. Cualquiera que investigue seriamente durante un par de días dedicándose totalmente a este tema podrá verificar esta información. El profesor de idiomas antiguos comparados Antonio Piñero ha escrito varios libros que dan luz al respecto, entre ellos: El Cristianismo Primitivo. María no era una virgen sino una mujer muy activa sexualmente: cuyo marido la tuvo que abandonar durante un tiempo debido a las presiones nacidas de los prejuicios judaicos de pureza sexual. Aquel hijo suyo, producto de un contexto sexual tan de carne y hueso, fue convertido por los judío-cristianos en «Jesucristo» la esperanza de un mundo de «pureza extraordinaria»: más allá de lo corporal y de lo material. Así crearon la ilusión psicológica o espejismo del progreso que vivimos hoy: esperando su «regreso» en alguna forma simbólica a través de la «innovación continua a través de hacer mercancías». Fueron dos mil años de predicar eso hasta el cansancio. Ahora aquí tenemos sus efectos.

Fruto de esa leyenda, las personas sufrieron un cambio mental y empezaron a ver la vida como un «juego de video» donde se vive para la recompensa final. Se creó la expectativa de que después del trabajo y el sufrimiento vendría algún «Mesías»: el grandioso premio final existencial «en los cielos». De ahí proviene el mito del amor de pareja donde se busca ese cielo en otra persona idealizada o «alma gemela» echándose una cruz a cuestas. La modernidad cambió el esquema superficialmente y prometió ese dichoso «Mesías» en esta vida: «el cielo en la tierra» después de la revolución, el «triunfo de la razón» y la eliminación de todos los mitos indígenas del mundo para implementar la Felicidad Universal o la Gran Recompensa después del duro trabajo de la transformación material del mundo. Esa es la promesa de la modernidad en su versión marxista y también capitalista: con su revolución industrial basada en la ilusión del emprendimiento constante y la existencia del «individuo libre» en el «mundo libre». Por último, en la posmodernidad, esa promesa de recompensa alcanza una etapa más banal, muy trivializada que consiste en obtener algún estímulo futuro mediante presionar un botón de premios. Pornografía industrial, videojuegos, teléfonos inteligentes, etc. A pesar de tantos maquillajes y cambios superficiales aún se conserva la misma promesa psicológica de la religión cristiana que consiste en la expectativa de esperar un Mesías en la forma de estimulación erótica, recompensa futura —que nunca llega—. No se trata de vivir en el aquí y el ahora sino de vivir para el mañana o para el estímulo que vendrá dentro de tres segundos. Se ha anunciado la posibilidad de llegar a la tierra prometida o al cielo a través de las mercancías, a través del nuevo producto cosmético, del nuevo modelo de Iphone o iPad o de la próxima escena pornográfica más pesada o más extrema que la anterior, y a su vez que la anterior y que la anterior y así sucesivamente. Tú eres Jehová y con tu libre albedrío «decides» cómo será el próximo día o el próximo segundo de la creación. Es evidente que la religión sigue viva, su esencia no muere: se promete llegar al cielo en forma de estímulos—mediante algo—. Puede tratarse de la nueva dosis de droga más extrema, etc. De ahí proviene el fenómeno del narcotráfico y, además, de las perversiones sexuales que recurren a violar y matar recién nacidos tratando de encontrar un éxtasis o satisfacción perdida. Lo que sucedió en la mente humana colectiva para llegar a ese punto fue que, a partir de la flecha de expectativa de recompensa constante hacia el futuro, que fue creada por el judíocristianismo, se descarriló totalmente el sistema psicológico humano que no tenía esa tendencia antes de la aparición de esa religión. El mundo antiguo vivía en el aquí y en el ahora, en la repetición del eterno retorno de lo igual, en éxtasis con la Naturaleza, era un mundo que padecía sus defectos, pero su enfoque al menos no era lineal-y-hacia-adelante. Ese es el punto crucial del problema social y político: la cosmovisión mitológica lineal de la modernidad.

Lo que estamos queriendo decir es que la flecha de expectativa de recompensa progresiva hacia el futuro es nueva en la historia humana: es la base del pensamiento revolucionario, se trata de la semilla de la modernidad misma. Los indígenas de toda la tierra, incluyendo griegos y romanos —que eran indígenas— no vivían para esperar un Mesías que revolucionaría al mundo, o para una expectativa de estímulo futuro, que es exactamente lo mismo que esperar el Mesías (teleología). Los romanos mirando las luchas de gladiadores no estaban más que afirmando el Eterno Retorno, pero, al hacerlo estaban preparando el terreno para el cristianismo que tendría la excusa perfecta para existir condenando los crueles actos romanos. En el fondo, la corrupción oriental que afectó a Roma nos arruinó la vida a todos, pues fue esa corrupción la que le dio la justificación de existir al cristianismo. Lo curioso es que esas costumbres no eran romanas sino del Medio Oriente de donde el mismo cristianismo venía.

Volviendo al punto: lo que ahora vivimos es la espera metafísica y mitológica del progreso y la revolución como sentido mismo de la vida. «El porvenir». Las naciones naturales y raizales no vivían para el porvenir porque su manera de ver el tiempo era cíclica. Esa manera de ver la realidad nos viene del judaísmo. La vemos como la verdad absoluta pero no es más que un espejismo religioso. Se trata de una religión del mesianismo: la espera del paraíso en la tierra. Pensamiento mágico-religioso. Es un aparato de ilusión psicológica implantado por un relato religioso. Luego del desencanto en que cayó la modernidad con las guerras mundiales la promesa del cielo ya no consistía en tener una mejor vida después de la muerte —en el más allá— sino en gozar de una mejor vida en Estados Unidos: «el sueño americano». Con el derrumbamiento de ese sueño ahora la expectativa es encontrar el cielo perdido en el próximo chute de heroína. En la sensación más intensa en el futuro inmediato que puede ser dentro de diez minutos, o dentro de tres segundos, cuando el sujeto alcance más poder al acabar con un rival jugando Fortnite y cosas de esa estofa infantil e imbécil. Eso es posmodernidad. Se trata de la misma flecha mental del cristianismo. Estímulo y progreso hacia adelante: pero ahora sin cerebro. Por ende, la febril renovación continua de mercancías y de modelos científicos a través de las actualizaciones de programas es parte de ese gran delirio religioso colectivo. Pero la gente lo considera verdad: «ciencia y tecnología». Están delirando, sólo es un relato imaginario: un mito religioso hecho por doctores, publicistas y cineastas manipuladores.

Este constante esfuerzo por innovar es un deseo inconsciente de escapar del ahora, del odio hacia la vida y del aburrimiento de la existencia. Esta ansiedad no es efecto de la «evolución» ni a la «biología», esa tesis es en sí misma retorcida, pues nos oculta el verdadero problema. Este estado de aburrimiento continuo que alimenta el deseo de «progreso» responde a una programación netamente psicológica hecha por la religión. Es la religión misma la que nos cambió el sentido de la vida: no fue «la evolución». Es la moral de los esclavos aburridos con la vida. Si la razón de todo fuera biológica habría sucedido esto muchísimo antes y por todas partes. De hecho, esta tendencia a buscar el progreso y el mayor «estímulo» futuro llega a su máxima expresión con la invención del «individuo» hecha gracias a la mitología de la revolución consumista. El capitalismo trabajó junto con el publicista Edward Bernays, intelectual proveniente del judaísmo y —sobrino de Freud—, para inventar el concepto de «individuo consumidor» reforzando finalmente el aburrimiento eterno con la vida y la búsqueda constante de «estímulos y cielos futuros» por medio de las compras compulsivas. El objeto es obligar a la gente a comprar cada vez más mercancías. El discurso del progreso, por ende, es un mito evangelista y proselitista porque es cristianismo civil. Es el cristianismo dicho en otras palabras.

La expectativa ansiosa del estímulo futuro que provocó la promesa cristiana del cielo es buscada ahora en cualquier forma o aspecto posible, en especial, a través de cualquier forma de sexualidad sin cuerpo, en cualquier «webcam», por ejemplo. Se produjo en la mente humana una urgencia por —escapar del aquí y del presente— huir de la existencia, alejarse de la tierra, trascender el cuerpo, es decir: huir de sus necesidades básicas, epicúreas, simples, cínicas, eróticas y auténticas con las cuales siempre nos trata de reconciliar el hedonismo existencial. El ser humano dejó de vivir en el presente existencial del aquí y del ahora para comenzar a vivir para el futuro y para una esfera o realidad virtual, es decir: para un espejismo metafísico que lo mata lentamente y destruye el planeta. «El desarrollo económico» es parte de esa burbuja imaginaria judaica: no hay desarrollo sino aumento de la angustia por desarrollarse. Ese mismo estímulo de recompensa futura, que al principio era la promesa del cielo religioso para la cual vivía la gente, se convirtió luego en la promesa del cielo futuro —en la tierra— a través del trabajo para ganar encantamientos con los cuales manipular a los demás, o sea: «dólares». Pero «el Mesías» tampoco llegó en la forma de modernidad y esta decepción produjo el gran desencanto judaizante que ha parido a la posmodernidad actual donde la vida se convierte en la expectativa del estímulo futuro banal, que puede ser: masturbarse con la siguiente escena más desgarrante en la película snuff, estimularse con la dosis más intensa de crack o de metanfetaminas y cometiendo el asesinato más brutal luego de conseguir recién nacidos para usarlos para hacerse sexo oral, etc. Todo eso es búsqueda de trascendencia: «ir más allá», alcanzar el cielo en todo sentido, «romper todos los límites», «ser pioneros», «romper esquemas», «ser roqueros rebeldes y trasformadores». Es la misma ideología de los modelos porno, patéticamente narcisistas que se sienten tan «rompedores-de-límites» al seguir la tradición sexual del mito judío de Lilith, la mujer cuyo libre albedrío era usado por para «romper la moral» talmúdica e inventarse así, con esa alegoría, el mito del individuo. No pueden ser un poco originales al menos y salirse del guion de la Biblia estos falsos «rebeldes». Robots y autómatas del judaísmo: golems sexuales. Ya ni siquiera son seres humanos. Entendamos, de una vez por todas, que «el progreso» es un espejismo religioso (teológico) y por ende frecuentemente termina siendo el avance de la perversidad y el crimen. En pocas palabras: esto se llama la alucinación del avance (técnicamente: sistema psicológico-axiológico transitivo trascendental). La orientación psicológica de expectativa de premio hacia el futuro de la cual estamos hablando es la explicación del porqué vivimos para cuatro cosas: «el sentido del Progreso, el Dinero, el Trabajo y la Desesperación». Es el mito religioso y la superstición del relato del paraíso perdido, el embalamiento eterno hacia el falso progreso: es el mismo mesianismo originado en la esfera cultural judía y cristiana. A ningún intelectual proveniente de esa cultura le conviene confesar que este adefesio fue originado a partir de una programación lingüística a través de la evangelización de la Biblia durante dos mil años de prédica de las escrituras judías. —Lo van a negar todo—. Un sistema cultural bien establecido debe más bien decir que «la culpa» es de «la evolución» y, de hecho, muchos intelectuales de todos los orígenes culturales se inventaron miles de interpretaciones amañadas de la «teoría de la evolución» para echarle la culpa a la biología de lo que en realidad es producto de un gran lavado de cerebro de dos mil años nacido en la tradición de Abraham de Ur Kasdim: abuelo de «Esaú y Jacob».

Nosotros te invitaríamos, amable lectora y benévolo lector a ir aún más lejos. Aquí, desde el placentero estudio de la filosofía griega helenística decimos que la evolución —no existe— únicamente existe el simple devenir, pero el devenir no tiene ningún propósito, ni siquiera la conservación de la existencia de las especies. Su tendencia es hacia el placer de todos los seres vivos. Las naciones de carácter indígena o natural que vivieron durante más de veinte mil años sin expectativa de estímulo o de premio colectivo futuro han debido haber cambiado muchísimo antes hacia el progresismo si la razón de todo esto fuera biológica, pero no lo es. Simplemente es cultural. Por ejemplo: llegaron los españoles medievales a un continente sano, limpio y maduro de diez mil años de desarrollo propio llamado Abyayala. Ebrios con la Biblia, en apenas tres siglos con su familia de ideas literalmente contaminaron todo el medio ambiente y los ríos, gracias a una perturbada idea de «progreso» que cargaban con su mala estirpe de valores y la prole de ideas que implantaron. ¿Cómo se atreven algunos a celebrar esa invasión llamándola «descubrimiento»?

En pocas palabras y, para resumir: el ser humano mientras está atrapado en la presente civilización occidental siempre busca el cielo de los judíos. Es un judío-cristiano frustrado porque su Mesías, cuyo verdadero nombre es: Yeshua Ben Pantero, nunca regresó ni regresará. Por eso busca el cielo por medio de progresar permaneciendo inconsciente de su propio cristianismo. Ahora su «cielo» habita en cada nueva mercancía del Black Friday o en la «nueva cara fresca» de la nueva escena porno, en el nuevo posgrado universitario, en el nuevo destino turístico, en la nueva dosis de una droga más intensa. Una y otra vez lo que se busca detrás de todo eso es el mismo cielo cristiano de siempre: un patético estado de éxtasis de parroquia. Son pasivos, inactivos, esclavos del vaivén de las pasiones externas que los gobiernan. No han podido salir de la iglesia. Están atrapados en la religión como en la historia del Cubo donde escapan hacia una habitación creyendo estar en la salida para saber que siguen adentro del cubo mismo. Quizás el único escape del cristianismo consiste en regresar por grupos divorciados de la modernidad a la intuición del Eterno Retorno de lo igual. Pero para eso el ser humano debe volver a aprender a vivir —en el aquí y en el ahora—. El existencialismo erótico lleva al ser humano a regresar a su propio cuerpo y recordar la inmensa dicha y plenitud que hay detrás de las cosas simples de la vida. «Comerse un delicioso pedazo de queso y un vaso de agua con un poco de vino mientras se mira el horizonte y se llenan los pulmones de aire limpio, sin tener ningún plan o afán determinado para mañana», sin ningún propósito de progreso, sólo el gozar del placer de la existencia sin buscar nada más que el placer por el placer mismo. Una plenitud que generosamente nos participa la Naturaleza sin ningún fin determinado: sin angustia. Su manifestación visible más concreta y directa es el sexo por el sexo. Como Diógenes: disfrutando del placer de la luz del sol y diciéndole al exitoso Alejando Magno que se aparte y no le haga una dolorosa «sombra». Atrás quedaron los afanes por el «mañana», las metas delirantes, los estúpidos amores románticos idealizados y trascendentes. Ahora somos felices plenamente con lo que somos —porque sabemos lo que somos—, porque el lugar más hermoso, el mejor y más interesante destino turístico no es La Torre Eiffel ni tampoco La Estatua de la Libertad sino el aquí donde estamos en este momento, y el momento cumbre de la existencia no será el día de que llegue el Mesías, es decir: cuando nos casemos, o cuando obtengamos el próximo posgrado o aquel doctorado, sino que, por el contrario, el momento cumbre de la existencia es este mismo instante: ahora mismo —y siempre lo ha sido—. Aquí y ahora es el mejor momento y el mejor lugar donde quiera que vayas. Eres otro feliz cerdo de la piara de Epicuro. Otro alegre perro de la manada de Diógenes: eres feliz y nadie te puede arrebatar lo que eres, porque la felicidad o placer es la esencia y el sentido mismo de existir. Lo más irónico, es que cuando buscamos perdidamente «la felicidad» en tierras lejanas y en momentos futuros ignoramos que esa felicidad siempre está —y ha estado— aquí y ahora. Muchos factores te han impedido verla. Combate a todo lo que te impide ver eso. Cuando puedas muérdelos como un buen perro de Diógenes: riendo con los colmillos que te dio la Naturaleza. Recuerda que sólo es feliz quien se basta con poco y quien no depende del éxito social, de las drogas ni de la espera de algún tipo de Mesías o Progreso Futuro, pues al final esas cuatro cosas son una y la misma mentira religiosa. Una superstición llena de vana brujería de la religión judaica dicha con palabrería doctas, rebuscadas y académicas.

 

CONCLUSIÓN FINAL

Aquello que planteamos en la Ética Hedonista —que tiene la aspiración filosófica de unir la idea de placer en reposo de Epicuro con la idea de placer en movimiento de Aristipo junto con elementos deterministas del estoicismo— es que lo erótico en su más amplio sentido es el portador mismo del sentido y significado de la vida. Específicamente: el goce sexual directo, y no el indirecto que vende la pornografía, es el mecanismo más eficiente para aliviar y liberar la carga emocional de las pasiones más violentas, uniendo y reconciliando al ser humano con la Naturaleza y con su propia humanidad. El goce sexual no se limita al mero acto sexual, sino que cobija, además, la paz mental, el bienestar integral en todos los aspectos de la existencia, y puede ayudar al ser humano a entablar una identificación con la Tierra y a partir de allí, experimentar una cosmovisión placentera y erótica de la vida.

Además, debido a la condición humana misma, la cual piensa desde el estímulo del cuerpo y no tanto a partir la razón, el goce sexual integral, afirmado políticamente, es la forma más certera de sacar a flote lo más edificante del ser humano. Para eso es necesario superar la era del «individuo» que le impide a cada cual entender las causas que lo empujan a desear las cosas, pues lo obliga a considerarse «libre e inexplicable» en sus actos, y a la vez, encierra a todos en la búsqueda esclavizante de mediocres placeres efímeros a través de las mercancías de consumo. El único objetivo de todo esto es frustrar existencialmente a cada ser humano, engañándole con la promesa infantil de convertirlo en un dios-individual hecho persona: el individuo posmoderno, que no es más que una pequeña encarnación actualizada del Jehová de los judíos.

En especial, la filosofía individualista autodenominada «objetivismo» con la cual delira Ayn Rand abusa del lenguaje para engañar al ser humano, pues, por medio de manipular su búsqueda de placer, le hace creer que debe conquistar la condición de dios absoluto «racional» de sí mismo, y que esto se puede lograr supuestamente a través del mágico cumplimiento de sus deseos individualistas: en el capitalismo. Pero todo ese juego es falso ya que detrás de cada deseo cumplido otros millones de deseos son frustrados. El goce es efímero y corto, y eso sólo empuja a cada sujeto a comprar un nuevo deseo, y así infinitamente, sin descanso; ese juego capitalista jamás ofrecerá la felicidad para nadie sino la angustia existencial más profunda. El sentido erótico es mucho más idóneo para saciar la sed infinita de placer que tiene la humanidad, uniéndola con la tierra y La Naturaleza: simplificando sus necesidades a las realmente sustanciales del cuerpo que fueron enseñadas por Epicuro —y también por el psicólogo A. Maslow—.

Existen dos alternativas para liberar al ser humano de la ilusión de la era del individuo: la primera opción proviene del pensamiento y la segunda del cuerpo. A partir de la primera alternativa el ser humano puede encontrar el sentido de su existencia a través del solo uso de la razón, únicamente por medio del pensamiento, pero la Naturaleza no lo diseñó para limitarse a la razón, de hecho, es más intuitivo y erótico-sexual que cualquier otra cosa, por ende, son muy pocos aquellos a quienes la sola la razón puede impresionar. Además, la razón misma puede ser engañosa y crear juegos y trampas del lenguaje. Debates eternos. La segunda alternativa es encontrar el sentido erótico de la existencia a través del cuerpo por medio del goce sexual. Este camino es naturalmente placentero y universal para todos los seres humanos. Esa fue la actitud de muchos pueblos indígenas de la antigüedad, quienes encontraban un sentido de espiritualidad a través del goce sexual y tratando de sentir —más allá— de las fronteras del individuo en una conexión con las fuerzas totales del cosmos y la tierra cultivada. Sólo en ese contexto las sustancias estimulantes eran verdaderamente liberadoras: no eran drogas.

En un solo párrafo: la determinación natural última de la vida humana es el placer sexual integral y extendido como un bienestar y paz total con la vida. Los actos sexuales directos a los que acceden los modelos de la pornografía —quitándoles totalmente todo su actual enfoque compulsivo, ostentador, ansioso y macabro— que ellos hacen ver como un simple «trabajo» reservado sólo para «expertos profesionales», constituye precisamente aquello hacia la cual la Naturaleza ha determinado a todos los seres humanos, no a unos pocos, sino a todos hacia una vida en paz dedicada a la sexualidad constante, variada, segura e ilimitada: ese es el sentido y la necesidad fundamental de la existencia humana, a partir del cual, una vez satisfecho, se desprenden todas las demás expresiones generosas de la humanidad, tales como las artes, la ingeniería, la política y la filosofía.

Estamos determinados por las mismas causas naturales del bonobo. La búsqueda existencial humana es erótica-sexual. Le guste o no le guste oír esto a los cristianos, los progresistas, marxistas, gnósticos y demás idealistas, que se rasgarán las vestiduras y se burlarán de esto con miedo, diciendo: «es que la vida es más que sexo, hay que trascender, y bla, bla, bla». Eternos reprimidos hipócritas, después de decir eso muchos de ellos están emborrachándose en un oscuro y sucio burdel de mala muerte buscando un tipo de sexo-triste: como el que predica religiosamente el porno.

La Naturaleza nos lanzó al mundo hacia lo sexual, no con miras a exaltar el amor romántico, ni para otra cosa diferente que el placer carnal por el placer mismo: en comunión con la naturaleza y la tierra fecunda cultivada. La razón es un lenguaje adicional al servicio del sentido erótico de la existencia. Irónicamente, la comunidad del porno industrial es el único grupo social que se ha acercado un poco a entender y poner en práctica esa verdad filosófica. Pero la esconde detrás de la fachada de hacer «arte fílmico, entretenimiento y empresa». Bajo esa máscara se dedica a ayudar a alcanzar la realización personal solamente de unos cuantos fulanos «elegidos» en una mafia sexual cerrada que practica el comunismo sexual a puerta cerrada, mientras que, al mismo tiempo, desdibuja lo sexual y lo desfigura como algo compulsivo, ansioso, macabro y triste, precisamente, para que sus miembros sean los únicos con el derecho al goce sexual seguro como único propósito de la vida: para que le roben ese propósito al resto de la humanidad. Así, nadie aspirará a hacer lo mismo que ellos (porque es pecado). Ese es un acto criminal, desleal y deshonesto. Esos entes excluyen a la humanidad del derecho mismo a la felicidad. Son tiranos, opresores que deben ser enfrentados y superados de algún modo.

La realización sexual debe ser el fin último y principal meta, no de un grupo exclusivo de personas como la mafia porno nos lo trata de enseñar, sino de la sociedad entera: garantizando políticamente a cada ser humano esa realización bajo una plena seguridad médica. El porno trata de privatizar para unos cuantos ese derecho sexual dado a todos por la ley de naturaleza, como si fuera una profesión o un «empleo calificado» exclusivo para una mafia que se limita a un grupo de personas «idóneas» para ese «trabajo». Es como si el acto de comer, que es algo para lo cual nos diseñó la Naturaleza, fuera privatizado como «una profesión», exclusiva para un selecto grupo restringido de «comedores calificados» que hicieran ver el comer como algo macabro, inadecuado y sórdido, para que todos consideraran —impensable— que la comida y el comer mismo fuera algo realmente fundamental para la vida, ni tampoco un derecho para todos, sino un lujo, un vicio, o quizás: una «profesión del espectáculo». Implantando esa visión sobre la comida sutilmente lograrían coartar el derecho mismo a comer: obligando a la gente a hacerlo a escondidas y con malicia. ¿Se entiende esta alegoría? Por eso, el porno industrial es un aparato criminal de represión sexual, hecho para que olvidemos que la vida sexual variada y segura que le garantiza esa industria a sus miembros y modelos, no es un lujo para pocos, no es una insensatez, no es un pecado, ni un «sueño porno», ni una extravagancia, tampoco una «profesión» de pocos, sino la determinación misma de la Naturaleza para todos los seres humanos, cuyo testigo es el natural diseño erótico del cuerpo y la mente humana. La sociedad no espera que nos expresemos sexualmente. Ver a alguien hacerlo debe ser verlo convertirse en una bestia o en algo que no es humano: eso intenta hacernos creer el porno: es la misma moral del judaísmo.

Las facilidades y garantías médicas y políticas que disfrutan los «modelos de esa industria» enfocadas únicamente para facilitarles las relaciones sexuales —a ellos— como comunidad porno deben ser trasplantadas al resto de la sociedad civil —a la República— al bien común, con el fin de hacer más realizable la vida sexual para todos, porque de eso depende el bienestar político del ser humano y de la sociedad. La susodicha industria debería subsidiar por medio del pago de impuestos parte de los gastos necesarios para tales efectos. Ni siquiera hablamos de su «prohibición» sino de que coopere con la realización sexual del resto de la sociedad con hechos —no con meras imágenes indirectas y despersonalizadas—. No hay que unir sexualmente a los hombres con las máquinas y los androides sino con los demás seres humanos. ¿Es esto algo tan difícil de entender? Eso es una conclusión que no puede concebir la gente «progresista», es decir, cristiana, siempre empeñada a quitarle al ser humano su humanidad: entes como la modelo «Valentina Nappi». Sujetos que hace mucho dejaron de ser auténticamente personas y seres humanos.

El porno quiere que veamos la realización sexual como un problema de cada «individuo» y como un lujo insensato sabiendo que en realidad es lo único de lo cual depende la felicidad humana. Por eso, esa industria le está robando, a cada uno de ustedes, incluyendo a la benévola lectora y el amable lector, el acceso a la felicidad. La libertad sexual y la variedad sexual segura y sin barreras no constituyen un pensamiento «porno» sino la prioridad y el significado profundo de la vida humana misma. La esencia humana es sexual: ese es el sentido más concreto de la vida, de ahí que este derecho deba ser garantizado políticamente por y para toda la sociedad.

El porno a nivel industrial está diseñado, específicamente, para enseñarnos otra cosa: para que jamás podamos entender esta verdad y para que nunca la podamos aceptar ni desear. Además, está creando una aristocracia sexual de «estrellas» que dictan sus ideas al público y ese es el mayor problema y la mayor amenaza. Ya hemos dicho que la presente crítica no va contra la pornografía artesanal y los intercambios de imágenes eróticas aficionadas dados entre la gente anónima del común, puesto que son algo que implica una socialización directa, persona-a-persona en antesala al acto sexual en físico, y no están creando «estrellas mediáticas» ni ídolos excluyentes con «penes de oro». Nuestra crítica al porno industrial está justamente centrada contra esa fabricación de ídolos, zánganos sexuales, parásitos de la sociedad declarados olímpicamente como «estrellas de la actuación» que se sufragan su autorrealización sexual a nivel personal a costillas de la admiración estúpida de sus seguidores reprimidos. Ese es el crimen contra la humanidad de esa «industria».

La comunidad porno, por todo esto, se manifiesta a los ojos del Hedonismo como el más religioso aparato de control, vigilancia y represión contra la libertad humana que haya sido jamás inventado, sólo comparable con la inquisición o con algunos fundamentalismos mahometanos, pero mucho peor, pues aquellos son al menos abiertamente hostiles al sexo y se declaran resueltamente como anti-sexuales, enemigos del placer, así, sin disimulos, sin hipocresía, mientras que el porno es un enemigo hipócrita, aparenta «liberar» el sexo lo cual lo hace mucho muchísimo más peligroso. Recuerda que tu peor y más peligroso enemigo es aquel que se acerca con el puñal detrás de la espalda fingiendo ser tu amigo. El porno industrial no es el amigo de la libertad sexual ni de la realización existencial y sexual del ser humano, de hecho, es su mayor enemigo. Igualmente lo es cada modelo o «actor» del porno en tanto que secunda esa lógica. Muchas personas ya se están dando cuenta de esto. Aristipo, el fundador del Hedonismo, nos transmite ese mismo mensaje a través de su muy breve máxima:

«De la simple vista No nacen los placeres del sexo»

 

Por cierto, ¿qué diría Aristipo de Cirene si viera la manera como nuestra sociedad vive el placer a partir de la sexualidad-triste del «entretenimiento»?

—«En una sociedad reprimida y encerrada en la ilusión del individuo, para cada ser humano el sexo se ha convertido en una lucha existencial por el reconocimiento de su propia humanidad. Para algunos ese reconocimiento llega más fácilmente que para otros en la medida en que compaginan con los prejuicios de belleza y perfección física (y social) que tienen sus iguales. No se trata meramente de lograr un orgasmo —en solitario frente a una pantalla— sino de decir: acá estoy, exijo ser reconocido por mis pares —comunicarme y estar con otros en carne propia— pues existo políticamente como ser humano en tanto que soy un ser erótico —ya que cada ser humano lo es— y ese reconocimiento político es el idioma del sexo que se habla con el cuerpo. Un idioma se habla con otros. Se trata del lenguaje del acto sexual en carne viva y de contacto interpersonal: esto no lo puede ofrecer un video porno donde no se está jamás con nadie. Si los prejuicios sociales asolapados y cobardes consideran a alguien «feo» eso no le da derecho a su sociedad a tirarle porno en la cara —para quitárselo de encima y desterrarlo políticamente de su cuerpo social—. Hay que dar pelea por la dignidad humana a través del reconocimiento de intercambio del acto sexual participativo en carne y hueso. Ese campo de acción es el derecho político a la socialización del sexo por el sexo, sin ningún otro objeto que el placer por el placer».

En cuanto al pasajero plano histórico que vivimos, recordemos todos los días que lo sucede es que estamos en una pequeña hacienda católica-cristiana pintada de colores modernos. El capataz de la Hacienda, el presidente de la república de turno, predica la religión de la productividad y del Progreso. La gente realmente quiere creer en esa religión, en ese punto todos están de acuerdo con sus líderes políticos y financieros. Todos quieren trabajar y «progresar»: trabajar, trabajar y trabajar. Sin embargo, estos líderes, el presidente y sus ministros, así como los dueños de la hacienda, los banqueros y burgueses, quieren que la gente sea productiva y trabaje soportando —cristianamente— una vida resignada y miserable pues que pronto vendrá el cielo, ¡Jesús vuelve! Ese cielo esperado consiste en «el futuro que será mejor gracias a la ciencia, el avance de la tecnología y la inversión extranjera». Repiten como idiotas. Así que ¡hay que trabajar duro y soportar con paciencia la miseria presente! Mañana será mejor. Solo hay que encerrar y exterminar a los malos. Se trata de la misma basura del cristianismo dicho en otras palabras. Los peones de esta hacienda realmente creen con su fe ciega de parroquianos, esperan ese cielo llamado progreso, y tener fe en esa mentira es su fatal error. Son peones que aman el castigo y el trabajo, y solamente desean trabajar con condiciones «un poco más dignas», vivir en ciudades con excelente transporte, y con pleno empleo para todos. Son peones que solamente piden servirle al capataz y ruegan porque éste les ofrezca un empleo: ruegan por trabajar ya que todos profesan la religión del trabajo, y como dijimos antes: ese es su error. La rabia de estos peones es que no haya trabajo, y que no haya «condiciones dignas de trabajo». Ni siquiera piden mucho. Por eso salen a protestar cada temporada para hacer «un gran paro nacional», mientras que el presidente los regaña diciéndoles que tienen que ser productivos y tienen que soportar porque muy pronto volverá Jesús. Jesús volverá, es decir: el progreso algún día va a ser tanto, que todos vivirán bien. Solo falta un poquito más de esfuerzo. Mientras tanto, hay que seguir teniendo fe en la promesa de la modernidad, obedecer la legalidad, el orden establecido y soportar la desdicha, como diría Uribe. Así pueden durar hasta diez mil años en una agonía perpetua ahogados en las ciudades, esperando que regrese un dios judío, un rabino hijo de una ramera y un soldado romano, un engendro que nunca va a volver, un dios reencarnado en una palabra moderna: progreso futuro. No se necesita «el progreso», se necesita ser felices aquí y ahora, con lo que somos, como somos y sin necesitar otra cosa más que la Naturaleza: que no debería ser subestimada. ¡Pero quién va a oír esas palabras, hay que progresar, vamos al infinito y más allá! Fanáticos exaltados. Muchos de los peones, sencillamente deciden no esperar más, entonces se alzan en las armas subversivas, quieren apropiarse de la Hacienda y seguir produciendo, pero para todos en comunidad. Estos últimos son los marxistas. La estupidez de ellos es que siguen atados a la misma religión del Progreso, aman la productividad tanto o más que los mismos dueños de la hacienda. Así que al rebelarse contra el sistema solamente lo hacen más fuerte, refuerzan su lógica: esa es la ironía del marxismo. La locura y la estupidez de todos, incluyendo a los peones tanto como los líderes o capataces, es que creen en la religión del Progreso y del trabajo, nunca piensan en las necesidades eróticas naturales del ser humano, ni en sueños se les pasa por la cabeza. Los peones no se dan cuenta de que jamás van a poder trabajar en condiciones «dignas». La gracia de la religión de la modernidad es sufrir, es decir, la religión del trabajo y del Progreso necesita gente sufriendo porque sin la desdicha presente no hay esperanza en el progreso futuro. Es una idea simple. El Progreso tiene que crear desdicha para poder seguir existiendo como Fe. Es un círculo vicioso. Seamos sinceros: objetivo de la modernidad y la creencia en el progreso es crear sufrimiento. En el fondo de todo, la modernidad no es sino un cristianismo mutante, cristianismo dicho con otras palabras. Para ser más exactos se trata del viejo judaísmo: «el ser humano debe sufrir por medio del trabajo y el retorcimiento represivo de lo sexual». Es el odio al ser humano. Cuánto más sufras más productivo serás, y cuanto más veas al sexo como ellos quieren que lo veas: como algo retorcido, más dispuesto estarás a ser sometido por el trabajo y la miseria, para eso está tu amigo el porno, para enseñarte a verlo el sexo así. Y finalmente, con toda la desdicha humana creada, se le hace un obelisco más grande al ídolo totémico del Progreso: ofreciéndole sangre y lágrimas humanas. Estamos ante un macabro Ritual Mágico judaico, atávico y primitivo alimentado de la miseria humana: eso es la modernidad que genera sus posmodernidades. Es algo oscuro y demente, pero lo creemos muy racional y científico. La solución está en dejar ir ese sueño, renunciar a esta religión hecha con base en el judaísmo, renunciar a la modernidad, renunciar al progreso, pues es falso, renunciar al culto al trabajó como centro de la vida, y pasar a una más que necesaria era de la contemplación y la vida contemplativa. Grecia, Roma y los pueblos paganos indígenas siguen vivos en muchos sentidos, y no eran como nos lo ha hecho ver Hollywood y la academia interesada en que adoremos a la modernidad. No deberíamos jugar con la mente humana del modo como lo hacemos en la modernidad. En la filosofía antigua están las respuestas a la mente que no queremos ver. De todos modos, los ciclos se repiten. Existe un eterno retorno hacia una era que no le rinde culto el sufrimiento sino el placer, una era que busca que el ser humano se conozca a sí mismo, una era dedicada al erotismo pacificado y a la contemplación, donde el trabajo no es el centro de la vida sino el goce tranquilo, el placer como la paz mental complementada con el libre desarrollo de lo erótico-sexual. Una era de regreso al sentido de la tierra. Es el retorno de los paganos, el inevitable regreso a la naturaleza. Por cierto: no deberíamos desafiar a la Naturaleza, ella siempre gana. Es inútil oponerle resistencia.

 

PALABRAS CLAVE

 

Felicidad, sexo, catarsis sexual, porno industrial, libertad, necesidad, autorrealización sexual, ética, desdicha, judaísmo, cristianismo, Islam, moral, religiones civiles o seculares, consumismo, familia, amor de pareja, idealismo, modernidad, posmodernidad, ilusión de progreso, mito del progreso, mito de la razón, mitología moderna, evolución, devenir, existencialismo, materialismo, sensualismo, afectos, pasiones, emociones, libre albedrío, voluntad, el problema de la expresión, reconocimiento, individualismo, individuo, libertades personales, emprendimiento, libertad de empresa, ley natural, física cuántica, principio de indeterminación o incertidumbre de Heissenberg, paradoja de Schroedinger, principio de entropía, narcotráfico, ilustracionismo, racionalismo, goce sexual, derechos humanos, anarquismo, libertarismo, crítica cultural, capitalismo, Hiroshima, comunismo, pirronismo, paganismo, Escuelas Helenísticas, estoicismo, feminismo, machismo, criminalidad, animismo, evolucionismo, progresismo, devenir, eterno retorno, filosofía de la ciencia, Big Bang, hedonismo griego, acosmismo, determinismo, vitalismo, abuso sexual infantil, pedofilia, medio ambiente, crímenes ecológicos, feminicidio, catolicismo, corrupción política, contaminación, trata de blancas, prostitución, legalización, criminalidad, pobreza, desigualdad social, Aristipo, Epicuro, Sócrates, Kelsos (Celso), Benson Mates, Pirro de Elis, Spinoza, Heidegger, Joseph Campbell, Daniel Wegner, Karl Jung, Schopenhauer, Nietzsche, Niklas Luhmann, Marcuse, Popper, Anthony Pietropinto, Protagóras, Pródikos, Darío Botero Uribe, Floyd Martinson, Hellen Kaplan, José Ingenieros, Hegel, Schiller, Kant, Hitler, Marx, Hannah Arendt, Lukács, Ayn Rand, Antonio Piñeros, Álvaro Uribe, Samuel Moreno, Pablo Escobar, Yeshua Ben Yosef (Jesucristo), Ignacio Vidal, Marina Hantzis, Edward Bernays, Valentina Nappi, «Amarna» Miller, Bryan Matthew Sevilla, Antonio Tano, Ted Bundy, Freud, Abraham Maslow, Berkeley, Abraham de Caldea, Stanislao Zuleta, Sartre, Camus, Ludwig Wittgenstein, Hobbes, Unamuno, Kierkegaard.

 

AUTORES RECOMENDADOS

 

Para todos los interesados en estos temas sugerimos la lectura del libro compuesto por dos volúmenes: Filosofía del Goce sexual (Refutando a Amarna Miller) del cual éste es un mero resumen, también, Las Máscaras de Dios de Joseph Campbell Volumen dos: Mitología Oriental páginas 17 a la 47, además las partes 3 y 4 de la Ética Demostrada al estilo Geométrico (Spinoza); Hellen Kaplan y sus trabajos en Terapia Sexual, Daniel Wegner y su trabajo: la ilusión de la voluntad; Niklas Luhmann y su obra del Amor como Pasión; David Ley y Taormino con sus ensayos sobre «El porno ético y feminista» y, finalmente, los estudios disponible sobre las obras de Epicuro, los estoicos y Aristipo de Cirene, en especial los escritos por el profesor: Carlos García Gual.

 

 

POST-DEDICATORIA

Dedicamos esta brevísima obra a la memoria de Edwin Garzón, quien, a los escasos diecisiete años compró junto con nosotros la primera copia de Zaratustra que leímos juntos por turnos, y que marcó nuestro destino hacia la filosofía: el mundo perdió un pensador. A Davinciano Molano, nuestro primo explorador de Egipto; y a todos nuestros ancestros milenarios provenientes mayoritariamente del continente de Abyayala: el nombre verdadero de «América», así como del Sur de Italia, Sicilia, y Grecia y en menor medida de España y Portugal.

 

 

 

 

 

 

La imagen pornográfica desde un enfoque semiótico y lingüístico.

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Universidad de la Comunicación

Título: La imagen pornográfica desde un enfoque semiótico y lingüístico

Autor: Gabriel Aceves Higareda

Licenciatura en Comunicación Visual

Asesor de Tesis: Luna María Cristina Tamayo

México, Ciudad de México / 2018

Tema: La imagen pornográfica desde un enfoque semiótico y lingüístico: nuevas reglamentaciones y regulaciones éticas.

Planteamiento del problema:

El acto de la masturbación es la interacción física que un individuo realiza con su propio cuerpo, la cual deriva en una experiencia sexual que ayuda a establecer y cimentar las bases de la interacción con nosotros mismos, lo cual abarca no sólo nuestra interacción con el propio cuerpo, sino a su vez la relación e idea que un individuo forma y estructura de sí mismo con respecto a su propia sexualidad. A este efecto, podemos entender la masturbación como uno de los principales y más importantes elementos del desarrollo psicosexual, el cual integra mediante el principio de estímulo y recompensa en el subconsciente e inconsciente de los individuos, nuestra interacción y relación con el cuerpo de la otredad, pues en la definición de mi sexualidad, reúno los elementos para entender y relacionarme con la sexualidad y el ejercicio de la misma con y hacia otros individuos.

La pornografía opera en la mente como una experiencia mental que es creada “acerca de la realidad”, donde la experiencia que el individuo crea para estimular el cuerpo a fin de llevarlo al punto del orgasmo se encuentra condicionada por los discursos de los roles de género, así como las ficciones y discursos que subyacen detrás de los mismos en relación al cuerpo de la mujer y el hombre, como el ideal simbólico que la cultura ha generado y reforzado dentro y detrás del material pornográfico, del cual los individuos se valen para generar dicha estimulación.

Entiéndase que la masturbación ligada a la imagen pornográfica, no se define por la carencia de estímulos e improntas, pues la memoria no es únicamente una dimensión limitada al almacenamiento de información como si de un sistema archivístico se tratara, sino que ésta se comporta más bien como una estructura cambiante, es decir que evoluciona y se modifica con las nuevas experiencias y la composición de las improntas mismas, las cuales no se limitan al campo visual sino que abarcan todos los sentidos del ser humano, llámese el tacto, el sonido, los fluidos, etc., o dicho de otra forma, es el vínculo que formamos a efectos de ampliar nuestro entendimiento acerca de todo cuanto sentimos y vivimos.

El ámbito reductor de la pornografía, reside en ese constante condicionamiento que un individuo establece con el propio cuerpo a través de la experiencia sexual que éste forma entre la experiencia de su placer con la imagen presentada dentro y a través de la imagen pornográfica, a razón de la proyección de un ideal que no puede ser alcanzado por medios físicos y ésto incluso a través del acto sexual mismo, pues el discurso de dicho ideal reside y gira en torno de la ficción política que ha sido generada en torno al cuerpo, así como el condicionamiento cultural implícito mediante los roles de género que asumimos a fin de satisfacer el deseo de ejercer nuestra sexualidad.

La pornografía en este sentido, se ha convertido en el discurso que antecede a toda interacción física, no sólo en la relación con otros individuos, sino en la relación de la interacción con el propio cuerpo, convirtiéndose así en el modelo de educación sexual por excelencia.

En éste sentido, podemos afirmar que la sexualidad es literalmente “entrenada” a través de la pornografía, donde al ver el ideal simbólico comparado con el cuerpo físico humano, no sólo limita el desarrollo psicosexual de los individuos sino que refuerza los discursos y ficciones en relación al cuerpo que limitan nuestro entendimiento de los procesos biológicos y conductuales implícitos dentro del ejercicio de nuestra sexualidad hacia las cuales la pornografía no provee ninguna clase de formación o educación apropiada para la comprensión y desarrollo individual de la sexualidad y relación con la otredad.

El porno es la antípoda del Eros. Aniquila la sexualidad misma. (Byung Chul Han, 2014; 25)

Justificación del Tema

Actualmente no es un secreto lo perjudicial que puede resultar el empleo de pornografía para el cerebro y para las relaciones (Boeringer, 1994), ya que la persona que observa pornografía, pierde contacto con la realidad y con lo que el sexo realmente es.

Personalmente estoy convencido como Comunicador Visual de que no existe imagen que sea “inofensiva” en nuestra consciencia, como reza el dicho, es imposible no comunicar y simplemente sería una irresponsabilidad de nuestra parte asumir que las imágenes pornográficas se relegan a alguna dimensión de la fantasía de nuestras mentes sin efecto o consecuencia alguna sobre las personas que las consumen.

Si se me permite, no es por gratuidad que algunos neurólogos comparan los efectos de la pornografía en el cerebro con drogas como la cocaína (Nestler, E. J., 2005), pues en términos de la adicción que ésta genera, la conclusión simple es que ésta es considerada ahora como la nueva droga de la cuál es imposible desintoxicarse.

Estudios realizados por el Dr. Gabor Mate (los cuales abordaremos en los siguientes capítulos) sugieren que la adicción dentro de la mente del adicto no puede simplemente ser clasificada como una falla de la moral, una falta de voluntad, sino de una relación emocional que está siendo relacionada con la droga misma, y por supuesto lleva éste plano de la adicción a un nivel completamente diferente cuando empieza a mostrarnos como la adicción existe en todos y cada uno de nosotros aunque ésta no sea necesariamente hacia una substancia per se.

En una sociedad que se encuentra fundamentalmente dividida por ideologías clasistas, económicas depredadoras y políticas de hostilidad y violencia, nuestra actitud hacia la pornografía se convierte pues en el reflejo de esa distanciación que hemos hecho de la otredad con la cual hemos perdido nuestra inherente capacidad para conectarnos. La pornografía se ha convertido en la substitución de las relaciones que anhelamos establecer, como el espacio del cual nos hemos privado para explorar nuestra propia expresión sexual, pero que no obstante, al ser abordado desde el plano imaginativo, caemos constantemente en una suerte de disonancia cognitiva que nos lleva perder completamente el contacto con la realidad.

El ideal en sí mismo del sexo se moldea alrededor de las imágenes que proyectan las que habrán de convertirse en las necesidades y deseos de los individuos que la consumen. Desde niños se nos enseña a seguir las imágenes y a reaccionar a éstas, al signo del sanitario que nos indica el lugar apropiado y socialmente aceptable para liberar nuestros esfínteres, la pornografía se convierte, pues en el símbolo que indica a los humanos que es socialmente aceptable y apropiado esperar de sus relaciones las mismas experiencias que aprenden de las imágenes (Layden, 2010), las cuales al enfrentarse con el prospecto de la realidad, llevan al individuo que la consume a colocar su relación a la pornografía por encima de su relación con sus parejas, donde a pesar de mantener relaciones sexuales frecuentes, aún buscarán y preferirán el uso de la pornografía.

<> (Byung Chul Hang, 2014, Pág. 26)

Los defensores de la pornografía suelen argumentar que ésta es algo que ha existido por siempre, y aunque podemos afirmar que como humanidad siempre hemos buscado formas de retratar el acto sexual, la realidad es que en toda la existencia de la civilización humana, el acto sexual jamás había sido retratado con el grado de violencia y degradación con la que existe actualmente, donde incluso algunos productores del cine pornográfico como John Staglino confiesan que “tal vez alimenta una psicología que no consideran sana […] se preocupa de estar creando un arte que alimenta eso” (Carl Jensen, 2007, Pág. 98,99) En éste sentido, el argumento de que la pornografía constituye sólo una fantasía, tiene por implícito de que ésta no tiene realmente un efecto, e implícitamente que no existen consecuencias ante su consumo. No obstante, la realidad dista mucho de ser sólo una fantasía, las grabaciones y los cuerpos de hombres y mujeres en ellas son reales y las consecuencias que sus cuerpos padecen también lo son.

Por supuesto no se niega la importancia del papel que la pornografía ha tenido dentro del arte así como la evolución del mismo, sin embargo, tampoco podemos afirmar que toda la pornografía es arte, tan sólo pensemos lo que ocurriría si a un pederasta se le ocurriera justificar sus “preferencias sexuales” so pretexto de establecer un nuevo género artístico…

Para concretar este pensamiento, podemos observarlo de la siguiente forma: Ningún psicólogo haría una interpretación literal de un sueño de uno de sus pacientes, sino que por el contrario, éste realizará una observación general de la relación de los símbolos en el sueño y de igual forma solicitará a su paciente que realice una descripción personal de lo que le representa cada símbolo para poder acercarse al significado real del sueño, lo mismo ocurre con la pornografía que es a menudo justificada por sus defensores como sólo una “fantasía”

La pregunta por consecuente es: Si la pornografía es tan inofensiva como sus defensores argumentan ¿Por qué estas fantasías? ¿Por qué fantasías sobre crueldad y degradación? ¿Qué dicen estas fantasías acerca de nosotros mismos? ¿A qué debemos la insistencia de tantos científicos e investigadores en remarcar y advertir sobre la influencia que la pornografía tiene sobre el cerebro y la forma en que ésta nos afecta no sólo a nosotros sino a nuestras relaciones y por consecuente a toda la sociedad?

Mi interés reside en modificar los discursos que subyacen en la imagen pornográfica, para que de hecho funcione y opere como un principio de apoyo al ejercicio de la sexualidad, no ya como una esfera del entretenimiento que esencialmente resulta en un principio refractante que proyecta el ideal de la masculinidad y la sumisión de la feminidad, sino como un principio de formación psicosexual que ayude a los individuos a encontrar en la pornografía no un refugio para escapar de las verdaderas relaciones y todo lo que deviene e implica ante el prospecto de las mismas como el desarrollo de la confianza, el respeto, el amor, la intimidad, la honestidad, principios que de hecho creo y estoy convencido que pueden impulsarse y mostrarse a través de la pornografía misma para que ésta resulte promotora del ejercicio de nuestra sexualidad en un plano que no proyecta ya el prospecto de una experiencia separada a los individuos cuya satisfacción y goce se encuentran condicionadas por discursos que lo separan de su capacidad para hallar, reconocer y ejercer su goce a través de sí mismos y no dependiente de un ideal (Magnus,2014).

Planteamiento de Objetivos:

Analizar la imagen pornográfica abordándola desde un enfoque semiótico y lingüístico con el propósito de establecer nuevas éticas en el discurso visual.

Objetivos Particulares:

Comprender la influencia que la pornografía tiene sobre el desarrollo psicosexual de los individuos con el propósito de establecer nuevas éticas en los discursos visuales relacionados a la misma.

Analizar los efectos del uso de la pornografía, así como los contenidos, producción e imagen desde el enfoque semiótico y lingüístico para tratar de entender  y enfrentar la violencia y la agresión sexual de nuestro tiempo.

Metodología:

Para efectos de la metodología empleada en la presente, se realizó un análisis del fenómeno de los efectos de la pornografía en los hombres, sirviéndome de los recursos documentales y las más recientes obras de los investigadores de éste fenómeno, posteriormente se realizó un análisis cualitativo de las mismas a partir de una serie de entrevistas realizadas a un conjunto de individuos quienes participan del uso de dichos materiales; también hemos solicitado el apoyo del Psicólogo Matías Flores Gastón para la evaluación de los conceptos y principios del desarrollo psicosexual que abordamos en la presente obra.

Tipo de Investigación:

El presente trabajo consta de una investigación documental y descriptiva a fin de poder trabajar sobre la realidad de los hechos que giran en torno a la imagen pornográfica, apoyándonos de la investigación y fundamento de diversos antropólogos, neurólogos, filósofos, semiólogos, etc., para poder sustentar y respaldar el presente estudio.

Método:

Se ha realizado un análisis del fenómeno de los efectos de la pornografía en los hombres, sirviéndome de los recursos documentales y las más recientes obras de los investigadores de éste fenómeno, posteriormente se realizó un análisis cualitativo de las mismas a partir de una serie de entrevistas realizadas a un conjunto de individuos quienes participan del uso de dichos materiales.

Técnica:

Para efectos de la técnica hemos solicitado el apoyo del psicólogo Matías Flores Gastón para la evaluación de los conceptos y principios del desarrollo psicosexual que abordamos en la presente obra.

Índice tentativo:

Capítulo 1: Sexo, sexualidad, masturbación, erotismo y pornografía.

  • Definición y visión de la sexualidad.
    • La construcción y destrucción del género.
    • Los estereotipos y la estereotipación.
    • La mente y el deseo dentro de la sexualidad
  • Definición y visión de la masturbación.
    • La masturbación en la mente
  • Definición y visión del erotismo.
  • Definición y visión de la pornografía/porno.
  • Definición y visión del Sexo.
    • La naturaleza sexual del ser humano

Capítulo 2: La imagen Pornográfica

2.1 La pornografía como arte

2.2 Historia y evolución de la Pornografía

Capítulo 3: Nuevas consideraciones éticas.

3.1 Consideraciones Éticas

  • Consideraciones éticas en Europa contra América
  • Adicción a la pornografía
  • Consecuencias sociales del uso de la pornografía.

Conclusiones.

Capítulo 1. Sexo, sexualidad, masturbación, erotismo y pornografía.

“Una de las cosas que me ha llevado a re-definir la perversión, ha sido la instrumentación del cuerpo del otro como un lugar de goce despojado de subjetividad. Cuando se emplea el cuerpo del otro como si estuviera vaciado, como si fuera un objeto, hay perversión. Bajo la forma que se ejerza. Aún bajo la forma de una relación sexual tradicional.” (Silvia Bleichmar, 2014)

Es necesario aclarar el hecho de que el presente estudio, no pretende ni busca la censura de la pornografía, ni tampoco relegarla o censurarla a una dimensión que pretenda representarla de un modo “menos explícito”, por el contrario, el ejercicio de nuestra expresión sexual no necesita ser proscrita a un dominio oscuro y secreto como lo fue ya durante muchos siglos. Aunque cabe decir que fue realmente a partir de los años 60 en lo que hoy conocemos como la denominada revolución sexual,  que “la sexualidad humana”, adquirió un nuevo significado, mediante el cual ésta llegó a ser aceptada como un instinto natural que debe ser entendido en todas sus dimensiones desde una perspectiva igualitaria.

Y aunque en la actualidad parece evidente, gracias al respaldo de un sinnúmero de estudios sexológicos, psicológicos y médicos, que cada persona tiene sus propios gustos, deseos, fantasías y preferencias sexuales, de lo cual a su vez se desprenden las premisas de lo que constituye una conducta válida con respecto a nuestras interacciones con la otredad que no existe conducta, deseo o fantasía que sea perjudicial si respeta el deseo, la libertad y la integridad de las personas con las que nos relacionamos y si no es vivida como un problema con tensión y /o angustia.

La necesidad de producir nuevas subjetividades dentro de nuestra sociedad, implica de igual forma producir nuevas éticas respecto de los discursos que enfrentamos dentro de las imágenes pornográficas, es por lo tanto, la cuestión que pretendemos trabajar dentro del presente es definir cuál es el origen de la “necesidad” de crear imágenes pornográficas en primer lugar. ¿Cómo vinculamos dichas imágenes a nuestra expresión sexual? Y esto es una cuestión fundamental, ya que, y de acuerdo con la teoría de la transformación sígnica de Jan Mukarovsky (1934)

“considera que ese «significado» (al que denomina “objeto estético”) posee mayor valor que el «significante» (es decir, el “artefacto”), puesto que es el que permite existir a éste en la conciencia del receptor. Cualquier modificación del contexto social y cultural en el que vive esa obra de arte provocará que el artefacto deje de ser visto con las mismas perspectivas y que, en consecuencia, produzca nuevos objetos estéticos, o lo que es lo mismo: nuevos significados. Este proceso de transformación “sígnica” es mayor si ese artefacto ha sido configurado con la suficiente complejidad y variedad como para facilitar esta múltiple pluralidad interpretativa.” (Mukarovsky, 1934)

Parte del objetivo central del presente estudio se enfoca en demostrar que nuestra cultura no provee las herramientas necesarias y suficientes para enfrentar dichos discursos, es de este principio de donde se desprende la necesidad de producir nuevas subjetividades a fin de poder reagrupar los valores de nuestro contexto sociocultural.

Muchas personas malinterpretan las posturas contra la pornografía como una forma de intolerancia e incluso fanatismo que atenta contra la libertad de elección de las personas, lo cual es un argumento que estaremos rebatiendo dentro de la presente para poder iniciar con el planteamiento de la producción de subjetividad y nuestra responsabilidad ética con respecto a la otredad.

“Las normas, son normas intrínsecas a la constitución psíquica, por ejemplo empecemos por la primera norma que un sujeto acata que es el control de esfínteres, […] todos sabemos que el déficit de control esfinteriano vesicular tiene algo que ver con la imposibilidad de tomar en cuenta al otro, tiene que ver con una imposibilidad de renunciar a cierta inmediatez para poder tener en cuenta la presencia de los otros […] Cuando los niños pequeños aceptan el control de esfínteres, en realidad lo aceptan como una forma de mostrar el amor hacia el otro” (Silvia Bleichmar, 2014)

Una de las principales acepciones que existen con respecto de la palabra “Tolerancia” (palabra que cabe decir incluso Mahatma Gandhi no gustaba de emplear en su discurso), es la relación que se realiza hacia esta de la aceptación y el permiso, es decir el “permiso” de participar de ciertas ideas, creencias, tradiciones con las cuales uno no se encuentra necesariamente de acuerdo. La clave para este discurso reside en el principio del “respeto”, que a su vez se encuentra asociado a una virtud considerada como noble, buena y positiva, lo cual se yergue en nuestros principios como una demanda social que ante su incumplimiento es vinculada con su polaridad lo cual es el odio y por supuesto la intolerancia.

No obstante, el principal problema con esta binaridad, este pensamiento polarizado, existe en el hecho mismo de la segregación en la cual vivimos actualmente, somos por mucho una de las generaciones más conectadas en la historia de la humanidad y sin embargo, somos de igual forma una de las más divididas.

Tan solo tenemos que observar un poco a la historia y todas las atrocidades que se han realizado en nombre y defensa de las propias creencias, ideas, valores, etc., que lejos de buscar el bien común, defendían los intereses personales de unos pocos. Cada persona demanda el respeto y tolerancia de sus propias creencias, ideas, valores, etc., y aquí es donde el problema se vuelve inconmensurable, cuando perdemos de vista el hecho de que existimos en un mundo donde, según la Pirámide de Población del Mundo, 7.432.633.000 (Pirámide de Población del Mundo, 2016) de seres humanos demandan dicha tolerancia, mientras que cada uno mantiene ideas, creencias y valores encontrados con respecto de los otros, aunque como reza uno de los principios fundamentales del derecho: “mi derecho termina donde comienza el del otro”, el problema es que nuestro derecho y libre albedrío siempre antecede el derecho de otras personas a recibir lo que les corresponde como parte de sus inherentes derechos fundamentales y permitimos, aceptamos y toleramos sistemas económicos depredadores que no contemplan el bienestar y satisfacción de las necesidades fundamentales de todos los individuos. Como dicta el imperativo categórico de Kant:

“Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza”. (Kant I, 2000)

Con el proceso de relaciones de pareja ocurre algo similar con respecto de la tolerancia, donde ambas partes aceptan tolerarse mutuamente mientras que al mismo tiempo guardan sus pensamientos y opiniones acerca del otro acerca de sus diferentes creencias y definiciones de las cosas lo cual eventualmente crea conflictos en la relación. Tan sólo observemos a cuántas personas comienzan tolerando las cosas que ‘no les gusta el uno del otro’, tratando de “respetar sus diferencias’, lo cual inevitablemente lleva a conflictos emocionales y estallidos de desacuerdos, ira, frustración hasta que la verdad sale disparada de cada uno: “¡No me gusta cuando haces eso!’ “¡No puedo soportar esto más! ¡Me voy!’ “Ya no estoy enamorado de ti porque no me gusta tu forma de ver las cosas’. Empezó con la Tolerancia y terminó en el conflicto. Mientras que la solución residía en la comunicación de dichos desacuerdos y opiniones hasta llegar al consenso. Para que mis obligaciones éticas se constituyan respecto al otro, yo tengo que tener una noción abarcadora del semejante.

Esto de igual forma plantea un problema con respecto de la relación entre ley, derecho y autoridad que estaremos abordando de manera profunda en los capítulos por venir, pero es importante observar a priori que es lo que ocurre cuando en el contexto de nuestra realidad social actual, la autoridad es una figura de poder que no se encuentra al servicio del ciudadanos sino de la corrupción, lo cual no sólo ha servido a la desconstrucción de la confianza en la misma, sino a los fundamentos éticos y morales del ciudadano, no obstante debemos encontrarnos bien claros en que:

“No es posible ejercer la autoridad sin pleno derecho moral a su ejercicio, con lo cual existen dos formas de autoridad, la que se pretende imponer desde el punto de vista de sus límites, o lo que se plantea instalarse desde el punto de vista de las identificaciones internas con la legislación que transmite aquel que tiene derecho ético a hacerlo. La moral se mantiene dentro de las pautas de la ley, la ética a veces tiene que transgredir las pautas que da la misma ley.” (Silvia Bleichmar, 2014)

Uno de los mayores retos que enfrentamos al realizar el presente estudio, reside en el hecho de que no existe un parámetro claro de cuáles son las nuevas condiciones de producción de subjetividad en nuestro país, de modo que cuando tratamos de abordar estos temas, las mismas preguntas que pretendemos plantear encuentran un sinnúmero de dificultades para expresar la complejidad de dicho proceso.

Estoy convencido de que la principal misión del proceso educativo no es la transmisión de conocimientos tanto como la producción de subjetividad; vivimos en una época donde los medios de comunicación se encargan de producir y de impartir conocimientos, si queda un lugar en el que podemos producir subjetividad realmente loable es la escuela.

“Aunque impera la creencia de que vivimos en una época de liberación sexual, la sexualidad humana contemporánea está cargada de verdades evidentes y dolorosas de las que está mal visto hablar. El conflicto entre lo que se supone que sentimos y lo que de verdad sentimos es posiblemente la mayor fuente de confusión, insatisfacción y sufrimiento innecesario de nuestros tiempos.” (Ryan, Primera Edición, 2012)

La realidad es que la verdadera intolerancia y fanatismo reside en el acto de atacar o defender la pornografía sin plantear base o fundamento, sin cuestionar su relación con la sociedad y nuestra relación con ésta. Para que dicha esfera de tolerancia pudiera funcionar en el esquema que se plantea, tendríamos que aislarnos completamente sin tocar o afectar en forma alguna la esfera de la otra persona bajo ningún concepto y esto incluye a través de la mirada misma, porque a pesar de que el espectador de la imagen pornográfica pueda argumentar que no afecta, ni molesta a nadie, la realidad es que no puede separarse del hecho de que existe un diálogo entre el y la imagen que está tomando lugar dentro de su propia mente, y que está afectando su percepción del mundo y su percepción de los individuos que lo rodean

Tal pareciera que a pesar de haber trascendido las eras en la cual la pornografía y el sexo eran completamente censurados y de ésto no hace tanto como lo era hace apenas uno siglo en la época victoriana, el sexo y la pornografía son aún apartados a un rincón oscuro y cubiertos bajo un cierto velo de Tabú, con ésto no se está afirmando que la pornografía producida en la actualidad resulta apropiada no sólo para los menores de edad, sino para adolescentes y adultos, ya que, cómo veremos más adelante en el presente estudio, la pornografía que uno encuentra actualmente en el Internet, no representa realmente al sexo, sino una fantasía acerca del mismo o como lo expresa Byung Chul Han:

“Lo obsceno en el porno no consiste en un exceso del sexo, sino en que allí no hay sexo. La sexualidad hoy no está amenazada por aquella “razón pura” que, adversa al placer, evita al sexo por ser algo “sucio”, sino por la pornografía. Lo pornográfico no es el sexo en el espacio virtual. Incluso el sexo real adquiere hoy una modalidad porno.” (Byung Chul Han, Primera Edición, 25)

Antes de iniciar el análisis de la imagen pornográfica es importante ahondar en la definición misma del término, no sólo de la palabra pornografía per se, sino todo lo que esta engloba, puesto que evidentemente no podemos abordar la pornografía si dejamos de lado definiciones como “sexualidad, intimidad y sexo”, así como no podemos relegar el acto de la masturbación implícita dentro del consumo de las imágenes pornográficas (cuyo propósito de su producción y consumo en sí mismo, suele ser en realidad la consumación de dicho acto) y analizaremos un poco dentro de las definiciones para ahondar en las implicaciones que residen en las mismas.

De igual forma observaremos a la respectiva distinción entre la definición de erotismo y pornografía, como menciona Sandra Leal en “Las delicias del Cine Porno”, ambos géneros fueron muy cercanos y se influyeron mutuamente por lo que es muy fácil confundirlos” (Sandra Leal, 2015, 15) y cabe resaltar la distinción de que uno y otro no son lo mismo, pese a la influencia que un género ha tenido sobre el desarrollo del otro, y éstas han evolucionado y se han modificado con el paso del tiempo, lo cual de igual forma abordaremos en el Capítulo 3; las fantasías que antes se habrían considerado como pertenecientes al género pornográfico, hoy han quedado relegadas al cine erótico y las imágenes que antes se habrían observado dentro del cine erótico, hoy son reproducidas en películas y series disponibles para el consumo del público en general…

En éste sentido debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que ha cambiado en nuestra visión con respecto al sexo y la sexualidad? Y ¿Qué es lo que aún nos hace falta cambiar para que esta visión sea una de la que no tengamos que avergonzarnos cuando veamos o hablemos de sexo y pornografía no sólo con los menores de edad que empiezan a adentrarse en éstas, sino con los adolescentes y adultos que a pesar de la supuesta naturalidad de nuestro desarrollo psicosexual, encuentran aún tantos problemas y conflictos con relación a la misma y dentro de sus relaciones interpersonales?

Uno de los mayores problemas que enfrentamos como comunicadores visuales al momento de representar o hablar del acto sexual, el lenguaje nunca dice lo que pretendemos que diga, es decir, hay algo de más que se dice y algo de menos que reside en lo dicho al abordar definiciones limitadas que no alcanzan a ofrecer un panorama claro acerca del sexo, la sexualidad, la masturbación y todo lo que estas implican en términos de nuestra inherente biología como seres humanos, porque se asume que los conceptos son nociones universales que básicamente transitan sin problema entre las culturas y entre los países y éste es por mucho un concepto no sólo errado sino una absoluta falacia, lo cual será uno de los planteamientos que abordaremos con respecto de los principios de responsabilidad ética de los directores de cine y comunicadores visuales de imágenes pornográficas.

Es posible que al no contemplar las implicaciones y relaciones sociales y culturales de una región o país, nos encontremos transgrediendo una cosmogonía que altera la estructura y contenido simbólico sobrecargando los signos de tantos significados que al final terminamos produciendo nociones absurdas de lo que es el sexo y la sexualidad, lo cual, como abordaremos más adelante, se convierte en la razón misma de que la pornografía que producimos no contempla estas implicaciones y principios biológicos, perdiéndose en las fantasías que resultan de la mente de unos y que terminan por convertirse en las perversiones y filias de otros… y esto como resultado de nuestra falta de una educación plena y holística con relación a la definición misma del sexo.

Si bien podemos afirmar que ciertamente la gente no busca sexo pensando en todos los procesos biológicos implícitos, como la trasmisión de genes por ejemplo, y que la realidad es que sólo tienen sexo y buscan el orgasmo porque simplemente “se siente bien”, tampoco podemos ignorar que el sexo es un proceso semiótico como expone Finol:

“Finol (1997) expone que el sexo es todo un proceso semiótico en el que dos actantes transmiten significados por medio de un acto comunicativo sexual basado en valores y códigos culturales aprendidos.” (citado por Deris Nathali Cruzco González, 2013, pág. 135-140)

El sexo comunicación, y esa comunicación nos permite conectarnos con otros seres humanos a través de la cosmogonía que de hecho implica el sexo per se, tal como la confianza, la aceptación, el respeto, el amor, etc., y mismo si es posible argumentar que ninguna de éstas son condición necesaria o condición suficiente para realizar el acto sexual, la realidad es que aún la ausencia de respeto (como en los juegos de dominación y sumisión o el sadomasoquismo), esta ausencia de lo que uno podría llamar tradicionalmente “respeto” también representa una forma de comunicación mediante la cual estos cuerpos se están conectando para expresarse.

Para efectos de este estudio comenzaremos por definir primero Sexualidad, Masturbación, Intimidad, Erotismo, Pornografía y dejaremos al final la palabra “Sexo”, puesto que en realidad, para tomar un punto de partida claro con respecto a la definición del sexo, comenzaremos por desmembrar las ideas que se han erigido en torno al mismo, de modo que al despejar dichas ideas podamos tener una visión más clara de lo que es el sexo.

Antes de comenzar de manera profunda con el análisis de las siguientes definiciones es importante abordar un poco la triada Lacaniana que explica la relación entre lo real simbólico, lo real imaginario y lo real, pues a partir de ésta es que podremos cimentar la base ideal para comenzar nuestro análisis de las siguientes definiciones desde el enfoque que pretendemos:

“La realidad virtual solo es una idea miserable que significa que reproduzcamos en algunos medios digitales artificiales nuestra experiencia de la realidad” (Slavoj Zizek, 2005)

El termino realidad de lo virtual es ambiguo porque definimos la realidad como algo que es en sí, “no existente más que para nuestras propias mentes, lo cual pretendemos hacer real”; ¿Por qué no llamarlo la realidad de lo virtual? Donde el enfoque es dirigido sobre efectividad – eficacia – efecto real producido y generado por algo que incluso en sentido pleno, todavía no existe, en esto para no limitarnos más a la idea de que la mente y lo que diseñamos en ésta es real.

Si observamos al proceso mediante el cual creamos “opiniones” acerca de la realidad éstas se limitan en diferentes grados, empezando por el hecho de que éstas en gran medida dependen del contexto mismo del juicio sobre el cual se aborda la interpretación de un determinado punto, un determinado evento, idea, etc., a su vez predefinido bajo los límites de la razón que nos permite dicho juicio, en este sentido la opinión suele limitarse estrictamente al individuo y el sentido que pueda formular de su propia interpretación en su mente de forma personalísima, lo cual reduce todo sentido en gran medida bajo el contexto de aquel “quien lo opina” y todo lo que ello implica en términos del contexto sociocultural, religioso, socioeconómico, etc., de dicho individuo.

Una base en similitud entre las personas, ofrece la oportunidad de abordar dichos problemas, ideas o situaciones desde una plataforma que apele por la relación más esencial de los individuos hacia dicho evento, idea o situación, con la finalidad de resolver en un mismo sentido que trascienda ya las barreras culturales, sociales, políticas, económicas, etc., lo cual ciertamente facilita nuestro entendimiento sobre el efecto de nuestra relación primordial hacia dicho punto o principio que nos permita establecer diálogo, soluciones y acuerdos.

-Lo Virtual Imaginario: Al fijarnos en la experiencia cotidiana sobre como lidiamos con otra persona; abstraemos indicios acerca de que existe algo simplemente demasiado vergonzoso como para mantenerlo en mente todo el tiempo. Entonces vemos a una persona a través de un filtro que son las ideas y pensamientos que reproducimos sobre el margen del espacio-tiempo de nuestra mente, lo cual puede ser entendido como el canal de las percepciones que nos hemos formado y se nos ha dado a lo largo de toda la vida desde nuestra base cultural, social, religiosa, etc., en éste sentido, creamos una repetición cíclica donde no pensamos en la imagen de la persona como lo que es en verdad, sino que pensamos en la idea que formamos de la persona, ésto a través de nuestra imaginación que posteriormente pretendemos validar a través de nuestros juicios, los cuales resultan “acertados para nosotros” pero solo desde la perspectiva donde podemos justificar nuestra existencia en el sentido de estos juicios para definir entonces el “yo”.

Virtualidad de lo Simbólico: Un ejemplo de la virtualidad simbólica son las creencias (como una forma de autoridad que dirige al individuo) Estas son atribuidas pre-supuestamente a otros, las creencias en realidad no existen, son virtuales, en el sentido de que nadie en realidad tiene que creer, solo tenemos que presuponer que alguien más cree, en éste sentido, para que las estructuras sociales puedan funcionar (de la forma en que lo hacen actualmente), deben mantenerse de forma virtual, porque de esta forma, nosotros nos “mantenemos en control y poder de nuestra existencia”, lo cual por supuesto no es cierto, pero “nos gusta creerlo”.

¿Cómo entonces experimentamos o que noción tenemos de la autoridad? La fuerza de ejercer control sobre algo; esto es desde el plano metafísico la imposición de la mente (el ego) sobre lo físico (la realidad), entonces en este sentido, la mente se conduce con la energía de los pensamientos de la mente consciente y el simbolismo como representación de la imaginación planteada como nuestro mundo ¿no es entonces que la autoridad es simbólica y no auténtica autoridad?

Sobre el funcionamiento de las estructuras sociales, un sacerdote sabe que la creencia en Dios dirige a la gente a hacer ciertas cosas (ir a misa por ejemplo), aun cuando todos los presentes tienen sus dudas acerca de la religión, no queremos defraudar a otros, y el padre mismo u otros creyentes sabiendo esto, usan los simbolismos de muchas cosas en la religión para su ventaja, por lo tanto, participar de dichas creencias es autodestructivo para la ideología, porque se pierde a sí mismo en su propio problema (más similar a lo que tenemos hoy día dentro de la guerra interna contra nosotros mismos).

Lo Virtual Real: En perspectiva con los atractores en las matemáticas o la física, donde tomando pequeñas piezas de hierro que son arrojadas al campo magnético, estas se dispersan y se mueven en una determinada forma, sin embargo, la forma que uno abstraiga del patrón no es realmente existente, uno lo está definiendo de acuerdo a eso, lo cual resulta en lo virtual real.

No logramos hacer sentido de la realidad real, porque intentamos hacer sentido del orden del Universo con el sentido que nosotros le hemos dado a nuestra realidad a través de la observación del Universo, no obstante el principio de la cuestión reside en que no es que estemos haciendo sentido de la realidad sino que tratamos de hacer sentido de nuestra propia mente, nuestra percepción, es decir, no hay “modernidad”, es solo una división virtual del todo, del antagonismo dividido – todo lo que en realidad existe son las formas particulares de la modernidad, implicando que no hay modernidad como tal, sino visiones e ideas de la modernidad. Si tal principio de la modernidad es superpuesto al punto en el que éste gran antagonismo encuentra mezclados los diversos principios de lo que definimos como modernidad.

1.1  Definición y visión de la Sexualidad

Definición de Sexualidad según la Asociación Mexicana para la Salud Sexual A.C. (AMSSAC):

“El término “sexualidad” se refiere a una dimensión fundamental del hecho de ser un ser humano: Basada en el sexo, incluye al género, las identidades de sexo, la orientación sexual, el erotismo, la vinculación afectiva, el amor y la reproducción. Se experimenta o se expresa en forma de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, actividades, prácticas, roles y relaciones.

La sexualidad es el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos, socioeconómicos, culturales, éticos y religiosos o espirituales.

Si bien la sexualidad puede abarcar todos estos aspectos, no es necesario que se experimenten ni se expresen todos. Sin embargo, en resumen, la sexualidad se experiencia y se expresa en todo lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos.”

En la actualidad, podemos afirmar de forma contundente que ya no es válida la visión unilateral que se solía sostener con respecto a la sexualidad, donde el matrimonio heterosexual y monógamo, eran la base y la norma de toda relación en nuestra sociedad; nuestra apertura hacia la diversidad de nuestra expresión sexual como seres humanos, no obstante ha trazado un nuevos horizontes y planteado nuevas interrogantes frente a los organismos reguladores e instituciones que a la fecha parecieran no poder llegar a un consenso sobre la verdadera naturaleza sexual del ser humano, y en este sentido que permanecen aún bajo un esquema de normalización y patologización que sectoriza y divide al ser humano. Recordemos que mucho más eficaz que una ley externa, son las normas asimiladas por los sujetos.

Las ideas y las obras de Michel Foucault, por ejemplo, sobre las dimensiones represivas de las instituciones sociales, desde el tratamiento de la locura hasta las formas cristalizadas de la sexualidad, pasando por los sistemas judiciales y penitenciarios, vienen ejerciendo sin tregua una notable influencia sobre los movimientos de opinión contemporáneos. En su estudio sobre “la historia de la sexualidad” (1976), plantea el control de la conducta no mediante la manifestación de una autoridad externa sino como parte integral de la dinámica de guiar los actos por los deseos.

“El sodomita era un relapso; el homosexual es ahora una especie…” (Michel Foucault, 1976, 56-57)

En este sentido, si yo me “siento” como un hombre, me “pienso” como un hombre y “actúo” de acuerdo a esta visión que he planteado de mí mismo en un sentido de “normalización” que define mi experiencia de la realidad en torno a “una sexualidad” ¿Qué tan posible es mi experiencia de otros pensamientos, sentimientos, emociones y acciones que me permitan plantearme un paradigma distinto de mi propia sexualidad? La respuesta es que es completamente posible, experimentarme de otra forma, a menos de que como consecuencia de la “normalización”  que he definido como mi sentido y orientación sexual me impida a mí mismo reconocer un horizonte más amplio y diverso en y como mi propia expresión.

La pregunta es: ¿En qué consistiría tal impedimento de dicha apertura a la exploración de mi propia sexualidad? ¿Sería la sociedad que me ha impuesto cierto sentido de normalidad? ¿Las memorias, pensamientos y sentires de mis experiencias pasadas con respecto a mi orientación misma? ¿O sería en realidad la simple definición que he asimilado y amalgamado en mi consciencia de “masculinidad”, o en otras palabras la definición de lo que significa ser un hombre?

En una situación hipotética, un individuo podría haber vivido bajo un esquema “tradicional” que definía su orientación e identidad sexual completamente bajo el esquema de las relaciones sexuales heterosexuales y monógamas; no obstante, si éste individuo es enfrentado con la posibilidad, y cabe decir que dicha posibilidad puede desde luego ser el sólo y simple pensamiento de una dimensión o visión alterna de sí mismo experimentándose de forma distinta al esquema de la masculinidad y la monogamia.

El resultado de si el individuo decide o no explorar dicha dimensión o visión alterna de sí mismo, puede depender de diversos factores, pero en general pondremos nuestra atención en dos principales, que como veremos más adelante en el vínculo y definición de la experiencia del deseo vinculada a la definición de sexualidad, dependerá en primer lugar de la repetición que el individuo realice de dicho planteamiento dentro de su pensamiento y que genere la experiencia emocional que lo empujará por consecuente a la exploración de dicho pensamiento, y en segundo lugar de que la noción e ideal mismo de la masculinidad dentro de su subconsciente sea cuestionado y revalorado de tal suerte que no intervenga entre su deseo y su actuar.

En otras palabras, si la idea o norma de la sexualidad que he asimilado en y como la definición de masculinidad rechaza los actos fuera de dicha “identidad” como malos o negativos, seré yo mismo quien regulará mi propia conducta. Michel Foucault en su libro Vigilar y Castigar cita a M. Servan quien a su vez afirma:

“Un déspota imbécil puede obligar a unos esclavos con unas cadenas de hierro; pero un verdadero político ata mucho más fuerte por la cadena de sus propias ideas…sobre las flojas fibras del cerebro se asienta la base inquebrantable de los imperios más sólidos” (Michel Foucault, 1975, 107)

Por supuesto, esta particular dimensión de las ideas no es manejada o dirigida por una sola persona, sino que es un establecimiento que deviene de la continuidad de las prácticas sociales, médicas, psiquiátricas, legales, políticas, etc., y que con cada modificación que las mismas sufren en la sociedad planteando y modificando los paradigmas de la razón y la objetividad, pareciera que nuestra memoria colectiva comienza a establecer como referencia una “percepción de la modernidad” (como ya habíamos mencionado anteriormente de acuerdo con el trabajo y estudios de Jacques Lacan) a través de la cual pretendemos definir nuestros estándares de normalidad, anormalidad, patología, legalidad, ilegalidad, etc.

Parece sumamente normal que nuestra razón y objetividad se vean constantemente transgredidas por un sin número de teóricos, filósofos, antropólogos, semiólogos, etc., que al plantear nuevas interrogantes sobre temas que se asumían “normales”, logran trazar nuevos paradigmas conceptuales que diversifican las nociones generales que se asumían de nuestra propia realidad; no obstante cuando nuestras nociones acerca de la sexualidad humana son cuestionadas, pareciera que estuviéramos transgrediendo una dimensión sacra e intocable, que nuestros deseos se vieran traicionados y amedrentados por una dimensión que nos resulta ajena y extranjera al dominio de nuestras pulsiones; no obstante y como abordaremos más adelante, dichas pulsiones y deseos también han sufrido modificaciones, restricciones e imposiciones sociales, culturales, políticas, religiosas, etc.

“El sentimiento es de hecho, nunca algo que sientes de algo, sino que sientes acerca de algo (la cursiva es nuestra)”, Bernard Poolman (2006).

A pesar de que existe la idea generalizada de que nuestra sociedad ha alcanzado la cúspide de su liberación y su expresión sexual, estas cuestiones permanecen aún sobre las mesas de discusión, donde el debate alrededor de las políticas sobre la adopción homoparental, el reconocimiento de la identidad de los individuos transgénero y transexuales, las políticas queer, parecen reflejar en contrasentido de éstas ideas y nociones, un horizonte que no hemos alcanzado a trazar y es inevitable preguntarse si ¿son en verdad estas cuestiones tan evidentes y resolutas como suele afirmarse?

Otra de las cuestiones que plantea Foucault, es que a diferencia de nuestra idea popular con respecto de la época victoriana, siendo ésta una época en la cual no se hablaba de sexo y sexualidad, en realidad tomo lugar toda una serie de discursos alrededor del sexo que de hecho forjó nuestra visión de aquello que conocemos como sexualidad, de tal suerte que la homosexualidad en realidad es una invención que tomó lugar a mediados del siglo XIX aunado de las llamadas ficciones políticas.

Las denominadas ficciones políticas existentes entre sexualidad y género plantean un proceso de identificación que el individuo asume no sólo con el propio cuerpo y en todo caso con su genitalidad, lo cual aparentemente dicta sobre el individuo toda una serie de implicaciones biológicas que van o no a ser aceptadas por la sociedad de acuerdo a los condicionamientos culturales y políticos sobre el cuerpo.

Un ejemplo claro de estas ficciones políticas, reza sobre el condicionamiento cultural al cuerpo de la mujer y la feminidad, puesto que, según las nociones básicas que existen en relación a la sexualidad femenina (y lo cual se sustenta bajo una aparente “teoría científica” generalizada dentro de la opinión pública), es que ésta, en contraposición a la sexualidad del hombre quienes están biológicamente programados para ser estas criaturas esencialmente promiscuas que deben regar su “semilla” sin mayores miramientos al respecto, las mujeres por otra parte están programadas para buscar a un buen hombre, un buen proveedor y por lo tanto, al menos dentro de este discurso, se concluye que las mujeres tienen una inclinación por la monogamia y no son tan sexualmente activas como el hombre.

Como veremos más adelante al abordar la naturaleza sexual del ser humano de acuerdo con Teóricos como Christoper Ryan y Cacilda Jethá, esta teoría generalizada dentro de la sociedad no sólo es errónea sino que es una mentira.

“Existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer. Sin embargo, ese rostro enemigo tampoco es la figura definitiva de la mujer. Más bien, el maniqueísmo se ha introducido en el seno de la especie femenina. Pitágoras asimilaba el principio bueno al hombre y el principio malo a la mujer.” (Simone de Beauvoir. 1999).

Tomando un ejemplo que nos permita comenzar a “desafiar” nuestra noción tradicional de la sexualidad y la expresión sexual femenina. Meredith Chivers, es una investigadora por parte de la Queens University quién ha realizado una serie de estudios para analizar la sexualidad femenina que nos permitan observar sus características psicológicas como fisiológicas (Meredith Chivers, 2016), con el propósito de entender un poco más allá lo que la cultura suele decirnos acerca de la sexualidad femenina y comprender lo que ésta es en realidad. Para poder hacer esto, la doctora Chivers expuso a un grupo de mujeres frente a una serie de imágenes pornográficas o grabaciones eróticas y determino sus reacciones a través de un par de dispositivos, uno de ellos siendo un tablero que les proveía a las mujeres para indicar que tan excitadas se encontraban al escuchar a las grabaciones u observar las imágenes eróticas y el segundo dispositivo un pequeño aparato llamado plethysmografo el cual esencialmente medía la cantidad de fluido que se estaba presentando en la vagina de las mujeres.

Los resultados que la doctora Chivers obtuvo a partir de este estudio, es que las mujeres normalmente responderían algo distinto a lo que sus cuerpos en realidad estaban demostrando, un ejemplo de ello: en uno de los escenarios que serían planteados a las mujeres, se les ofrecería el poder tener sexo con un amigo o tener sexo con un completo extraño, a lo cual las mujeres dirían que preferirían tener sexo con el amigo, pero en realidad su cuerpo estaba respondiendo mucho más al del extraño. Y aunque bien no se puede concluir completamente la naturaleza de la sexualidad femenina a partir de los resultados presentados por el plethysmografo, por lo menos a través de este estudio se nos ha presentado una dimensión completamente distinta a lo que originalmente se nos planteaba con respecto de la sexualidad femenina.

Aquí la pregunta que en realidad nos compete, es si ¿individualmente nos hemos inclinado por la monogamia o ésta deviene de un contexto cultural y social bajo un temor generalizado que esencialmente plantea la cuestión misma que de no hacerlo, es decir, de no inclinarnos por esta visión única de la sexualidad humana, de alguna forma nuestra sociedad colapsaría y el equilibrio que conocemos dentro de la misma simplemente desaparecería? Probaremos más adelante que estas injerencias simplemente son erróneas y si realizamos un contraste con respecto de la clase de vida y principios que solíamos llevar en la antigüedad durante el periodo de cazadores/recolectores ya extensamente estudiados por algunos de los antropólogos más influyentes de nuestra época, donde de pronto nos encontramos con el prospecto de una sociedad que ejercía la poliginia y poliandria como una práctica enteramente común y aceptada entre los individuos, sino que incluso necesaria.

Mucho se ha discutido ya en derredor a la premisa que plantea la sexualidad “única” del ser humano no sólo como un concepto errado y falaz que esencialmente excluye nuestra inherente diversidad, no obstante, es de igual forma importante ver un poco en los discursos que anteceden dicha premisa, sobre todo aquellos que sirvieron a la constitución medular de la misma y nuestra sociedad actual.

En la conferencia dada en el Hay Festival el 2 de febrero del 2014, Beatriz Preciado puntualiza la importancia de reflexionar entre el vínculo que existe entre “Sexualidad y Poder”, pues este vínculo en realidad nos habla o establece la narrativa de una sociedad no solamente paternalista en sus estructuras gubernamentales, sino que de igual forma puntualiza de forma bastante clara la distinción que solemos realizar de la sexualidad tomando como principio los aspectos de normalidad que no llegaron a ser definidos sino hasta la fase o la etapa clínica que toma lugar entre los siglos XVII y XVIII, que a su vez nos compele a reflexionar sobre la necesidad de realizar un proceso de desidentificación crítica de la masculinidad.

“Dice Foucault que lo que caracteriza al régimen soberano, es que el poder soberano se expresa como poder de dar la muerte […] es decir el soberano es soberano porque tiene el poder de dar la muerte a sus súbditos […] lo que olvida Michel Foucault, es que la figura política que encarna las formas soberanas de poder hasta el siglo XVIII no es solamente la figura del rey, sino que es de manera estricta y de manera corporal, el cuerpo del varón […] hasta el siglo XVIII y dentro de este régimen que podríamos denominar tanatopolítico o necropolítico, es decir que se define por las técnicas de la muerte, es decir el manejo y el uso de la violencia como fundamental técnica de gobierno […] intenten pensar de otro modo la relación entre Sexualidad y Poder. Lo que Foucault nos está enseñando es que el soberano es soberano porque tiene el monopolio de las técnicas de la muerte.” (Beatriz Preciado, 2014)

Al abordar una teoría de la Sexualidad, especialmente si consideramos las implicaciones de una construcción que deviene de un proceso cultural, político, religioso y social, es importante cuestionar los procesos de normalización implícitos que devinieron frente al origen de una construcción que asumimos se encuentra dada dentro de la sociedad, donde tal pareciera que al abordar tales procesos de “normalidad y anormalidad” partiéramos de un principio de contemplación que nos dicta que la anormalidad debe fungir como “aquel otro” no sustentado o fundamentado bajo el esquema heterosexual y monogámico, lo cual por supuesto plantea una limitación fundamental al momento de abordar la posibilidad de un esquema distinto, donde nuestras sociedades por ejemplo pudieron no tener tal esquema o lectura frente a comportamientos que en la actualidad, serían inmediatamente clasificados y reducidos a una esfera apartada de los esquemas de normalidad a su vez definidos dentro de las ya mencionadas ficciones políticas.

“La opinión popular posee una bien definida idea de la naturaleza y caracteres de este instinto sexual. Se cree firmemente que falta en absoluto en la infancia; que se constituye en el proceso de maduración de la pubertad, y en relación con él, que se exterioriza en los fenómenos de irresistible atracción que un sexo ejerce sobre el otro, y que su fin está constituido por la cópula sexual o a lo menos por aquellos actos que a ella conducen. Existen, sin embargo, poderosas razones para no ver en estos juicios más que un reflejo harto infiel de la realidad. Analizándolos detenidamente, descubrimos en ellos multitud de errores, inexactitudes e inadvertencias”. (Sigmund Freud, 1920; 4)

Desmond Morris (2004) un zoólogo que realizó uno de los más exquisitos estudios alrededor del cuerpo humano, abordándolo no desde una visión antropológica, sino zoológica, es decir analizando al ser humano como el animal y más específicamente como el simio que en realidad es.

Apenas en la introducción de su trabajo sobre “La mujer desnuda”, Morris señala que

“esta tendencia hacia la dominación masculina no está en consonancia con el modo en que el Homo Sapiens se ha desarrollado  durante millones de años. Nuestro éxito como especie se ha debido a una división del trabajo entre machos y hembras, en las que los machos se especializaron como cazadores. Al vivir en pequeñas tribus, con los machos cazando fuera, las hembras ocupaban el mismo centro de la vida social, recolectando y preparando comida, cuidando a los más jóvenes y organizando el asentamiento tribal. Mientras los hombres mejoraban al concentrarse en su única y crucial tarea, la mujeres eran cada vez mejores en la resolución de diversos problemas a la vez. (Esta diferencia de personalidad se mantiene entre nosotros actualmente). Nunca se planteó que un sexo dominara sobre el otro. Dependían totalmente unos de otros para sobrevivir. Eran diferentes pero iguales.” (Desmond Morris, 2004; 10)

Por supuesto la pregunta por consiguiente ante esta visión igualitaria entre ambos sexos, sería ¿cuál es el momento en el que esta brecha entre masculinidad y feminidad es generada y que perdemos nuestra igualdad? De acuerdo con Desmond Morris, esto ocurre en el momento en que las poblaciones humanas comienzan a crecer y que comenzamos a edificar pueblos y ciudades, donde la religión jugó un papel fundamental para ello.

En la antigüedad, las deidades eran generalmente femeninas, pero poco después comienzan a ser substituidas por una figura masculina.

“La benigna Madre Diosa se convirtió en el autoritario Dios Padre. Con un vengativo Dios masculino respaldándolos, a través de los tiempos santones implacables han ido consolidando su propia importancia y el mayor rango social de los hombres en general, a expensas de las mujeres a las que relegaron a un rango social inferior que distaba mucho de su herencia evolutiva.” (Desmond Morris, 2004, Pág. 11)

“Si leemos y estudiamos los tratados médicos anteriores al siglo XVI y XVII, la diferencia sexual tal como hoy la conocemos, no existe […]el régimen soberano se acompaña de una epistemología del cuerpo fundamentalmente monosexual; hasta los siglos XVII y XVIII, solamente hay un sexo, el sexo del varón, – mujeres ha habido históricamente – sí, sí, pero en el discurso médico anterior a los siglos XVII y XVIII, la mujer, la anatomía femenina, el cuerpo femenino era pensada como un cuerpo subalterno, una deformación de la anatomía masculina […] para la anatomía anterior a los siglos XVII y XVIII, la vagina es un pene invertido […] el pene es el único órgano que tiene entidad ontológico política, de ahí que palabras como –testimonio– que seguimos utilizando, provengan de testículo, porque sólo aquel que tenga testículo puede decir la verdad […].” (Beatriz Preciado, 2014)

Las implicaciones del proceso de identificación con dichos discursos en nuestra sociedad acerca de la masculinidad, la feminidad, la homosexualidad, etc., tienen implicaciones bárbaras si consideramos el hecho mismo de que tales identidades son el resultado de un proceso de construcción del discurso médico del siglo XIX que pretendían realizar una diferenciación entre normalidad y patología, que a su vez partía de una construcción social y cultural que aceptaba la monogamia como la esencia de la naturaleza sexual de nuestra especie.

Para abordar ésto de manera profunda, abordaremos un poco el trabajo de Jacques Lacan, específicamente su trabajo con respecto el estadio del espejo como formador de la función del Yo.

“La función del estadio del espejo se nos revela entonces como un caso particular de la función de la imago, que es establecer, una relación del organismo con su realidad” (Jacques Lacan, 1949)

Justo lo que acontece con el planteamiento del estadio del espejo, como el reconocimiento de una imagen donde se asume el sujeto, lo cual en sí mismo plantea el proceso de subjetivación; la formulación del sujeto a grosso modo plantea: tenemos a un infante de un promedio de edad entre los 6 meses y año y medio de edad que se encuentra frente a un espejo o algo que le refleja su imagen. Ante este momento la acción del infante consiste en tocar el espejo o su imagen reflejada en el mismo y después comienza a tocar su propia cara como el acto de reconocimiento.

La situación a este respecto es que a partir del reconocimiento que hace el otro diciéndole al infante “eso eres tú”, el infante asume esa imagen como aquello que él es en una totalidad, donde la imagen es apropiada por la forma, y en la forma la estructura misma de la individualidad conformada por los límites y las fronteras de la imagen, donde la imagen se vuelve de tal suerte el margen de su totalidad, su yo.

Algo similar ocurre cuando los padres le dicen al hijo “eres hermoso, eres guapo, eres bello”, donde dicha definición es asumida por el niño que posteriormente vincula dicha palabra con su imagen y no sólo eso, sino de igual forma con su personalidad, donde el límite de dicha personalidad es la definición misma de “belleza” asimilada como la identidad misma del sujeto, es decir lo que toma lugar es un proceso de identificación.

Este análisis que realiza Lacan (1949) de dicho proceso, tiene por entendido que el infante durante dicho periodo se encuentra en una etapa de incompletud donde el infante no tiene aún el control de su cuerpo sino que responde a impulsos que simplemente le hacen saber que tiene experiencias placenteras o displacenteras, más no conoce los límites de su cuerpo.

La identificación es uno de los momentos más importantes de la constitución del aparato psíquico. Aquí lo que plantea Lacan es lo que nombra como “la identificación originaria”, que a diferencia del trabajo de Freud quien plantea dicha identificación a partir de la imago paterna, en el atravesamiento del complejo de Edipo, la identificación originaria en Lacan “es previa” al momento que plantea Freud y dicha identificación se realiza con una imago, es decir una imagen exterior que le anticipa al infante la ilusión del “posible control” que podrá obtener eventualmente

En otras palabras, frente a dicha insuficiencia que el infante experimenta, toma la imagen como el referente que le permite anticiparse a lo que podrá ser cuando el cuerpo adquiera las capacidades que le permitan ejercer completo control sobre sí mismo, no perdamos de vista que aquí la identificación del yo ha sido formulada con respecto a la imagen.

Este mismo movimiento se presenta en la identificación secundaria al padre, donde el infante observa al padre como aquel ser completo que tiene una mujer, que la puede poseer, etc., y es bajo dicho principio que otro movimiento importante toma lugar dentro del sujeto que es como tal la subordinación de las pulsiones de sus instintos al orden y normatividad de la cultura en la cual este reside.

A partir de lo que hemos ya planteado anteriormente podemos de ya comenzar a hilvanar el sentido de aquello que acontece culturalmente con nuestras sociedades en lo que respecta al proceso de identificación, y como veremos más adelante, la influencia que esto tiene en procesos tan íntimos como el acto de la masturbación; al establecer la premisa de que en el estadio del espejo se consolida el yo alienado a una imagen externa que otorga una ilusión de compleción, lo que observamos de forma consecuente es que el yo obligatoriamente sigue una línea de ficción desde su constitución y este principio se vuelve aún más evidente si observamos al proceso de identificación que los niños realizan con respecto de las imágenes que les son presentadas a través de los medios de comunicación, porque en el momento que el yo se aliena a la constitución de algo que aparenta dicha “plenitud, compleción, integridad”, el niño proyecta un deseo aspiracional a convertirse en eso que observa.

Es en dicho espacio entre el espejo y el infante que se constituye la dimensión imaginaria. Si podemos notar, la realidad es que dicho ideal o dimensión imaginaria, dicha imagen que se espera de nosotros jamás puede ser satisfecha, jamás puede ser alcanzada, puesto que al igual que la memoria, dicho ideal se actualiza de forma constante, demandando siempre más y más perfección.

¿Podría ser que en realidad parte de nuestro contante temor a equivocarnos o a recibir el rechazo social, tenga que ver con el hecho de que ante el prospecto de nuestra propia inferioridad, dicha imagen nos parezca cada vez más inalcanzable (lo cual nos frustra por supuesto, porque dicha imagen ya requiere en sí misma un esfuerzo sobrehumano para poder ser mantenida, en un sentido ciertamente literal de la palabra, para esconder y apartar todos los aspectos más naturales e intrínsecos de nuestra propia humanidad)? Esto es lo que nombra Lacan como “discordancia imaginaria”.

Por supuesto la huella del cuerpo fragmentado no queda tras un solo momento, sino que se requiere de una repetición constante de este proceso de identificación frente y hacia la imagen, de aquí que los medios de comunicación necesitan imprimir constantemente la huella que necesitan dejar en los sujetos para conseguir la atención de los mismos y establecer el proceso de identificación con una marca en específico. El mismo principio de identificación ocurre con la pornografía, y uno de los procesos más importantes para establecer este principio ocurre durante el acto de la masturbación, el cuál analizaremos en breve.

1.1.1  La construcción y destrucción del género

Según la lingüista “Chusa Lamarca Lapuente” (Lamarca, 2004)

“Por género, se entiende una construcción simbólica que alude al conjunto de atributos socioculturales asignados a las personas a partir del sexo y que convierten la diferencia sexual en desigualdad social. La diferencia de género no es un rasgo biológico, sino una construcción mental y sociocultural que se ha elaborado históricamente. Por lo tanto, género no es equivalente a sexo; el primer término se refiere a una categoría sociológica y el segundo a una categoría biológica.

La importancia del concepto de género radica en hacer visible el supuesto ideológico que equipara las diferencias biológicas con la adscripción a determinados roles sociales. […]”

Hay que salir del doble juego de que la sexualidad es del orden de la religión o de la naturaleza, la realidad es que no pertenece ni a una ni a otra, la sexualidad pertenece al orden de la cultura, porque en este sentido se abre una falsa disyuntiva cuando suele plantearse la moral contra la naturaleza, porque el problema reside en el respeto por sí mismo y el otro lo cual es lo que define la ética, en el capítulo 4 abordaremos ya de forma puntual la definición y diferencia entre moralidad y ética, pero por lo pronto, grosso modo, la ética se encuentra basada en el principio del semejante, es decir la forma en que uno enfrenta las responsabilidades hacia la otredad, la moral por otra parte se define por las formas históricas que van tomando los principios por los cuales se legisla y en los cuales muchas veces la opinión pública interviene en la sexualidad privada.

Un ejemplo que podemos tomar es el hecho de que en la actualidad ya no es vigente el pensamiento de que la homosexualidad es una inmoralidad, sin embargo cualquiera podría ver que la violencia tanto en las parejas heterosexuales como en las parejas homosexuales es una falta de moral con respecto al semejante.

Para ésto, y como lo expresa Beatriz Preciado (2014) es necesario de igual forma cuestionar la ficción política que hemos generado en torno a la mujer ya que, éste sujeto político que hemos ideado como la mujer:

“No creo que la mujer sea o deba ser el sujeto político del feminismo (…) las nociones de masculinidad, feminidad, hombre, mujer, heterosexualidad, homosexualidad, normalidad, patología, transexualidad, intersexualidad, son en realidad ficciones políticas (…) son ficciones políticas vivas, encarnadas, tienen la cualidad de su cuerpo, dicho de otra forma ustedes son, yo soy esas ficciones políticas vivas (…) es posible que estemos en situación que debamos, colectivamente, rebelarnos contra esas ficciones políticas que nos constituyen, des-identificarnos críticamente de ellas e imaginar colectivamente otras ficciones políticas que no produzcan violencia, que no produzcan sistemáticamente formas de opresión o formas de exclusión.” (Beatriz Preciado, 2014)

Más allá de aquella “aparente” gama de derechos inalienables que todos poseemos por el simple hecho de ser humanos que lamentablemente no resultan tan evidentes, tal pareciera que cuando planteamos la noción de una “igualdad de género”, y no se diga ya el sólo concepto de igualdad, de pronto emergen un sin número de resistencias para establecer un verdadero marco de apoyo, consideración y acciones que tomen dichos principios básicos no sólo entre el género masculino y femenino, sino que incluya a homosexuales, transexuales, transgénero, entre otros. Como reza el dicho: “Si los derechos humanos realmente existieran, no tendrían que ser defendidos…”.

Recientemente el periódico “El Universal” publicó un artículo en su página web donde menciona que “México se une a la campaña de igualdad de género” (Alberto Morales, 2016), el titular de la Secretaría de Gobernación (SEGOB) Miguel Ángel Osorio Chong, anunció su apoyo a la campaña de la Organización de las Naciones Unidas Mujeres He for She (Nosotros por ellas), con el objetivo de identificar los estereotipos de género que limitan el desarrollo, impulsando políticas públicas para la igualdad de género y la promoción de los derechos humanos femeninos […] aquí disculpen la pregunta tal vez de cierta suerte capciosa, pero ¿En qué momento fue que los derechos humanos tuvieron que ser separados en derechos humanos masculinos y derechos humanos femeninos? ¿No se suponía que al final el feminismo pretendía la igualdad entre el hombre y la mujer como la definición misma del ser humano?

Uno de los principales desafíos que enfrentamos en la unificación del ser humano bajo la noción de la igualdad, es la necesidad de deconstruir y reapropiar los conceptos mismos de masculinidad y feminidad, porque uno de los aspectos que salta a la vista en nuestra búsqueda por la igualdad, es la constante búsqueda de las mujeres por alcanzar una versión del hombre o de lo que se cree y supone que es el hombre y la masculinidad en relación con las relaciones de poder y dominio entre el uno y el otro, de ahí que vemos los excesos en los que algunas veces suele caer el feminismo, donde el hombre de igual forma es relegado a una dimensión inferior a la de la mujer.

Es claro que tantos años de represión del género femenino, finalmente desprendan un estallido de enojo que no es por menos perfectamente entendible, pero si existe algo a lo cual podamos denominar “superioridad” será únicamente en el entendido mutuo, que la única forma posible de llegar a la igualdad será asumiendo la iniciativa de frenar cualquier forma y política de violencia, represión o exclusión entre uno y otro y todos los géneros, de lo contrario, el uso consciente de la violencia so pretexto de realizar un ajuste de cuentas para imponer una supuesta justicia, simplemente creará una nueva versión del mismo abuso que tanto se ha luchado por detener.

Jacques Rancière (2003), aborda de manera formidable esta en aparente “Pasión por la desigualdad” que suele ser en realidad la visión que aún a la fecha prevalece en nuestras sociedades a pesar de la supuesta igualdad de derechos que se supone que tenemos.

“La desigualdad no es la consecuencia de nada, es una pasión primitiva; o, más exactamente, no tiene otra causa que la igualdad. La pasión por la desigualdad es el vértigo de la igualdad, la pereza ante la tarea infinita que esta exige, el miedo ante lo que un ser razonable se debe a sí mismo. Es más fácil compararse, establecer el intercambio social como ese trueque de gloria y de menosprecio donde cada uno recibe una superioridad como contrapartida de la inferioridad que confiesa. Así la igualdad de los seres razonables vacila en la desigualdad social. […] El amor a la dominación obliga a los hombres a protegerse unos y otros dentro de un orden por convención, el cual no puede ser razonable ya que está hecho de la sinrazón de cada uno, de esa sumisión a la ley de otro que entraña fatalmente el deseo de serle superior.” (Jacques Rancière, 2003, pág. 46-47)

Si observamos objetivamente a las nociones de masculinidad, feminidad, heterosexualidad, homosexualidad, etc., y como ya habíamos mencionado anteriormente, es que constantemente plantean un esquema binario que nos impide unificar al ser humano como un ser diverso; ¿Qué quiere decir esto? Si tomamos un ejemplo que subyace de forma común en la sociedad, podemos observar al tradicional estereotipo bajo el cual hemos asociado la fuerza con la masculinidad y la delicadeza con la feminidad; de modo que cuando se proclama una “igualdad de género”, el individuo que se ha identificado con dichas nociones de masculinidad se enfrenta a su propio temor de ceder y reconocer dicha fuerza como igual entre masculinidad y feminidad; misma situación ocurre con los homosexuales, a quienes se les vincula con una noción opuesta a la supuesta “masculinidad” que han rechazado al definir su preferencia por el mismo sexo.

Y éste es el problema. las ideas no son iguales y no pueden ser iguales porque existen en un esquema binario, un esquema de polaridades donde el prospecto mismo de la fuerza por ejemplo es vinculado con el ideal mismo de la imago del varón, lo cual por defecto coloca a la mujer en el espectro opuesto de dicha binaridad, creando por consecuente el punto que a la fecha aún impide que nociones patriarcales como la superioridad del hombre sobre la mujer, no logren aún ser trascendidas, puesto que no ha logrado unificarse una visión totalizadora del hombre, la mujer, el homosexual, el transexual, transgénero, intersexual, etc., como seres humanos, lo cual deriva y es consecuencia del proceso de identificación que se realiza en y a través del sexo y la sexualidad como vínculo en y hacia la imago.

Recordemos que el superyó en realidad se encuentra constituido por la construcción cultural de aquello que solemos nombrar como “los modales y buenas costumbres”, que en realidad no es otra cosa sino la supresión de aquellas cosas en apariencia desagradables, como por ejemplo el prospecto mismo de nuestra animalidad y naturaleza humana, que por implícito debería asumir de igual forma nuestra naturaleza diversa en relación a nuestra sexualidad, y puesto que no se encuentran alineados de acuerdo a la idea de lo que ser un hombre implica o lo que ser una mujer implica por ejemplo, el individuo presenta un gran problema para renunciar aquello que ha venido a construir y conformar la única identidad que ha podido generar de sí mismo como reflejo del constructo social.

De hecho, si planteamos a una situación hipotética en la cual el hombre que observa y consume las imágenes pornográficas de una determinada estrella porno, se encontrara en la situación y oportunidad de realizar la copula con dicho individuo, encontrará el sexo real con dicha mujer menos placentero que como lo imagino en la idea que creo acerca de ella ¿Qué nos dice esto? Las ideas no huelen, no sudan, no saben, no tienen fluidos o temperatura, y a pesar de su carácter multidimensional en términos de la historia y el pasaje lingüístico que conforma la idea o la palabra misma bajo la cual se ha definido un determinado individuo, ésta puede mantener su equilibrio en tanto no sea confrontada con una fuerza superior que sin duda alguna constituye la materia misma, pues ésta es y siempre será superior a cualquier dimensión lingüística o simbólica.

“Se puede afirmar que el orden social está sometido a una necesidad material irrevocable, que rueda como los planetas según leyes eternas que ningún individuo puede cambiar. Pero también se puede afirmar que tal orden social solo es una ficción. Todo lo que es género, especie, sociedad, no tiene realidad alguna. Solo los individuos son reales, solo ellos tienen una voluntad y una inteligencia, y todo el orden que los somete al género humano, a las leyes de la sociedad y a las distintas autoridades, no es más que una creación de la imaginación […] Lo que hacemos y lo que decimos, tanto en el foro como en la tribuna, así como en la guerra, está regulado por suposiciones.” (Jacques Rancière, 2003; 46-47)

Una de las cuestiones que debemos comenzar a reconocer, es que a pesar de que existe el reconocimiento de que los tiempos de la dominación masculina han terminado, eso no significa que conjuntamente hayamos llegado a aceptar nuestra inherente igualdad, de ser así, el panorama general sería sumamente diferente. Es importante recordar que la igualdad no sólo implica desafiar al otro género sino desafiarnos a nosotros mismos, cada uno individualmente, para cambiar las prácticas que de hecho resultan en las transgresiones no sólo hacia el otro, sino que devienen en una suerte de refuerzo de aquellas ideas que de hecho nos impiden abandonar el esquema de dominación con el cual nos hemos definido e identificado aún sin siquiera saberlo.

Recientemente durante la presentación del estudio Género e igualdad: análisis y propuestas para la agenda pendiente el Dr. Juan Ramón de la Fuente, ex rector de la UNAM declaró:

“No hemos avanzado suficiente sobre equidad de género en México. Angélica Fuentes afirmaba que se espera que con dicha investigación se pueda incidir en el debate nacional y en la implementación de políticas públicas, ya que además de reunir datos y estadísticas sobre la situación de la mujer en nuestro país, el documento también presenta 50 recomendaciones en 5 áreas clave: salud, educación, empoderamiento económico, participación política y acceso a la justicia.” (María José Evia H., 2015)

10 de los datos más impactantes incluidos en el estudio:

“* El analfabetismo entre mujeres indígenas es de 35.1%

* Uno de cada 6 embarazos en México se da en mujeres adolescentes entre los 10 y los 19 años

* Entre 1990 y 2013 fallecieron en México 29 mil 869 mujeres durante elembarazo, el parto o el puerperio

* El trabajo doméstico no remunerado representa aproximadamente el 21.7% del PIB nacional, y el 79.5% de esa riqueza la producen mujeres. En contexto, esta cifra es mayor al porcentaje de la industria manufacturera (16.5%) y el sector comercio (14.2%)

* Las mujeres ganan un 30.5% menos que los varones en ocupaciones industriales, 16.7% menos como comerciantes y 15.3% menos como profesionales.

* El 46.1% de las mujeres de 15 años y más ha sufrido algún incidente de violencia por parte de su pareja

* De 2000 a 2012 el número de mujeres en la cámara de diputados se incrementó en más de un 50% y en la de senadores ellas han pasado a representar un 33%, contra un 18% en 2000. Actualmente, hay 185 diputadas y 42 senadoras.

* 5.1 % de los encuestados acepta la frase “Está justificado que un hombre agreda a su novia cuando ella decide dejarle.”

* El 48.1% de las mujeres que fallecieron durante el embarazo estaban inscritas al Seguro Popular y fueron mal atendidas por los servicios públicos.

* Solo hay 116 presidentas municipales, lo que representa un 4.7% del total” (María José Evia H., 2015)

Una de esas cuestiones que debemos enfrentar, especialmente nosotros los pertenecientes al género masculino y las cuales estaremos exponiendo más adelante, es nuestra participación en la pornografía misma, puesto que ésta en su mayor parte se encuentra dirigida y enfocada primordialmente al entretenimiento del género masculino en particular, al final ¿Cómo puede demandarse justicia sobre la igualdad de género y participar del uso del material que más se enfoca en degradar no sólo a las mujeres sino a todos los seres humanos al reducirlos a la definición de un objeto bajo los discursos de dominación, y entiéndase nuevamente que la postura de la presente no pretende una visión moral prohibitiva hacia el sexo per se, sino a la tergiversación en la que nos hemos especializado de retratar acerca del mismo.

Tenemos que involucrarnos en un análisis crítico, no solo de la pornografía sino del sexo en general, donde constantemente se crea una situación que pretende el ejercicio del dominio sobre la mujer y del individuo sobre sus semejantes en general, evidentemente no es condición de todas las relaciones sexuales, sin embargo sigue siendo parte de los discursos existentes dentro de nuestra cotidianeidad, las mujeres pueden observarlo cada día y los hombres, al menos hasta cierto punto son conscientes de ello; el feminismo no consiste del ejercicio superficial que pretende identificar sólo unas cuantas “labores femeninas” con las cuales involucrarnos y participar equitativamente, sino en lo que Karl Marx postulaba al decir:

“Hoy la filosofía se ha trivializado y la prueba más contundente es que la misma conciencia filosófica ha sido arrastrada al tormento de la lucha, no solo externa sino también internamente. Pero si construir el futuro y asentar todo definitivamente no es nuestro asunto, es más claro aun lo que, al presente, debemos llevar a cabo: me refiero a la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de no temer los resultados a los que conduzca como en el de no temerle al conflicto con aquellos que detentan el poder.” (Karl Marx, 1843)

El uso de la pornografía en la sociedad, es tan sólo una de las vías que fortalece el comercio y la trata de personas. Particularmente considero que uno de los datos más alarmantes con respecto a la trata de personas en nuestro país es que:

“Solamente en México la prostitución ha crecido un 1000% – en el 2003 generaba ganancias de $3.5 billones de dólares para el 2016 son $100 billones de dólares anuales en todo el Mundo. Las mafias contrabandistas llevan niñas de Latinoamérica hacia África, Europa y Estados Unidos principalmente.

México es el país en América que ocupa el número 1 en tráfico humano generalmente con fines de explotación sexual. Cada adolescente atiende un promedio de 12 hombres diariamente lo cual deja tales ganancias que la industria del tráfico sexual sobrepasa en un 400% al Narcotráfico, la droga solamente la venden una vez una chica es vendida incontables veces por años. Tenancingo en Tlaxcala es considerado la ‘capital de trata de personas’ según el periódico el Guardián.

En Tenancingo el Tráfico de Mujeres Adolescentes es algo que se ha instaurado ya desde hace algunos años donde incluso muchos niños quieres ser ‘padrotes’ cuando crezcan, existen tradiciones donde los padres instruyen a sus jóvenes hijos para que seduzcan a las jovencitas y las enamoren, después de unos meses simulan una boda con ellas y se las llevan a la ciudad de México o directo a Nueva York donde las maltratan físicamente y las introducen en la prostitución, amenazando con matar a sus familiares si tratan de huir, también utilizan drogas y varias formas más de violencia como la violación en grupo y diversas formas de abuso mental y físico.”

“La guerra, como toda obra humana, es en primer lugar acto de palabra. Pero esta palabra rechaza ese halo de ideas radiantes del contra traductor que suscita otra inteligencia y otro discurso. La voluntad no se dedica ya a adivinar y a hacerse adivinar. Ella se da como fin el silencio del otro, la ausencia de réplica, la caída de los espíritus en la agregación material del consentimiento. La voluntad pervertida no deja de emplear la inteligencia, pero sobre la base de una distracción fundamental […] cada una de estas voluntades se da como trabajo destruir otra voluntad impidiendo a otra inteligencia ver.” (Jacques Rancière, 2003; 46-47)

1.1.2  Los estereotipos y la estereotipación

El estereotipo funge como una visión generalizada o preconcebida de los atributos, características o roles que posee o que debieran poseer los miembros de un grupo en particular, es decir, son creencias mantenidas sobre individuos o de grupos sobre otros grupos y son aplicados de forma general a todas las personas a quienes se vincula a una categoría, nacionalidad, etnia, edad, sexo, orientación sexual, procedencia geográfica, etc.

“El primer autor que utilizó el concepto de estereotipo en Ciencias Sociales fue Walter Lippman en 1922 (Ryan,1999). Según Lippman (1949) no respondemos a la realidad tal y como se encuentra establecida, sino que cada persona tiene una representación de la realidad que es realizada en su mayor o menor parte por el propio individuo y que se encuentra conformada por una serie de preconcepciones. Estas preconcepciones (estereotipos) son las que hacen que percibamos de una manera u otra las diversas situaciones que se nos presentan: “En la mayoría de los casos no vemos primero y luego definimos, sino que primero definimos y luego vemos […] Nosotros hablamos sobre el miedo antes de verlo. Imaginamos la mayor parte de las cosas antes de experimentarlas. Y estas preconcepciones gobiernan intensamente el total de los procesos de percepción. (Lippmann, 1949, pág. 81).” (Rosario Isabel, 2007; 40, 41)

La estereotipación se entiende estructuralmente en un proceso genérico de categorización, la cual de igual forma funciona a través de imágenes asociadas con las nociones de lo bueno y lo malo las cuales son posteriormente empleadas para tergiversar la imagen de los grupos que se desprecia; cabe mencionar que el proceso de la creación del estereotipo no es tan sólo una cuestión psicológica o personal sino que es por demás un proceso social.

Un ejemplo claro de ésto es evidentemente nuestra idea preconcebida de la mujer que ya hemos discutido anteriormente y la lucha que las mujeres han tenido para poder incurrir no sólo en otra clase de roles sociales, sino también en la deconstrucción de la visión que la sociedad misma ha generado de ellas.

No está de más mencionar que parte de la complejidad de dicho proceso, ha sido realizar o añadir la consideración de la mujer en su individualidad, personalidad, cualidades y capacidades que la hacen ser los individuos tan únicos que son como cualquier otro.

“Todas las mujeres tienen un cuerpo hermoso, ya que es el brillante colofón a millones de años de evolución. Un cuerpo repleto de asombrosos ajustes y sutiles refinamientos que lo convierten en el organismo más extraordinario del planeta. A pesar de esto, las sociedades humanas han intentado corregir la naturaleza modificando y embelleciendo el cuerpo femenino. Algunas de estas elaboraciones culturales han sido gratas, otras dolorosas, pero todas han buscado hacer a la hembra humana aún más hermosa de lo que ya es. Los conceptos locales de belleza han variado muchísimo y cada sociedad humana ha desarrollado sus propias ideas sobre lo que es más atractivo.” (Desmond Morris, 2004; 9)

Uno de los temas que estaremos abordando ya en la problemática que establece la pornografía dentro de la sociedad contemporánea y principalmente con respecto al proceso y lucha por la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer que ciertamente se encuentra aún vigente, como ya hemos explicado anteriormente, es que parte del proceso de asociación que toma lugar en y a través del estereotipo depende en gran medida de la repetición que la imagen tenga dentro de la colectividad que a su vez se reproduce dentro de la conciencia del individuo, de modo que la constante lucha por la redefinición y reapropiación de una determinada imagen, dependerá en gran medida no sólo de la constancia que la nueva imagen presente dentro de la sociedad, sino de que las viejas preconcepciones de hecho sean removidas de igual forma del panorama que los individuos puedan tener de la imagen misma, en otras palabras, no es suficiente impulsar únicamente las nociones de igualdad de derechos entre el género masculino y femenino, hace falta erradicar las viejas visiones y versiones en todos sus formatos y soportes para alcanzar dicho objetivo, pues de lo contrario, lo que ocurre es en realidad una lucha (la cuál es la manifestación vigente y por demás evidente de este proceso) que los individuos tienen consigo mismos por decidir cuál será la imagen o visión que han de aceptar de la sociedad que intenta empujar dichas nociones y conceptos dentro de ellos.

Para respaldar lo anterior, necesitamos observar al proceso de estructuración que toma lugar dentro y a partir de las opiniones dentro de la sociedad, las cuales son por demás el proceso mismo de la creación de la imago cultural y social.

Nuestra concepción del Universo deriva de nuestras palabras; El Universo = El verso Unido; donde éstas encuentran un orden establecido y diferentes acepciones y relaciones que marcan la identidad de nuestro lenguaje y por consecuente la identidad de nuestra persona, así como la cosmogonía que gira entorno a nuestra cultura, sociedad, religión, etc.., nuestra comunicación, es la base a partir de la cual nos relacionamos y establecemos diversos y variables puntos de enfoque dentro de “la percepción de la realidad como una definición de quienes somos” con respecto de lo que existe aquí, en este mundo y principalmente en nosotros mismos.

“Te darás cuenta de que si hablas en un lenguaje en particular, pensaras en un lenguaje en particular y si eres capaz de hablar en diferentes lenguajes, notaras que tus pensamientos tendrán una base lingüística diferentes, ésto debería ser señal de que hay algo extraño porque no naciste sabiendo un lenguaje, se te enseñó un lenguaje, por lo que no naciste siendo capaz de pensar, se te enseño a pensar, por lo tanto tus pensamientos no son tuyos, provienen de alguien más…” (Bernard Poolman, 2011) ”

Cada definición/significado para dar razón o explicación a un evento determinado, conforma un signo, un símbolo, una imagen en nuestra mente con la que relacionamos ese sonido, el contexto se establece por consecuencia en un sentido específico dentro de las dimensiones de las palabras, un filtro a partir del cual vemos el mundo, y en esto citando a Deleuze y Guattari

“La escritura puede generar una línea de fuga dentro de un bulbo del rizoma. El escribir me deviene ontológicamente en “otro”, por un momento en tanto que escribo como “otro” devengo en ese mismo, dejo la identidad que me caracteriza y tomo la del personaje sobre el que escribo.” (Deleuze y Guattari, 1977)

¿Puede mi yo seguir siendo algo mío? “Mi yo es algo mío, es lo más mío, pero no por obra toda mía” (Juan Iglesias, 1998, Pág. 1), mismo cuando pensamos en las implicaciones de nuestra sumisa aceptación ante una determinada visión de la realidad, una visión estructurada dentro y a través de un lenguaje, un lenguaje que es el resultado mismo de una construcción cosmogónica de observaciones a veces pretendiendo encontrar su paralelo valiéndome de los sentidos del otro, (que entiendo como un reflejo de los míos, es decir, que reconozco en el reflejo de la presencia o el cuerpo del otro el potencial de referencia en y a través de los mismos sentidos existentes en y como mi cuerpo y mediante los cuales nos relacionamos con la realidad misma) para alinear su visión del mundo con la mía o hacer la mía, más mía que la suya…, por alguna razón, en algún momento las personas se dieron cuenta de que podían cambiar las “observaciones/opiniones” de las personas para alinearlas con la suya.

Las opiniones se encuentran conformadas por la acumulación de comparaciones y en este sentido, la “reputación de un individuo” en realidad se basa y define en la “repetición de un determinado patrón”, según opiniones, el individuo alineado con las “mejores opiniones” es aparentemente “un mejor individuo”, de ahí el concepto mismo de lo “popular” – Populi> perteneciente al pueblo; la comunicación es en éste sentido una paradoja, jamás tiene un solo sentido o una interpretación definitiva y peor aún, es el hecho de que tal visión se construye en el sentido de una construcción que estructura un discurso “acerca de la realidad”.

“No hay original, el modelo de la copia es ya una copia, la copia es una copia de la copia; no hay más máscara hipócrita porque el rostro que encubre la máscara es ya una máscara, toda máscara es sólo la máscara de otra; no hay un hecho, sólo interpretaciones, cada interpretación es la interpretación de una interpretación anterior; no hay sentido propio de la palabra, sólo sentidos figurados, los conceptos son sólo metáforas disfrazadas; no hay versión auténtica del texto, sólo traducciones; no hay verdad, sólo pastiches y parodias. Y así hasta el infinito…” – Pierre Klossowski –

Y el discurso de la tolerancia, en éste sentido pretende “proteger” el discurso de nuestras opiniones, en donde se hace de éstas un derecho, (siguiendo una de sus máximas, “mi derecho termina donde comienza el tuyo”) y que colocado en contraposición con el punto del libre albedrió coadyuva a la percepción de que “respetar el libre albedrio del otro, es lo que nos permite a todos la libertad”, es decir, “tener libre albedrio es (o se ha vuelto) acerca de tener libre albedrio, derecho a tener derecho… (o como diría un amigo, libertad de generar dependencias…)

La elección de tener libre albedrio es de hecho solo poder tener libre albedrio. Christopher Hitchens (2002)

Por supuesto ante este principio, la “colisión” de las opiniones, las ideas, las creencias, es decir, todos pueden tener su opinión (porque están en su derecho de tenerla) pero si uno observa a este principio, uno puede “ceder” el libre albedrío (esto es el punto de su opinión, perspectiva y percepción de su propia individualidad) a una opinión la cual va a regir y determinar su actuar, de modo que cuando una persona logra “convencer” a otra persona por medio de opiniones, de principios, de conocimientos de cualquier índole, el primero puede y cederá su “libre albedrío” al segundo, donde el segundo ya ha cedido su libre albedrío a la opinión que lo había convencido. Y así es como esencialmente te cambias de religión… o partido político…

Si uno observa a la costumbre de “enterrar a los muertos”, la tierra en la cual los individuos eran enterrados era considerada ahora “sagrada” (acto que de igual forma es considerado el inicio de la propiedad privada), la tierra ahora quedaba vinculada a los hijos o herederos de dicho difunto, lo cual es interesante porque en realidad el vínculo que mantenía y justificaba dicho nexo, giraba en torno de los rituales en torno al fuego dentro del hogar, donde el fuego simboliza no sólo a ese difunto sino a todos los que le antecedieron (el cuál se repite y mantiene hasta nuestros días en diversas civilizaciones que por su distancia geográfica y cronológica parecían no tener ningún vínculo entre las mismas).

A pesar de la muerte del familiar, se pensaba que éste no estaba muerto, y la forma de “alimentarlo” era depositando esa comida en el fuego, pues la memoria del familiar se encontraba vinculada al hogar y al fuego dentro del mismo.

Esta idea persiste hasta nuestros días, no sólo en la tradición de “celebrar a los muertos” sino en la idea de que la esencia de esta “memoria de la persona” persiste y que dichos seres “cuidan y protegen a la familia” de la misma forma en que se creía en la antigüedad. Si uno observa, digamos una madre que está preocupada por su hijo y enciende una vela a algún “santo” esperando que la luz de la vela ilumine el camino del hijo y demás cuestiones, la vela por sí misma no va a hacer nada por el hijo, en realidad esa vela que ha sido encendida es solo para “satisfacer la preocupación de la madre” proveyéndole de un incentivo que le permita “sentirse tranquila” simplemente porque ésta persona quiere creer que realmente hay un espíritu que está cuidando a su hijo, es decir, ha hecho una ofrenda y espera algo a cambio, esto que espera a cambio por supuesto solo puede ser mental como la idea misma en su mente de que hay un espíritu que la protege.

Como seres humanos pasamos toda nuestra vida tratando de alinear nuestra mente con los actos que en esencia giran en torno a la construcción del bien y del mal, lo cual nos define como “buenas personas o malas personas”, y eso es lo que hemos llegado a denominar como “la construcción del alma”.

Si uno había sido bueno, la gente recordaría esas acciones y éstas realizarían “una ofrenda” es decir existiríamos en la memoria de dicha persona dentro de y cómo una experiencia positiva, podemos llamar a dicha experiencia positiva el cielo,  y si uno no se comportaba de acuerdo a las “normas e ideales de este constructo”, el alma sufriría tormento, porque así sería recordada por las personas que le desearían una “experiencia negativa”, lo cual derivo posteriormente en la construcción del infierno. Ser olvidado en la antigüedad o perder el vínculo con la familia, como el apellido y demás cuestiones, era por mucho un castigo peor que la muerte, era un castigo para el alma.

Ser recordado era (y sigue siendo en la actualidad) uno de los más profundos anhelos del ser humano, porque esto significa en realidad tratar de integrarse al inconsciente colectivo como memoria, donde existir en la memoria de todas las consciencias, significa de hecho integrarse a Dios. Vox Populi, Vox Dei – La voz del pueblo es la voz de Dios

Ante más es recordado y conocido un hombre más fuerte es su impronta dentro de la historia de la memoria humana de ahí el deseo de tantos personajes en la historia que tratan de hacer actos heroicos y valerosos para lograr que su nombre fuera recordado por siempre es decir, buscaban “la inmortalidad”, porque la memoria no puede morir, en tanto uno sea recordado, ese miedo de no ser reconocido, de no ser “visto” por alguien más y que no nos acompañen, es mucho más antiguo de lo que aparenta a primera instancia.

No dejemos de lado por supuesto como el instinto de supervivencia se encontraba ligado a esta necesidad de permanecer en grupos para protegernos de los depredadores por ejemplo, aunque, si observamos a la “traducción simbólica” que dicha costumbre pudo tener una vez que no pudimos continuar haciendo sentido de ésta, tal vez porque el propósito mismo se perdió o se sobresaturo el código per se, el sistema de protección en el ser humano como la permanencia y pertenencia a grupos persistió en la memoria; es curioso si observamos a los postulados Lacanianos sobre el principio mediante el cual establecemos esta relación con nosotros mismos en y como una imagen, porque al definirnos como una imagen, podemos permanecer en la consciencia de las personas, en la memoria de las personas porque a pesar de que la memoria no se limita exclusivamente a la imagen, el sentido ritual y todo lo que giraba en torno a ello, ofrecía las improntas necesarias para establecer un nexo lo suficientemente fuerte, como para mantener toda esta representación simbólica asociada con definiciones, ideas, sentimientos, emociones, sonidos, olores, fluidos, sabores etc., etc.

Todas las religiones son una cuestión de opinión que puede variar o manipularse con el paso del tiempo, porque la relación de valores ya no puede ecualizarse con los verdaderos intereses detrás de esos valores, es decir, algunas de las costumbres y rituales que existían por concepto de las limitaciones o condicionantes del entorno fueron cambiando, de modo que el significado de los mismos han sido modificados tantas veces y redefinidos en nuevas tendencias para satisfacer los intereses de un grupo cada vez más reducido y especifico de personas que estos ya no pueden sostener una construcción o definición de vida que pueda involucrar a todos los humanos, en éste sentido ¿Pueden éstos sueños seguir siendo los mismos “sueños”? Parece cada vez más común escuchar a los niños hablar de sus sueños como una simple reproducción de los videojuegos preferidos, donde el sentido y significado de los sueños se limita a entender las dinámicas y estructura del videojuego mismo con el cual el niño se identifica, mientras asume el arquetipo del héroe producido por una sociedad de consumo que esencialmente sólo le entrena a seguir consumiendo.

Tal vez los sueños tienen una relación más intrínseca con nuestro entorno físico que con el mundo onírico después de todo… pues la influencia de nuestro entorno parece afectar de forma importante el contenido y riqueza simbólica de nuestros sueños…

Nuestras opiniones aparentan y se disfrazan con el seductor velo del cambio, de la innovac